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La parada de los monstruos, de Relda

La parada de los monstruos

La parada de los monstruosLos monstruos nos inquietan, nos aterran. Los tememos porque son horrendas criaturas que representan lo peor a lo que el ser humano puede llegar. Por tanto, hay aquí una reflexión interesante; tememos a la criatura porque nos conocemos demasiado bien a nosotros mismos y sabemos de lo que somos capaces. No tememos pues, más que a una extensión de nosotros mismos. Una que se ha desfigurado, que se ha transformado. Eso nos convierte en monstruos propiamente. Para las distintas acepciones que se puedan encontrar en diccionarios, la monstruosidad es la propiedad de la fealdad, las anomalías que crean espanto y la desvían del resto de la especie. También van relacionados los adjetivos cruel y perverso. Todo eso se adhiere a la monstruosidad que es la cara oscura de la humanidad. Para el poeta Relda, el lazo entre monstruo-hombre es tan estrecho que apenas distingue entre ambos. «Me interesan los monstruos porque tú eres uno. Yo lo soy». Y escribió un conjunto de poemas sobre algunos de los monstruos más célebres de la literatura. El poemario se llama La parada de los monstruos y esta es su nómina: Drácula, Frankenstein, Isabel Bathory y el Poder.

En la introducción, el propio autor deja claro sus intereses y motivos de por qué eligió a estos personajes y desentraña algunas peculiaridades de cada uno. Lo hace desde un punto de vista en el que la monstruosidad, tal y como la concebimos, no lo es tanto en el caso de estas singulares criaturas. Me explico. Para Relda, no hay mayor monstruo que el ser humano, que es quien dio vida a estos personajes porque representan, precisamente, la maldad innata que poseemos. Utilizamos la deformidad y la fantasía para reflejar a través de las más horrendas creaciones nuestra propia perversidad.

Así, Drácula es una sombra en la oscuridad de nuestros deseos ocultos; más si cabe, de nuestros pecados. Tanto las leyendas en torno a Vlad el empalador, como el imaginario del vampiro que succiona la sangre para vivir, son nuestros propios anhelos de lujuria. El vampiro así se presenta:

«[…] El que vive por la sangre ajena / Soy sombra a los pies de tu cama / y dolor en tu último aliento»

Para Frankenstein (pese a que la criatura no tiene nombre, recibe el de su creador, Víctor Frankenstein), la posición que toma es la de aquel ser que fue concebido por la ambición humana. La ambición de equipararse a Dios. El amplio estudio que se ha realizado sobre esta mayúscula obra de Mary Shelley, con todas las lecturas posibles —psicoanalítica, sociológica, estructural, estilística, científica, religiosa e incluso, me permito añadirla, una personal lectura en la que estoy trabajando actualmente acerca del papel alegórico del propio lenguaje que representa la criatura—, con todos estos estudios, repito, son muchas las conclusiones a las que se ha llegado. Relda ofrece la visión de un ser débil, maltratado por el hombre. De nuevo, la figura monstruosa no es la que se ha originado uniendo miembros cercenados de muertos, sino la del creador. Desliza por sus versos el sentir melancólico de la criatura que ya introdujo Mary Shelley en su novela:

«[…] aprendimos juntos que los hombres / desprecian lo que no entienden / y aborrecen lo que es distinto, / lo que no es imagen de su imagen / ni da tregua a sus miedos»

Dos figuras más, dos monstruosidades más se dan cita en La parada de los monstruos. Estas son Isabel Bathory, la condesa sangrienta, aristócrata húngara que desangraba a sus doncellas y se bañaba en su sangre para mantener viva su belleza. Y por último, el Poder. Este monstruo habita entre nosotros, no necesita de un castillo para esconderse, ni salir a causar sus fechorías en la oscuridad. Actúa impunemente sin control. Es un asesino en serie que se cobra vidas día tras día. Le damos vida entre todos y de nuestras vidas se alimenta.

Un libro de poemas corto editado por Cazador de ratas, que ofrece un momento para la reflexión y el disfrute de algunos versos interesantes. Más si, como yo, sientes atracción por los personajes góticos que tanto han aportado a la literatura.

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Sweeney Todd. El collar de perlas, de James Malcolm Rymer

Sweeney Todd. El collar de perlas

Sweeney Todd. El collar de perlasParalela al río Támesis, oculta bajo una espesa capa de niebla, se extiende una de las principales arterias de Londres. La calle, en apariencia de ambiente distinguido gracias a los frecuentados cafés y tabernas de la zona, cobija también un lugar de horror y pesadumbre. No extraña que poco después fuera pasto de las brasas; era el funesto final que el mismo diablo tenía preparado para la adoquinada vía donde se situaba la barbería de Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet.

«Un afeitado rápido por un penique. No hallará a nadie que lo replique». Este es el lema que se cita en un cartel colgado en la entrada de la barbería y desde luego no hay que tomarlo a la ligera; la intención sarcástica del pareado no deja lugar a la duda sobre el misterio que se esconde en su interior. ¿Nadie que lo replique? Obvio, pocos pueden salir de ahí para contarlo.

La editorial La biblioteca de Carfax edita en un volumen único la novela completa de Sweeney Todd. El collar de perlas. La historia del barbero asesino del que aún se duda si realmente fueron hechos reales en los que se basa su leyenda, nos ha llegado a la actualidad gracias a la influencia literaria que dejó en el compositor y director Stephen Sondheim, y su adaptación al teatro musical —ESPLÉNDIDO con mayúsculas— en 1979, de cuya versión se valió Tim Burton para su película con un también magnífico Johnny Depp interpretando el papel del psicótico barbero. En aquellas adaptaciones la historia cambia notablemente con la que en estas páginas se cuenta. Su autor, James Malcolm Rymer, también creador de las historias de Varney, el vampiro, publicó por entregas el debut literario de Sweeney Todd entre noviembre de 1846 y marzo de 1847. El escritor escribía principalmente penny dreadfulls, historias de terror escabrosas y sensacionalistas que se vendían por entregas en la Inglaterra de mediados del siglo XIX por un penique.

Londres, escenario de tantísimas grandes obras de horror y sangre que corre por sus calles, se convierte en otro personaje más dentro de la obra, ya que va a representar el frío, lo hostil, lo claustrofóbico dentro de esta historia llena de enigmas, muertes, degradación, locura y, sí, deliciosos pasteles de carne de la señora Lovett. Borremos, eso sí, la imagen de estrella del rock del Romanticismo que tenemos del último Sweeney hasta la fecha, esto es Johnny Depp. Porque Sweeney, el salvaje y despiadado Sweeney Todd, el barbero, «era un tipo larguirucho, mal proporcionado y contrahecho, con una boca inmensa y manos y pies tan descomunales que se podía decir que era un bicho raro». Trabajaba en su pequeño local de la calle Fleet donde por un penique realizaba el afeitado más apurado que podías encontrar en todo Londres. Por su barbería se dejaban caer toda clase de hombres, pero solo aquellos de alto poder adquisitivo le eran realmente interesantes al siniestro barbero. A su cargo tenía un pequeño mancebo que le ayudaba en las tareas, el joven Tobías. Cada vez que entraba algún cliente en la barbería, una gélida mirada de su maestro y mentor le valía al joven para salir por patas de la tienda a hacer compras. Mientras, Sweeney afilaba sus navajas, observaba por la ventana el exterior, se acercaba al sillón donde esperaba el cliente con la espuma extendida por el rostro y se encargaba de ofrecer su mejor apurado.

