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Voyeurs, de Gabrielle Bell

Voyeurs

VoyeursAntes de que existieran los friquis, los geeks, los nerds y todos esos términos de nuevo cuño que tan políglotas y modelnos nos hacen sentir, a los tipos como yo nos llamaban, sencillamente, bichos raros. Y mira que servidor lo era. De modo parecido a lo que le sucede a Gabrielle Bell, era capaz de provocar en aquéllos que me rodeaban sentimientos de irritación, compasión, confusión, miedo y muy moderada admiración (los bichos raros solemos ser un pelín más inteligentes que el común de los mortales, modestia aparte).

Una de las características de los bichos raros es que combinamos nuestra sociopatía con un incontenible anhelo de ser queridos. Así, mientras nada hace sentir segura a Gabrielle más que cuatro sólidas paredes, al mismo tiempo nuestra amiga se pasa las horas esperando en vano el tono de una notificación en sus cuentas sociales. Otro de nuestros rasgos es un completo desinterés por la vida privada de los demás, tan absortos como estamos con nuestras pajas mentales. En la primera escena de esta novela, vemos a Gabrielle buscando a todos los que hace un minuto estaban con ella celebrando una fiesta en un piso. Los encuentra en la azotea, mirando a la ventana del edificio de enfrente, donde una pareja se refocila en la cama. Acompañados de refrescos y patatas fritas, y con una actitud más analítica que excitada, comentan la jugada, mientras Gabrielle se queda con una cara de decir “¿de verdad soy yo la rara?”.

No resulta fácil decir de qué trata Voyeurs, si por “tratar de algo” queremos decir que un libro tiene un planteamiento, nudo y desenlace. La respuesta más evidente y sencilla es que en esta novela gráfica Bell nos narra su vida a lo largo de cuatro años, desde 2007 a 2010. Bien. Ahora, si tuviéramos que hablarle a alguien de nuestra vida en los últimos años, la inmensa mayoría de la gente se quedaría en viajes, novios, amigos, trabajo, quizá un par de bodas y algún funeral. Pero a los bichos raros, aparte de todas esas cosas, que también, se nos quedan en la memoria recuerdos y momentos mucho más importantes: una charla con nuestro gato, unas palabras que no dijimos pero que desarrollamos hasta convertirlas en nuestra mejor perorata, escenas que vivieron otros y de las que nos apropiamos con todo derecho, una pelea, una mirada, un puñado de fantasías y muchos temores. Todo lo cual, no me preguntéis por qué, nos conduce al convencimiento de que si somos bichos raros es precisamente porque somos incapaces de adaptarnos a la vida en una sociedad donde la mayoría son bichos mucho más raros que nosotros.

La composición de las viñetas, seis en cada página, sin primeros planos y con frecuencia cargados de detalles, es casi invariable a lo largo de la obra, y contribuye a acentuar esa sensación que atraviesa el libro: “esto es lo que hay, tan raro y tan habitual”. Parece como si estuviéramos delante de un formulario en blanco, que es la vida, y nos limitáramos a rellenarlo (aunque las páginas finales nos deparan una sorpresa). También el modo en que fue concebido inicialmente, como episodios sueltos publicados en su página web, hace que la historia parezca carecer de continuidad, de nuevo como las diferentes secciones de la declaración de la renta. Ya no vivimos la vida, parece decirnos Bell; la vida es simplemente una cosa que dejamos que nos suceda.

La grandeza de Voyeurs radica, por una parte, en esa disección personal y certera de una sociedad tan complaciente con su propio y anodino absurdo, y por otra, en ese ejercicio de ecce friqui que hace la autora, mostrándonos sin tapujos algunas de sus propias miserias, y haciéndolo, en todo momento con divertida resignación, esa resignación que, con los años y las canas, quizá se vuelva orgullosa reivindicación. Como alguien que yo me sé.

