The time before, de Cyril Bonin

The time before Una de los eternos anhelos imposibles del hombre es el de viajar en el tiempo, no tanto para ver qué nos depara el futuro como, sobre todo, para poder volver atrás y cambiar el pasado. Como todos sabemos, los errores, a veces, se pueden corregir, o, en su defecto, y si eres listo, disimular, pero no se pueden borrar. Aquellas palabras que dijimos y que tanto nos duelen, aquel beso que no dimos en el momento único y, por desgracia, irrepetible en que había de darse, aquella decisión equivocada y, por ponernos un poco más modernos y prosaicos, aquel tuit que publicamos y que todavía hoy nos persigue.

Son muchísimas las historias al respecto, tanto en el cine como en la literatura, desde La máquina del tiempo, de H.G. Wells, a Regreso al futuro, pasando por obras maestras de la novela gráfica, como Barrio lejano, de Jiro Taniguchi, u otras algo menos conocidas, como Inolvidable, de Alex Robinson. Dejando de lado la conocida paradoja del abuelo (esa que dice que, si viajas al pasado y matas a tu abuelo antes de que tu padre sea concebido, no puedes estar aquí para emprender ese viaje al pasado), cualquier hipotético viaje atrás en el tiempo encierra una gran trampa. Una de las obras que mejor reflejaba esa trampa es la película Atrapado en el tiempo. De ella, muchos se quedaron con el mensaje un tanto infantil de que, si eres bueno, si te enmiendas, el tiempo te perdona y puedes seguir adelante con tu vida. La idea principal, sin embargo, era muy otra: cualquier hipotético intento de corregir nuestro pasado hasta hacerlo perfecto es inútil y sólo nos llevaría a empeorar nuestro presente.

En esta excelente novela gráfica titulada The time before, Cyril Bonin nos cuenta una historia que, en cierto sentido, nos recuerda a aquel inolvidable día de la marmota. Un buen día de 1958, el fotógrafo Walter Benedict recibe, por uno de esos azares que no lo son tanto, un talismán que le permite, según pronto descubre, regresar a cualquier momento del pasado, siempre que ese momento haya tenido lugar desde el momento en que recibió el talismán. Walter continúa con su vida sabedor, pues, de que cualquier error que cometa puede ser fácilmente corregido. Basta con desearlo. Va así puliendo cada una de las decisiones que toma y evitando todos y cada uno de los pequeños percances que le ocurren, como un artista que repasa su obra una y otra vez con el fin de crear una obra perfecta. Hasta que un día sucede algo terrible que le impide, durante un tiempo, recurrir al talismán. Decide dejar entonces que la vida siga su rumbo. Sin embargo, la tentación de hacer uso del talismán para corregir esos pequeños mecachis de la conciencia es demasiado grande como para no sucumbir a ella.

Cyril Bonin imprime un gran dinamismo a la composición de sus viñetas, que contrasta con el uso del color, de apagados ocres, verdes y naranja, perfecto como el sepia de las fotos antiguas para evocar recuerdos y remordimientos en una historia que nos revela una gran contradicción del ser humano: el anhelo de controlar nuestro pasado representa, en el fondo, el deseo de renunciar a tomar las riendas de nuestro propio destino.

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