Un día, entró en la tienda un apuesto hombre, el señor Thornhill, junto a su perro. Mala elección haber elegido ponerse en las manos de aquel barbero y buena suerte para Sweeney, cuyos objetos personales del señor Thornhill le iban a reportar un más que suculento anticipo de su jubilación. Se trataba de un flamante collar de perlas, objeto de deseo que representa la ambición del hombre por aspirar cada vez a más sin ver los riesgos que ello puede conllevar. El joven Tobías entró en el momento crítico en el que algo extraño estaba sucediendo dentro de la barbería; le iba a salir muy caro entrometerse en los asuntos que solo conciben a Sweeney Todd. Este asesinato va a ser el motor de la historia y la trama girará en torno a él. Alguien más está buscando al señor Thornhill, su perro puso sobre la pista a un antiguo amigo y a un imán más atrayente, la bella Johanna.

En la misma calle se sitúa el local regentado por la señora Lovett. El gentío se agolpa frente a la puerta para degustar uno de los deliciosos pasteles de carne que ahí se sirven. La señora Lovett es una hermosa mujer que trabaja muy duro para poder dar de comer a todos los clientes que ansían hincar sus dientes en uno de esos esponjosos y cremosos pasteles. Y la carne, con ese sabor tan especial. Los hornos se encuentran en los sótanos húmedos y abovedados del local. Lo que ahí ocurre es mejor no conocerlo.

Sweeney Todd. El collar de perlas tiene una lectura adictiva, quizá fruto de la naturaleza de su publicación por entregas. El trabajo inmenso de su traductor, Alberto Chessa, merece una mención por la documentación anotada al pie de las páginas para acercarnos a aquel Londres de mediados del siglo XIX, una época que siempre muestra lo oscuro y escabroso de aquella ciudad, y su siempre siniestro historial de muertes y decrepitud. Un modo de conocer la figura de otro de los célebres personajes que asesinó sin piedad en Londres. Oculto tras el cristal de su barbería espera para dar su afeitado más apurado Sweeney Todd, el diabólico barbero de la calle Fleet.

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El pájaro carpintero, de James McBride

El pájaro carpintero

El pájaro carpinteroTras el buen sabor de boca que me dejó la última novela que leí de la editorial Hoja de Lata fui a la librería en busca de más títulos del mismo editor. De cuantos encontré entre los estantes destacó la portada de un joven negro vestido de chica y gesto simpático; El pájaro carpintero se llamaba. Lo que ilustraba la imagen no podía asemejarse más a la divertidísima historia que se narra en su interior. Eso sí, lo que va a desfilar por sus páginas son un sinfín de asesinatos, crueldades esclavistas, vejaciones y demás canalladas pertenecientes a uno de los capítulos negros de la historia de Estados Unidos de finales del siglo XIX.

Con estos ingredientes, el calificar esta historia como una novela divertida resulta, cuanto menos, contradictorio. Culpa de ello la tiene su autor, James McBride, ganador por esta obra del National Book Award por su audaz y satírica representación de la lucha abolicionista de Estados Unidos. El propio autor cuenta en el prólogo que en los meses de construcción de la novela le tocó vivir una etapa oscura personal. Tan oscura y dañina que se negó a dejarse llevar por sus sentimientos y plasmar ese dolor en el papel. Decidió tratar, eso sí, un truculento y difícil proceso histórico, el de la esclavitud, pero con una perspectiva distinta y a través de los ojos de un niño la mar de resuelto y simpático: el Cebolla. Un niño que, como tal, nos va a contar su propia biografía con humor y un tono para nada bronco sobre las hazañas de John Brown, un auténtico guerrero abolicionista que se cruzó un día en su camino.

Henry Cebolla Shackleford es un niño esclavo que un día, en contra de su voluntad, debe unirse al ejército abolicionista del legendario y despiadado asesino John Brown. El gran americano por defender la libertad y la palabra de Dios, o «el hijoputa asesino más infame y retorcío que jamáis hayáis visto» según el Cebolla, muestra desde el principio lo surrealista de su campaña antiesclavista: confunde a Henry Cebolla con una chica y desde entonces, para poder salvar su pellejo, este actuará como tal durante toda su loca y aventurada odisea. Comienza así su hilarante historia junto a un auténtico devoto de las Sagradas Escrituras, en nombre de quien ejecuta a todo aquel que defienda la esclavitud. Viajarán por el oeste norteamericano derrotando a todos los negreros que encuentren a su paso siguiendo las indicaciones de John Brown, esto es, improvisando, ya que ni un solo plan sale como tenía pensado. Con el Cebolla como talismán, Brown ve cada vez más claro el camino de luz y esperanza que le marca la Biblia y su sueño de acabar con la esclavitud. Lo que no parece querer entender es que, en un tiempo de esclavitud, muchos son los negros que prefieren tres platos al día de sus amos, pese a que vengan precedidos de injustas distinciones clasistas, antes que enzarzarse a mamporros y jugarse el pellejo por un ideal casi imposible.

Ese será el sino de la historia, dura por cuanto significa históricamente, pero no por cómo lo cuenta. El humor, la adictiva acción, la amabilidad en el tono y la picaresca de su protagonista, Henry Cebolla, hacen de esta novela un auténtico regalo para los sentidos. Los diálogos, ya anunciados por su traductor, intentan reproducir el habla sureño de los esclavos, y su lectura invita a acercarse a aquella época de granjas rodeadas de plantaciones de algodón donde unos blancos ricos compraban a negros que trabajaran para ellos. El pájaro carpintero es un estupendo viaje a través de las montañas de Virginia, a pie, a caballo o en el ferrocarril que une Washington D. C. y Ohio. Pistoleros, rebeldes esclavistas, negros asustados y otros privilegiados, John Brown con sus locas ideas y Henry Cebolla, todos y cada uno de ellos van a reflejar una época tormentosa, van a ser miembros nacidos del dolor en busca de la libertad. Cada uno a su modo, eso sí. Y como quien lo cuenta es el Cebolla, lo amable, lo hilarante y lo pícaro destacarán por encima de todo.

 

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Fin de guardia, de Stephen King

Fin de guardia

Fin de guardiaDecía Grace Paley en un magnífico ensayo literario que lo que les interesa a los escritores es la vida, la vida tal y como «casi» la están viviendo. Que existen personas que viven primero y luego escriben, como Marcel Proust, y otros que sienten la tentación de alejarse del oficio de la poesía más personal. Quiero creer que el día que a Stephen King se le ocurrió el argumento de Fin de guardia tuvo mucho que ver esa vida que estaba pasando frente a sus ojos. Me quiero imaginar al escritor de Maine oculto bajo una gorra de béisbol y gafas de sol cogiendo una mañana cualquiera un autobús urbano. En el trayecto, tras los oscuros cristales observaría el comportamiento de los demás viajeros. Puede que sea Estados Unidos, pero no se diferencia mucho de lo que podemos encontrar en las líneas del metro de Madrid: todos los pasajeros absortos frente a una pantalla luminosa. Y ahí estuvo el germen de su nueva obra.