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Encuentros cercanos, de Anabel Colazo

Encuentros cercanos

En los años dEncuentros cercanosorados de los fenómenos paranormales, es decir, allá por finales de los 70 y principios de los 80, en casa veíamos con devoción aquel legendario programa presentado por el inolvidable Dr. Jiménez del Oso titulado Más allá. Todavía se me ponen los pelos de punta al recordar la introducción, con unos dibujos escalofriantes y una música propia de una sala de torturas. En una ocasión, recuerdo que hablaron de un experimento que consistía, sencillamente, en grabar el silencio (hay que recordar también que eran los años del boom del casete. Los mileniales no pueden imaginar la absoluta revelación que supuso para nosotros la posibilidad de grabar y escuchar nuestra propia voz). La gracia del experimento radicaba, por supuesto, en que el silencio estaba, decía el señor del Oso, repleto de sonidos y voces de ultratumba, inaudibles para el oído humano, pero , curiosamente, muy fáciles de registrar en una grabadora. Y un día mis padres decidieron salir al campo radiocasete en ristre y realizar el experimento. Como vemos, no fueron Mulder y Scully los que acuñaron aquello de “la verdad está ahí fuera”. Pero, ¿lo está?

Ésa es la cuestión que Anabel Colazo plantea en Encuentros cercanos, una interesantísima y engañosamente simple novela gráfica. Camino de casa de sus padres, Daniel, el protagonista de la historia, tiene una fugaz visión de un extraño ser, y en ese mismo momento se le estropea el coche. Se da cuenta de que se ha quedado tirado en mitad de la nada, y un coche que pasa por allí lo lleva a El Cruce, un pueblo conocido entre ufólogos por ser escenario habitual de encuentros paranormales. Daniel conoce allí a Juan, un joven que ha recibido amenazadoras visitas de los “hombres de negro”, y a Barry el extranjero, que vive en una caravana y que es una enciclopedia viviente sobre ufología. A partir de ese momento, poco a poco un extraño lazo empezará a anudarse alrededor de la hasta entonces anodina vida de Daniel.

En una época como la nuestra, donde no ocurre nada en ningún lugar del mundo que no sea inmediatamente fotografiado, grabado y viralizado, resulta difícil mantener vivas aquellas ideas, hoy casi románticas, acerca de platillos volantes y hombrecillos verdes. Por eso Colazo va mucho más allá, nunca mejor dicho, y, con un dibujo sencillo, casi naïf, y que nos recuerda mucho al de los entrañables libros de Teo, nos propone un acercamiento mucho más sutil y complejo a este mundo de abducciones, hombres de negro y personas a las que su experiencia, defínase ésta como se quiera definir, les destroza la vida.

¿Dónde está todo el mundo?, se preguntó el físico Enrico Fermi en los años 50, en lo que se vino a denominar la paradoja de El Gran Silencio. De manera muy resumida, esta paradoja nos dice que, pese a que la edad y el inconmensurable tamaño del universo nos inclina a pensar que en algún lugar debe de haber otras civilizaciones, no hay pruebas científicas de ningún tipo que sostengan esta idea. Sólo nos queda, pues, o bien dar credibilidad a testimonios de personas que aseguran, aun a riesgo de ser tachados de locos, haber sido abducidas, o bien olvidarnos de los platillos volantes y preguntarnos si “ahí fuera” no es el espacio interestelar, sino un lugar bastante más cercano e inquietante.

Encuentros cercanos nos plantea, pues, una reflexión sobre este fenómeno en términos mucho más interesantes que el de verdad o mentira, y lo hace con una gran madurez narrativa y una compleja estructura de muñeca rusa, donde se cruzan relatos, puntos de vista y teorías forteanas en una historia que me ha entusiasmado. Tanto es así que hasta le he pedido a mi madre que busque aquella cinta en la que, tantos años atrás, y como Daniel buscando hadas, mi familia y yo grabamos los sonidos de ahí fuera.

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Piruetas, de Tillie Walden

Piruetas

PiruetasLa gran literatura, esa que a algunos les llega al alma y a otros a las entrañas, no se nutre del qué, sino del cómo. Una historia universal narrada de forma anodina se queda en historia anodina. Del mismo modo, una historia personal, íntima, y aparentemente intransferible, si es narrada con talento y sensibilidad, tiene todos los números para convertirse en una historia universal. Eso es lo que hace que este lector se haya emocionado con Piruetas. Porque en esta historia de los tempranos años de adolescencia de una niña lesbiana que se levanta a las 4 de la mañana para ir a clases de patinaje se ha reconocido perfectamente este padre, heterosexual de cabello cada vez menos negro, cuyos conocimientos del patinaje artístico se limitan a saber que está prohibido caerse.

