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La niña de sus ojos, de Bryan y Mary M. Talbot

La niña de sus ojos

La niña de sus ojosSucede que un buen día, en algún momento de nuestra paternidad, descubrimos a nuestro padre agazapado en nuestro interior. Puede que lo encontremos en una palabra que decimos y que hacía treinta años que no oíamos, en un gesto que hacemos, en el modo de reñir a nuestros hijos o en los hábitos caseros que cultivamos. Quizá nos demos cuenta de ello en seguida, o quizá tenga que ser nuestra madre quien nos lo señale: “tu padre también siempre se sentaba así”. Pero esas palabras, que a la mayoría nos llenan de orgullo y emoción, nos revelan asimismo la triste condición del hijo, a saber, que sólo empezamos a conocer de verdad a nuestro padre cuando ya no está.

Algo parecido le sucede a Mary M. Talbot, que en el funeral de su padre, abrumada por el aluvión de testimonios de personas que lo conocieron y apreciaron, constata un hecho ante el cual un hijo no sabe muy bien cómo reaccionar:

Parece que mi padre era encantador en todas partes. Pero muy rara vez en casa.

Y esa doble faceta de la personalidad de su padre es tan sólo uno de los muchos paralelismos que la autora británica descubre entre su vida y la de Lucia Joyce, hija de James Joyce, y que nos narra de manera amena y magistral en La niña de sus ojos.

Parece ser que al autor de Ulises, uno de los grandes de la literatura universal de todos los tiempos, la paternidad no se le daba tan bien como retratar al joven artista adolescente, trasladar a Odiseo a Dublín, o crear palabras nuevas a partir de lenguas diferentes. Ésa fue una de las técnicas que empleó en su última obra, en la que empleó varios años de su vida que dieron como fruto Finnegan’s Wake, una novela prácticamente ilegible que a lo largo de los años ha hecho las delicias de apenas un puñado de eruditos. Entre ellos, James A. Atherton, el padre de la autora, reconocido experto en la opus magnum del irlandés.

Tanto Mary M. Talbot como Lucia Joyce, pues, crecieron a la sombra de un padre cuyo mayor deleite consistía en encerrarse con sus libros, sus diccionarios y su máquina de escribir. Pero Lucia tuvo además la mala fortuna de ser la hija de un genio, de alguien que vivía por y para (y el resto de preposiciones) su obra. Ser la hija de alguien admirado por todo el mundo podría parecer envidiable, pero cuando tú misma tienes serias inquietudes artísticas, el peso de la obra y la figura de tu padre puede resultar imposible de soportar.

Así, la autora entrelaza la narración de su infancia y adolescencia con la de Lucia Joyce, y lo hace con tanta destreza que pasamos de la una a la otra con la misma naturalidad con que pasamos la página. A ello se une el arte de su marido, el ilustrador Bryan Talbot, quien hace un trabajo espectacular, con el tipo de viñeta precisa para cada momento, desde el caos del ambiente familiar de las primeras páginas, hasta la monótona espera y la brutal escena del parto, pasando por el estilo periodístico con el que retrata los años de los Joyce en París. La propia Mary, incapaz, acertadamente, de retocar el trabajo artístico de su marido, opta, en un toque posmodernista, por insertar comentarios sobre un par de anacronismos en los que incurre su marido.

A la autora le tocó vivir esa pequeña tragedia, que mencionamos más arriba, de empezar a conocer a su padre el día en que éste murió.  Lucia Joyce, por su parte, conoció demasiado bien al suyo, el genio que contribuyó a hacer de su vida un auténtico infierno. Moviéndonos entre la Inglaterra que va de la posguerra a los años hippies y, por otro lado, el París de Josephine Baker, Samuel Beckett, Sylvia Beach y el modernismo, esta extraordinaria La niña de sus ojos nos narra ambas vidas en una historia que es, como cualquier obra del propio Joyce, emotiva, cruel y divertida.

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Fuga en la Modelo, de Miguel Gallardo y Juanito Mediavilla

Fuga en la Modelo

Fuga en la ModeloLos que ya tenemos una edad recordamos muy bien, y con inveterada nostalgia, la época dorada de los quinquis. Comprendía ésta los últimos años de la década de los 70, en la que tantas cosas cambiaron, y principios de los 80, cuando por primera vez nos pusimos a hacer cola para comprar el pasaje a la modernidad. Eran los años de la sirla y el caballo, cuando los relojes se llamaban peluco, la basca apoquinaba para pillar cien duros de costo, el primo de nuestro colega era un lejía que se bajaba al moro cada mes para subir cargado de mandanga, y nuestra vida cultural se reflejaba en fanzines.