En cuanto a semilla narrativa no se aleja mucho de la que ya se le ocurrió para la infame Cell, en la que una extraña señal emitida a través de los teléfonos móviles dejaba a toda la gente idiotizada. En el caso de esta novela, la tercera y definitiva historia del detective Bill Hodges, el aparato en cuestión que se utiliza como arma para crear el terror más kingniesco es un Zappit, un modelo de consola portátil como las viejas Game Boy. Pero antes de meternos en materia, y tratándose del final de una trilogía, hagamos un pequeño repaso por la historia hasta ahora.

Una fría madrugada, un numeroso grupo de desempleados hacían cola frente a las oficinas donde se ofertaban diversos puestos de trabajo. Mientras se refugiaban del frío con mantas y abrigos, un enorme Mercedes gris emergió entre la niebla y se abalanzó hacia la multitud. Arrolló a todo cuerpo que encontraba a su paso. Sangre, ropajes y algún miembro cercenado se quedaban enganchados a la carrocería del coche. Esto que tanto hemos visto en los telediarios últimamente ocurría en 2014 dentro de la novela Mr. Mercedes. Era el potente arranque de la primera incursión en novela negra de Stephen King. Brady Hartsfield, el asesino del Mercedes, como lo bautizaron, trajo de cabeza a la policía y en especial al detective retirado Bill Hodges, diana de toda su rabia. Durante la novela, Brady consiguió a través del engaño y la corrupción de las mentes de sus víctimas conseguir llevarles al suicidio. Con Bill no pudo conseguirlo, pero no va a quedar impune.

La segunda parte se llamó Quien pierde paga, una historia autoconclusiva —y la mejor de las tres— que jugaba con diversos elementos propios de las obras de King: el lector obsesionado con su escritor favorito. Aquí la acción y la trama se vuelven más entretenidas con personajes mejor construidos y donde de nuevo el detective Bill Hodges tendrá que resolver el caso de unos antiguos manuscritos hallados por un chaval que corre un gran peligro.

Y ahora llega a las librerías Fin de guardia. Era de esperar, tras las páginas finales de la segunda parte de la trilogía, que esta nueva historia se centrase de nuevo en la figura de Brady Hartsfield. Y en efecto, así sucede. Quizás ocurre en demasía. Me explico. El comienzo de Mr. Mercedes fue contundente. Muy bueno. Conquistaba al lector, al menos, para que siguiera adelante con la obra. Sin embargo, eso no ocurre con su nueva novela, ya que de nuevo vuelve a contar el mismo inicio, pero en la perspectiva de un operario de ambulancia. ¿Falta de creatividad? A King se le puede dar la oportunidad de seguir leyendo para ver dónde nos llevarán los acontecimientos. En verdad, no van a parar muy lejos. Fin de guardia bebe y vive de la primera parte de la trilogía. Si no la has leído, descuida, te va a poner en antecedentes con frecuencia ya que existen diversas referencias a lo ocurrido en el asesinato del Mercedes. Esto no debe llevar a malos prejuicios. La novela, en sí, desarrolla uno de los componentes básicos de la producción bajo el sello Stephen King, y que ya utilizara en su fabulosa Carrie: los poderes de telequinesia.

Brady quedó en estado vegetativo tras los acontecimientos de Mr. Mercedes. En su recuperación, desarrolló un fascinante poder que intenta comprender y ensayar para llevar a cabo su maldad. Durante sus cuidados médicos, consigue introducirse en la mente de los enfermeros a través de las videoconsolas Zappit, las cuales dejan en estado catatónico a quienes con ellas juegan. No va a ser a los únicos a los que viole mentalmente. Su nuevo juego de satisfacción consistirá en llegar de nuevo hasta el detective Bill Hodges para vengarse de él y conseguir matarlo. Final de novela con su esperado e intenso suspense, aviso.

Como decía al comienzo en referencia a los textos de Grace Paley, Stephen King se vale de muchos elementos cotidianos de su vida para llevarlos al papel, y si me apuras, al de su personaje Bill Hodges, en quien se aprecian muchos de esos achaques (o chocheos, siempre en el sentido amable, si es que lo tiene) que seguramente está experimentando el propio King. Ya no solo por el carácter de un hombre cansado y curtido, o evocar a series o redes sociales que utiliza, sino por sus muchas proclamas de carácter político-social que parece más propio de un panfleto propagandístico que del registro natural de personajes de ficción. En definitiva, creo que su incursión en el género negro no le ha granjeado un gran éxito, pero sí le ha valido para intentar abordar nuevos frentes en su abultada carrera literaria, la que esperamos, no finalice y siga de guardia.

 

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Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

Temporada de huracanes

Temporada de huracanesLa nueva novela de la mexicana Fernanda Melchor era, según las listas de las mejores escritoras contemporáneas hispanoamericanas, una de las más esperadas en la segunda mitad de este año. No ha decepcionado en absoluto. Y eso que la lectura de esta obra no resulta fácil para depende qué tipo de lector se atreva con ella. Yo, que desconocía las anteriores obras de la autora, he descubierto un valor extraño y arriesgado en las letras en español. Una lectura que provoca cierta sensación de fatiga por la abrumadora descripción y presentación de sus personajes; la genial mezcla de discursos narrativos —indirectos, libres, omniscientes— que tejen un argumento adictivo imposible de obviar y que te lleve a cerrar el libro; por su contundencia y negrura a la hora de mostrar los bajos fondos de las zonas más pobres e incívicas de México. He aquí un auténtico festival de jerga propia de los barrios suburbiales que produce un delicioso sabor para el paladar de todo buen lector.

Temporada de huracanes se llama esta excelente novela. La historia se desarrolla en el triste y olvidado pueblo de La Matosa. Allí vivieron una madre y su hija, siempre encerradas en su caserón y temidos por todos en el pueblo. Por sus coqueteos con la magia negra, sus vestimentas y extraños alaridos nocturnos, rayando la blasfemia, las consideraban brujas. Muerta la madre, quedó la hija, la Bruja chica, enclaustrada en su caserón siempre sola. Un día apareció en el arroyo el cuerpo inerte de la Bruja con síntomas de haber sido cruelmente asesinada. Una persona vio a unos jóvenes del pueblo salir de la casa de la Bruja cargando un bulto envuelto en mantas. A partir de ahí se le pedirán cuentas a los culpables. ¿Por qué lo hicieron? ¿Por diversión, aburrimiento? ¿Porque simplemente podían y nadie la extrañaría? Siempre hay algo más, una obstinación más obtusa, más antigua.

El asesinato de la Bruja sirve de enlace para desarrollar los funestos destinos de todos aquellos que, en algún momento, tuvieron alguna relación con ella. El cómo lo desarrolla la autora es la sala picante de este estupendo plato gastronómico mexicano. Una mezcolanza de registros que, como lector, te hacen bailar entre las distintas voces que Fernanda Melchor consigue unir en un mismo párrafo. Un trabajo titánico de escritura valiente y original.

Los capítulos se suceden narrando en profundidad a cada uno de los personajes que conforman la obra. Conoceremos todos sus conflictos, intereses, miedos, pasiones —la pasión brillará en la novela con excitantes o siniestras muestras de erotismo rudo, oscuro, morboso—. Melchor no se muerde la lengua a la hora de mostrar la crudeza de un pueblo dejado de la mano de Dios. El vocabulario nos conduce a un árido territorio que transmite un terror supremo sin necesidad de que aparezcan monstruos o feroces seres extraídos de bestiarios mitológicos. El verdadero horror está en el hombre como especie, el hombre que a toda costa se deja llevar por sus instintos más primitivos. Sería un eufemismo describir este lugar como hostil. Como también lo sería decir que su léxico es pobre. Si has escuchado la música de Molotov, embajadores de la clase humilde y baja de México, y siempre combativos y provocadores, sería un buen símil a los discursos de algunos de los personajes de la obra.

