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El río del olvido, de Julio Llamazares

El río del olvido

El río del olvido“No debes volver a un sitio donde fuiste feliz” te aconseja la aturdida experiencia. ¿Y si volvemos? Pues os aseguro que la nostalgia nos presentará batalla e intentará que busquemos recobrar los sonidos, las imágenes, los pequeños fantasmas, las grandes sonrisas, las luces o los olores que allí se quedaron. Pero, si obviamos el atajo normal, hay otra manera de regresar esquivando la añoranza: retornar a esos lugares y volverlos a conocer de otra manera, con gente desconocida, palpando de nuevo sus tierras, auscultando su corazón, reconociendo sus insólitos latidos, entendiéndolos otra vez. “El río del olvido” es la narración de un viaje por las tierras que recorre el río Curueña, allí donde están los senderos y paisajes del pasado, los lugares donde Julio Llamazares vivió durante su infancia. Su manera de circunvalar esa nostalgia es pasear por aquellas tierras de León caminando por senderos vacíos, visitando pueblos, crestas, caseríos mínimos o ruinas abandonadas; es hablar con gente que no conoce; es aventurarse en casas ajenas durmiendo en pajares o negocios ruinosos o visitar bares únicos; y así conseguir ver de nuevo, desde otro punto de vista, su pasado y, de este modo, reinventar sus nuevas leyendas o descubrir lo que no sabía de esos lugares. Pero, al final, recorrer durante seis jornadas aquellas montañas y valles le va a resultar distinto a lo que pensaba, porque se notará un extraño para las gentes que por esos lugares viven y, en contraste, va a caminar por sitios conocidos. Así descubrirá esa rara sensación de ser un casi desconocido en el balcón de su propia casa.

El viaje que cuenta el libro sucedió durante un verano de 1981. Y es más que probable que lugares  de los que detalla que estaban despoblados o casi abandonados, hoy hayan recuperado su población, su latido de vida; es probable que las casas que se caían, o que parecían caerse, ahora renazcan inhiestas; es posible que allí donde solo se oían voces ancianas, ahora se oigan las risas de los niños; es posible que haya nuevas carreteras y las viejas estén invadidas de maleza. Y es eso lo que hace rico el relato, lo que da valor a este diario de la travesía por un mundo y un tiempo que ya no serán efímeros. Lugares y días en los que Julio Llamazares, a veces, intuye tristeza o abandono, pero, sobre todo, ve a gente que importa, gente orgullosa y dura a la vez. La mayoría, sin duda, ya muertos, pero que, como los viejos caminos ya abandonados, como, seguro, alguna taberna de aquellos lares, como los bosques ya talados, las casas derruidas y los sonidos perdidos del día y de la noche; no estarán solo en el recuerdo de los que los sintieron o los vieron, sino también se podrán escuchar, incluso ahora, en el viento y observar en el reflejo de las pozas más viejas de aquellas sierras… y en estas hojas, para no volver a ser pasto de la nostalgia.

El río del olvido” es el relato y el diario de un viaje de amor y curiosidad. Curiosidad por conocer y reconocer, y amor a unas tierras y unas gentes que parecen sujetas a las casas y estas a las laderas encrespadas de las montañas. Allí donde el Curueña es el único punto llano, es la cicatriz líquida entre cuestas de hierba, precipicios, árboles y roca.

Y no sabría decir si me gustaría más pasear por aquellos paisajes o vadear el río o mirar las montañas o encontrar un árbol bajo el que dormir en verano o escuchar viejas o recientes historias de las personas que habitan este libro. Lo que sé es que el viajero que me habla desde estas hojas, sabe que cada paso que da, y que describe o documenta, es un parón en el tiempo; sabe que debe escribir, porque así parece parar la historia, sobre aquellos pueblos y valles por donde camina, curiosea y donde parece mimetizarse con sus colores, sus olores, sus habitantes, sus calles…en Valdepiélago, Nocedo, Valdorria, Valverde o La Vecilla; y debe describir las caras, los gestos y las miradas de las personas que allí vio, porque son fotos eternas. Y así, el viajero, conoce que las cosas que se encierran en pequeñas torres de papel son parte de un universo ya común a todos, aunque fueran allá por 1981 en un lugar en el que vivían los que sobrevivieron a una guerra, a la muerte entre paredes y fusiles, los que perduraron en los malos tiempos, pelearon con el frío, con la dureza de la vida; esos que habitaban un lugar tan bello como duro, tan encrespado como avasallador, tan constante como hermosas sus montañas.

Parte el viajero de aquellas montañas y de aquellos valles de León con la mochila vacía de comida, las piernas cansadas y satisfecho de pequeñas aventuras, siendo capaz de escribir con los ojos cerrados sobre el silencio que llena el aire de las empinadas vaguadas, sobre el murmullo de las aguas de los arroyos y los ríos, acerca del sonido de las ovejas y las vacas pastando, acerca de casas con solera y bares sin alcurnia, sobre el flirteo de las nubes con las altas cumbres, y el vahído que puede provocar los cortantes precipicios. El viajero también puede oír, incluso cuando ya está lejos, el ruido de la voces, los vientos, la lluvia cayendo, las piedras rodando, los vasos entrechocando y el de sus propias botas, aún, pisando la hierba seca de verano.

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Un comentario en “El río del olvido, de Julio Llamazares

  1. Cuando Julio LLamazares caminaba por estos parajes, también lo hacíamos nosotros. Y nunca, nunca olvidaremos la primera vez que visitamos el publo de Valdorria. Un lugar perdido, sin carretera, y donde vivían unas grandes personas como Amabilia e Hilarino, que Julio Llamazares también menciona en este libro.

    Un gran relato para conocer el pasado de un lugar inolvidable.

    Saludos

    Ana y Víctor.

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