Hoy parece increíble, pero hubo una época en que nombres como el Vaquilla o el Torete (¿qué tendrán los bóvidos?) eran tan populares como los de los futbolistas, quienes, por su parte, no eran los finos estilistas de hoy en día, sino muleros que gastaban recio bigote. Gracias a aquellos quinquis legendarios, que en el fondo no eran más que unos pobres mangutas de medio pelo, tuvimos el privilegio de vivir en directo, con la emoción de una final de la champions, atracos, secuestros y motines, entre otras infames gestas de aquellos mataos que, por buscarle un tanto de heroicidad al asunto, digamos que se rebelaban contra un destino que los hacinaba en megabloques del extrarradio.

Servidor, naturalmente, siempre fue muy modosito. Nunca aprendí a liar un mai, prefería la horchata a la birra, no me llevaba el loro a la playa, y mi Simca 1200 jamás rebasó el límite de velocidad. Pero en aquella sucia, decadente y añorada Barcelona, en la que había más chorizos que hoy turistas, y más diversión en  el Drugstore o en Zeleste que hoy en todo el barrio de Gracia y el Borne juntos, era imposible, incluso para un tierno y apocado mozalbete, escapar por completo de la perniciosa influencia de los quinquis del barrio. Y parte de esa influencia tan nociva venía, naturalmente, de Makoki y de cómics como Fuga en la Modelo, que marcó un verdadero hito en las lecturas porreras y que, al igual que haría pocos años más tarde el inolvidable Ivà, recogió, reivindicó y hasta dignificó el lenguaje callejero, una jerga ingeniosa y vulgar que toda una generación (excepto los putos pijos) adoptaron con entusiasmo.

Makoki siempre me dio algo de yuyu (fijaos si era tierno, yo). Esa jeta de mala hostia, esas dos kas tan amenazantes, esos cables que le salen de la cabeza, esos colegas tan colgaos que siempre lo acompañaban, esas calles entonces solitarias, mugrientas y algo sórdidas (¡ay, Barcelona quinqui, cuánto te añoro! Si hubieras visto en qué te ibas a convertir, habrías acabado tú también en el frenopático) que conducían a la mítica Librería Makoki, en la plaza del Pi, y claro está, esas viñetas caóticas, atiborradas de detalles, ese trazo descarado, heredero castizo de Robert Crumb, ese humor bestia tan cercano al de la serie británica The Young Ones, y sobre todo, esas historias de camellos, yonquis, picoletos y maderos me hacían sentir vivo, joven, rebelde y muy, pero que muy decadente.

Fuga en la Modelo es un clásico del cómic underground hispano, que durante un tiempo fue, junto con la música (eran los años de Kortatu y La Polla Records, entre otros), la única vía de escape para la rabia y las ganas de juerga de una generación que andaba perdida entre la nueva libertad y el statu quo de siempre. No debe buscar en sus páginas el lector sutilezas argumentales ni profundos retratos psicológicos. Lo que se va a encontrar es una historia demencial, salvaje, delirante, violenta, guarra y muy divertida. Una obra que refleja, como pocas, un pedazo de nuestra historia que alguien se dio demasiada prisa en esconder bajo la alfombra.

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El solar, de Alfonso López

El solar

El solarSabemos por experiencia que la relectura de un libro de nuestra juventud siempre nos depara sorpresas que, como tales, pueden ser buenas o malas. Las segundas, que son quizá las más habituales, acostumbran, con esa sensación de “¿de verdad esto me gustó tanto?”, a dejarnos decepcionados, chafados, y a amargar para siempre lo que hasta entonces había sido un grato recuerdo. Pero, por fortuna, la visita a nuestras lecturas juveniles o incluso infantiles también nos puede deparar sorpresas agradables, como descubrimos, curiosamente, leyendo una obra completamente nueva: la estupenda El solar, de Alfonso López.

Poco podía sospechar este aficionado a los tebeos, que en su infancia devoraba con pasión Pulgarcitos, TBOs y todo lo que tuviera viñetas, que aquellas historietas de personajes tan singulares y, para el niño que era servidor, tan estrafalarios como Carpanta, Don Pío, Doña Urraca, El doctor Cataplasma, Pepe el hincha, u otras cuyos títulos a menudo eran impagables pareados, como Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, El profesor Tragacanto y su clase que es de espanto, o La familia Trapisonda, un grupito que es la monda, poco podía sospechar que en realidad estaba leyendo una auténtica crónica social de la España de posguerra hasta el final del franquismo.