Temporada de huracanes se convierte en una de esas obras que, sin ser de género de terror, encogen el alma por la ferocidad y hostilidad marca de la casa de algunos rincones del mundo y sus lugareños y la miseria que les rodea de la que son víctimas. Ya me sucedió con la novela Pánico al amanecer, de Kenneth Cook en la que describía con maestría a los habitantes de un seco y aislado pueblo australiano. Es mérito absoluto de Fernanda Melchor la veracidad de su tono y la crudeza de las escenas que se narran en este pueblo de México que, como abrí al comienzo de la reseña, no defrauda con su esperada novela. ¡Que se sienta el power mexicano!

 

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El túnel, de David Barreiro

El túnel

El túnelA comienzos de la década de 1990, la juventud de Gijón se refugiaba de las noches lluviosas en los bares de Cimadevilla. Locales por donde nunca parecían pasar los días de la semana; siempre era sábado. La gente abarrotaba las calles, buscando un hueco en la barra donde acodarse y disfrutar de la música en directo. Aquel lugar tan emblemático para toda una generación fue el germen de un movimiento musical al que bautizaron como el «Xixón Sound». Posiblemente, el autor de dicha etiqueta lo hizo con la intención de poder englobar algo que —aún no se sabía muy bien el qué— estaba despuntando con fuerza en la ciudad asturiana. Hablar de sonido como movimiento sería excesivo, partiendo de que ninguno de los miembros compartían estilo o sonido musical. El punto común que unía a todas las bandas que componían dicha generación era la lúgubre y, a su vez y en su propia medida, encantadora ciudad de Gijón. Todos surgieron en los locales de los bajos de Cimadevilla: Manta Ray, Australian Blonde, Nosotrash, Screamin’ Pijas, Penélope Trip o Doctor Explosion fueron algunas de las bandas.

Si los miembros de estos grupos miran por el retrovisor hacia aquella época, seguramente rechazarán la pertenencia a ninguna generación o movimiento. No les gusta las etiquetas. Lo suyo era la pasión por la música, la suya propia, y la oportunidad que les brindó las noches de sidra, cerveza y el viento que arrastra el Cantábrico contra el muro de San Lorenzo. En realidad, y salvando las distancias obvias por repercusión mundial, no dista mucho de lo que, unos pocos años antes, se gestó en la costa noroeste de Estados Unidos, esa ciudad a la que todo el mundo adora, Seattle.

Pocos de aquellos músicos pudieron escapar de aquella ciudad y crecer musicalmente más allá de los Picos de Europa. Ahí es donde arranca la novela de David Barreiro, El túnel.

El protagonista es un músico de cuarenta años que, cuando tuvo éxito y la oportunidad de crecer en su profesión, perdió el tren que le llevaría a una mejor vida. Vida que, noche tras noche, se deshace entre los hielos de los vasos en la barra de un bar. Se reúne con todos aquellos amigos que, como él, no supieron alzarse al carro del Xixón Sound. Los recuerdos por ver cómo el amor se le escapaba y ponía distancias entre la ciudad asturiana y Madrid le atormentan. Tampoco le ayuda saber que, aquello que un día fue suyo, ahora está destinado al más absoluto silencio: el Bloom, el bar que le dio su fama musical.

Una novela que trata de oportunidades perdidas, de malas decisiones o, quizás, la cobardía para tomar la opción correcta. Todo aquello le suma a su protagonista en una espiral decadente en una ciudad que, a pasos agigantados, va perdiendo su personalidad. Puede que el amor, eso que suele ocurrir en las canciones, le ayude a escapar por fin de su descenso. O puede que no, al fin y al cabo, David, que comparte nombre con su autor —y seguramente algo más— es un hombre de invierno, un hombre que se pone obstáculos a sí mismo, convencido de la obstinación del destino por repartirle siempre las peores cartas de la baraja.

David Barreiro desarrolla en su novela la metamorfosis sufrida en la ciudad de Gijón con el paso de los años. Lo hace, además, valiéndose de una extensa lista de canciones que harán las delicias de todos los amantes del rock. Para un mostoleño que residió en aquella ciudad, la lectura del libro me ha devuelto, gracias a la fidedigna descripción de los rincones con más solera, a mis mejores días en Gijón: los paseos por El Muro, las noches de lunes en Cimadevilla o las tardes en la cuesta del Cholo, esa empinada calle que desprende olor a sidra y donde los gijoneses se apostan mirando al puerto «para comprobar que, pase lo que pase, el sol se sigue poniendo por el oeste».

El túnel no es una novela de superación. La ausencia de lucha es la marca de su protagonista, una forma de proceder en la vida distinta en una ciudad que no le ofrece nada y donde él ya lo ofreció todo. Decadentismo. O no.

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Rock & Roll, de Carlos Zanón

Rock & Roll

Rock & RollAbrir un poemario con un «¡Bang!» no puede sino avanzar que los versos que le seguirán serán dolorosos, de pérdida, de despedida. Un adiós a la primera novia, a la caricia de la madre, a la emisora que radiaba tu canción favorita. Un adiós al rock and roll. De eso, de música rock y de amor y de funestos desenlaces y de escribir, prosa o verso, sabe un rato Carlos Zanón. Escritor cultivado en el género negro con obras imprescindibles en nuestras letras como Tarde, mal y nunca (RBA) o la ganadora del Hammet 2015 Yo fui Johnny Thunders (RBA), entre otras, y de otros poemas recogidos en Tictac Tictac (Carena, 2010) tiene ya preparada su próxima novela que verá la luz el 5 de octubre. Taxi, se llamará.

Con tal noticia me introduje en su vertiente poética para encontrarme con un librito de mayúsculo título: Rock & Roll (66rpm Edicions, 2014). Sabido de su afición por este estilo musical, quise dejar que me llevara por su verso libre, esa poesía que bebe del estilo beat y de las poesías de rock, y que las nuevas generaciones explotan en sus creaciones, para encontrarme con un tópico literario que, este sí, ya desarrolló Jorge Manrique en sus Coplas a la muerte de su padre. Es la poesía de Zanón un ubi sunt desgarrado que añora la pérdida de esas estrellas del rock que una vez brillaron. Aquellas que una vez le hicieron disfrutar de sus canciones, seguramente en buena compañía, vaso en mano o mano por debajo del jersey de su chica. Así, el primer poema va en rendido tributo a Elvis. No es coincidencia; la ballena blanca que cae abatida y en cuyos últimos versos, Zanón desenmascara su dolor por la pérdida:

«Esto no puede acabar así,
varado
lejos de todos y todo,
huérfano, gordo, solo
y también muerto».

Ese ¿Dónde están? de Zanón le desgarra, los vive como pérdidas reales donde él se refleja. El rock dejó de sonar en un momento en el que él perdía a su primera novia, o la amante le cantaba canciones ya muertas. Lo cotidiano se mezcla con su pasión por la música. Varios son los músicos a los que les entrega unos versos entre oda e insulto; por haberle dejado, por haber expirado. Quizás, llevado por la rabia de pensar que nos contaron una mentira sobre los héroes, aquellos a los que nos queríamos parecer y que, en el fondo, no son más distintos que tú o yo. Zanón así lo ve.

