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La defensa, de Vladimir Nabokov

La defensa

La defensaPasan las lecturas, y yo sigo dedicando parte de mi 2018 literario a conocer mejor la bibliografía de uno de los escritores que llevaba años y años dentro de mi lista de pendientes. Hoy os traigo la tercera reseña de Vladimir Nabokov en poco más de dos meses. Tras Risa en la oscuridad y Mashenka, toca el turno de La defensa, otra de sus novelas rusas, escrita entre 1929 y 1930. La historia está protagonizada y copada casi en exclusividad por Luzhin. El joven niño ruso encuentra en este juego milenario la forma de evadirse de su mundo y otorgarle la armonía que en su vida diaria no consigue encontrar. El matrimonio ajedrez-Luzhin lleva al joven a convertirse en un gran maestro y ser reconocido en el mundo entero. Poco a poco, la obsesión con la que el maestro concibe el juego hace poner en jaque no solo su carrera, sino también su propia vida, y, por consiguiente, la de todos (que no son muchos) los que están a su alrededor.

Aunque en los años del colegio y el instituto me aficioné mucho al ajedrez, hoy día no suelo practicarlo mucho. Sin embargo, no sé qué tiene el ajedrez que, mezclado con la literatura, produce productos sobresalientes. Si disfruté muchísimo con Novela de Ajedrez (para mí, el mejor libro de Zweig), el resultado ahora con Nabokov es igual de satisfactorio, convirtiéndose hasta la fecha en mi mejor lectura de este genial escritor.

Pero debo decir que, de todos mis libros rusos, es La defensa el que posee y difunde el mayor «calor», lo que podría parecer extraño si se tiene en cuenta cuán tremendamente abstracto se supone que es el ajedrez.

Si Mashenka y Risa en la oscuridad tenían mucho parecido argumental y estilístico, en esta ocasión encontramos una novela bastante alejada de las otras dos. Estamos ante un libro más trabajado, con mucho desarrollo interior y algo menos de humor, aunque ese toque especial y caricaturesco que suele usar Nabokov para describir escenas y personajes no desaparece del todo, por suerte. Con un comienzo algo farragoso y difuso, la historia se va centrando y creciendo desde el momento que el joven Luzhin descubre la magia que otorga el tablero ajedrezado. Desde ese momento no hay dudas que Luzhin se convierte en el rey de la partida que nos invita a jugar el autor. Una partida que no abarca una sola sala y un adversario frente a él; más bien es una partida que engulle todo, hasta el propio entendimiento de su protagonista, lo que le hace obsesionarse hasta el extremo y vivir su vida como si estuviera ante la partida definitiva, analizando cada movimiento sin advertir que el enemigo al que se enfrenta es su propia vida. Esta bajada a los infiernos convierte el ajedrez en una dicotomía irresoluble. El ajedrez se erige a la vez como el antídoto y el veneno. En ocasiones, el ritmo del libro se vuelve tan caótico como la propia mente de su protagonista, que no para de calcular posibles movimientos, escapatorias, celadas o nuevas aperturas que le lleven a conseguir el jaque mate definitivo.

Tiene La defensa varios extractos de alta literatura. Uno de ellos lo encontramos en el capítulo ocho, en esa partida decisiva con el gran maestro Turati, rival de Luzhin. La prosa de Nabokov alcanza aquí una de sus grandes cotas, convirtiendo por momentos el ajedrez en un elemento casi poético. Además, otros elementos como el exilio, aunque en menor medida, siguen estando presente en esta obra. E incluso se permite el autor el guiño hacia el lector protagonizando un pequeño cameo dos de los personajes de Mashenka. Lo que queda claro de Vladimir Nabokov es que nadie puede quedar indiferente ante sus escritos. Uno no sabe, una vez terminada la lectura, si amar u odiar eternamente a Luzhin; si alabar su genialidad o desesperarse por su torpeza social y amatoria.

