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El solar, de Alfonso López

El solar

El solarSabemos por experiencia que la relectura de un libro de nuestra juventud siempre nos depara sorpresas que, como tales, pueden ser buenas o malas. Las segundas, que son quizá las más habituales, acostumbran, con esa sensación de “¿de verdad esto me gustó tanto?”, a dejarnos decepcionados, chafados, y a amargar para siempre lo que hasta entonces había sido un grato recuerdo. Pero, por fortuna, la visita a nuestras lecturas juveniles o incluso infantiles también nos puede deparar sorpresas agradables, como descubrimos, curiosamente, leyendo una obra completamente nueva: la estupenda El solar, de Alfonso López.

Poco podía sospechar este aficionado a los tebeos, que en su infancia devoraba con pasión Pulgarcitos, TBOs y todo lo que tuviera viñetas, que aquellas historietas de personajes tan singulares y, para el niño que era servidor, tan estrafalarios como Carpanta, Don Pío, Doña Urraca, El doctor Cataplasma, Pepe el hincha, u otras cuyos títulos a menudo eran impagables pareados, como Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, El profesor Tragacanto y su clase que es de espanto, o La familia Trapisonda, un grupito que es la monda, poco podía sospechar que en realidad estaba leyendo una auténtica crónica social de la España de posguerra hasta el final del franquismo.

La historia que nos ocupa transcurre en el undécimo año triunfal del glorioso alzamiento. En Miranda de Ebro, donde se encuentra el último campo de concentración para prisioneros de la república, Pepe Gazuza recupera la libertad tras haber cumplido su pena y saldado cuentas con el nuevo régimen del generalísimo. Ahora empieza lo más difícil, que no es la reintegración en la sociedad, sino, simplemente, la superviviencia en un país estragado por la escasez, el estraperlo y el racionamiento.

Estamos en la España de Berlanga, en quien Alfonso López se inspira no sólo para esa vista general de la página 20, sino sobre todo para sus diálogos. La miseria del pueblo empuja a Petro, recreación de Petra, criada para todo, a buscarse la vida en la gran ciudad, una Barcelona que nunca se nombra, adonde también se dirige Gazuza, evidente homenaje a Carpanta. La historia que se desarrolla tiene mucho de comedia berlanguiana, en la que se mezcla el costumbrismo de botijo y pandereta con una parodia de una película de espionaje. Cine y tebeos, como vemos, son la referencia constante de El solar, por donde se pasean, además, personajes como la ya mencionada Doña Urraca, Gordito Relleno, Zipi y Zape, Mortadelo, las Hermanas Gilda, y otros casi olvidados como Doña Tomasa; actores como Fernando Fernán Gómez, James Cagney, Edward G. Robinson, o personajes históricos como Simon Wiesenthal, Manolete, Antonio Machín, Nikita Jrushov o el mismísimo caudillo cagando durante una de sus cacerías. Uno de los placeres de esta obra es releerla con detenimiento e intentar identificar todas las referencias, sean éstas a tebeos como a actores. Si el desafío no os parece lo bastante grande, os reto a que identifiquéis los rincones de Barcelona que aparecen, alguno de los cuales, como ese maravilloso bar de la página 75, imagino que ya no existe.

Alfonso López consigue recrear a la perfección el ambiente gris, opresor y desesperanzador de aquella sociedad, al mismo tiempo que rinde un merecido homenaje al cine, la música y, sobre todo, los tebeos, que ayudaron a nuestros abuelos a sobrellevar tantas carencias con buen humor. Y lo hace con una obra divertida y, a pesar de tantos cameos y referencias, personal y original, que nos recuerda de dónde venimos y, algo fundamental, nos ayuda a bajarnos los humos. Que la boina nos la quitamos anteayer.

 

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