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Emanon Vagabunda, de Kenji Tsuruta y Shinji Kajio

emanon vagabunda

emanon vagabunda¿Y si hubiera un ser que estuviera en posesión de la memoria de toda conciencia viviente? ¿Si, generación tras generación, esos recuerdos hubieran sido transferidos genéticamente a cada sucesor? Éste era el inicio de Emanon Recuerdos, la primera parte de la obra que continúa ahora en Emanon vagabunda, obra de de Kenji Tsuruta y Shinji Kajio.

El planteamiento de la obra era muy original, como se puede observar, y el desarrollo del manga quería sorprender al lector, de un inicio que parecía más del típico shojo romanticón a la perplejidad de una premisa de ciencia-ficción con muchas implicaciones filosóficas. Cuando parecía que ese mismo punto de partida no podía llevar a nada más de lo que ya vimos, Emanon vagabuda vuelve a sorprendernos con una perspectiva nueva.

En primer lugar, si la voz del narrador en la primera parte era la del anónimo joven que se cruzaba en el camino de Emanon, ahora nos encontraremos con una primera persona que corresponde a la propia Emanon. De esta manera, la historia toma un camino diferente a la luz de este nuevo narrador. El planteamiento también incide en una nueva vuelta de tuerca: Emanon descubre que tiene un hermano gemelo. Ella, que es la depositaria de toda la memoria universal, que pasa de madre a hija ininterrumpidamente, por primera vez contempla a un par. Todo lo que implicaba de excepcionalidad en el caso de Emanon se hace doblemente excepcional en el caso de su hermano.

Con la aparición de este nuevo personaje, Tsuruta y Kajio pueden abrir un tema que en la primera parte apenas se esbozada: el de la humanidad frente a la inhumanidad. ¿Qué implica, por ejemplo, el hecho de elegir el punto de vista de Emanon para esta historia, a nivel humano? ¿Qué tiene Emanon de humana? Es, ciertamente, una conciencia cósmica, por así decirlo, pero en este segundo volumen la vemos progresivamente más humanizada.

Y así lo vemos, por ejemplo, cuando se explora el tema familiar de forma más profunda, con la excusa de la aparición de su hermano: qué implica el término de familia, qué sentimientos despierta, cómo lo vive Emanon, dentro de su dinámica suprahumana.

Emanon vagabunda tiene um tempo más reflexiva que la entrega anterior: abundan las páginas sin diálogo, de grandes viñetas de paisajes y cielos donde predomina lo sensorial y lo afectivo, por encima de lo narrativo o lo racional.

En lo que toca al dibujo, Tsuruta se muestra excepcional como siempre. Su sencillo trazo, acompañado del dominio de todo tipo de figuras, tanto de paisajes naturales como del cuerpo femenino, la secuenciación de las viñetas… Tsuruta vuelve a dar una lección magistral de composición de página que cualquier manga debería conocer. Además, en este nuevo tomo, se incluyen nada menos que setenta páginas a color, más que en el anterior tomo, donde la acuarela hace ganar aún más puntos al dibujo del artista.

Interesante reflexión sobre la propia vida, sobre la condición humana, y por detrás de todo, de los (extraños) vínculos familiares que nos unen, Emanon vagabunda es un manga muy a tener en cuenta en vuestras lecturas.

@cisnenegro

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El cartero de las mujeres, de Quella-Guyot y Morice

el cartero de las mujeres

el cartero de las mujeresReconozco que, con este cómic, la portada ha sido un poderoso reclamo. Un auténtico imán irracional para mí. Esa mujer, con un aire a las tahitianas de Gaugin, sujetando en el pecho, esperanzada, una carta, en la costa, con el mar de fondo, el faro, las gaviotas… Ese color y ese dibujo tan atrayentes…

La sinopsis no hizo sino confirmar que quería leer este cómic. Un cómic que a veces me recordaba a la preciosa y triste película italiana de Tornatore, Cinema Paradiso, aunque no sé todavía por qué, (aquí ni hay cine, ni el prota es un crío aprendiz, ni estamos en Italia… lo único, si apuramos, la guerra…) pero da igual; era una sensación que no se apartó de mí durante toda la lectura y que me gustó que así fuera.

