Publicado el

Puerca tierra, de John Berger

Puerca tierra

Puerca tierra

No hacen falta raíces para que la tierra sujete tus pies anclados a la tierra como pequeños árboles nacidos de un útero de arcilla, como niños paridos cuando se ha partido el fruto del nogal, como niñas alimentadas de las ubres de las vacas, como vacas alimentadas, cada mañana a la misma hora en el mismo minuto, por todas las manos de hombres y mujeres que habitan sobre la tierra, con sus ojos legañosos llenos del polvo de la hierba seca recogida en verano, o llenos de barro de las botas que salpican el rocío matinal de los pastos donde se alimentaron todas las ovejas y todos los campesinos, todas las vaqueras y todos los bueyes que en el mundo han existido; y no hacen falta aquellas raíces que amarren tus pies, porque la tierra te atrapa, y no te suelta, con historias, con el recuerdo de todos los pasados y antepasados de cada una de las familias que han existido en las tierras de labranza, en las tierras de pasto, entre montañas de piedra y bancales, o entre llanuras de cereal y frutas; no te suelta de todo aquello que quedó enganchado como en telarañas de recuerdos que se aparecen en todos los rincones de los caminos, en cada cruce, en las piedras, en cada herida, en los muertos, en cada viaje, en los sucesos, en las alegrías, en las tristezas, en cada campana que toca a muerto o a fuego, o a inundación, en las manzana con sabor a sidra, en cada sidra con sabor a manzanas y a manos llenas de cieno y cielo. “Puerca tierra” son las historias de un estrecho pedazo de mundo, cerrado y cercado de montañas, pasados los años 50 del siglo XX en una Francia rural y campesina. Son personas y animales, sucesos y aspiraciones, ruegos y pérdidas, ganancias y maldiciones atrapadas entre esas montañas y pastos, entre esas casas colgadas del precipicio, y agarradas a las faldas de las montañas, entre aquellas hierbas y piedras llenas de musgo, llenas de los fantasmas de generaciones que pasaron por allí pisando las mismas rocas, saltando por los mismos atajos, viviendo en las mismas casas. Son las historias de un instante de sus viajes por la vida, pero que no pueden haber sucedido, ni sucederán, en aquellas tierras sin el recuerdo y la mirada olvidada de todos los antepasados que habitaron entre esos aires con olor de hierba cortada, estiércol y nieve.

Puerca tierra” son relatos sobre gentes que habitan un paisaje entre montañas, un pequeño universo en el que sufren, sudan, pelan, gritan, soportan duramente…y lo hacen porque es el suyo; fuera de él solo sabrán vivir las nuevas generaciones que no han sido absorbidas por la tierra, por sus querencias y por sus deseos de preñada con antojos; jóvenes que se fueron, y pocos volvieron. Así van apareciendo unos relatos sobre la realidad de personas, presentes y pasadas, que viven, y vivieron, de la agricultura y el pastoreo; y todos aparecen y se adivinan presos a las tradiciones, a las miradas exigentes de sus antepasados, a esas tierras propias, a los muros de los “chalets” en los que viven. Sus costumbres, sus apegos, sus odios, sus amores, sus recias personalidades están pegadas, y plegadas, a la dureza de las piedras, a su acerbo de generaciones que no quieren cambiar, que no quieren descubrir que debe haber algo nuevo, y hoy todo parece llevarlos hacia un fin lánguido, como la muerte dulce en la cama caliente, o en la bañera del agua cargada de vapores; muerte desde la que caerán los muros de sus casas, de sus bancales, de sus frutales, porque nadie seguirá cuidándolos; las generaciones pasadas acabarán junto a ellos, y lejos de sus hijos allá en la ciudad, allá en París,.

John Berger, cuenta, e interpreta, las historias que le contaron durante una época en la que vivía en la montaña francesa, y lo hace sobre las cosas que por allí habían sucedido, o suceden, pero también las impresiones que le deja todo aquel material humano, aquella tierra llena de heridas, sangre, sudor y estiércol; todo aquel aire impregnado de palabras cortas y frenéticas que sirven para parar el tiempo o para llamar a los animales o al buen tiempo desde las cumbres de las montañas; o sirve para mostrar recios odios y alabanzas, y para anunciar que la vida es ayuda y lucha, y para hablar de  viejas historias de las guerras mundiales, o para recordar a padres o madres que enseñaron cómo debe ser al vida, pero no enseñaron a vivirla, solo a trabajar; trabajar y sudar desde que se va la luna hasta que aparece de nuevo, cuando ya comienza a salir la escarcha. Pero Berger no solo habla de lo que sabe y le contaron, -y habla con su voz o con las del viajero que ha vuelto y encuentra el pueblo otra vez, o del niño ya viejo con recuerdos inolvidables o … -; también habla de sus sensaciones, de esa impronta que solo pueden aparecer desde la poesía. Con ella muestra el lado oculto de la personalidad del pueblo, esa que solo puede explicarse con los silencios entre las estrofas, y los gritos en los versos