Cuando termino cada una de mis lecturas, suelo dejar pasar días e incluso alguna semana para que todas las ideas e impresiones causadas por la lectura se estabilicen y vayan creando un poso. Con Nabokov, todo ese reposo me sirve para darme cuenta de que estoy leyendo algo muy bien planteado, salido de una mente genial llena de lucidez, lo que me invita a seguir queriendo leer más del autor. Por eso sé que a La defensa le seguirá en muy pocas semanas otro escrito del autor. La duda que tengo es cuál coger. ¿Hay alguna que me recomendéis especialmente?

César Malagón @malagonc

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Mashenka, de Vladimir Nabokov

mashenka

mashenkaDespués de mi gran estreno con Vladimir Nabokov, disfrutando de Risa en la oscuridad, no he querido esperar más tiempo para seguir conociendo de primera mano todo lo bueno que este autor dejó escrito y que todavía no había tenido la suerte (o la decencia, según se mire) de leer. Es Mashenka la primera obra del escritor de origen ruso, publicada en Berlín en 1926. Y es en la capital germana donde se desarrolla la acción, pese a que la Madre Rusia estará presente en todo momento en el argumento y sus personajes.

En una humilde pensión berlinesa convive Ganin, nuestro protagonista, con un grupo de exiliados rusos; un viejo poeta, una mujer de exuberantes pechos, dos bailarines homosexuales y un hombre mediocre que, por azares del destino, resulta estar casado con Mashenka, antiguo amor de juventud de Ganin. Sus cuitas diarias y el anhelo por su país se entremezclan en la narración junto a los desvelos de Ganin por recordar su pasado e intentar aclarar su presente, que se ve amenazado por la inminente llegada de la mujer que da título a esta historia.

Tienen las escenas de este libro algo de teatral. Los personajes entran y salen de las habitaciones como si de una dramaturgia se tratara. Al igual que pasaba con Risa en la Oscuridad, Nabokov dota a Mashenka de un fino humor ya desde la primera escena, esa en la que Ganin y Alfiórov se conocen dentro de un ascensor a oscuras. Pero en esta obra se observa, además, un doble ritmo a la hora de narrar, que separa claramente el pasado del presente narrativo. Si hablamos del pasado, la añoranza por la patria perdida hace al autor ser más reflexivo, con descripciones más largas y concienzudas, recordando cómo eran aquellos tiempos en los que el amor por Mashenka cubría toda la vida del joven Ganin. Sin embargo, el presente, el de la pensión, carece de esa lentitud, sostenido por un ritmo más alocado y armonioso.

Obviamente, como opera prima que es, tiene Mashenka algunos fallos de forma, costándole al autor encontrar un buen encadenamiento entre escenas en determinadas ocasiones. Sin embargo, mi descubrimiento de la bibliografía de este autor sigue proporcionándome grandes momentos de lectura. Quizá la clave esté en que Nabokov parece hacer fácil lo difícil. De su prosa sencilla y alegre subyace un autor enorme, de gran ingenio, que incluso decide poner en sus primeras obras parte de sus vivencias personales, esas que no siempre están visibles, pero forman una parte importante de la vida de cualquier escritor.

Debido a la extremada lejanía de Rusia, y debido a que la nostalgia ha sido un constante y loco compañero a lo largo de toda mi vida… no me molesta en absoluto confesar el doloroso sentimentalismo que hay en mi cariño hacia mi primera obra.

Cómo no podía ser de otra manera, y como bien aclara el autor en la introducción, Mashenka tiene mucho de lo vivido por Vladimir Nabokov en sus años adolescentes en Rusia. Y es ese amor por el pasado lo que hace de esta historia un debut literario de altísima calidad.

César Malagón @malagonc

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Risa en la oscuridad, de Vladimir Nabokov

Risa en la oscuridad

Risa en la oscuridadUno de mis grandes temas pendientes como lector es la lectura de los grandes escritores del siglo XX. Sí, tiene delito, lo sé. Quiero leer a Conrad, quiero leer a Faulkner, a Borges o leer más de Gabo; y también quería leer a Nabokov, aunque siempre lo postergaba por la gran cantidad de novedades literarias que llegaban a mi buzón. Pero hay ocasiones que no se pueden dejar pasar, y el hecho de que Anagrama haya decidido editar una “Biblioteca Nabokov” con varios de sus mejores obras en formato bolsillo fue el empujón definitivo que me faltaba.