La historia que nos ocupa transcurre en el undécimo año triunfal del glorioso alzamiento. En Miranda de Ebro, donde se encuentra el último campo de concentración para prisioneros de la república, Pepe Gazuza recupera la libertad tras haber cumplido su pena y saldado cuentas con el nuevo régimen del generalísimo. Ahora empieza lo más difícil, que no es la reintegración en la sociedad, sino, simplemente, la superviviencia en un país estragado por la escasez, el estraperlo y el racionamiento.

Estamos en la España de Berlanga, en quien Alfonso López se inspira no sólo para esa vista general de la página 20, sino sobre todo para sus diálogos. La miseria del pueblo empuja a Petro, recreación de Petra, criada para todo, a buscarse la vida en la gran ciudad, una Barcelona que nunca se nombra, adonde también se dirige Gazuza, evidente homenaje a Carpanta. La historia que se desarrolla tiene mucho de comedia berlanguiana, en la que se mezcla el costumbrismo de botijo y pandereta con una parodia de una película de espionaje. Cine y tebeos, como vemos, son la referencia constante de El solar, por donde se pasean, además, personajes como la ya mencionada Doña Urraca, Gordito Relleno, Zipi y Zape, Mortadelo, las Hermanas Gilda, y otros casi olvidados como Doña Tomasa; actores como Fernando Fernán Gómez, James Cagney, Edward G. Robinson, o personajes históricos como Simon Wiesenthal, Manolete, Antonio Machín, Nikita Jrushov o el mismísimo caudillo cagando durante una de sus cacerías. Uno de los placeres de esta obra es releerla con detenimiento e intentar identificar todas las referencias, sean éstas a tebeos como a actores. Si el desafío no os parece lo bastante grande, os reto a que identifiquéis los rincones de Barcelona que aparecen, alguno de los cuales, como ese maravilloso bar de la página 75, imagino que ya no existe.

Alfonso López consigue recrear a la perfección el ambiente gris, opresor y desesperanzador de aquella sociedad, al mismo tiempo que rinde un merecido homenaje al cine, la música y, sobre todo, los tebeos, que ayudaron a nuestros abuelos a sobrellevar tantas carencias con buen humor. Y lo hace con una obra divertida y, a pesar de tantos cameos y referencias, personal y original, que nos recuerda de dónde venimos y, algo fundamental, nos ayuda a bajarnos los humos. Que la boina nos la quitamos anteayer.

 

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Cuarentón, de Joe Ollmann

Cuarentón

CuarentónAntes de que todos supiéramos inglés, en España se traducían los títulos de las películas. Los traductores se lo pasaban pipa compitiendo por ver quién se alejaba más del original o, sencillamente, quién era capaz de desvirtuarlo por completo.  Existen incontables ejemplos de ello, pero hoy me basta con citar sólo uno. ¿Os acordáis de aquella gran comedia de Billy Wilder, que inmortalizó la imagen de Marilyn Monroe sobre la salida de ventilación del metro? En español se tituló La tentación vive arriba, porque el personaje de Marilyn vivía encima del señor que se la mira en la famosa foto, y porque además ella era una chica muy tentadora. Todo muy sutil, como veis. Pues bien, en inglés el título era The seven-year itch, que hace referencia a ese picorcillo que, a decir de algunos psicólogos, les entra a los miembros de una pareja tras siete años de relación y que los lleva a tontear fuera de ella.

En lo que a mí respecta, llevo bastante más de siete años casado, y, si alguna vez he sentido ese picorcillo, ya ni me acuerdo. Pero es que tampoco he pasado por esa temida etapa en la que se nos viene encima, como un alud, toda nuestra insignificancia, nuestra flacidez, nuestra alopecia, nuestros cartuchos mojados y nuestras frustraciones. Me refiero, naturalmente, a la crisis de los cuarenta.

No puede decirse lo mismo de John, el amargado protagonista de esta estupenda y cruelmente divertida Cuarentón, de Joe Ollmann. John, casado con una mujer mucho más joven que él, padre, con su primera mujer, de dos hijas mayores de edad y, con la segunda, de un bebé, y encargado oficial de limpiar la mierda de los gatos que sus hijas dejaron al emanciparse, está hasta los mismísimos. Pero a diferencia de otras historias sobre víctimas de esta crisis, las causas de la amargura de John hay que buscarlas dentro de él mismo, y no en quienes le rodean. Su caso, pues, se parece más al de Sherman, el vecino de Marilyn, que al de Lester, de American beauty. Su matrimonio es feliz, como el mismo John reconoce, y su mujer es tan comprensiva con él que probablemente le perdonaría… pero no revelemos demasiado.