Y los relatos que cuenta son sobre una pequeña mujer que tiene tres vidas y que parece pelear con el mundo desde su pequeña estatura; y hablan de vacas y de perdidas y de cerdos y matanzas y  de viajes a la nada; y hablan de padres  e hijos que no se comprenden; y de pelear por subir todos los días una cuesta con la fuerza de sus brazos y un viejo caballo; y hablan de campesinos que solo quieren defender lo justo, su justicia propia, su saber de siglos que no es el que rige ahora el mundo; y hablan de la ayuda entre todo el pueblo para la matanza del cerdo, o para construir casas, o para cavar en la nieve en búsqueda de cualquier cosa: tuberías, topos, comidas, tesón, fuerza…todo eso que une y todo lo que dispersa. Todas las historias de las que habla el libro son sobre campesinos que aman más su forma de vida que a la propia tierra: y la aman porque saben de ella, saben como será, saben que nada debe o puede cambiar para que intenten sobrevivir, saben que tras las lluvias siempre escampa, que las nieves traen silencio y prosperidad, saben que deben seguir los pasos de sus padres, y de los padres de sus padres, y la de los padres de estos, porque ellos supieron vivir y asentarse en aquellas tierras, y con aquellos animales, que no siendo los mismos, son las crías de las crías de las crías que aquellas que acompañaron y alimentaron  a su vieja familia, y así deberá seguir siendo. Los relatos y poemas que hablan de la vida en esas tierras duras y fecundas, son relatos de vida y de muerte, de crecimiento y caída, de lo viejo que se quiere y lo nuevo a lo que se deben acostumbrar, son relatos de nacimientos y de pensamientos de huida pocas veces cumplidos, porque la tierra se agarra a su piel.

La última historia que cuenta John Berger, que no lo es, es un ensayo sobre la vida del campesinado a lo largo del tiempo, es posible, que con los cambios que se han introducido desde que escribió este libro , haya cosa que no encajen, pero sin duda es un análisis lúcido sobre un mundo que comenzaba a cambiar, pero que seguía siendo tan feroz y tan difícil como la de hacía cien o mil años.

Es un libro bello en sus pensamientos, bello en su lenguaje, triste en sus palabras profundas, profundo en sus palabras tristes; es un libro para sentarse y mirar el horizonte capado por las montañas que rodean pueblos, que rodean casas, que rodean animales, que rodean hombres y mujeres que rodean montañas…

[product sku= 9788420470467 ]
Publicado el

El cuaderno de Bento, de John Berger

El cuaderno de Bento

El cuaderno de Bento

Y si fuera el silencio que debe acompañar a las lecturas de Spinoza lo que desprendiera este libro, sería un silencio arrugado, un silencio doblado por las esquinas, en esas donde se señalan lo que debes releer, a lo que debes estar atento, aquello con lo que o te identificas o te sorprende. La calma que rodea el texto te sorprende. Nada alrededor de la lectura parece tener importancia, solo te centras en el papel, en los símbolos -dibujos y letras- que te impresionan la mente. En ese collage que resulta ser el libro, en el que Baruch Spinoza -Bento-, los dibujos y esa liturgia de señuelos, ideas, murmullos y miradas que siempre recrean los textos de John Berger; todo parece ser creado para ser observado, tanteado, acariciado o pensado; para ser asumido en tu mente, ser argamasa entre las neuronas, sin que ninguna sensación acuciante te recorte la percepción de algo diferente.