El cartero de las mujeres es una historia que debe, que TIENE, que leerse con tranquilidad y calma. Fijándonos bien en las viñetas, en los colores, y, siendo un poco más técnicos, (tampoco mucho más), en la composición de las páginas. Páginas con una viñeta, otras con dos, cinco siete,… y todas dispuestas de maneras distintas. Los colores cálidos ayudan a esa lectura relajada. Vivimos prácticamente un atardecer de verano durante la mayoría del cómic y vemos lugares comunes que podemos identificar y nos son familiares a todos.

La historia comienza diciéndonos que un terrorista serbio asesina al archiduque Francisco Fernando, cosa que, no es el detonante de la I Guerra Mundial, pero sí otra de las gotas que colmarán el vaso y la que provocará que una pequeña isla bretona se quede sin hombres. “No hay isla que no esté a salvo de continentes cretinos”, dice el maestro, embarcado también para la guerra.

Maël es un chico patizambo y por eso no es reclutado. Será el encargado de repartir el correo en la isla, cosa a la que está dispuesto con tal de librarse de los quehaceres diarios ayudando a su tiránico padre.

Las mujeres deben también adaptarse y hacer el trabajo que hacían los hombres: ocuparse del campo, de los animales y además de las tareas de la casa. Echan de menos a sus hombres, sobre todo en la cama. Y ahí es donde Maël, a cuya presencia periódica se han acostumbrado va a intervenir.

Maël, a quién ninguna mujer en el pueblo le ha hecho caso nunca, de quién todo el mundo se ha burlado, quien era considerado casi como el tonto del pueblo, se descubre como un muchacho tímido, inteligente, sensible que cae bien a todo el mundo, con quien se pueden desahogar y llorar en el umbral sin preocupar por ello a sus padres; a quién pueden invitar a comer… y poco a poco algo más. Ya no les parece jorobado ni feo.

Maël sacará todo el provecho posible de su situación y se acostará con toda la que se lo pida, ya sea joven o anciana. Pim, pam. Con “to quisqui”. Si lleva faldas no hay más que hablar. Se entiende. Tanto tiempo en barbecho… Con el tiempo ganará en confianza y autoestima e irá ya no solo rechazando algunas propuestas en favor de otra, sino que se valdrá oscuras tretas para cazar a aquellas mujeres que no hayan pasado por su cama.

Hasta aquí puedo leer sin destripar más. Solo añadir que el rumbo que seguirá la historia a partir de aquí no lo imaginé en ningún momento. Esperaba una trama suave, costumbrista y tranquila hasta que los hombres, los supervivientes, volvieran de la guerra. Esperaba una linealidad cómoda y deliciosa. Pero el final, no por inesperado ha sido menos disfrutable, suave e incluso costumbrista.

A riesgo de parecer un moñas, insistiré: El cartero de las mujeres es un cómic delicioso (pero no en sentido moñas, que no lo es para nada. Incluso tiene un tono diabólico. Hala, ya lo he dicho).

Espléndido el arte y también el guion.

Y la edición, que los de Ponent Mon también se la han currado: tapa dura, tamaño grande y buena calidad del papel.

Un lujo de obra que no se puede dejar pasar. Un regalo perfecto.

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Emanon recuerdos, de Kenji Tsuruta

Emanon recuerdos

Emanon recuerdosCon la publicación de Emanon vagabunda, manga de Kenji Tsuruta, Ponent Mon sigue la historia de la ya editada Emanon recuerdos, una obra basada en la premiada novela de Shinjo Kajio. A Kenji Tsuruta ya lo conocíamos en nuestro país por obras como la inacabada Forget Me Not o Spirit of Wonder, editada por Glénat en tres tomos en 2003. Tsuruta es uno de esos mangakas polifacéticos que sorprenden por la belleza de su trazo, y en Emanon vuelve a hacerlo de una manera sobresaliente.

Emanon recuerdos es una obra que cuenta la historia de una misteriosa con la que topa un estudiante que está realizando un viaje en ferry. Emanon afirma tener memoria desde el inicio de la vida en la Tierra, hace unos tres millones de años. El protagonista, gran aficionado a la ciencia-ficción, pasa una noche con Emanon, hablando con ella, proponiendo razones a lo que ella le cuenta, y esta breve relación le marca para siempre.

La obra, como comentábamos, está basada en la novela homónimoa de Shinjo Kajio. El autor se inspiró en un viaje que él mismo estaba haciendo y su soledad inventó a este curioso personaje que ha tenido una excelente recepción, ya que las continuaciones han seguido apareciendo en manga de manos de Kenji Tsuruta, dibujante al que el novelista original no deja de deshacerse en halagos por su extraordionario trabajo.