Y acaso el amor, o lo que nos dijeron que era amor, ¿no es también una carcasa, un engaño?, se pregunta su autor. A través de sus páginas, en Rock & Roll se precipitan los sentimientos, tocado de gracia por el primer amor, la primera novia que, en la ingenuidad y exaltación adolescente, se disparan las emociones vividas. Experiencias que una vez compartieron, una calle que doblaron, una plaza donde se besaron. ¿Y ahora? Ahora quedan las palabras de aquel recuerdo, de aquel fue y fuimos y ya no seremos.

Este libro es, en definitiva, un poemario sobre la pérdida de la juventud que implacable desaparece. Que las canciones quedan, inertes, y la poesía también. Que eso cuenta al fin y al cabo, la añoranza de todo aquello que Carlos Zanón vivió en sus carnes y refleja en palabras que suenan a rock and roll.

 

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Cartas de amor de músicos, de Kurt Pahlen

Cartas de amor de músicos

Cartas de amor de músicosEl enorme talento de músicos de la talla de Mozart, Beethoven, Haydn, Puccini y un largo etcétera, y todo cuanto nos han legado, parece obra de hombres que no pueden ser sino de otro mundo. Casi divinidades. Una suerte de mitos modernos que, desde finales del siglo XVIII y hasta el siglo XX, han dejado su huella en la historia universal de la música a través de unas composiciones geniales. Pero todas estas obras, en realidad, pertenecen a hombres profanos, hombres con miedos, alegrías, inseguridades, caprichos. Hombres terrenales que, tras las puertas de sus dormitorios, se desnudaron en cuerpo y alma hacia un sentimiento, este sí, divino: el amor.

Cartas de amor de músicos, editada por el musicólogo Kurt Pahlen, recoge entre sus páginas la correspondencia que mantuvieron estos músicos con sus amadas, muchas de ellas, inspiradoras de sus enormes creaciones musicales. Un elaboradísimo trabajo de documentación en la que el autor nos transporta a la época de cada uno de los músicos y nos abre esas puertas de sus dormitorios para encontrar al hombre temeroso, enamoradizo o lleno de celos que se esconde tras las notas de los pentagramas. En cada una de las cartas o fragmentos de diarios personales descubrimos la personalidad de cada uno de ellos y el tipo de relación que mantenían con su correspondiente amada. Así, en Mozart se aprecia la ingenuidad y la siempre buena actitud, aun en momentos de enfermedad, que demostraba hacia su querida Konstanze. Entre su correspondencia nunca faltaban palabras llenas de cariño infantil, reflejo de su amabilísima personalidad, con ingenuos juegos léxicos que entre ellos inventaban:

«Pesca por el aire… vuelan 2.999 besitos y medio míos que esperan ser cazados. […] y abrimos y cerramos los morros, cada vez más y más para acabar diciendo: es por Plumpi-Strumpi».

Frente a las críticas siempre escrutadas hacia la joven Konstanze por muchos historiadores, Kurt Pahlen defiende su persona por ser, en gran medida, la causante del buen estado de ánimo de Mozart y aquella que le propició crear sus grandes obras como Las bodas de Fígaro o Don Giovanni.

En este repaso epistolar por la historia de la música, el autor nos presenta la situación personal de cada músico y de este modo contextualiza tanto el tiempo que viven como la relación mantenida con la amada. Con una amena introducción para ponernos en situación, Kurt Pahlen nos da las claves de cada músico y nos hace conocer su biografía y la época que les tocó vivir. Nos menciona el modo en cómo llegaron a conocerse las felices parejas y nos acompaña, casi a hurtadillas, hacia los rincones íntimos donde el músico escribía bajo la luz de una lámpara. A través de sus escritos podemos apreciar la impronta que dejó en ellos el Romanticismo, de ahí que sus cartas llegaran a poseer un carácter literario muy elevado y exaltado en figuras como la de Carl María von Weber, en las que en sus primeras misivas queda patente su profundo amor juvenil hacia su querida Karoline, mientras que en las últimas se refleja la tragedia y la desesperación del músico por regresar junto a los suyos.

Mención aparte merece la correspondencia de Beethoven. Es, sin duda, el relato del amor más elevado y distinguido entre sus homólogos. De una profunda emoción, sus palabras están llenas de sentimiento. Se desconoce la identidad de la destinataria, aunque Kurt Pahlen intenta esbozar, contrastando datos, fechas y localizaciones, la persona a quien el genial músico de Bonn dedicó las más emotivas palabras de amor recogidas en esta antología. Ella, su amada, recibe la sonora denominación de «amante inmortal», un noble título que no puede más que engrandecerse aún más con el arranque de tan romántica carta: «Mi ángel, mi todo, mi yo…».

Se trata de una carta triple, o tres cartas simultáneas, en las que el músico declara su leal amor por ella y, siendo un hombre tumultuoso de carácter, su creciente temor y desazón que le provoca el sentir que pueda perderla. Una suerte de Goethe se adivina en sus palabras. Tras la lectura de esta carta, uno se pregunta si todavía existe alguien que, llevado por la emoción del amor, escribe así. Me encantaría pensar que la respuesta es un sí rotundo, si no, ¿qué sentido tiene enamorarse?

«Solo puedo vivir o enteramente contigo o por completo sin ti. ¡Ninguna otra poseerá nunca mi corazón, nunca, nunca! ¡Oh, Dios, por qué hay que alejarse de lo que tanto se ama?

Si en Beethoven se refleja el influjo romántico de Goethe, en Héctor Berlioz destaca la figura del primer amor platónico que sintiera Dante hacia Beatrice. En el caso del músico, su pasión le conduce siempre hacia su primer amor, Stella Montis. Otras mujeres pasaron por su vida, pero siempre en sus pensamientos y su corazón late la esencia del regreso a ella. Es en su vejez donde consiguen reencontrarse y a través de la correspondencia mantenida. Otra de los grandes capítulos de este libro es el que recoge las cartas del músico español Enrique Granados, siempre dirigidas a su mujer y madre de sus seis hijos. El tono infantil recuerda a Mozart y en algunas de sus cortas temporadas de separación es donde el músico le escribe con enamoradizo fervor:

«Recibirás la carta el martes y el miércoles en vez de carta tendrás a tu Quique al ladito para decirte cosas ricas».

Cartas de amor de músicos es un romántico repaso por la historia musical de los más grandes compositores que sirve para conocer su psique, sus profundos anhelos y donde, al margen de estar dedicado en exclusiva a las cartas de ellos, también se aprecia el poder y fuerza de algunas mujeres que se convirtieron en reflejo de modernidad ante su época —léanse los capítulos dedicados a las amadas de Chopin o Franz Liszt— y que, en definitiva, el amor hacia ellas inspiraron sus grandes piezas musicales.

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La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo

La puta de Babilonia

La puta de BabiloniaEste es un libro difícil. No malo, difícil. Lo es por el delicado tema que abarca, cuyas hipótesis pueden dañar muchas sensibilidades, y por la abrumadora cantidad de datos ofrecidos. Aunque más que por las hipótesis vertidas, por el tono burlón con el que desmitifica cada uno de los asuntos relacionados con la Iglesia de Roma, La puta de Babilonia.