La otra parte de la historia es la que nos cuenta las desventuras de Sherri, una aspirante a rockera a quien la industria musical no le permite más que dedicarse a las canciones infantiles. A través de las canciones de Sherri, que encandilan al bebé de nuestro héroe, John conoce y se encapricha de la cantante hasta la obsesión. Y empieza entonces la operación Sherri, a la que John se lanza con esa sensación en el estómago que sólo un cuarentón puede tener: estoy a punto de cometer una locura, soy consciente de ello y me lanzo sin paracaídas.

El personaje de Sherri es una gran creación que introduce en la novela el elemento redentor. Sherri emana bondad y comprensión, y a veces su sola presencia basta para ayudar a quienes la rodean, que, por supuesto, no dudan en aprovecharse de ella. La aparición de Sherri en la vida de John promete sacarlo de esa rutina de pañales y oficina, que lo tiene encerrado en esas nueve viñetas tan regulares y constantes como las barras de una celda.

Las vidas de John y Sherri continúan cada una por su lado, una, cuesta abajo, otra, atascada, hasta que al final se produce el encuentro. Naturalmente, no os voy a contar qué sucede a continuación, pero, comparando el comportamiento de John en ese momento con el de servidor hace treinta años, se me ocurre que quizá el cuarentonismo no sea una cuestión de edad, sino una característica personal más.

En definitiva, grandes perdedores en una gran novela, divertida y amarga, que algunos leerán con la sonrisa congelada.

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Juliette. Los fantasmas regresan en primavera, de Camille Jourdy

Juliette

JulietteTodos conocéis esa sensación tan agradable que tenemos a veces al salir del cine, cuando hemos visto una película con personajes creíbles, entrañables, con una historia cotidiana, casi trivial, pero con ese toque que hace que la sintamos muy cercana. En inglés hay un término muy preciso para referirse a dichas historias: feelgood. Así, una película feelgood es una película que te hace sentir bien contigo mismo, con el mundo y con los personajes. Pensad, qué sé yo, en Amélie. Por su parte, no se me ocurre mejor ejemplo para un libro feelgood que este entrañable y divertido Juliette. Los fantasmas regresan en primavera, de Camille Jourdy. Y mientras os dejo que vayáis pensando en una traducción de feelgood (nada de dejarlo en inglés, por favor), hablemos un poquito de esta estupenda novela gráfica.

Juliette regresa a su pueblo natal en tren, el medio de transporte más adecuado para los fantasmas, que así pueden ir saliendo poco a poco de su escondite y empezar a colarse en nuestro recuerdo y, sobre todo, en nuestra vida. No sabemos bien qué dolor aqueja a Juliette, aunque su dolor físico parece ser reflejo de una herida en el alma. Por ello ha decidido regresar al lugar donde creció, donde una vez fue feliz y donde la vida de los que se quedaron, sus padres, hoy separados, su hermana y su abuela, sigue un curioso rumbo, entre la rutina y el vodevil, con unos personajes en permanente huida de la soledad.

Marylou, la hermana de Juliette, juega a un curioso y arriesgado jueguecito erótico con su amante. Su padre, por su parte, vive todavía amargado por el recuerdo de su ex, una señora excéntrica con ínfulas de artista que, aparentemente, consiguió escapar con éxito de esa vida provinciana que ha atrapado a todos los demás. Y mientras tanto, su abuela languidece junto a sus cada día más escasos recuerdos. Nada más llegar, Juliette decide visitar la casa donde creció, ahora ocupada por Georges, otro prisionero de la ciudad, un solterón que mata sus semanas en la taberna del pueblo, donde los días de suerte consigue llevar al huerto a una amiga con derecho a roce ocasional a la que nunca ha querido dar nada más que eso. Georges, a quien sus amigotes llaman Pólux, desfoga su pasión escribiendo cartas de amor a amantes imaginarias.

Así está el patio de nuestros personajes, al que llega una melancólica Juliette y al que Camille Jourdy nos invita a entrar con unas ilustraciones sencillitas, pequeñas, de color pastel, cuyo flujo de vez en cuando interrumpe con otras, preciosas, a página entera, donde podemos apreciar la sencillez de un jardín o la riqueza de detalles y el ajetreo de una escena en una calle del pueblo. Y aunque Juliette no parece darse cuenta, la vida del pueblo cambia con su llegada, así como ella misma cambia al enfrentarse a la soledad de su padre, a las locuras de su hermana, y, sobre todo, al conocer a Georges.