Tillie, autora y protagonista de esta novela que no es tal (¿habría quizá que acuñar el término “autobiografía gráfica”?), se encuentra en ese periodo de la vida que sólo pueden añorar ancianos desmemoriados, a saber, los últimos años de nuestra infancia y los primeros de esa prolongada tortura llamada adolescencia. Si ya es difícil, a esa edad, afrontar los cambios de nuestro cuerpo, aceptar con amargo alivio que hemos dejado de ser monos,  o escribir la carta a los reyes, no cuesta imaginar lo dura que debió de ser esa etapa para Tillie Walden, una niña de carácter introvertido y que ya a los cinco años supo que no era como las demás niñas. La vida de Tillie, que se mueve entre la escuela, su mejor amiga, y el patinaje, que practica desde los cinco años, empezará a dar un vuelco lento pero inexorable el día en que su madre le anuncia que dejan la costa este y se van a vivir a Texas. A partir de ese momento, y a lo largo de casi 400 páginas, asistimos al largo y doloroso proceso de formación personal y artística de Tillie, proceso por el que, en mayor o menor medida, hemos de pasar todos, por lo menos esos adolescentes retraídos que, como Tillie, odiábamos conocer gente nueva porque, entre otras cosas, nunca sabíamos qué decir.

En Texas se encuentra Tillie con una pista de patinaje más fea y menos acogedora que la que la vio crecer en Nueva Jersey, con una disciplina deportiva diferente, con unos nombres de figuras que ella desconoce, y, sobre todo, con el acoso escolar. Por otra parte, en casa todo sigue igual. Su madre parece siempre medio ausente y Tillie se siente mucho más próxima a su padre. Ninguno de los dos, sin embargo, se molesta jamás en ir a verla competir. Todo ello, naturalmente, acentúa esa asfixiante sensación de soledad que puede producir la adolescencia, hasta que, quizá como triste mecanismo de defensa, Tillie descubre que donde se encuentra más a gusto es en la impersonal soledad de esas habitaciones de hotel a donde la llevan las competiciones. Al mismo tiempo, el patinaje deja de ser, si es que algún día lo fue, un placer, y nuestra amiga, por suerte para los amantes de la novela gráfica, empieza a buscar otras formas de expresión artística

Cuenta la autora en las interesantes notas finales que, inicialmente, Piruetas iba a ser un libro sobre el patinaje. Poco a poco, sin embargo, otros motivos, recuerdos, momentos y fantasmas de su pasado fueron adueñándose de la historia y el patinaje quedó como metáfora. Cada capítulo nos remite a una figura artística, pero lo que nos encontramos en ellos es un fragmento más de esa catarsis en que se convirtió la adolescencia de Walden. A veces es difícil encontrar sentido a algunos de esos recuerdos que marcan nuestra vida, como le sucede a Tillie con el accidente de coche que se produce a pocos milímetros de donde se encuentra, sentada en la hierba en mitad de la noche esperando que la recoja su madre. En otras ocasiones, el recuerdo es sumamente doloroso, como esa escena en que su tutor intenta abusar de ella. Y uno se sorprende una vez más del enorme talento de esta autora de apenas 22 años, que, con un trazo sencillo y un extraordinario uso del color (puede parecer una tontería, pero el empleo del amarillo, puntuando los momentos de calor, esperanza o fugaz felicidad, es impresionante), ha sabido plasmar unas emociones, recuerdos y sentimientos que sólo antes de la lectura podrían parecernos ajenos.