El autor colombiano Fernando Vallejo escribió, con gran rigor histórico y académico, un elaborado trabajo que desenmascara una fe dogmática que durante más de mil setecientos años ha derramado en su nombre la sangre de hombres y animales de la forma más cruel posible. El título es toda una declaración de intenciones de lo que encontrarás en su interior. De este modo denominaban los albigenses a la Iglesia de Roma según la expresión del Apocalipsis, y le sirve al autor, de viperina y mordaz lengua, para describir con todo tipo de detalles las obscenidades y despropósitos de una falsa fe que ha conseguido aglutinar a millones de fieles en el mundo.

Un inciso para el lector que considere no ahondar en este libro por chocar con sus ideas: el autor no pretende faltar el respeto ni lastimar a nadie por sus creencias, tan solo aporta sus opiniones y críticas hacia la Iglesia, basándose en datos históricos que contrastan con la buena intención que profesan. Todo en clave de humor, un humor no siempre muy bien acogido por su alta dosis satírica.

En una charla sobre los límites del humor, conferenciada por uno de los creadores de la revista Mongolia, se empleó la lectura de este ensayo de Fernando Vallejo para contextualizar el coloquio. Si en algún momento has tenido oportunidad de leer dicha revista, habrás comprobado el humor negro y afilado que le caracteriza y las enemistades que eso le ha granjeado. Si resulta cómico u ofende moralmente es un asunto del todo subjetivo. A mí no me hace gracia, pero comprendo su sentido satírico. En la lectura de este libro, sin embargo, sí he encontrado y entendido el tono burlón de quien lo escribe. Empleando un riquísimo léxico de nuestra lengua española, Vallejo pone a caldo a cada uno de los papas de Roma, a los que tacha de travestis purpuradas y asesinas. No es gratuito. Cita muchos de los episodios de asesinatos y confabulaciones que rodeaban al papa de turno, y que han llenado páginas y páginas negras de libros de Historia. Resulta casi abrumador la cantidad de datos que recoge el autor para comentar con entretenida prosa las conspiraciones y los tejemanejes de los hombres que, hablando en plata, iban a Dios rezando y con el mazo dando. Tampoco perdona su falta de humanidad. Los critica duramente por su nulo valor de oponerse a crueles dictadores asesinos o, en muchos casos, por su relación directa con estos a un lado y a otro del mundo, en diversos momentos del tiempo. Corrupción, favoritismo, engaños, asesinatos, homosexualidad… pocos son los asuntos escabrosos que destapa su autor sobre ellos.

Tampoco deja atrás la falta de rigor en los escritos bíblicos. Argumentando su dudosa credibilidad al haber sido manipulada en el propio interés de quienes la manejaban, manifiesta los garrafales errores geográficos expuestos en los Evangelios así como el baile de fechas que no llegan a dejar muy claro la veracidad de los textos. Como en su crítica hacia los papas, la lluvia de datos estudiados por su autor y su sentido humorístico hacen que tengamos una nueva forma de mirar a esos dos mamotretos, el Antiguo y el Nuevo Testamento, que bien pueden tomarse como una gran novela de fantasía.

Para Vallejo no solo la Iglesia de Roma es diana de sus dardos envenenados, la musulmana también recibe lo suyo. Entre otras cosas por considerar a su profeta, Mahoma, como un ser que desprecia a los animales (cuya principal causa del autor es su amor y defensa hacia ellos) y no se apiada de la muerte de estos. La descripción que le dedica es la siguiente:

«[…] este asaltante de caravanas que resolvió proclamarse el Mensajero de Alá. Cruel, traidor, taimado, mentiroso, rencoroso, inescrupuloso, lujurioso, torturador, impostor, bellaco, inhumano, sanguinario, deshonesto, innoble, abyecto, asesino, polígamo, pederasta, déspota, puso a rezar a sus secuaces prosternados hacia La Meca cinco veces al día con el culo al aire».

He querido incluir este fragmento para que descubras el poder descriptivo de Vallejo y su peculiar discurso narrativo. Esta inagotable fuente de adjetivos, marca registrada de este escritor, es la clave principal que me enganchó en su lectura. Una perfecta musicalidad y un cuidado trato que dedica a las palabras; que no las deja caer sin más; que todas tienen un ritmo y una estructura en el texto casi medida. El libro arranca con una página y media de apelativos dedicados a la iglesia. Una página y media de gloriosa lectura en la que podrías marcar el ritmo con los nudillos de la mano sobre la mesa según la lees como si de una canción se tratase.

La puta de Babilonia, la católica, la apostólica, la romana, la jesuítica, la domínica, la impune bimilenaria tiene cuentas pendientes con Fernando Vallejo desde su infancia y aquí se las va a cobrar.

 

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Batman de Arkham y otras leyendas, de Enrique Alcatena

Batman de Arkham y otras leyendas

Batman de Arkham y otras leyendas¡Arr! ¡Barco a la vista! ¡Mostrad los colores, miserables ratas de sentina! ¡Sacadle brillo a vuestras espadas y clavadlas en los fétidos corazones de esas cucarachas hambrientas!

Lo reconozco, las historias de piratas me vuelven loco. Poco hay en sus leyendas que no resulte fascinante. Tienen todos los ingredientes que se les pide a las mejores narraciones de aventuras. Basadas en relatos de las grandes batallas por conseguir el oro de los españoles en el Caribe allá por los siglos XVIII y XVIII, estos cuentos poseen un cariz histórico envuelto en grandes dosis de fantasía y enigmas en alta mar. Las historias están repletas de acción, lo que las hace ideales para convertirse en entretenidas lecturas. Batman de Arkham y otras leyendas, pese a dar protagonismo por el título y la portada a la historia con la que comparte antología, incluye dos aventuras de piratas que aúnan lo mejor de este tipo de lecturas, pero con el incremento de ver a Batman, Robin, Catwoman o Joker convertidos en temibles corsarios. En seguida comento lo más destacado de este cómic que, ya os adelanto, va a hacer las delicias de los amantes de las buenas ilustraciones.

Los cuentos de piratas han dejado una huella imprescindible en la literatura a través de sus pintorescos personajes siempre actuando en pos del honor y la valentía que caracterizaba a aquellos hombres rudos que lucharon y saquearon grandes botines cuando los reyes de España poseían el control del oro en el Caribe. La Corona de Inglaterra intentaba apropiarse de tan preciadas posesiones y, en ocasiones, alistaban en sus filas a piratas para que hicieran el trabajo sucio. A partir de ahí se formaron diversos bandos que intentaban conseguir sus propios tesoros y se crearon leyes infranqueables que todo hombre debía respetar. Después llegaron las leyendas de valientes piratas que arrasaron poblaciones enteras y consiguieron escapar de la horca y de otros peligros, como las míticas bestias marinas que surgían de las profundidades del océano. Los temidos piratas dominaban el mar.