Emanon recuerdos parte de una premisa muy interesante. Un manga que en principio puede parecer una historia costumbrista más, o incluso un romance al estilo shojo, hace un viraje de hondo calado filosófico al revelarse la naturaleza inmortal de Emanon. Ni siquiera ella sabe por qué le ocurre: alberga en su interior los recuerdos de todos y cada uno de los seres que la han precedido en la cadena reproductiva hasta llegar a ella: desde sentirse flotando en la sopa primordial de bacterias al principio de todo hasta las memorias de algunos de sus maridos en la época medieval.¿Por qué ocurre esto, qué implicaciones tiene? ¿Es Emanon la depositaria de un conocimiento universal? Y si es así, ¿para quién es este conocimiento?

De esta manera, la relación de los personajes va más allá del enamoramiento. Parece haber cierta atracción, pero más que eso es una relación en la que cada uno encuentra lo que justo necesitaba en ese momento: alguien en quien confiar, en quien apoyarse, con quien hablar. A pesar de no ser romántica y de durar apenas unas horas, esa relación marca a ambos de una manera muy fuerte. Luego, el protagonista (y nosotros con él) se preguntará sobre la naturaleza del tiempo: para Emanon, que está de alguna manera fuera del tiempo, esa relación de horas es igual a una de años o décadas, porque todos los recuerdos en ella se fijan de la misma manera. Eso hace que nosotros podamos reflexionar sobre la naturaleza y duración de esos mismos recuerdos: ¿qué nos queda de nuestra vida en la memoria? ¿con qué nos hemos quedado y qué hemos descartado? ¿esos pensamientos serán una justa valoración de nuestra existencia? Los recuerdos son, efectivamente, el trasfondo de la obra. En todo ello va acarreada la reflexión sobre la vida de la fama que diría Manrique: qué queda de nosotros tras nuestro paso por este mundo, cómo seremos recordados y cuánto más viviremos dependiendo de cuánto nos recuerden.

Por lo que respecta al dibujo, ya hemos anticipado que el dibujo de Tsuruta es soberbio, sobre todo en su dominio del cuerpo femenino. Sus féminas (aquí, prácticamente sólo Emanon) son de una delicadeza y exquisitez sobrenaturales, mucho más cuando podemos disfrutar de su arte en las páginas en color. Pero además, existe un gran trabajo en la configuración de fondos, en el realismo del ferry, y en las secuencias de recuerdos primigenios de Emanon.

Emanon recuerdos ofrece al lector toda una serie de temas trascendentes en los que pensar al mismo tiempo que un envoltorio ciertamente hermoso. Un manga que sorprenderá al lector.

@cisnenegro

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La montaña mágica, de Jiro Taniguchi

La montaña mágica

La montaña mágicaCurioseando por google tras leer esta novela, escribo “Jiro Taniguchi” y le doy a “imágenes”. Entre muchos dibujos hermosísimos, de exquisito detalle y primorosa perspectiva, me encuentro con unas pocas fotos de un señor con bigote y gafitas redondas. Su rostro bonachón y su mirada escéptica, con un toque socarrón, son difíciles de reconciliar con la inmensa melancolía que con frecuencia destilan sus obras. En ellas, desde la inolvidable Barrio lejano hasta El olmo del Cáucaso, pasando por El paseante o El almanaque de mi padre, el maestro Taniguchi nos cuenta historias sobre personajes que, sin llegar a sentirse perdidos, sí sienten que algo o alguien, puede que ellos mismos, quizá muy lejos de aquí o quizá en la tienda de al lado, tal vez ahora mismo o tal vez en otro tiempo remoto, necesita su ayuda, o tan sólo su presencia. Eso, y no otra cosa, es la melancolía.

Dice el propio Taniguchi en la interesantísima entrevista que Ponent Mon ha tenido el acierto de incluir en la edición: “La melancolía es un remedio para equilibrar el espíritu. (…) De entre los sentimientos humanos, [es] el más sutil, inasible, y sin duda precioso. La melancolía no es una enfermedad, sino el estado más puro de un individuo”. Algo, pues, que va mucho más allá de la mera tristeza.

