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La vida es sueño, de Ricardo Vílbor, Alberto Sanz y Mario Ceballos

La vida es sueño

La vida es sueño… mas desperté del dulce desconcierto

y vi que estuve vivo con la vida,

y vi que con la vida estaba muerto.

No son versos de Calderón, sino de Quevedo. Y aunque las diferencias entre ambos son palpables -pues mientras el segundo nos narra un sueño erótico, el primero nos ofrece una visión metafísica de la vida-, lo cierto es que la metáfora de la vida como sueño parece haber inspirado a más de un grande de nuestro siglo de oro. La metáfora, desde luego, no es cosecha de don Pedro, sino que se remontaba bastantes siglos atrás. Calderón, sin embargo, tomó como punto de partida este viejo concepto platónico y creó una obra maestra universal cuya influencia se extiende hasta la cultura popular de nuestros días. ¿Qué son películas como Matrix, Inception, Desafío Total o incluso Pesadilla en Elm Street, entre muchas otras, sino nuevas aproximaciones al tema de la realidad frente a la fantasía?

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión.

Quiero creer que cualquier español, incluso aquél que, como nuestros líderes políticos más significados, no lea más que tuits, reconocerá estos versos calderonianos que, como muchos otros de La vida es sueño, han pasado a formar parte del acervo popular. Sin embargo, con el paso del tiempo, y por el motivo que sea, el aspecto visual de la obra ha quedado a la sombra de los versos. Dicho de otra manera: decimos Hamlet y todo el mundo tiene ante sí al príncipe danés hablando a la calavera de Yorick. Decimos Romeo y Julieta, y vemos a nuestros tortolitos haciéndose arrumacos en el balcón veronés. Decimos Segismundo y… ¿qué vemos, míseros de nosotros? Pues bien, aquí es donde entra en escena, nunca mejor dicho, esta excelente adaptación del clásico de Calderón.

Porque La vida es sueño, como cualquier obra de Hamlet, Sófocles o Tennesee Williams, está repleta de imágenes icónicas que el nombre de Segismundo debería evocar en nosotros. Sin ir más lejos, ¿qué imagen hay más poderosa que la del hombre encadenado en una torre desde su niñez? Y esta es sólo una de las muchas imágenes memorables que encontramos en este fantástico trabajo de Ricardo Vílbor (guión), Alberto Sanz (dibujos) y Mario Ceballos (color), que recuperan para el lector, tanto para el que ya la conoce como para el que se acerca a ella por primera vez, una obra de absoluta vigencia.

Claro que, hablando de vigencia, el lenguaje del siglo de oro, como muy acertadamente se apunta en la introducción, puede en algún momento espantar al lector joven. Es posible que, en general, la lectura de nuestros clásicos necesite cierta preparación. Al fin y al cabo, no podemos pedir al que no ha leído más que Harry Potter o El señor de los anillos (sin el menor ánimo de desmerecer) que abrace con entusiasmo una obra que empieza de esta guisa: Hipogrifo violento / que corriste parejas con el viento… Por eso brilla Vílbor en su adaptación del texto original, que, sin perder de vista el espíritu de la obra y manteniendo sus versos más conocidos, lo agiliza y hace más accesible. Y que canten misa los puristas.

El primero de los tres actos se abre con peces muertos, un recién nacido maldito, y una atmósfera envuelta en un rojo sangriento. Los lectores de novelas gráficas no acostumbramos a dar al color la importancia que se merece. Por ello es de agradecer el interesantísimo making of que tenemos al final de este libro, que nos hace pasar las páginas hacia atrás para apreciar de nuevo las ilustraciones, de estilo ágil, atractivo y sin florituras estilísticas, y sobre todo, el extraordinario uso de la luz, que tanta importancia tiene en esta historia y, como nos recuerdan en las viñetas finales, en el teatro. Que es de lo que se trata.

 

 

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Las hadas ya no existen, de José Fonollosa

las hadas ya no existen

las hadas ya no existenLas hadas ya no existen, así de triste es nuestro mundo. José Fonollosa lo sabe y por eso esta historia lleva años rondándole por la cabeza, variando de forma: desde aventura épica hasta comedia adorable. Pero cuando por fin las ilustraciones han cubierto las hojas en blanco, el tono no ha sido ni uno ni otro. Las hadas ya no existen es un cuento oscuro, pero no por ello exento del encanto de la magia.

El hada Bella Noche renace en el mundo de los humanos. Desubicada, observa cómo ha cambiado todo. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Nadie parece acordarse de ella ni de las de su especie, ni siquiera las ratas, el clan que siempre se encargó de protegerlas. Bella Noche se niega a creer que sea ella la última del Pueblo Noble y se adentra en la ciudad, dispuesta a encontrar a sus hermanas. El permanente ruido de coches y máquinas, el olor viciado de las calles, el mal humor de los humanos…, nada queda del lugar que una vez conoció.

El hada protagonista es la que da el toque de dulzura al relato, aunque esté lejos de ser una indefensa y delicada criaturilla. Sin embargo, lo que se cuenta, tanto los acontecimientos pasados como los presentes, es triste e incluso macabro en algunos momentos. Gran culpa de ello la tiene el villano, un personaje tremendamente interesante que le da una vuelta de tuerca más al simbolismo de la obra, que ya de por sí tiene varias lecturas.