Terminamos la lectura de Juliette y comprobamos que, en efecto, nos sentimos mucho mejor con nosotros mismos y con el mundo. El rato que Juliette, Marylou, Georges y compañía nos han permitido pasar con ellos nos ha abierto los ojos a nuestros fantasmillas, que, por pequeños y humildes que sean, también pueden llegar a ser bastante puñeteros. Tenemos la curiosa pero no desconocida sensación de que un grupo de amigos nos ha ayudado a cambiar nuestra visión del mundo, si bien “mundo” puede ser una palabra demasiado ambiciosa. Digamos mejor que nuestra calle, nuestro jefe, el pesado del vecino, nuestro puto cuñado y ese familiar (¿nuestro padre, nuestro hermano?) con el que nunca hemos terminado de entendernos han adquirido de repente un curioso color pastel y que ahora hasta nos encontramos a gusto con ellos. Por lo que respecta a Juliette y compañía, una vez hayamos colocado de nuevo el libro en la estantería, los vamos a echar mucho de menos a todos.

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La virgen roja, de Bryan y Mary M. Talbot

La virgen roja

La virgen rojaDesde hace algunos años, la novela gráfica ha empezado a salir de la introspección autobiográfica y la ficción más fantasiosa para adentrarse en la vida de los demás y la historia de otros lugares. Ahí están, por ejemplo, las impagables crónicas de Joe Sacco, los reportajes de Emmanuel Guibert, o las biografías de A. Dan y M. Le Roy. La pareja formada por Mary M. Talbot y su marido Bryan han publicado tres biografías consecutivas que han cosechado premios y encendidos elogios, y hoy os traigo la última de ellas.

La virgen roja nos habla de un breve episodio de la historia que pudo cambiar el curso de ésta y que, como tantos, quedó en sueño roto o en pesadilla exorcizada, según a quién preguntéis. Hablamos de la Comuna de París, que, pese a su relevancia y a que sucedió hace apenas siglo y medio, no es una historia muy conocida por estos lares.

Lampedusa acuñó esa frase inmortal de “que todo cambie para que todo siga igual”, y eso es algo que acostumbra suceder con las revoluciones. Así, en Francia se decapitó un rey para que acabara ocupando su lugar un emperador, Napoleón III. En ésas estamos cuando una serie de sucesos en los que, por pereza y desconocimiento, no vamos a entrar, condujo en París a un efectivo vacío de poder del que se aprovecharon los obreros, los antimonárquicos, los anarquistas y las milicias ciudadanas para instaurar la Comuna de París, que anarquistas y comunistas se disputan desde entonces como el primero de sus triunfos. El personaje más carismático de aquella Comuna fue la educadora, poeta y líder social Luoise Michel, conocida como la Virgen Roja.

De manera un tanto desconcertante, Mary Talbot, la guionista, decide abrir y concluir esta excelente novela gráfica con un curioso personaje histórico, Franz Reichelt, un sastre austriaco destinado a un trágico final. La figura de Reichelt, a quien no vemos más que en esos dos momentos, sirve quizá a Talbot para acentuar el valor y la abnegación de Michel. Tanto uno como otra han sido definidos de manera errónea como soñadores, cuando en realidad ambos dieron una patada a los sueños y se lanzaron de lleno a la lucha con la realidad, aun a riesgo de perder la vida. Quiso el destino, injustamente o no, que uno de ellos pasar a la historia como una mera nota a pie de página que dice “loco”, y que la otra, de manera indiscutible, se convirtiera en una leyenda de la lucha en favor de los oprimidos.

Pocas personas son capaces de ser consecuentes con sus ideas y principios hasta el punto de sacrificar su bienestar, su libertad y su ida. Louise Michel, arrestada por incitación a la violencia, entre otros cargos, exigió al tribunal que la juzgó que la condenara a muerte, y lo hizo con unas palabras que han pasado a la historia y que las ilustraciones de Bryan Talbot hacen aún más memorables.

Dado que parece que todo corazón que late por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte. Si me dejáis vivir, no dejaré de clamar venganza…

El tribunal, sin embargo, decidió deportarla a Nueva Caledonia, donde Michel continuó con su lucha al lado de los desfavorecidos.

