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¿Es así como me ves?, de Jaime Hernández

¿Es así como me ves?Con ciertos autores, a uno le entra la vena Antonio Machín: toda una vida / te estaría leyendo… Pero es que, además, con Jaime Hernández, que nos presentó a los personajes de ¿Es así como me ves? hace ya la calentera  (ni a JH ni a mí nos gustan los clichés) de cuarenta años, los versos del sonero cubano no son sólo posibles, sino imperativos.

A los personajes, aunque probablemente sería más correcto decir las personajes (¿personajas?, no os paséis, ¿vale?), de esta pequeña inmensa novela gráfica las conocimos al hablar de la legendaria colección Locas (véase aquí y acá), y hoy las volvemos a ver, con la frente marchita y las sienes todo lo plateadas que pueda tenerlas un punk, en una especie de reencuentro con la basca (espero haber envejecido mejor que esta palabra) de aquellos años.

Sabíamos, por el famoso culebrón televisivo, que los punks también lloran. Ahora, con este libro, JH nos demuestra que además envejecen. Y de qué manera. Porque, marchiteces y plateamientos aparte, los punks, como todos los seres vivos, nacen, se emborrachan, se reproducen, se siguen emborrachando y, quién sabe qué nos depara el autor para el futuro, probablemente mueran.

En ¿Es así como me ves?, nuestras amigas Hopey y Maggie emprenden un viaje al barrio que las vio crecer para asistir a un reencuentro de la peña punk, tanto de sus antiguos colegas como de las bandas de música que las marcaron. Naturalmente, este viaje y este reencuentro son mucho más de lo que sugieren las palabras: como en todos los viajes al pasado, lo que nuestras amigas van a hacer, ante todo, es enfrentarse a su propio presente.

El autor se sirve de la composición de viñetas para saltar entre la narración en presente y los flashbacks que nos llevan desde finales del 79 en adelante. Así, mientras en el presente las páginas constan de ocho viñetas del mismo tamaño, en el pasado nos podemos encontrar con seis, o con una distribución diferente de tres arriba, tres en medio y dos abajo, por ejemplo. Una diferencia en ocasiones apenas perceptible, como tampoco percibe uno a veces que han pasado treinta años desde la última vez que viste a esa persona que tienes delante. Y es que, mientras el niño está separado del futuro adolescente por un abismo, el salto que nos lleva de nuestra tardía adolescencia a la madurez (o no) de la mediana edad parece que lo dimos con la pata coja. A diferencia del niño y el adolescente, nosotros somos la misma persona que fuimos, sólo que flácidos y arrugados. Esa es la paradoja que, entre otras muchas cosas, nos lanza Jaime Hernández a la cara en ¿Es así como me ves?

Al igual que su hermano Beto con Palomar, Jaime Hernández es autor de una de las más grandes sagas de la novela gráfica. Su grandeza estriba tanto en la vida que imprime al universo que ha creado, llamado Huerta, como en su enorme talento como dibujante. No debe de ser fácil crear una galería de personajes tan bien definidos en todos sus aspectos como los de Huerta, pero además hacerlos envejecer de una manera tan precisa es ya tarea de titanes. Por no hablar de la habilidad que tiene el autor para captar el gesto, ese instante preciso que otros autores no son capaces de retratar ni en tres viñetas (en este sentido, mirad a Maggie saludar a su amiga en la página 51, o esa mirada insinuadora en la segunda viñeta de la 41).

Por eso, este libro es una gozada de principio a fin, incluso para quienes no han leído los libros anteriores. Hay muchos nombres de personajes que pueden abrumar a ese lector, de acuerdo, pero si ama la novela gráfica, no necesitará conocer la vida previa de Hopey, Maggie, Izzy y compañía, para darse cuenta de que está ante un consumado maestro.

Por Juan Campbell-Rodger

Por orden de importancia: padre de familia numerosa, lector, salsero, profesor de inglés aficionado.

Algunos datos más: soso, huraño y narizotas. Poco hablador, no por timidez, sino porque me aburre oír mi voz. Antaño viajero. Tengo un futuro esplendoroso detrás de mí. Me encanta hacer enemigos a través de facebook. Zurdo. Observador. Convencido de que callarme mis tonterías me hace parecer más inteligente. No entiendo el mundo. Me gusta sentarme en el balcón y ver el vuelo de los vencejos. Hombre de convicciones endebles. Sólo los libros me entienden.

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