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Un hombre astuto, de Robertson Davies

Un hombre astuto

Un hombre astutoNo podría ajustar una definición mejor para “Un hombre astuto” que el de un ejemplo de alquimia literaria. Alquimia como mezcla y como combinación de elementos intelectuales diferentes: la maestría de la ficción que se mezcla con la de la filosofía, con la de la medicina, de la música, el arte y la religión; alquimia como ciencia iniciática desarrollada para mentes ávidas de conocimientos de cosas inciertas, inventadas y contadas a la luz de unas pocas velas y con la ventana abiertas a los oídos de los curiosos intrusos… Y esa química para hechiceros es la ciencia con la que está escrito el libro. A pesar, a veces, de parecer estar sostenido por los sólidos contrafuertes de la religión oficial, a pesar de las vigorosas fuerzas de la moralidad que parecen desarrollarse por sus páginas, a pesar de la sensación de elitismo snob que parece ocupar a algunos de los habitantes de sus hojas; a pesar de todo esa tramposa sensación, este es un escrito libre y mágico, fabricado, al parecer, por esos alquimistas, brujos y brujas que se disfrazan con vestidos de gala, que convierten el libro en una sopa de letras hervida en una marmita llena de imágenes hermosas, de humor ácido y culto, de ironía y sagacidad, de corrosión y cemento ; y cuyo resultado final es una mezcla compacta de personajes, de crónicas, de nuevos y antiguos lapsos de vida, que parecen empezar a fraguarse en el borboteo, irónico, de una sopa de recuerdos .

Hobbes, un viejo clérigo anglicano, aclamado santo por sus feligreses, muere de infarto en el púlpito y, años después, una curiosa periodista pregunta a Jonathan Hullah, viejo amigo de familia, por los acontecimientos que sucedieron entonces y por las personas y las ideas que poblaron aquellos tiempos. Jonathan utilizará esa excusa para hacer un diario con la crónica de aquella vida que conoce y conoció, desde su nacimiento hasta la vejez; y con la atención y el recuerdo puesto en las personas, ciudades, pensamientos, comportamientos, meteduras de pata, manías, escuelas, hospitales, cementerios, sacerdotes, iglesias, periodistas, hipocondríacos, curanderos, santos, borrachos, serpientes, enfermeras juiciosas…que lo rodearon, en Toronto, desde la primera parte del siglo XX, hasta cerca del final de siglo. Escritas a modo de memorias, el tiempo irá y volverá del presente al pasado, y, en cualquiera de esos tiempos, las historias se disolverán en el intento de contar la vida paso a paso, con su sincera explicación, con su profunda evocación, su desastrosa solución, su afilada ironía o su visión desenfocada.

Pero “Un hombre astuto” básicamente nos escribe sobre la historia propia de Jonathan Hullah, Su infancia, sus años escolares, la universidad, la guerra, la profesión… Y, él,  se nos aparece, entre los textos, como un improbable paradigma de hombre del renacimiento: ducho en el arte, en la música, en ciencia, en la sutileza de la retórica, del saber universal común y del saber inusual; porque él es un médico muy peculiar, que utiliza las ideas de Paracelso y de la Filosofía Perenne para diagnosticar y tratar a sus pacientes. Sus excéntricos y, a veces, expeditivos, soeces o procaces métodos van paralelos, Sigue leyendo Un hombre astuto, de Robertson Davies

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Espíritu festivo: cuentos de fantasmas

espiritu festivo

Espíritu festivo: cuentos de fantasmas, de Robertson Davies

espiritu festivoFantasma. Dícese, según la RAE, algo con lo que yo no estoy muy de acuerdo, que dicha palabra significa: imagen de una persona muerta que, según algunos, se aparece a los vivos. Si todo fuera tan sencillo yo no estaría hablando de Espíritu festivo ni vosotros pensando que a ver con qué nos va a aparecer éste ahora, que ya está con sus intrigas. Bien, lo diré claramente: estamos aquí para hablar de fantasmas. Y si vosotros pensáis que aquellos espíritus que, en un principio, arrastran cadenas y nos producen escalofríos por las noches son sólo lo que aparecen en los relatos de terror, estáis equivocados de medio a medio. ¿Un fantasma puede hacernos reír? Pero no me refiero a una risa idiota de esas que se reflejan en personajes medio bobalicones que aparecen en relatos poco menos que insultantes, no. De lo que yo os hablo es de una risa con sustancia, de esas que sólo te dan las buenas historias – o los buenos espíritus – y que te llevan a no querer bajarte del transporte por el que te llevan sus andanzas. Bien, si vosotros sois de los que hoy en día queréis descubrir lo que de verdad puede llegar a ofrecer un fantasma, un espíritu, una aparición, en definitiva, alguien que está muerto pero que ojalá estuviera vivo, abrid este libro sin mayor dilación. ¿Que por qué? Eso es demasiado complicado para decirlo en esta introducción, a sabiendas de que si yo lo dijera, ¿dónde quedaría el misterio? ¿Acaso me habéis visto cara de no saber de lo que hablo? Sí, estoy hablando de fantasmas, pero también de uno de los libros con los que más me he reído de los últimos tiempos. Estáis a punto de saber por qué, no seais impacientes. Las mejores historias tienen su principio, su desarrollo y su final. Aquí va el comienzo.

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