Con un gran sentido narrativo, una estructura en flashback enmarcada dentro de una conversación que tiene lugar precisamente el día de su funeral, con sus excelentes ilustraciones que hacen uso de apenas cuatro colores, y con unas interesantísimas notas finales, La virgen roja es una gran lección de historia en forma de novela gráfica.

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Locas 2, de Jaime Hernández

Locas 2

Locas 2Como a Roma, son varios los caminos que conducen a la creación de un gran libro. Puede el autor, por ejemplo, proponerse escribir una obra maestra. Si se llama Joyce, Proust o Mann, puede, tras invocar a sus númenes, plantearnos profundas reflexiones sobre la memoria, el arte o la posmedernidad y el resultado se acercará bastante a la obra maestra. Por otra parte, el autor puede optar por olvidarse de la posteridad y escribir pensando en su público inmediato y en uno mismo. En ese caso, si tiene el talento suficiente, le bastará con llamarse Hernández, evocar el barrio donde creció y refocilarse en un culebrón de aquí te espero.

En este segundo volumen continúan las desventuras amorosas y las borracheras que, en Locas 1, nos deleitaban y, en lo que nos toca, nos hacían subir los colores. Locas 2, sin embargo, se centra mucho más en los personajes de Hopey Glass y, sobre todo, Maggie Chascarrillo, esa pareja de, sí, locas, con su relación de montaña rusa que ahora sube y ahora cae en picado.

Es probable que, a medida que publicaba estas historias en pequeñas entregas, Jaime Hernández se diera cuenta de que lo que tenía entre manos era más grande de lo que se había propuesto. Quizá sintió que sus personajes cobraban vida propia y reivindicaban aún más protagonismo en detrimento de la desbordante fantasía que podía chocarnos en la primera parte. Así, algunos de los elementos más llamativos y -vaya, otra vez- locos del primer volumen, a saber, los cohetes, los dinosaurios y el señor con cuernos, apenas aparecen, y de manera testimonial, en un par de escenas. Como todos los que alguna vez hemos tenido veinte años, Hernández debió de llegar a la conclusión de que la vida de los chicanos en California y el mundo de las luchadoras de wrestling ofrece suficientes elementos sobradamente capaces de entretener, asombrar y evocar.

Nadie debería, pues, ver en esa desaparición de cohetes y dinosaurios una falta de coherencia o un pecado de improvisación. A mi juicio, la grandeza de la serie Locas radica, entre otras cosas, en ver cómo no sólo los personajes, sino el propio autor, evoluciona y madura con nosotros. Crecemos (o nos gustaría haber crecido) con Maggie, y  sentimos que vamos conociendo junto a ella a los nuevos personajes que irrumpen en su vida. Entre estos destacan Danita y, sobre todo, Ray Dan, un chico que dejó el barrio para irse a la uni y acaba de regresar presuntamente licenciado.

El libro continúa con esa estructura de capítulos aparentemente deslavazados y sin un hilo narrativo claramente definido que caracterizaba ya al primer volumen. Esta estructura, que sin duda debe mucho al culebrón televisivo, sirve perfectamente a los intereses de Hernández y le permite insertar episodios que son, por sí mismos,  pequeñas obras maestras de la narrativa gráfica, como el capítulo “Moscas en el techo”.

Locas 2 es la prueba tangible de que aquellas horas que pasamos sentados en un banco comiendo pipas, encerrados en nuestra habitación mirando al techo, o buscando pelea a la salida de la discoteca no fueron horas desperdiciadas: Hernández las ha convertido en arte.

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María lloró sobre los pies de Jesús, de Chester Brown

María lloró sobre los pies de Jesús

María lloró sobre los pies de JesúsLa provocación suele estar reñida con el debate entre si es acertado – o no – hablar sobre un tema en concreto. En otro orden, dicha provocación puede deberse a la unión de dos palabras que, bien por ideología o bien por los designios de alguna mano no del todo inocente, han sido siempre tachadas de contrarios o han querido que así lo parezcan. Todo este planteamiento viene al caso por la publicación de María lloró sobre los pies de Jesús que, si bien en sí mismo no es un título que pueda parecer provocativo y hace una clara alusión a la Biblia, sino por su subtítulo, a saber, prostitución y obediencia religiosa en la Biblia. No seré yo quien piense que estas palabras están mal dichas, ni que no sean ciertas, pero bien es cierto que Chester Brown busca la provocación y la encuentra. Si bien se trata de ahondar en lo que se ha venido a llamar “el oficio más antiguo del mundo”, no hay que obviar el hecho de que a algunos – creyentes en mayor o menor medida – pueden escocer estas palabras. Y repito, no seré yo quien le quite mérito a la obra, ya que me parece un gran acercamiento al tema y una muy buena forma de acercar al público lo que en el texto más conocido de la historia se cuenta. Pero vayamos por partes y observemos, en un principio, qué es lo que nos trae esta obra a las manos.