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El club del divorcio, vol. 1, de Kazuo Kamimura

El club del divorcio vol. 1

El club del divorcio vol. 1No sé si coincidiréis conmigo en que la palabra divorcio en un título, sea éste tanto el de un libro como el de una película, le confiere a la obra cierto tono de comedia de enredo. Si no me creéis, echad un vistazo a algunas de las infumables españoladas que inundaban nuestras pantallas a principios de los 80 y veréis que divorcio, humor chusco y destape iban siempre cogiditos de la mano. Me disculpará, allá en el cielo, Kazuo Kamimura, por comenzar la reseña de esta gran novela gráfica con la mención de semejantes bodrios, pero he pensado que las tribulaciones de Yuko y el Club del divorcio que regenta no están del todo exentas, a diferencia de aquel cine patrio, de cierto sentido del humor amargo, resignado y sutil, que es lo único que nos puede ayudar a sobrellevar lo que, con frecuencia, es un episodio duro e incluso trágico para quien lo vive.

Ya en sus primeras páginas, El club del divorcio nos muestra tres de sus rasgos fundamentales. Nos enfrenta, de buenas a primeras, con el machismo de la sociedad japonesa, un aspecto en el que, desde luego, no nos conviene hacer hincapié, pues en todas partes cuecen habas (y creo que España, por los años en que se publicó esta obra, no tenía mucho de qué presumir). El club en cuestión es un bar de copas en el que van a recalar mujeres divorciadas que intentan apañárselas para sobrevivir, en este caso, como mujeres de compañía. Sin embargo, también desde el primer momento nos damos cuenta de que, lejos de apocadas víctimas, estamos ante unas mujeres fuertes, que no se resignan a dejarse llevar por el destino sino que luchan por hacerse con las riendas.

El tercer aspecto que queda patente desde el primer momento es el impresionante sentido de la composición y la perspectiva de Kamimura. Qué me decís, si no, de esa primera presentación del club, en las páginas 6 y 7, donde aparecen, como quien no quiere la cosa, todos los personajes y elementos relevantes del primer capítulo. O ese contraluz de 215-217. O esas perspectivas de la página 54 o la 303. Y así, una página tras otra el arte del autor nos deslumbra por su originalidad, su eficacia narrativa o, simplemente, su belleza. No hay duda de que Kamimura. como cualquier mangaka que se precie, aprendió lo suyo del maestro Tezuka, pero también se recogen aquí las influencias de genios del cine como Ozu, Welles o Eisenstein.

Nos habla Kamimura en esta novela de la vida de un grupo de almas abandonadas y solitarias que, como he señalado más arriba, intentan rebelarse contra la sociedad, la familia o el destino, en una lucha siempre desigual y que nunca acaba de hundirlos de manera definitiva. Puntúan la obra una serie de oportunos datos estadísticos que, al tiempo que nos ayudan a entender ciertos aspectos de la trama, vierten luz sobre la situación de la mujer en la sociedad japonesa. Entre esos datos tenemos, por ejemplo, el índice de suicidios, con sus métodos y causas, entre las mujeres de compañía; las cifras de bodas y divorcios en el año 1974 (año de publicación de la obra), la experiencia sexual de las mujeres de 20 años, o la intención de las mujeres divorciadas de volver a casarse. Y así, poco a poco, viñeta a viñeta, con episodios cerrados que, al mismo tiempo, se hilvanan perfectamente uno con otro, se va levantando ante nuestros ojos la impresionante personalidad de Yuko, cuyo retrato psicológico, presentado con exquisita sensibilidad, nos muestra a una mujer a la que nunca llegamos a conocer en toda su complejidad, y que, grandeza del autor, nos da la sensación de que va descubriéndose a sí misma junto al lector.

En el debe de esta edición, mi obligación mencionar algunos errores de traducción, en particular catalanismos como “habían billares”, “explicar” una historia, o una madre que “padece” por su hijo. Asimismo, pese a la abundancia de notas a pie de página, el lector se queda perplejo ante ese inexplicable “¡hurra!” de la página 176. Pero nada puede empañar la inmensa calidad de este El club del divorcio, una obra monumental, a la altura de los mejores retratos de una dama que nos ha brindado la literatura. Esperando con expectación el segundo volumen.