Un niño que a los seis años pierde a su padre, y que, a los once, teme que la enfermedad que sufre su madre acabe por llevársela a ella también, no puede sentir sino una inmensa melancolía. Apenas has empezado a vivir y la vida misma te lo roba todo. Con este planteamiento se abre La montaña mágica, una sencilla y hermosa historia en la que Taniguchi introduce un elemento muy poco habitual en él: la magia.

No busquéis aquí una historia como Barrio lejano o El paseante. Por el contrario, muchos comparan esta obra con la película El viaje de Chihiro, por la presencia en ambas de ese mundo de espíritus japonés que tan ajeno nos resulta. En La montaña mágica, pues, Taniguchi, en lugar de asomarse al mundo de los niños desde una melancolía adulta, lo ha hecho desde un punto de vista infantil. Y el resultado es una sencilla historia de iniciación que, a diferencia de otras obras del autor, gustará mucho a los niños.

¿Y a los adultos? Pues bien, este adulto, algo desconcertado tras la primera lectura, disfrutó en la segunda, por supuesto, con los dibujos de este maestro de la novela gráfica, siempre de una sobria belleza, pero también con la sencillez de un relato que, gracias a los detalles enigmáticos y hasta tenebrosos que lo puntúan, nos deja con la sensación de que algo se nos escapa, se nos escapa, se nos escapó.

No podemos volver a nuestra infancia para recuperar ese algo, pero, por suerte, siempre nos quedará Taniguchi.

 

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El olmo del Cáucaso, de Jiro Taniguchi y Ryuichiro Utsumi

El olmo del Cáucaso

El olmo del CáucasoMira tu mano. ¿Qué ves?
Ante ti tienes pura ingeniería. El instrumento mejor diseñado por la naturaleza. Pequeños huesos, músculos y ligamentos que junto a sus 29 articulaciones son capaces de hacer que la mano genere todo tipo de movimientos, revelando así, en algunas ocasiones, más sentimientos que el propio rostro humano. Lo cual no es difícil si eres Sylvester Stallone. La mano es un mecanismo tan complejo como extraordinario, capaz de manipular todo tipo de objetos y ofrecerte un agarre único en las situaciones más peliagudas. La mano es esa que muestra la destreza suficiente para asir un lápiz con la medida adecuada entre suavidad y firmeza con la finalidad de crear letras; de igual forma es esa que se cerraba dentro de un guante de boxeo para golpear de forma contundente, con el fin de derribar oponentes, y llevar a Muhammad Alí hasta sus 56 victorias.
Vuelve a mirar tu mano. ¿Qué ves?
Si eres dibujante posiblemente veas una pesadilla. La mano es ese objeto del mal constituido de poliedros, triángulos, óvalos y hasta circunferencias que puede conseguir arruinarte la obra de arte que ya casi tenías terminada. Solo algunos pocos elegidos son capaces de dibujar estas herramientas carnosas de cinco dedos sin que parezcan aberraciones de la naturaleza surgidas de los enfermizos relatos de Lovecraft. Jiro Taniguchi es uno de ellos. Las manos que él ilustra son bellas y atesoran la capacidad del lenguaje no verbal; hablan de saludos y susurran caricias.

Y si de manos seguimos hablando hablaré de lo lejos que queda aquella vez que en las mías cayó aquel cómic de tres tomos titulado El almanaque de mi padre. Por aquel entonces en el manga reinaban los rostros de grandes ojos y las bocas de piñón. Hombres musculados y mujeres de desproporcionados atributos sexuales protagonizaban historias de corte fantástico o de ciencia ficción, en las que la violencia campaba a sus anchas. No os estoy descubriendo nada nuevo, ni siquiera me estoy quejando (engullí, y sigo engullendo, ese tipo de cómics con gusto), solo evidencio un hecho de aquella época. Pero aquel manga, que contaba las vicisitudes de una familia a lo largo de los años, con un dibujo fuertemente enraizado al cómic europeo, me mostró que en lo referente al seinen (o manga para adultos) había más alternativas.
Antes de llegar hasta El olmo del Cáucaso y otras historias de Jiro Taniguchi se cruzarían en mi camino, como Barrio Lejano, Sky Hawk o Cielos radiantes. Enseñándome que este prolífico mangaka, aunque se encontraba más cómodo relatando historias costumbristas, era capaz de dibujar samuráis, indios y vaqueros que luchaban por un ideal, perros salvajes de lealtad consumada o hasta naves espaciales y paisajes post-apocalípticos, como en Crónicas de la nueva era glacial, que dejaban al lector con el culo congelado. Pero con El olmo del Cáucaso Jiro Taniguchi, que esta vez comparte tareas con el novelista Ryuichiro Utsumi, el cual se encarga del guion, vuelve a esas historias intimistas en las que pasan cosas usuales pero que gracias a ese aura casi onírica que les otorga consigue dejarte ensimismado hasta el final del relato.