Muchas son las aportaciones sobre corsarios y bucaneros en la literatura. Desde cuentos infantiles a tenebrosas historias adultas, la piratería ha gozado de una espléndida muestra de narraciones impecables. Y por supuesto, el cine no ha hecho más que agrandar el mito con, entre otras, la exitosa saga de Piratas del Caribe sobre las aventuras del excéntrico capitán Jack Sparrow (Johnny Depp). Todas estas aventuras han bebido de dos de las más importantes obras literarias de piratas: La Taza de Oro, de John Steinbeck, donde se narra la historia de Henry Morgan, el más famoso bucanero que ambicionaba hacerse a la mar y conseguir grandes tesoros y que, pese a tenerlo todo, anhelaba aquello que siempre le era negado, el amor. En esta novela, centrada en los históricos y reales saqueos a la ciudad de Panamá, conocida como la Taza de Oro, se reflejan los códigos de honor de los piratas que prácticamente han continuado el resto de narraciones sobre piratería. Otra de las obras cumbre de este género aventurero es El Corsario Negro, del escritor italiano y gran especialista en novelas de acción Emilio Salgari. La historia de este otro corsario se relaciona con la anterior ya que uno de sus ayudantes no es otro que un joven Henri Morgan, aún preparándose para convertirse en el gran pirata que llegaría a ser. La romántica historia de El Corsario Negro no solo muestra las reglas de la piratería sino el sentimiento más elevado sobre el honor y la lealtad de los hombres de mar.

Todas estas características comunes a las leyendas de piratas han sido tomadas en cuenta para una obra rompedora, original y excitante como la que recoge el tomo Batman de Arkham y otras leyendas. Créeme cuando te digo que he leído a uno de los mejores Batman que puedas imaginar. Aunque en realidad, lo mejor de este cómic son sus dibujos. Corren a cargo del argentino Enrique Alcatena que se convierte en protagonista indiscutible de este tomo elevado a la categoría de obra maestra. Sin duda su nombre aparece en letras grandes por encima de los guionistas que escriben las historias que contiene el cómic, Alan Grant y Chuck Dixon, porque la genialidad de su talento bien merece reflejar en portada su labor. Yo todavía no puedo quitarme de la cabeza las viñetas que ha creado. Imposible hacerlo.

El tomo pertenece a la colección Otros Mundos; historias que narran las vivencias de los héroes de DC si vivieran en otra época y contexto. En el caso de Batman de Arkham y otras leyendas, las historias que se agrupan en esta antología pertenecen a dos épocas distintas; la primera de ellas traslada al Caballero Oscuro al Londres de 1900 donde Bruce Wayne es un afamado doctor que intenta encontrar una cura para los pacientes de Arkham durante el día y por la noche se cubre con su capa para intentar capturar al Joker. En esta obra, el tono pulp se hace patente además con el respetuoso homenaje que el dibujante dedica al Batman de Bob Kane. Sus puntiagudas orejas se perfilan en los morados cielos como una sombra.

La segunda de la historias es la dedicada al mundo de la piratería. Aquí viene la genialidad de este cómic. La estética de los personajes te va a dejar con la boca abierta y por supuesto se quedará grabada en tu retina. Muchos son los cómics que han plasmado una imagen de Batman o de sus villanos y las han convertido en icónicas. La ya citada de Bob Kane, el Joker de camisa hawaiana de Brian Bolland, la vigorosa corpulencia que Frank Miller realizara para El retorno del Caballero Oscuro, el original estilo detectivesco de Francavilla o los modernos diseños actuales de Greg Capullo. Sin duda, los creados por Alcatena formarán parte de este listado de icónicos estilos. Encuadrados en un precioso entramado de viñetas de corte barroco, la historia de saqueos en alta mar por parte del capitán Leatherwing (Batman) y su ayudante, el pirata Alfredo, avanza con un ritmo trepidante propio de las aventuras de corsarios y provoca en el lector una escapada de las tan manidas historias del Hombre Murciélago. El Joker, con una llamativa estética barroca, intenta hacerse con el botín del navío de Leatherwing, así que decide perpetrar una audaz estratagema aliándose con Catwoman. Esta divertida aventura cede el paso a un relato corto narrado en verso que cierra una antología brillante y muy necesaria para devolver el placer de leer historias llenas de fantasía y acción.

Los piratas nunca dejaron de existir, elevaron sus anclas y navegan por el mar del Caribe esperando a que otros den rienda suelta a sus fantásticas leyendas. Era solo cuestión de tiempo que alguien, en su imaginación, volviera a avistar a lo lejos los colores piratas, la ondeante bandera de la calavera. ¡Arriad las velas, repugnantes sapos tuertos, y disfrutad de la leyenda pirata!

 

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Antes de Adán, de Jack London

Ates de Adán

Ates de AdánCuando Charles Darwin expuso su teoría de la evolución no fueron pocos los enemigos que se granjeó por esta causa. Las diversas conquistas en ciencias a mediados del siglo XIX irrumpían en el colectivo basado en folclore y supersticiones, religiosidad y fe, que poca cabida dejaban a argumentaciones sobre la procedencia de las especies y sus costumbres evolutivas. Los tiempos cambiaban y el pensamiento se supeditaba a esta nueva corriente. Jack London, el célebre escritor estadounidense que con tanto acierto conseguía reflejar la vida a través de la experiencia y la observación, narró en 1907 una novela que explicaba su particular visión de la evolución humana. Reforzaba así la doctrina de Darwin y me consta que no debieron ser pocos los que contuvieron el aliento y se guardaron sus objeciones ante su versión novelizada. El título, toda una declaración de intenciones: Antes de Adán.

¡Imágenes! ¡Imágenes! ¡Imágenes! Así arranca la historia en las palabras que relata el protagonista. Y resulta muy representativo en un autor como London que puede presumir de ser uno de los mejores escritores en conseguir evocar en el lector precisamente eso, imágenes. Ya fue sorprendente la descripción tan exhaustiva y próxima en novelas como Colmillo Blanco o La llamada de lo salvaje y vuelve a serlo en la obra que ahora recomiendo. Una historia que, fundamentada en el realismo imperante de la sociedad con la inclusión de elementos oníricos, refleja fielmente la brutalidad de la vida salvaje en los tiempos oscuros del Medio Pleistoceno.

¿Cómo consigue contar la historia? A través de las pesadillas que desde niño padece el joven protagonista y narrador. En sus sueños, el joven no es el chico del civilizado e industrial mundo del siglo XX, sino un homínido que habita un mundo completamente desconocido para él: fieras de colmillos afilados que acechan entre el follaje; serpientes que cuelgan de las exóticas plantas; hombres simiescos que viven en los árboles; una civilización más avanzada y brutal que los ataca. Cada noche se repiten las visiones de aquel mundo. Todo le es extraño al joven protagonista del mundo actual ya que, por los estudios aprendidos en la escuela, le enseñaron que los sueños no son más que visiones de aquello conocido, sin embargo, este chico jamás había tenido conocimiento alguno de nada cuanto se representaba en sus pesadillas.

Aquí, Jack London intenta infundir una idea rompedora acerca de la capacidad del desdoblamiento de identidad. Aquellos recuerdos ancestrales que hemos heredado de una especie muy anterior a nosotros y que, generación tras generación, permite que un chico de primeros del siglo XX consiga recordar unos hechos acontecidos miles de años atrás. Pone como ejemplo el sueño de la caída en el espacio, conocido y experimentado por prácticamente todo el mundo. Esto no es más que un recuerdo racial, originario de nuestros antecesores, que vivían en los árboles. La posibilidad de caerse era para ellos una continua amenaza. Muchos caían y morían, y otros conseguían agarrarse a las ramas y salvarse. Los golpes producidos en la caída producirían cambios moleculares en las células cerebrales que son los que se trasmiten como recuerdos de la raza a lo largo del tiempo. Esta explicación, en nada erudita, sino contada de una forma eficaz y simple, determina los recuerdos del protagonista y permite que a través de ellos conozcamos el salvaje mundo en el que el álter ego del chico, un joven homínido, experimente diversos acontecimientos ocurridos en su tiempo.