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Petra chérie, de Attilio Micheluzzi

Petra chérie

Petra chérieLa lectura de Petra chérie nos demuestra un par de cosas: en primer lugar, que la afirmación de que estamos viviendo la edad dorada de la novela gráfica, aparte de ser un topicazo, es tan sólo una verdad a medias. Lo segundo que nos demuestra es que, como sucede con tantas cosas en la vida, cuanto más nos adentramos en este casi inabarcable mundo, más nos percatamos de nuestra no menos inabarcable ignorancia. Y la verdad es que la revelación nos llena de alegría, pues si hasta ahora uno ha vivido la mar de contento sin saber de la existencia ahí afuera obras tan entrañables y al mismo tiempo grandiosas como ésta, ¿cuántas otras joyas no estarán esperando a que editoriales como Ponent Mon se lancen a su rescate?

Para ser justos, quizá es precisamente la edición completa de estas historias uno de los factores que empujan a tantos  decir que la novela gráfica está viviendo su edad dorada. No obstante, estas historias son al cómic lo que las películas de Orson Welles son al cine, o la música de Miles Davis al jazz. Entiéndase, no son simplemente clásicas, sino que, sobre todo, representan un modo de contar historias, de crear personajes, y de dibujar viñetas que murieron con su creador y que, precisamente por ello, son inmortales.

Fue su creador Attilio Micheluzzi (1930-1990), un hombre de esos que ya no se estilan, lo cual poco nos sorprende después de leer esta obra. Nacido en el seno de una familia militar, polifacético, de gustos refinados, elegante, conservador y extraordinariamente culto, Micheluzzi trabajó durante años como arquitecto en Libia. Tras el golpe de estado del inicuo Gadaffi, decidió volver a su país, Italia, donde empezó su camino como historietista. Las historias de Petra chérie se publicaron mensualmente en la revista Alter alter, y quizá debamos a este modo de publicación su carácter conciso y su ágil ritmo. Micheluzzi era capaz de mostrarnos en un par de viñetas toda la complejidad de sus personajes, y tampoco precisaba de largas secuencias para, en cada historia, plantear el conflicto, mostrarnos su desarrollo y sorprendernos con su desenlace. Con Micheluzzi no hay paja: estamos ante un maestro de la economía en el arte de la narración.

Las comparaciones con su compatriota Hugo Pratt son inevitables. Del mismo modo que a nadie se le escapan los puntos en común entre Petra y Corto Maltés, ambos autores parecen tener la sensación de haber nacido en una época que no les correspondía. Al igual que Pratt, Micheluzzi era un gran nostálgico de aquella Europa hoy desaparecida, aquel mundo de fronteras hoy irreconocibles, en el que, fuera cual fuera la cuasa por la que lucharan, todavía existían los héroes. Así, en estas historias, situadas todas durante la Primera Guerra Mundial, con excepción quizá de las últimas, que más precisamente transcurren durante la Revolución y la Guerra Civil rusas, nos encontramos con personajes como Lawrence de Arabia, que nos narra uno de los episodios más tristes de su aventura entre los árabes, o el legendario Barón Rojo, amén de otros secundarios de tanto empaque como Winston Churchill.

Y así, desde Prusia al Daguestán, pasando por París, Venecia, el Bósforo, Israel o Alepo, el trazo fino de MIcheluzzi, su uso exclusivo de blanco y negro con entintadísimos claroscuros, sus composiciones magistrales, su sutil sentido del humor y su verdadero amor por Petra, a quien tan bien reprende con cariño como advierte de los peligros que la acechan, nos brindan una aventura inolvidable a través de la historia, tanto la de la Gran Guerra como la del cómic. Delicia de coleccionistas.

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Ulna en su torreta, 1, de Izu Toru

Ulna en su torreta 1

Ulna en su torreta 1La nieve siempre es muy resultona como escenario de terror. Todavía recuerdo vivamente cómo, de niño, por aquel glorioso 1982, me impresionó aquella copiosamente nevada La cosa, de John Carpenter, una película no del todo apreciada en su momento, pero que ha ganado mucho con el tiempo.

Situar una historia de terror en un paisaje remoto y desolado no sólo nos proporciona imágenes más o menos espectaculares, sino que sirve al autor como metáfora de una lucha de poder a poder entre dos fuerzas elementales: el hombre contra el mal, un mal que, lejos de la civilización, sea en la Antártida, como en la película de Carpenter, sea en el espacio exterior, como en Alien, apenas puede ocultársenos. La metáfora se completa, así, cuando descubrimos que el mal, simbolizado en esos terroríficos bichejos, no se encuentra sino dentro de nosotros mismos.