Ya de primeras, es imposible no quedarse prendado de la portada de Risa en la oscuridad, con esa ilustración tan llamativa de Henn Kim. El argumento, más sencillo, trivial y manido no puede ser. El autor no busca la sorpresa y ya en el primer párrafo del libro nos desvela todo lo que encontraremos en su historia. “Érase una vez un hombre llamado Albinus que vivió en Berlín, Alemania. Era rico y respetable, feliz, y un día abandonó a su mujer por una joven amante; amó, no fue amado y su vida acabó en desastre”. Los tríos amorosos, las infidelidades y los hombres mayores cortejando bellas damas es un tema ampliamente tratado tanto en el cine como en la literatura. Sin embargo, solo un gran literato como Nabokov es capaz de hacer de algo sencillo una obra interesante.

Risa en la oscuridad se sustenta en cinco personajes principales, de caracteres marcados y bien definidos. Unos personajes que gustan y enfadan a partes iguales, llevados siempre a situaciones extremas o inverosímiles, en ese juego que para el autor es la construcción de esta historia. Contado todo por un narrador omnisciente, vamos conociendo las dichas y desdichas que Albinus empieza a sufrir. Y aunque reconozco que al principio me costó entrar en la historia, una vez que te haces al ritmo de Nabokov, la historia va ganando en intensidad y la lectura pasa de ser algo plana a convertirse en una experiencia fabulosa.

La novela destaca por la versatilidad de su argumento y de sus personajes. El autor pasa de la comedia al drama con una habilidad pasmosa, componiendo escenas de un modo magistral. Sus personajes mezclan la muerte de un ser querido con un lío de faldas en apenas un par de páginas. Pero si algo tiene esta novela es humor, un humor muy al estilo de la primera mitad del Siglo XX. Las escenas destilan cierto aroma a vodevil, a esperpento e incluso, por qué no, a los grandes clásicos humorísticos del cine mudo.

Que leer a Vladimir Nabokov era un acierto no es decir nada que no sepan la gran mayoría de lectores, pues es algo que ya sabía de antemano antes de empezar la lectura. Pero lo que sí considero un acierto es haber empezado con una historia como Risa en la oscuridad, una novela que demuestra que un gran autor es capaz de convertir una historia sencilla en una gran obra de arte.

César Malagón @malagonc

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Habla memoria, de Vladimir Nabokov

Habla memoria

Habla memoriaPara mí Nabokov es uno de los grandes. Su prosa me parece exquisita y creo que es, sin duda, uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Os recomiendo mucho que leáis Lolita y Pálido fuego si es que aún no lo habéis hecho. Sin duda, el escritor ruso sentó las bases de la literatura posterior y ha sido una gran influencia literaria para muchos otros autores. Lolita, esa novela tan libre y casi impensable en nuestros días, es desde hace tiempo uno de los clásicos de la literatura universal y todo se lo debemos a este peculiar escritor.

No se me habría ocurrido pensar que Nabokov hubiera escrito una típica autobiografía. Habla memoria le pega mucho más. Empezando por el título, que junto con el de Neruda (aunque me tenga muy mosqueada últimamente) de Confieso que he vivido me parece uno de los mejores títulos posibles para una autobiografía, ¿a vosotros no? Habla memoria, publicado por Anagrama, es, huelga decirlo, el libro más personal del autor. Es curioso que fuese concebido por capítulos que iban siendo publicados en revistas sin un orden preestablecido. O al menos no el orden que acabó por tener este libro y que él ya tenía pensado en su “casillero mental”. El mismo Nabokov cuenta en el prólogo que en las reuniones familiares, sus memorias eran sometidas a juicio: “hubo comprobaciones de detalles, fechas y circunstancias, y averiguamos que en muchos casos había errado, o no había examinado con la suficiente profundidad algún recuerdo oscuro pero no insondable”.