El hombre avanzaba hacia una especie cada vez más brutal y organizada. Antes de Adán muestra esos primeros síntomas evolutivos y es, en parte, un antecesor del estilo de obras como El planeta de los simios en donde se aprecia la diferencia entre ambas especies separadas por miles de años de evolución. También valdría como ejemplo aprendido el emocionante inicio (solo el inicio) de la novela de Michael Crichton, Next, donde una turista de un safari aseguraba que un mono había hablado y la había insultado.

Jack London nos ha legado una novela de aventuras apasionante en cada uno de sus capítulos, que consigue transportarte a un mundo antiguo y peligroso en el que la lucha por la vida es una constante. Con un ritmo muy atractivo se convierte en un libro ideal para disfrutar casi de una sentada por su adictiva lectura.

 

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Todo el mundo adora nuestra ciudad. Una historia oral del grunge, de Mark Yarm

Todo el mundo adora nuestra ciudad. Una historia oral del grunge

Todo el mundo adora nuestra ciudad. Una historia oral del grungeEl pasado 18 de mayo la escena musical de Seattle perdió a una de las voces del rock más portentosas y que ha acompañado a toda una generación desde finales de la década de 1980. Chris Cornell ha sido la última víctima de una época que nos la han pintado gris, mugrienta, y que surgió de los suburbios de esta ciudad. Se suma de este modo a otros amigos y compañeros de aquella época como fueron Andy Wood, de Mother Love Bone, Kurt Cobain, de Nirvana o Layne Staley, de Alice in Chains. Y solo por mencionar a algunos de los más célebres, porque fueron muchos los que cayeron en el camino. A priori parece que la etiqueta de etapa triste y oscura no se la consigue quitar de encima, pero ante todo la escena cultural de Seattle fue una época de una creatividad sonora inusual. Porque Seattle fue mucho más que grupos de amigos que tocaban en sótanos, con actitud punk-rock o metaleros, enganchados a la heroína o la cerveza y cuyas letras denotaban una actitud pesimista y existencial ante la vida. De hecho, sus letras jugaban más con el humor negro. Seattle fue mucho más que camisas de franela y botas Doc Martens. Seattle fue mucho más que la cuna del grunge.

Todo el mundo adora nuestra ciudad. Una historia oral del grunge, del periodista Mark Yarm, es el fruto de entrevistas con todos aquellos que germinaron la escena musical de Seattle, que hicieron que eclosionara y se convirtiera en el movimiento cultural más grande de su época. Desde su origen hasta los días finales del movimiento, aquellos que tan gráficamente ilustran mencionando un cartel de un escaparate de ropa en el que citaba: «REBAJAS DEL 70% EN CAMISAS DE FRANELA», cada uno de los miembros de aquella etapa, músicos, agentes de discográficas, promotores, roadies, periodistas, fotógrafos, narran sus vivencias en la ciudad de Seattle. Un reflejo fidedigno de la creatividad e imaginación de unos jóvenes que apostaron por una cultura novedosa que rompió moldes y arrasó el mundo entero.

Craso error resumir todo el movimiento de Seattle en cuatro bandas de rock multimillonarias y un disparo de escopeta en el 94. Por mi edad, la muerte de Cobain no me supuso en su momento un mazazo como a la gente de mi entorno que eran mayores que yo y seguían su música. La de Cornell, sin embargo, sí. Cuando salió la noticia de que se había ahorcado me surgieron un gran número de preguntas y entre ellas la de no haber llegado a conocer en profundidad sus orígenes, el porqué de ese despertar cultural y el cómo creció toda esa bola desde unas desmadradas fiestas adolescentes en un sótano y llegó a extenderse por todo el mundo. Este libro no es un libro más que cuenta anécdotas de rockeros de Seattle; este libro es la biblia de Seattle.

El título del libro pertenece a un verso de una canción de Mudhoney que cita: «Todo el mundo nos adora / Todo el mundo adora nuestra ciudad / por eso últimamente he pensado / que este es el momento de marchar». En esta letra se percibe el sentimiento de la juventud de esta ciudad. Lo suyo era crear música por el placer de hacerlo, en aquello que se convirtió o que algunos quisieron convertirla, no era su intención. Y es que de entrada ya dejan claro en el libro que, pese a tener como subtítulo Una historia oral del grunge, aquella palabra, grunge, por todas las connotaciones estéticas que tiene, no la quieren ni en pintura.

El modo elegido para narrar la historia desde sus inicios es sin duda la labor más interesante de este libro. Fragmentos de conversaciones con cada uno de los miembros de la época que le contaron al entrevistador sus impresiones acerca de todos los detalles más íntimos que formaron parte del legendario del grunge. Un trabajo duro de documentación muy bien enlazado en la que la lectura se convierte casi en una reunión con colegas contando batallas y recuerdos de su juventud. Todo con un tono irreverente, punk, muy en la línea de sus profundas personalidades.

A Bruce Pavitt, cofundador del sello discográfico Sub Pop que dio a conocer a los primeros grupos que surgieron en Seattle cuando apenas sabían tocar, se le podría aplicar aquella cita del poeta romano Virgilio que decía: «La fortuna sonríe a los audaces». Porque lo suyo fue una apuesta arriesgada en la que se vio al borde de la quiebra en más de una ocasión, pero que ha permitido que a día de hoy el mundo haya conocido a tal cantidad de bandas llenas de talento: Soundgarden, Green River, Mudhoney, Nirvana, TAD… En palabras de Chris Cornell:

«Recuerdo haberme encontrado a Bruce Pavitt a la salida de un concierto allá por 1988 y comentarle que de repente parecía haber una eclosión de talento en Seattle y que Sub Pop estaba lanzando cantidad de discos increíbles. Bruce me pasó un brazo por los hombros, con una curiosa expresión de seguridad en la mirada, y me dijo: Seattle va a conquistar el mundo».

Y, ¿no ha sido así?

Todo el mundo adora nuestra ciudad es un libro esencial para conocer en profundidad la atmósfera de Seattle, que estaba basada en la independencia, en el «hazlo tú mismo» y el afán por cuidar y proteger a toda la comunidad musical. Porque eso fue el grunge, una comunidad de amigos que quisieron hacer lo que más les gustaba y, sin darse cuenta, arrasaron más allá de su ciudad. Tras su lectura, muchos son los grupos que desconocía y ahora no dejo de escuchar; muchas son las anécdotas que me han hecho reírme y asombrarme por igual ante las extrañas situaciones en las que se vieron envueltos; las opiniones de Courtney Love y lo que de ella opinan los demás no tienen desperdicio;  la fragilidad, nobleza y actitud divertida de Andy Woody frente al tono ceñudo de los Soundgarden, la profesionalidad de Pearl Jam frente a las fiestas locas que organizaba Buzz Osborne, cantante de los Melvins, el grupo favorito de Cobain. Aunque nunca llegue a comprender en totalidad por qué Andy Wood, Kurt Cobain, Layne Staley o Chris Cornell terminaron así sus vidas, sí puedo decir que les conozco un poco mejor y me siento más agradecido por cuanto nos han regalado. Sí, definitivamente, adoro esta ciudad.

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