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Duerme pueblo, de Xulia Vicente y Núria Tamarit

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La magia siempre ha cautivado las mentes de los autores. La literatura fantástica, en sus formas más variadas, ha mostrado siempre predilección por las historias que, a través de la magia, convierten la vida de los protagonistas en historias llenas de quebraderos de cabeza o en verdaderas leyendas que pasan, de generación en generación, como si de una biblia se tratase. Pero hete aquí que, a veces, la magia se convierte en algo mundano, del día a día, y es en un pequeña pueblo donde transcurre toda la acción y sus habitantes tienen que convivir con ella. El narrador de la historia es otro personaje más, como si pudiéramos verle y escucharle, y todo lo que allí sucede está supeditado a algo tan sencillo como la creencia o no en los conceptos mágicos. Creencia que, por otra parte, es atacada desde todos los flancos. Duerme pueblo podría haber sido una historia más de magia y superstición si no fuera por un elemento que hace que todo dé un vuelco: que creer en la magia no te hace más fuerte ni más poderoso, te hace una persona que tiene dos dedos de frente. Y es que en un tiempo en el que ser una bruja, o un personaje fuera de la norma, está tan mal visto, ¿cómo es posible que no nos sintamos atraídos por lo que les sucede?

Amanece en un pueblo. Un pueblo que no es como los demás. Porque allí conviven la magia y la realidad. Pero todo empezará a cambiar cuando se dé una muerte que a algunos les beneficiará y a otros hará que les señalen con el dedo. Será el momento en el que brujas y personas sin poderes tengan que ver qué es lo que hacen con unas vidas que, el narrador de esta novela gráfica, ha dejado a la intemperie.

Me gustan las historias sencillas. Aquellas obras que, con un trazo más o menos sencillo, nos cuentan un argumento que me envuelven y me hacen disfrutar. Duerme pueblo no aspirará a ser una obra profunda y llena de matices, pero lo que sí nos propone es algo que a mí me parece fundamental cuando leemos: que nos divirtamos. Puede parecer una obviedad, pero muchos autores eliminan ese pequeño detalle en aras de una intelectualidad que sobrepasa los límites de lo establecido. Xulia Vicente y Núria Tamarit nos cuentan en pocas páginas lo que la magia hace en un pequeño pueblo que hubiera pasado desapercibido y lo hacen disfrutando de lo que hacen. ¿Lo sé porque las conozco personalmente? No. Lo sé porque eso se nota. Y aquí hay mucho de ese disfrutar de lo que uno ha estado creando. Desde la selección de los personajes – impagables los momentos entre el cuervo y el gato – hasta el argumento que vuelca las historias más típicas sobre la magia con algunos elementos originales que no dejan lugar a dudas sobre los nuevos talentos qu pueden llegar a nuestras manos si les damos una oportunidad. Y es que Duerme pueblo entretiene, lo hace en lo que el metro tarda en llegar a nuestro puesto de trabajo – como me sucedió a mí – o en una tarde en la que nuestro sofá nos llame para ponernos cómodos.

Poco se dice de muchas de las obras que se publican en nuestro país. Labor nuestra es, por tanto, enseñar a los que nos leen lo que nos ha parecido realmente interesante. Duerme pueblo juega en una liga muy importante: hacerse un hueco entre la novela gráfica que, en auge, empieza a ocupar mucho más sitio en nuestras librerías. Xulia Vicente y Núria Tamarit ofrecen su arte y su profesionalidad para meternos en la magia, en las contradicciones, en conversaciones irónicas y algún que otro malentendido, mientras nuestros ojos se posan en lo que es necesario para nosotros: la diversión de ver cómo una obra, a través de sus diálogos y dibujos, hace que la fantasía sea un refugio al que entregarnos sin ningún tipo de miedo.

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