La autobiografía se centra en el periodo comprendido entre 1903 y 1940. Treinta y siete años de Nabokov condensados en casi cuatrocientas páginas, que se me antojan pocas. Muy centrada en la infancia del escritor, sus vacaciones en la finca familiar, sus primores amores en San Petersburgo y sus peculiares reflexiones. Todo ello cargado de historia, de nostalgia y ternura. El cariñoso retrato que hace de sus padres y de sus hermanas, la delicadeza con la que se dirige a Vera, su esposa, en algunos de los capítulos y esa inteligencia y brillante sentido del humor que caracterizan al escritor están presentes en estas apasionantes memorias.

Habla memoria se lee como una gran novela, por lo radiante de su prosa. Desde luego, como os decía al principio, Nabokov no podía haber escrito unas típicas memorias: su ingenio iba mucho más allá y la prueba está en esta maravilla de libro que, sin lugar a dudas, tengo que recomendaros.

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Lolita, de Vladimir Nabokov

Lolita

LolitaEste es quizás uno de los libros que más aparecen en las listas de los libros que leer antes de morir y de los más controvertidos del último siglo. Y también se encuentra en las listas de todos aquellos amantes de la literatura, que se prometen leerlo al menos una vez en la vida. Y así estaba en la mía… Pero, de lo que me he dado cuenta, es que Lolita no es cualquier lectura que elegir entre los libros pendientes de la estantería. Hay que elegir cuidadosamente el momento en el que la lees, estar preparado mentalmente, y dedicarle el tiempo que merece.

Lo que oí de esta novela antes de leerla es que era simplemente una historia “sobre un pederasta y sus violaciones a niñas inocentes”. Pero creo que es un error decir simplemente esto sobre esta peculiar novela porque es mucho más que eso.

Como yo lo veo, Nabokov nos presenta a Humbert Humbert, un hombre solitario de unos 40 años cuya obsesión y única pasión en la vida son las “nínfulas”, niñas de unos 12 años que, a su parecer, muestran su sensualidad y logran corromperle con sus actitudes y sus faldas y “vestiditos”. Este es un punto muy importante en el libro, ya que está narrado en primera persona por este protagonista y desde el principio se observa una autojustificación por su parte ante su depravación y obsesión por estas niñas. E intenta que el lector no le juzgue, y a veces incluso habla de sí mismo en tercera persona.

Esta es una de las cosas que me parecieron más interesantes a lo largo de la novela, esa constante autojustificación de este señor, que busca que se le excuse por todos sus actos a lo largo de toda la trama. Y vamos viendo que no tiene límites ante su obsesión, algo que está presente en su interior cada día. Pero, a su vez, también me gustó mucho la narración de Nabokov, en palabras de Humbert, respecto a las “nínfulas” por las que se ha sentido atraído a lo largo de su vida y a las que ha amado en el sentido más sexual de la palabra. Se observa, sobre todo, en la descripción de Lolita: ternura, cariño, adoración, devoción… La describe con todo lujo de detalles, incluso sus aspectos más negativos, por lo que cuando acabas de leer sientes que conoces a esta joven quizás incluso más que él mismo.

Y esto me llamó especialmente la atención porque no me lo esperaba. La sutileza con la que trata este tema, a pesar de lo extremadamente evocador, enfermo y sexual que es, sorprende y te descoloca ante lo que esperabas encontrar en el libro. Por eso creo que Nabokov me ha atrapado tanto. Lolita es un libro, en ocasiones, demasiado denso y descriptivo, que se anda por las ramas, pero que logra mantenerte pegado a él hasta que desentrañas todos los cabos sueltos de la historia.

Pero, ante todo, de algo que me he dado cuenta después de leerlo, es que un libro muy maduro que hay que leer sin prejuicios, porque sino es imposible seguir leyéndolo. Hay que tener presente desde el principio que es una narración en primera persona de un hombre enfermo, poseído por una conciencia sexual y una obsesión por las niñas apenas desarrolladas sexualmente que no tiene límites.