El cuaderno de Bento” es el improbable diario, la imposible copia, del libro de apuntes que siempre, dicen y decían, acompañaba a Spinoza. John Berger tienta a la suerte, apuesta por una forma, por su versión, por lo que él hubiera hecho si hubiera sido Bento, si este hubiera vivido el siglo XX. Y no pretende asomarse al cerebro del filósofo, no pretende provocar su comportamiento, ni alterar sus ideas. No; esas ideas aparecen, ilustres, por todo el libro, enmarcados entre ropas de niños regaladas, entre las bolsas de una pequeña guía de museo, entre muertos por las estúpidas diferencias religiosas, entre olvidadas princesas que nadan en una piscina pública, entre supermercados españoles y poderosos hombres de negocios desnudos. Por entre esos resquicios, Berger ha expuesto algunos de los pensamientos de Spinoza, a la vez enigmáticos y cortantes, al mismo tiempo sorprendentes y oscuros. Sobre ellos sobrevuela esa sensación que pretende mostrar que sobre lo práctico, sobre lo racional o empírico, está ese lado del mundo que se apoya en lo etéreo, en el que prevalece lo espiritual de la vida, lo que no es contable, y, a veces, ni siquiera demostrable. Mundo, este, que en el libro está poblado de dibujos que no quieren mostrar más que una cara del pasado, una flor, un crucifijo, una mano, un pequeño paisaje, o unos ojos como collares dibujados por una niña; cosas sin aparente importancia, pero que son cimientos de una forma de ver la vida; ese mundo que,  a veces, se distingue desde una mirada amistosa a las cosas más simples , y en otras se advierte la posición crítica contra los poderosos, esa acerada palabra que siempre acompaña a Berger; esa con la que aplasta a base de sustantivos, adjetivos y verbos, no ya a los poderosos de dinero y poder bárbaro, sino también a los momentos injustos, los estados que deberían ser ilícitos de amor hasta la pobreza, los lugares de violencias irracionales, de muertos sin culpa; y muestra esa angustia que ofende cuando existen personas que no nacieron en el lado iluminado de la justicia.

“El cuaderno de Bento” es un canto a las pequeñas cosas, a las maneras suaves y dignas de entender la vida, de luchar por ella, de amarla y de protestar y ofenderse y rabiar con ella. El libro es una conversación al oído, sorteando la música abrasadora que ahora suena en el mundo, que te cuenta sobre la belleza de los dibujos -aunque no sean los mejores, aunque, una vez, sea el dibujo titubeante de una niña pequeña-, que te habla del orgullo por los dibujados, te habla de “Los hermanos Karamazov” y de otros libros; te cuenta sobre la mirada hacia un cuadro, hacia los que miran el cuadro, hasta la mirada de la que te hace mirar el cuadro; que te susurra sobre lo que es saborear los pequeños detalles que se nos escapan entre esa música y los sonidos de los teléfonos que parecen ser el diapasón que mueve el mundo ahora; es observar, también, a una persona cualquiera y agradecerle un buen gesto; es mirar al bufón que dibujaba Velazquez que no a sus reyes; es contemplar al antiguo dirigente de cultura de la Alemania comunista  expurgado por defender su arte; es descubrir, cara a cara sin cerrar los ojos, los horrores que nos ocultan o queremos que nos oculten; es observar la vida de los emigrantes en país ajeno, y la no diferencia entre los mundos que nos hacen creer que existen; es atisbar el simple descubrimiento de la alegría que parece iluminar un día cualquiera. Esas cosas, y muchas más, son las que aparecen en las páginas del libro que quiere mostrarme el mundo de debajo de las piedras, allá donde dormitan las salamanquesas, las ranas y parecen vivir los humanos del mundo que no salen en los periódicos si no es para contar que no volverán.

Bento, Spinoza, no escribió este libro, ni siquiera se parecerá en nada a lo que pudo escribir, excepto esas sentencias, esas “proposiciones”, que muestran que el mundo que no se puede contar en monedas o valores existe, y que es tan valioso como el mayor de los bancos del mundo, en ese donde no se sientan ni los pintores de caras tristes, ni ancianas que regalan chaquetitas a bebes, ni cariñosos guardaespaldas de ancianas que lo serán siempre, ni los bufones, ni los emigrantes, ni Ossip Mandelstam, ni verbos con sabor a ternura, ni sustantivos sobre la injusticia del mundo. No, no existieron esas cosas en los diarios de Spinoza; pero sí parece que un mundo, su mundo, resbala por las hojas del libro; igual solo es la tinta de lo dibujos que él no pintó, pero que si pudo hacerlo porque la pintura, y la literatura, y lo no palpable, se va moviendo en el mundo y cae, siglo en siglo como un fuerza que no desaparece y que se trasforma, en ciertas manos, y acaso son las mismas las de Berger y la suyas.

Este libro, debo decir, no es con el que empezaría a leer a John Berger, creo que debes, primero, tomarle el paso, acompasar la zancada de su literatura, de su mirada del mundo y de la sociedad, para luego saber sumergirte en ese escrito, personal, fuerte, minucioso y espiritual; hasta empaparte en el cauce de su torrente que ya te volverá trasparente. Merecerá mucho la pena que recorras el camino, sin adentrarte por el atajo, y leer este libro en toda su agudeza. Te lo aseguro.

[product sku= 9788420413082 ]