
¿Bueno y qué? No he visto Bambi. Nunca. Lo reconozco. Trozos sueltos por azar en algún telediario aprovechando el estreno de alguna cinta de la factoría Disney para rellenar hueco con algún minirreportaje o en Días de Cine o similar, sí. Pero soy uno de esos monstruos sin corazón que ha crecido sin haber visto la –dicen que traumatizante– película. Aunque acabo de leer el libro. Y seguramente muchos de los que han visto la peli estarán convencidos de que ese pequeño e indefenso cervatillo es una invención de Disney, como pueden ser Dumbo o WALL-E, pero nada más lejos. Es más. La mayoría de los argumentos de las cintas de animación de la casa del ratón, propietaria de Marvel, de la Fox, (y de EE.UU de aquí a cinco años) están basadas en libros, pero esa es otra historia.
No sé muy bien qué me llevó a querer leer la novela. Tal vez la curiosidad por conocer el origen de la mítica película o comprobar si lo que se cuenta en él difiere de lo contado en el filme (y aunque no la he visto sé que en la cinta aparece Tambor, pero en el libro no aparece ningún conejo llamado así y que sea el amigo de correrías de Bambi). Admito que en el dossier de prensa me llamaron la atención las ilustraciones textiles, tan sutiles y a la vez tan descriptivas y expresivas con tan solo paño e hilo.
El caso es que lo he leído. Y me ha gustado, pero me queda una duda. ¿Realmente es un libro infantil? No estoy tan seguro de ello. Yo diría que es una lectura para un público juvenil y adulto pero, desde luego para nada infantil, ya que tiene algunos pasajes algo gores (uno de los personajes, por ejemplo, y no hago espoilers, muere con los intestinos fuera…) ¿Que los animales hablan? Sí. También en Rebelión en la granja. Todo tipo de animales hablan en Bambi, e incluso las hojas de los árboles, pero aún así, no es motivo suficiente para catalogar a un libro de infantil.
¿Y de qué va el libro? De la vida. Del descubrimiento de todo lo que rodea a nuestro corzo (no es un cervatillo como en la peli) desde que nace en un bosque europeo (tampoco es de EE. UU, como en la peli). De las enseñanzas que su madre le va impartiendo. De las dudas y temores, de dónde buscar comida, qué senderos recorrer, cuándo dormir, del crecimiento y madurez y también de la soledad y la muerte. Del ciclo de la vida, como dicen en El rey león. Y del miedo. De Él. Él que es el/los cazador/es y por extensión la especie humana, a quien todos los animales temen por haberle visto matar con una tercera mano y un ruido atronador, por creerle todopoderoso, superior a ellos, y un dios de vida y muerte.
Me he llevado una gran alegría al leer Bambi. El ritmo es el adecuado, la prosa no es complicada (esperaba aburridas descripciones de los elementos del bosque) pero sí muy cuidada y describe muy bien animales, flora y el comportamiento de los animales en el bosque, como una gran familia no unida, o mejor, como una comunidad de vecinos, en la que todos van a lo suyo, con sus prisas y sus problemas y solo de vez en cuando, sobre todo cuando Él aparece, hacen unión.
Es un libro emotivo, vital, que te inocula las ganas de ir a un bosque, de caminar pisando esas hojas secas que avisan a los animales de que Nosotros estamos ahí, de pedirles perdón, de escuchar a los arrendrajos e intentar ver a todos los animales que podamos y entender que son parte de este mundo que antes era todo suyo y que poco a poco se lo hemos ido quitando. Entender que ellos solo quieren hacer su vida, sobrevivir…
Alguien dijo que le parecía mentira que se hubieran comprado los derechos de un cuento tan simple en el que “nace un cervatillo, matan a la madre, encuentra pareja…” Lo cierto es que no es para nada un cuento tan simple. Hay mucho más en él. Es ecologismo puro, amor a la vida y a los animales y un intento de empatizar con ellos. Es el ciclo de la vida, ya lo he dicho antes, y es un libro que merece leerse.
Aprovecho para felicitar a Thule por la fantástica edición que se han currado. Les ha quedado un libro precioso por dentro y por fuera. Todo un regalo.

Sin duda, Brujarella es uno de los libros infantiles más divertidos que he leído últimamente. Bueno, ya sabía a lo que iba, porque había leído geniales críticas sobre este librito, pero la verdad es que ha superado con creces mis expectativas.


Embobada, así me he quedado yo con El bosque de los troles. Y no es una forma de hablar, no. Me he quedado prendada de las preciosas ilustraciones de John Holmvall, sin poder apartar los ojos de las dulces expresiones de los niños que se adentran en los bosques y de los entrañables troles que salen a su paso. Vale, esos troles suelen raptar a esos aventureros niños, pero con esas enormes orejotas y narizotas es imposible que les tenga manía; en el fondo, no tienen malas intenciones… Y si la cosa se complica, siempre habrá un 

Qué bonito el primer amor, ¿verdad? Esas mariposas en el estómago, ese tú me das un caramelo y yo te doy un regaliz, tú me prestas tu gorra y yo te regalo un cromo. Sí, hablo del primerísimo amor, el amor inocente e infantil que todos hemos sentido cuando estábamos en el colegio. Bien pensado, además del primer amor, es el amor más puro, ¿no os parece? Porque ahí sí que no había reproches, ni celos, ni nada que echarse en cara. Eso era amor, inocente sí, pero amor al fin y al cabo. ¿Lo recordáis? Seguro que sí.
Pues la verdad es que se me ocurren pocas cosas más aburridas que ser una princesa (rosa, verde o amarilla, da igual). Bueno, quizás una conferencia política, una charla entre el presentador de Documentos TV y Jesús Hermida o quedarte encerrado en una biblioteca que solo tenga libros de Jorge Bucay y Paulo Coelho. Está bien, esto último no es aburrido, es directamente una tortura. Y de las peores.
Arte. Los libros son arte. Y punto. Algunos más que otros. Algunos se lo merecen. Otros ni siquiera gastar saliva para hablar de ellos. Pero Caperuza es arte. Lo diría gritando si pudiera meterme en el procesador de textos y se me escuchara. Porque lo que ha hecho Beatriz Martín Vidal no se puede describir de otra manera. Lo intento. Quiero que me salgan las palabras, las noto en las puntas de mis dedos, fluyendo en mi cabeza sin que pueda ponerlas en orden, pero es que suele decirse que cuando el arte se te mete dentro, no hay palabras suficientes para describirlo, para captar en una palabra todo lo que te ha producido, para contrarrestar sus efectos con un poco de realidad, para bajarte a tocar los pies de nuevo, a vivir lo que estabas viviendo en ese momento. Me encuentro en casa, solo, abriendo este libro, y según las páginas van pasando, en una lectura que no lo es en su forma ordinaria – ya lo entenderéis más adelante -, me encuentro quedándome en silencio, anonadado, absorbido por cada una de las imágenes que ha creado la autora, resoplando, suspirando más bien, con una especie de hormigueo continuo en mis extremidades. Y esto sólo lo puede producir el arte. Y qué bien que sea el arte en un libro, en una lectura, repito, en un libro. Porque para eso valemos los lectores, para esto tenemos a los autores, para transportarnos, a través de sus creaciones, a otro nivel que se aleja de lo que conocíamos hasta ahora.