Personalmente, Lolita ha conseguido fascinarme y asquearme a partes iguales. Y no se me ocurre, por el momento, ninguna novela que haya logrado despertar en mí ambos sentimientos a la vez. ¿Por eso es tan especial? Rotundamente, no. Quizás lo más especial, como he explicado anteriormente, es su narración. Cómo une la sutileza y la provocación, la sexualidad y el amor, lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo inmoral… Esto es lo que Lolita me ha inspirado a mí y por lo que creo que todo el mundo debería leerlo al menos una vez en la vida.

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Pálido fuego, de Vladimir Nabokov

Pálido fuego

Pálido fuegoNo sé si a ti te pasa pero creo que a más gente le pasa lo que a mí. Leo, creo que leo bastante a lo largo del año, pero me noto raro por no sentirme cómodo al leer esos libros que todo “buen lector” debería haber leído. Yo no los he leído. Por eso, a veces, cuando veo que se reeditan clásicos siento una extraña fuerza gravitatoria dentro de mí que me mueve a leerlos, para ver si es verdad lo que dicen de ellos, para no sentir más esa incomodidad, para borrar el miedo a lo canonizado. Y quién va a negarme que Nabokov, que vuelve a primera línea de la mano de Anagrama, no es una de esas obligaciones sagradas de todo lector.

A veces pienso que vamos muy rápido en todo, que esta generación le da mil vueltas a las anteriores, por eso me va muy bien encontrarme con libros como Pálido fuego para darme cuenta de que no, de que los rápidos han existido siempre y que no existen en función de una época sino, probablemente, de un gen. Lo que ofrece aquí Nabokov, que nos llega traducido por Aurora Bernárdez, es un excelente juego literario con el que es fácil asumir que el escritor tuviera a este libro como uno de sus favoritos. A partir de un poema inventado – Pálido fuego – obra de un poeta inventado – John Shade – que comenta un narrador (y editor) inventado – Charles Kinbote –, Nabokov nos lleva por los diferentes estratos que tiene una lectura. Soy filólogo, no sé si por suerte o por desgracia, y muchas veces, cuando iba a clase en la universidad, escuchaba aquello de que delante de un poema lo que debería hacer el lector es, en primer lugar, leérselo del tirón, casi de manera inconsciente, dejando que el poema entre por las rendijas del conocimiento sin interponer en el recorrido las barreras de un contexto; en segundo lugar, leerlo junto a los comentarios; y, en tercer lugar, volver a leerlo ya con la base o el contexto que esos comentarios han dejado en ti. Esa primera lectura es la que a mí siempre me ha interesado.

En Pálido fuego, tras un prólogo de este editor ficticio que es Kinbote, se ofrece el poema completo, sin ningún tipo de anotación. Esa es la primera lectura. Tras él, una serie de comentarios que es lo que engrandece la obra. En ellos, Kinbote se erige como editor pope para pasar por encima del poema y convertirse él en el gran creador, el creador de su historia, que en ese momento es también la de John Shade y la nuestra. A partir de una excentricidad sigilosa pero uniformemente acelerada, vamos pasando de la confianza ciega – ¿quién no confía en el editor del libro que está leyendo? – a la duda y la posterior desconfianza de alguien que parece que no está en sus cabales. Dividida esta parte en los versos que el editor quiere destacar y comentar, encontramos aquí la segunda lectura. Y entonces llega la tercera, la que se inicia con la duda de qué o a quién creer. Eso sucede con todos los libros, no solo con los poemas, y todavía más con esto que tanto tenemos aquí, las reseñas. ¿Creer lo que a nosotros nos ha parecido leer o creer lo que aquellos han creído que leían? ¿Tú o los demás?

Vale, sigo sin confiar en lo sagrado de la literatura, aunque me fastidie, pero debo reconocer que he disfrutado jugando con Nabokov. Él monta el escenario, coloca sus marionetas y empieza el juego, un juego que solo emprende el movimiento si hay alguien mirando. Tú.

