
Cuando pensamos en el acto de la caza, siempre lo hacemos estando situados en la parte del cazador, por el lado de madera de la escopeta o de la cuerda del arco. No existe, sino es en esas pesadillas nocturnas, la posibilidad de pensar que somos la parte cazada. Es labor de la literatura ponerse y ponernos en la piel del cazado, del que está en el centro del punto o la cruz de la diana o en el pegamento de la telaraña. Pero existen más posibilidades que el de ser cazador o ser cazado; podríamos pensar que puede existir un tirador que es acosado y una presa que se revuelve contra su destino, y un pueblo que descubre que los pasos del perseguidor y del perseguido son los mismos, que se confunden hasta, casi, parecer uno sólo; existe también la posibilidad de que la caza solo sea la alegoría del propio mundo y la verdadera realidad sea la que se encuentra, más allá de las balas, entre lápices afilados y, acaso, es eso lo que se halle entre las historias de “La confesión de la leona”.
Si a algo apunta Mia Couto, si a algo busca colgar en el desolladero y mostrar sus entrañas y sus despojos, es a esa parte de la sociedad de Mozambique que deja que la mujer sea el lado que más sufre, el atacado, la parte desgarrada de la cuerda, y que no permite que salga de su existencia como cautiva y trofeo de cualquiera que piense que es superior por género o nacimiento. Sigue leyendo La confesión de la leona, de Mia Couto