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Locas 1

Locas 1

Locas 1, de Jaime Hernández

Locas 1Dicen los que saben de esto que la novela gráfica está viviendo su edad dorada. Desconozco hasta qué punto eso es así, pero no me cabe duda de que, entre las constantes novedades y las reediciones de clásicos, el lector recién llegado a este género se siente como un niño en una tienda de juguetes. Nos invade la misma emoción y la misma frustración que a ellos, al saber que no vamos a dar abasto aunque nos limitemos a las obras grandes grandísimas, como la de hoy.

Locas 1, de Jaime Hernández, tenía a priori algunas de las etiquetas que, con mis gigantescos prejuicios y mayor ignorancia, más rechazo me producen… ah, pero sospecho que no soy el único. Decidme si no: ¿regalaríais a vuestra pareja una novela gráfica underground, que mezcla el punk con la ciencia ficción, y que tiene entre sus muchos personajes a un empresario con cuernos y una mujer llamada Rena Titañón, campeona de lucha libre? ¿No? Pues mal hecho.

Jaime Hernández es hermano de Beto, y juntos revolucionaron la escena del comic alternativo en los años 80 con la creación de Love and Rockets. En ese tebeo, por recuperar el término más tradicional y menos ambiguo, nacieron las dos grandes creaciones de los hermanos Hernández, la saga de Palomar, de Beto, y la que nos ocupa, que también se conoce como Hoppers 13.

Locas y Dickens… ¿y de qué habla ahora este tío?, me diréis. Bueno, si tenemos en cuenta que en esta novela nos encontramos con dinosaurios, cohetes, motos que flotan en el aire y millonarios que compran países, mencionar aquí al autor inglés tampoco es tan surrealista. Y serán cosas mías, pero se me ocurre que el modo en que Hernández publicó estas historias, a lo largo de varias décadas, no se aleja tanto del folletín por entregas del XIX, y que esto se refleja claramente en la obra.

En ese sentido, dudo mucho que el volumen que tengo en las manos y que hemos dado en llamar novela gráfica naciera con vocación de novela. Parece constar, más bien, de una serie de historias más cohesionadas o menos, cuidadosamente enlazadas o no, cuyo hilo a veces nos transporta a través de decenas de páginas, mientras que otras veces nos hacen apearnos en la segunda. En consecuencia, el lector alérgico a lo underground y lo alternativo tendrá la sensación inicial de caos, de historias sin pies ni cabeza, de haberse embarcado en un viaje a ninguna parte. Pero entre tanto desconcierto, notamos que algo tira de nosotros, y ese algo son los personajes.

Margarita, Esperanza, Beatriz e Isabel, más conocidas como Maggie Chascarrillo, Hopey Glass, Penny Century e Izzy Reubens, entre muchas más, son un grupo de adolescentes chicanas aficionadas al punk rock que viven en California. En Locas 1, las seguimos en sus borracheras, sus peleas, sus relaciones hetero u homosexuales, sus recuerdos, sus trabajos y sus viajes al otro confín del mundo para reparar un cohete o huir de la fama. Poco a poco, el lector va aceptando las reglas que le propone Hernández y empieza a sentir que tampoco es tan difícil habitar este mundo subterráneo y punk. Hay un señor que tiene cuernos, es cierto; hay dinosaurios, vale; los mecánicos prosolares tienen fama mundial, de acuerdo. Pero los retratos de los personajes son magistrales y no tienen nada que envidiar a vuestro autor favorito, ése que profundiza tanto en la descripción psicológica más sutil.

Las historias de Locas 1 respiran vida y nos remiten a nuestra tardía adolescencia, de la que nos resistíamos a salir pese a que tenía más de asfixiante que de feliz. Compartieron penas y alegrías con ellas los afortunados lectores que conocieron a Maggie y compañía allá por los 80, y que han tenido el privilegio de crecer y madurar con ellas. Hoy Maggie tiene más de cuarenta años, y servidor se frota las manos al pensar en lo que le falta todavía por leer de esta serie.