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Opiniones contundentes, de Vladimir Nabokov

Opiniones contundentes

Opiniones contundentesLeemos por placer, dicen algunos. Y supongo que es cierto. Ese tipo de lector que se siente tan feliz en compañía de familia, amigos o amante, que al final, desesperado, tiene que levantarse y salir de la habitación para coger un libro, abrirlo, dejar entrar un soplo de mal rollo en su vida y recordar que todo es vanidad, no es el tipo de lector que más abunda. Aunque, no os quepa duda, haberlos, haylos.

Existe otro tipo de lector. Este también lee por placer, por descontado, pero, a diferencia de aquéllos que buscan un autor al que tutear, un narrador con el que se identifiquen y unas aventuras o sueños cercanos a los suyos, este lector encuentra el placer en un autor distante, con el que no tenga nada en común y que le hable de asuntos que jamás hubiera considerado de su interés. Cuando nuestro lector encuentra a un autor así, se entrega a él en cuerpo y alma, ve transformado su concepto de la literatura y recibe de buen grado el majestuoso desdén de su nuevo amo y  señor.

Así que ya lo sabes: si a ti te gusta un autor con el que te puedas identificar, yo me enorgullezco de que Vladimir Nabokov me llame ignorante. Y lo hace a las primeras de cambio:

Sólo cierto tipo de personas ignorantes mueven los labios al leer o reflexionar.

¡Y yo que pensaba que, al contrario, me hacía parecer más inteligente! Pero servidor es sólo el primero de los títeres que nuestro genial autor decapita. Aquí no se libra nadie. Vayamos por pasos.

Opiniones contundentes tiene un título sobradamente explícito, aunque habría que señalar que falta la palabra “razonadas”. Porque para opiniones contundentes, las mías (y si no, que se lo pregunten a mis enemigos de facebook), pero saber defender esas opiniones con argumentos y elegancia, ah, ahí ya no llego yo.

El libro consta, en su primera parte, de una serie de entrevistas concedidas por el autor, a lo largo de diez años (de 1962 a 1972), a medios tan diversos como Time, la BBC, la Radio Suiza, Vogue o Playboy. En estas entrevistas disfrutamos de la primera gran, enorme, virtud de Nabokov: su falta de espontaneidad. Así, a diferencia de tanto pánfilo que responde a una pregunta estúpida con la primera sandez que le viene a la cabeza, Nabokov siempre exigía que le entregaran las preguntas con anterioridad, para así poder preparar con tiempo suficiente la respuesta de aquéllas que se dignara responder. Naturalmente, dichas entrevistas son un auténtico deleite para el lector. Y en ellas, el bueno de Vladimir se despacha a gusto.

Entre sus fobias no literarias destacan “el jazz, el cretino de medias blancas que tortura a un toro negro (…); el bric-à-brac de los abstractos; las máscaras rituales primitivas; las escuelas progresistas; la música en los supermercados; las piscinas; los brutos, los pesados, los filisteos con conciencia de clase; Freud, Marx o los falsos pensadores”, entre otros.

Huelga decir que nuestro amigo rechazaba el encasillamiento en un grupo o movimiento literario. La literatura, en opinión de Nabokov, no conoce corrientes, grupos ni generaciones. Sólo existe el artista y su obra. Despreciaba la impostura, la pomposidad, las grandes ideas, las novelas repletas de símbolos y, sobre todo, la literatura con una función social. Califica como necia la Muerte en Venecia, de Thomas Mann; El doctor Zhivago, melodramática y mal escrita; y define las novelas de Faulkner como “crónicas con barbas de maíz”. Se ríe de esos autores que afirman que, al escribir, uno de sus personajes se apodera de ellos y les dicta el curso de la acción. !Qué experiencia tan absurda”; observa, para añadir que, en su relación con sus personajes, él es “un perfecto dictador dentro de ese mundo privado”. Es decir, mi libro lo escribo yo con mi mente, mi mano y mi lápiz. Patochadas pseudorománticas, no por favor.