Los paisajes remotos y desolados, no obstante, van mucho más allá de la belleza visual que nos pueda proporcionar el cine, y de hecho desde ellos resuenan unos ecos literarios de tanta enjundia como El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, o Esperando a los bárbaros, de J.M. Coetzee.

Ulna en su torreta nos lleva a un escenario bastante parecido, el de la isla de Lizl, “una isla de viento y nieve donde casi nunca hacía buen tiempo”. Allí, al borde de un acantilado de espanto se encuentra una base científica reconvertida ahora en pequeña fortaleza, desde la que un regimiento formado casi exclusivamente por mujeres se dedica a combatir a la tribu salvaje de los Thuud. Así, mientras por un lado la fortaleza y la torreta del título penden junto al abismo, por el otro lado encaran un gigantesco trampolín conocido como “las alas de Chilmo”, que utiliza el enemigo para sus “saltos bárbaros”. Si no lográis haceros una idea, pensad simplemente en ese torneo de saltos que todos los días de Año Nuevo nos ayuda a calmar la resaca. Así, pero más bestia. Pues bien, ahí es donde, por decisión personal, fruto de un afán de cobrarse venganza, o, por decirlo de otra manera, de hacer justicia, a ido a parar nuestra heroína Ulna.

No es fácil, a estas alturas del siglo y de los efectos especiales, crear monstruos que cumplan el cometido de todo monstruo que se precie, a saber, dar miedo. Espinas, babas, tentáculos, ojos amarillos y colmillos a tutiplén han dado, posiblemente, todo lo que podían dar de sí. El terror ahora ha de proceder, por supuesto, de algo más cercano a nosotros, más reconocible, más personal. Y así, Ulna en su torreta nos regala unas criaturas nunca antes vistas, y absolutamente espeluznantes en todo su prosaico esplendor. Se trata, ni más ni menos, que de dentaduras. No, no son bichos con dientes feos. Son dentaduras. Monstruosas, repulsivas, escalofriantes y, sobre todo, absolutamente humanas. Y si pensáis que eso a vosotros no os da yuyu, recordad la primera vez que visteis aquello, en un vaso, al lado de la cama de vuestro abuelito.

Este primer volumen de Ulna en su torreta, en definitiva, nos trae una historia interesante y original, un personaje central muy atractivo,  escenas de una violencia difícil de digerir, y una escena final de sexo francamente turbadora. Queremos más.

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Uzumaki, de Junji Ito

Uzumaki

Uzumaki¿Una espiral de amor? ¿Una espiral de diversión? ¿Espiral de fraternidad? ¿De solidaridad? No suena bien, ¿verdad? Lo que normalmente oímos después de la palabra espiral es violencia, horror, muerte, todas esas cosas, en suma, que nos amenizan y alegran la lectura y que tan bien se le dan a Junji Ito.

El ser humano se ha dedicado a garabatear espirales desde tiempo inmemorial, y se han encontrado objetos decorados con esa forma que datan del año 10.000 antes de Cristo. A lo largo de la historia se ha identificado la espiral como símbolo del sol, y dicho símbolo ha tomado formas como el triskel o la esvástica. Más recientemente, la espiral se ha asociado a los viajes psicodélicos, a la hipnosis y a la locura. Todos sabéis interpretar el significado de unos ojos con las pupilas en espiral, ¿verdad? Y, como de la locura al horror hay, como quien dice, un paso, entramos de lleno en territorio Junji Ito.

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué el mundo está como está, por qué nos desayunamos todos los días con muerte y destrucción, por qué se cometen las atrocidades que vemos en las noticias? No hagáis caso a sociólogos, psicólogos o expertos en política internacional. La respuesta es muy otra, y para hallarla sólo tenéis que mirar a vuestro alrededor: las espirales. Están encima de nosotros, entre nosotros, dentro mismo de nosotros.