Así que, si seguís con prejuicios, sustituid underground por diversión, punk por irreverencia, y estaréis listos para disfrutar de literatura de alta graduación, nunca mejor dicho.

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Duerme pueblo, de Xulia Vicente y Núria Tamarit

duerme-pueblo

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La magia siempre ha cautivado las mentes de los autores. La literatura fantástica, en sus formas más variadas, ha mostrado siempre predilección por las historias que, a través de la magia, convierten la vida de los protagonistas en historias llenas de quebraderos de cabeza o en verdaderas leyendas que pasan, de generación en generación, como si de una biblia se tratase. Pero hete aquí que, a veces, la magia se convierte en algo mundano, del día a día, y es en un pequeña pueblo donde transcurre toda la acción y sus habitantes tienen que convivir con ella. El narrador de la historia es otro personaje más, como si pudiéramos verle y escucharle, y todo lo que allí sucede está supeditado a algo tan sencillo como la creencia o no en los conceptos mágicos. Creencia que, por otra parte, es atacada desde todos los flancos. Duerme pueblo podría haber sido una historia más de magia y superstición si no fuera por un elemento que hace que todo dé un vuelco: que creer en la magia no te hace más fuerte ni más poderoso, te hace una persona que tiene dos dedos de frente. Y es que en un tiempo en el que ser una bruja, o un personaje fuera de la norma, está tan mal visto, ¿cómo es posible que no nos sintamos atraídos por lo que les sucede?

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Desde el más alla y otras historias

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Desde el más allá y otras historias, de Erik Kriek

Adaptación de relatos de H. P. Lovecraft

desde el mas alla El reconocimiento sólo da una cosa a quien pronuncia las palabras mágicas: alivio. Así que allá va: apenas he leído nada de H. P. Lovecraft. Quizás por eso – después de haber sido casi dilapidado por la mayoría de los que estáis al otro lado de la pantalla – decidí que, una de mis primeras incursiones en el mundo de terror creado por el autor de Providence, fuera esta recopilación de relatos gráficos inspirados en los textos de un escritor que no fue (re)conocido en su época pero que hoy, en pleno siglo XXI, es uno de los máximos exponentes del género de terror, aunque éste no sea uno fácil de atisbar, o convierta esa misma palabra, “terror”, en algo propio en el que uno necesita introducirse poco a poco, para ir descubriendo todos los pequeños matices que hacen de una obra como la de Lovecraft algo inmenso y lleno de asociaciones entre las diferentes historias que escribió en vida. Desde el más allá y otras historias nace – o eso creo – para acercar a lectores como yo, neófitos en el noble arte del escalofrío ante la amenaza inminente, el apasionante mundo que recubierto con textos que, como bien se explica en esta colección de relatos, confunden los sentidos, llenos de argumentos convincentes, fundamentos (pseudo)científicos y remisiones oscuras, provocarán la mirada de soslayo cada vez que crucemos el umbral de nuestra puerta y nos enfrentemos a lo que nosotros llamamos, sin tener muy claro lo que es, realidad.

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Freddie y yo

freddie y yo

Freddie y yo

freddie y yo

Este cómic, o debería decir este pedazo de cómic (300 paginacas), me ha traído recuerdos e identificarme con algunas de sus viñetas. Aunque su título es Freddie y yo, habría sido más apropiado que fuera Queen y yo.

Como el protagonista del cómic, Queen fue el primer grupo de música de mi vida. Fue en BUP cuando me los descubrieron. Creo que hay, o había, un momento en cualquier persona en el que pasa de no tener preocupación ninguna por la música, a tener una fiebre devoradora de música. Por lo menos ese fue mi caso, a los quince años o así. Como decía, antes de Queen no hubo nada en mi vida. Un buen día me pasaron una cinta, no había aún cedés, y me gustó tanto que pedí más. La putada fue que me hice fan de un grupo cuyo cantante había fallecido recientemente. Aún así seguí acumulando material y recuerdo como una feliz coincidencia que en una clase de inglés nos pusieron de listening The show must go on

No recuerdo cuanto duró mi fiebre Queen, pero fue larga. Después vinieron más grupos, pero Queen siempre tendrá un hueco en la minicadena.  Ahora huyo de los temas más conocidos, que ya me cansan, y disfruto de los primeros discos, de temas como Death on two legs (dedicada a un manager cabrón que tuvieron), ´39, Bring back that Leroy Brown, Tie your mother down, The lap of the gods, Killer Queen, Love of my life… Vamos, lo dicho, los primeros discos, sobre todo el A night at the opera.

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