Después de las entrevistas vienen las cartas hundidoras, que el autor escribía a los medios cada vez que sentía que no podía dejarse sin respuesta la última necedad del criticastro de turno. Nos dice Nabokov que él podía aceptar todo tipo de críticas, pero no toleraba que nadie pusiera en cuestión su erudición. Como veis, aquí no hay falsa modestia. Y si la réplica que dispara requiere que el autor se enemiste con un antiguo amigo, pues todo sea por el bien del arte y la verdad.

La tercera parte de Opiniones contundentes consta de una serie de artículos que abarcan desde su obra más conocida, Lolita, o la poesía de Jodásievich hasta su primera gran pasión, por encima incluso de la literatura: las mariposas.

Nabokov no sería hoy un personaje querido por los medios. La despiadada crítica a la estupidez, la fatuidad, los lugares comunes, la tradición académica establecida, y en fin, todo  intento de diluir el pensamiento del artista en el intragable potaje de las corrientes, los movimientos, las “Declaraciones”, los manifiestos y la voz del pueblo harían de él una persona no ya incómoda, sino odiada. Por eso, por sus novelas, por esta joya tan contundente y por llamarme ignorante, siento por él admiración infinita.

 

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Lolita

Lolita

Lolita, de Vladimir Nabokov

LolitaTítulo: Lolita
Autor: Vladimir Nabokov
Editorial: Anagrama
Páginas: 392
ISBN: 9788433970855

Así empieza todo:

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.”

¿Será un hándicap para poder entender o comprender el porqué para tanta gente Lolita es su novela de cabecera o la definen como obra maestra, no haberla leído en inglés?

No puedo saberlo porque yo he leído una traducción al castellano. Si bien, como en la mayoría de las traducciones, respetando en una primera lectura tanto la poesía en ingles, como todo lo que en francés él escribió. No es el primer autor que conocemos que cambia su idioma materno para continuar por el mundo de la gran literatura. Lo que sí llama la atención es el domino del doble sentido que le da en muchas ocasiones a las palabras o la composición de los nombres; no dejen de leer todas las notas a pie de página, bien en una primera lectura o en una segunda con mayor profundidad.

Es curioso que este autor ruso no me recuerde especialmente a ninguno de los viejos maestros de la literatura rusa, claro que tengo que decir que esta es la primera novela que leo de Nabokov, y me ha recordado más a algunos autores norteamericanos… O tampoco, porque la verdad es que me ha parecido sencillamente inclasificable y genial. Será por esa mezcla que al parecer su padre le leía cuando aún era sólo un niño, Los Miserables y El Quijote, ahí es nada la base del escritor.

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Ada o el ardor

Ada o el ardor

 Ada o el ardor de Vladimir Nabokov

Ada o el ardorY el mundo siempre será injusto. Si hubo alguien que merecía el Nobel de Literatura ese era –y es- Vladimir Nabokov. Lógico que tras esta declaración, se puede hacer una larga lista de no ganadores que deberían haberse ganado el rótulo. Pero Nabokov es indiscutible, no puede haber opiniones negativas hacía él. Si las hay, no las voy a aceptar. El escritor ruso podía jactarse de una imaginación infinita y compleja, que lograba salir de su cuerpo a través de las palabras, que él manejaba con una maestría magnánima. Y Ada o el ardor de Vladimir Nabokov, es justamente otro de esos ejemplos.

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Invitado a una decapitación

Invitado a una decapitación

Invitado a una decapitación, de Vladimir Nabokov

Invitado a una decapitación

Yo ya me doy por vencida. Es que no me quedan palabras para explicarles lo que es este autor para mí. Es genialidad pura, es prosa divina, es literatura verdadera y es una historia distinta, que parece simple pensarla pero que sólo él puede contarla. La forma cómo lo hace, es tan particular que muero de la envidia, que me da rabia y me llena de admiración. ¿Es posible tener una relación con un autor? ¿Con tu autor favorito? Yo la tengo, lo abrazo aunque este muerto y lo idolatro, lo adoro y hasta creo que lo amo. Me senté a leer, entonces, una vez más un libro suyo y no hizo más que acrecentar ese “nosequé” que me provoca. Diría que es amor pero está muerto y no es recíproco porque él amó a su esposa. Es un amor fiel, muy fiel, aunque sé que si me conociera lo decepcionaría porque no puedo darle ni la mitad de lo que él me regala a mí. Eso que también me regaló Vladimir Nabokov con su novela Invitación a una decapitación.