El tándem funciona, y es que mientras Ryuichiro Utsumi narra historias de vidas complejas con una prosa muy cercana a la fábula, Jiro Taniguchi vuelve a confeccionar un dibujo sublime, con primeros planos de esos rostros de trazo limpio a los cuales otorga más luminosidad al difuminar el fondo o simplemente dejándolo totalmente en blanco. Y esa meticulosidad que muestra en poblar cocinas de utensilios, cuartos de estar de adornos, ciudades de vida y naturaleza de movimiento. En definitiva, dibujos en blanco y negro que son capaces de evocar colores.
Este tomo, excelentemente reeditado por Ponent Mon, se compone de ocho relatos; todos marcados por las decisiones que tomamos en la vida. Relatos repletos de pequeñas dudas existenciales o de complicadas encrucijadas que solo tras el paso de varios años sus protagonistas son capaces de dilucidar el camino a seguir. Como en El reencuentro, donde un hombre que se desentendió de su familia, y tras una grata casualidad, tiene la oportunidad de enmendar sus errores. ¡Bienvenidas sean las segundas oportunidades! O en El olmo del Cáucaso, la primera de las historias que además da nombre al compendio, donde los autores consiguieron hacerme sufrir por el destino de un árbol (¡de un puto árbol!) hasta el último momento. ¡La esperanza jamás debe perderse! O En Los alrededores del museo, donde nos muestran que las exiguas perspectivas de felicidad ante una vida que ya parece caduca se trastocan con la llegada de un inesperado amor. Oh la la, c’est l’amour! O en Atravesando el bosque, mi relato favorito (aquí donde me veis soy un blando al cual el corazoncito se le derrite ante historias protagonizadas por perros e infantes) donde el hermano mayor, que ha madurado a la fuerza y de forma injusta, intenta proteger al pequeño de ese mundo en ocasiones cruel. ¡Cuánto drama, y a su vez cuánta fe en el ser humano!

Ahora vuelve a mirarte la mano.
Manos que se tienden para ayudar: “Hiroshi agarró con fuerza la mano de Yôji y continuó andando con la boca firmemente cerrada.”
Manos que enjugan lágrimas: “Sin querer, de improviso, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas
Manos que buscan la reconciliación y manos que dan golpecitos amistosos en la espalda.
El olmo del Cáucaso es como tu mano, una obra de ingeniería que funciona a la perfección. Un conjunto de historias, trabajando todas ellas, como una maquinaria bien engrasada, con un solo propósito: conseguir hacerte reflexionar sobre las cosas que realmente importan en esta vida.

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Los guardianes del Louvre

los guardianes del louvre

“Los guardianes del Louvre”, de Jiro Taniguchi

los guardianes del louvreRecuerdo que una vez, de pequeño, en una de las frecuentes veces en las que caía enfermo, llegué a tener tanta fiebre que me levanté de la cama porque empecé a delirar y a ver algo… No me invento nada. Estuve un buen rato dando vueltas alrededor de la cama porque me seguía una cosa verde pero transparente. Era como el fantasma glotón de  Cazafantasmas (y la película llegaría unos años después. Sí, sé lo que estáis pensando: soy un visionario…), pero sin cara ni brazos y solo hacía eso, seguirme. No volví a ver esa cosa nunca más, pero para mí –y por lo visto, sólo para mí– fue una visión clara, tan clara que todavía me acuerdo.

 Pues bien, en el cómic que hoy nos ocupa, un dibujante japonés –el propio autor–  tras un viaje colectivo con otros dibujantes, decide quedarse en París para visitar los museos antes de volver a Japón. Sin embargo, en la habitación del hotel, solo y en tierra extranjera le acomete la fiebre y a esta se le unen unas pesadillas. Al día siguiente, algo recuperado, decide dar un paseo y llega hasta el Louvre.

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