Fonollosa ilustra la aventura de Bella Noche con imágenes en blanco y negro, a veces cercanas al boceto, con pocos detalles. Pero, pese a la aparente sencillez, el movimiento es asombrosamente fluido. Los planos parecen grabados por una cámara que sigue a la pequeña hada perdida por la gran ciudad y que hace zoom en el momento preciso para que no perdamos detalle. Las viñetas, como secuencias de una película, nos atrapan, y cuando queremos darnos cuenta, hemos llegado a la última página sin haber soltado el cómic en ningún momento.

¿Es esta hada el último reducto de la infancia perdida, esa que ya no vemos por ninguna parte, aunque en secreto la busquemos con el rabillo del ojo? Quizá. Bella Noche: la ilusión olvidada; la ciudad anodina: las obligaciones de la edad adulta que arrasan con todo a su paso. Tal vez esta solo sea mi interpretación de Las hadas ya no existen, pero igualmente es una triste historia, en la que es necesario el regreso de las hadas —de la mirada infantil de cuanto nos rodea— para transformar nuestras monótonas vidas.

No podemos ser niños de nuevo, sentir con la misma intensidad de entonces que todo es posible, ¡ojalá! Pero podemos leer el magnífico cómic de José Fonollosa, rescatando la curiosidad y valentía que perdimos tras la infancia y mandando a paseo el raciocinio que se impuso después, aunque sea por unas horas. Creer que las hadas han vuelto y que de nosotros depende que se queden, ¿no sería maravilloso?

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Lorca, un poeta en Nueva York, de Carles Esquembre

Lorca un poeta en Nueva York

Lorca un poeta en Nueva YorkFederico García Lorca es el poeta español más leído en el mundo, y yo no conozco ni uno solo de sus poemas. La poesía, en general, me da pereza, me abruma, no me atrevo, y es una de mis eternas cuentas pendientes, un punto rojo en mi expediente de lectora voraz. Pero en el caso de Lorca me siento aún más culpable, no solo porque sea nuestro poeta más reconocido, sino porque sus obras teatrales me han maravillado. La casa de Bernarda Alba, Yerma o Bodas de sangre reflejan la psicología femenina y las opresiones sufridas con una profundidad extraordinaria, de la que solo es capaz aquel que tiene una sensibilidad y habilidad fuera de lo común. Por eso quiero leer al Lorca poeta, de verdad que quiero, aunque postergue el momento una y otra vez. Al ver la novela gráfica Lorca, un poeta en Nueva York supe que era la lectura perfecta para conocer un poco más del célebre poemario y, quizás, liberarme al fin de mis últimas reticencias.

Lorca, un poeta en Nueva York es una novela gráfica de Carles Esquembre, un músico y dibujante valenciano de treinta y un años. A partir de materiales y testimonios de la época, Esquembre narra el viaje que el poeta granadino hizo a Nueva York. Las ilustraciones, en blanco y negro, son de trazo cuidado y ricas en detalles. Además de ser un placer recrearse en ellas, es posible sentir las emociones de Lorca y la magnificencia de la ciudad sin ni siquiera leer los diálogos. Visualmente es una delicia, pero es que la historia que cuenta —la de una época y la de un hombre excepcional— es cautivadora.

El viaje a Nueva York, con la excusa de aprender inglés, fue trascendental para la vida de Lorca y también para la historia de la poesía universal. En esta novela gráfica se cuenta ese viaje mostrando el lado humano de Federico García Lorca: sus obsesiones y miedos, su creatividad y mirada artística y crítica de cuanto le rodeaba. En Nueva York, esa gran ciudad en la que en solo «tres calles cabe toda Granada», presenció desde el levantamiento de los edificios más emblemáticos —el Chrysler estaba en plena construcción— hasta el crack del 29 y sus «ríos de sangre y oro»; se adentró en Harlem, «el auténtico Broadway», e incluso se saltó la ley seca en numerosos bares clandestinos. Conocemos Nueva York a través de sus ojos, siendo la urbe la otra gran protagonista de esta obra, como no podía ser de otra manera, y sus infinitos rascacielos contrastan con el pequeño Lorca. Pese a todo, él es el punto de luz en el plano de una ciudad «mecánica, deshumanizada y cruel», con una «geometría y angustia» que le inspiraron para crear el poemario que le daría fama mundial. El joven artista necesitaba huir de la etiqueta de poeta gitano, de su estilo localista y folclórico, y Nueva York le sirvió para coger perspectiva de su país (una España dominada por Primo de Rivera), tomar conciencia de un mundo muy diferente al suyo y del fin de una época, e incluso pronosticar su fatal desenlace.

Lorca no quería que el mito trascendiera al hombre, pero su prematura muerte no le dio alternativa. Sin embargo, esta biografía gráfica de Esquembres consigue que el hombre eclipse al artista para rendirle el homenaje que merece como tal. Pero como en Lorca parece imposible la disociación entre ser humano y artista, Lorca, un poeta en Nueva York es también un homenaje a la obra que le da nombre. Su lectura sirve para que los conocedores del poemario lo relean con nuevos ojos y para que el resto de lectores deseen adentrarse en él sin demora, sobre todo si ya disfrutaron de sus obras localistas, y comprobar cómo esos versos rompieron todas las etiquetas que encorsetaban a Lorca. Carles Esquembres nos hace ver, sentir y entender cómo Lorca escribió ese retrato atemporal de la ciudad que nunca duerme y por qué supuso «un grito para los que se quedan sin aliento». Así que, como este joven dibujante ha acabado con todas mis reticencias respecto a leer de una vez por todas Poeta en Nueva York, he de agradecérselo recomendado esta, su primera novela gráfica, una lectura imprescindible para los admiradores de nuestro poeta más universal.

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