Cincinnatus y ya con ese nombre como protagonista sabemos que se nos han abierto las puertas del mundo Nabokov. Cincinnatus está en prisión y lo dice sin pelos en la lengua: espera el día que se cumpla su sentencia de muerte. Lo dice, Nabokov magistralmente en una de sus reflexiones, que Cincinnatus tiene una pizca de suerte en comparación al resto de los mortales: sabe que pronto va a morir. Pero no sabe la fecha, nadie se la dice y eso lo persigue, lo atormenta.

Así está él, en su cárcel, queriendo escribir pero molesto al no poder hacerlo. Si nadie le dice cuando va a cumplir su condena –por un crimen que nunca es mencionado pero es aberrante- no puede hacerlo, no puede dejar su trabajo a medio camino. Dialoga con otros personajes como el guardián, el director de la cárcel –un sujeto que se burla en demasía de la ansiedad de Cincinnatus- su pequeña hija y la esposa del prisionero.

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El ojo

el ojo

El ojo, de Vladimir Nabokov

el ojo

Lo extrañaba. Sí, pero desde que mi hermana un día se lamentó en voz alta porque su autor favorito, el gran Julio Cortázar, no iba a publicar más por razones obvias (está muerto, claro) mientras ella tiene la mayor parte de sus obras leídas, me percaté que mi situación con mi escritor predilecto, Vladimir Nabokov, era similar. Asique estaba siendo cauta con sus libros en mi biblioteca. Pero lo extrañaba y entonces me tomé el atrevimiento de leer El ojo de Vladimir Nabokov.

Alguien que cuida niños que se intenta suicidar. Personaje atormentado, emigrado ruso como muchos de los personajes de Nabokov, residente de Berlín. Y con esa velocidad e ingenio tan particular del escritor, el narrador se aferra a una obsesiva persecución de una idea: que opina su círculo de amigos de un tal Smurov.

¿Quién es Smurov? Lo acusan de homosexual, también de mentiroso, de esos que hacen alarde de su habilidad para quedar frente a los demás como un héroe ruso después de la situación en el país de origen bajo el régimen de Lenin. El narrador, entonces, desarrolla como meta descubrir como lo ven los demás a este Smurov, qué tienen para decir y formar una opinión conjunta de las mil caras que parece ofrecer el personaje.

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Pálido fuego

palido fuego

Pálido fuego, de Vladimir Nabokov

palido fuego

Pueden pasar miles de lecturas por mis manos pero hay un autor que se las ingenia para fascinarme aún cuando su libro empiece con una poesía. Uno de mis tantos defectos es no poder tener la capacidad de apreciar el género literario que comprende la poesía y cuando abrí la novela y durante páginas y página ví que había una, fui consciente que quizás no podría apreciar esta obra de mi autor favorito. No obstante, al terminar la historia -como siempre pasa con este genio de la literatura-  mi tropiezo inicial dejó espacio para la confirmación (¡como si todavía la necesitara!) que este escritor nunca me va a defraudar. Así, les acerco la reseña de Pálido fuego de Vladimir Nabokov.

Es un libro dentro de otro libro. Charles Kinbote, profesor, se encarga de escribir el prólogo, de recopilar la poesía  del escritor norteamericano John Shade y comentarla gracias a su extensa línea de notas. Pero todo este libro es creado por el propio Nabokov, primer atractivo para estar precavido que va a jugar con todos esos personajes con ese sello que hizo propio.

El hombre rico de la historia es Kinbote, entre chiflado, obsesionado y con una agonizante relación con Shade, de quien vive en frente, a quien persigue, a quien insiste en escribir sobre su tierra Zembla que abandonó por circunstancias no claras.

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