En la ciudad de Kurouzu, empiezan a producirse, como dice el cliché, una serie de extraños acontecimientos. Nos cuenta Kirie, la narradora, cómo el padre de su novio ha dejado de ser él mismo, poseído como está por la obsesión con las espirales. Una vez la obsesión ya lo domina por completo, son las propias espirales las que empiezan a adueñarse del señor, que terminará sus días convertido en una espeluznante rosca.

Si la esfera protege, el ángulo penetra, los fractales colonizan y el hexágono pavimenta, como nos dicen los expertos acerca del papel de las formas en la naturaleza, ¿qué hace la espiral? Si estuviéramos en el reino de lo natural, la respuesta sería muy sencilla: empaquetar. La espiral crece ocupando poco espacio. Pero en el reino de Junji Ito lo natural siempre se queda corto, y por ello vemos que las víctimas de las uzumaki (gracias por el idioma japonés; tanta espiral ya empezaba a cansar), lejos de ser protegidos, son más bien penetrados, colonizados, pavimentados y hasta empaquetados. Y si esto os suena prosaico, os aseguro que las ilustraciones del maestro del horror son escalofriantes.

Uzumaki se inscribe en esa variante del género del terror tan japonesa que nos ha regalado obras como Ringu o Marebito, en las que el horror nace de la obsesión y se perpetúa en ésta, creando así una esp… perdón, una uzumaki de horror como las que mencionábamos al principio. Hay que decir, no obstante, que este clásico del terror japonés, que, como las mencionadas más arriba, fue llevado a las pantallas, está empapado de sentido del humor. Este lector, por ejemplo, no tiene la sensación de que Ito se compadezca especialmente del inhumano destino de la mayoría de sus personajes, sino, más bien, se lleva la impresión de que los sacrifica en aras de este gran desmadre de cuchilladas, cuerpos descoyuntados y escalofriantes metamorfosis. Y ese tono de irreverencia consigo mismo nos queda aún más claro en el divertido epílogo, en el que el autor nos habla del origen de la obra y de su obsesión personal con las uzumaki.

Así que si no sabéis qué relación puede tener el horror con los caracoles, los torbellinos, el agua de la bañera, la cóclea y los cordones umbilicales, con Uzumaki lo pasaréis de miedo mientras lo descubrís.

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Querido diario: hoy ha empezado la guerra

Querido diario hoy ha empezado la guerra

Querido diario hoy ha empezado la guerraNos cuentan Tania y Gonzalo en la introducción, cómo llega hasta ellos este curioso diario de Pilar Duaygües, y de paso nos ponen en situación para conocer a todos los miembros de esta familia que se trasladará poco antes de empezar la guerra, de Melilla a Barcelona, y que está compuesta por el padre, la madre y cuatro hermanas: Teresa, que se enroló como miliciana y trabajó en la organización de la defensa pasiva de la ciudad de Barcelona, y era tras la que realmente andaban buscando información; Mary, que trabajó en el periódico republicano El Diluvio; Ruby que fue destinada al frente como enfermera, y Pili o Pilar, nuestra protagonista, que es de las hermanas la más pequeña y también la que nos podrá dar una visión más general de cómo se vivieron los años de la guerra en la ciudad de Barcelona.

No viene al caso hablar del valor literario de Querido Diario: hoy ha empezado la guerra, esta obra que hoy se nos presenta, aunque naturalmente sí podemos hablar de ello para hacernos una idea de cómo se expresa y de cómo escribe la población, la gente normal de clase media, y en ello podemos encontrar quizás, ese punto de valor literario. Aunque si algún valor hay que darle y prevalece ante los demás, será es el valor de testimonio histórico directo.

Nuestra joven protagonista en una buena estudiante, gran lectora e impresionante aficionada al cine. De hecho podemos hacer un recorrido exhaustivo del cine visto en Barcelona entre Junio de 1936 hasta el final de la guerra. Supongo que siendo los cines sitios seguiros en tiempo de guerra era normal que allí se pasasen muchas horas. Además hay que tener en cuenta que en la mayor parte de los caso hablamos de sesiones dobles o incluso en ocasiones triples ¡TRES PELICULAS SEGUIDAS! Está claro que ahora sería algo imposible por muchísimos y diferentes motivos que no comentaré pero que estarán en la cabeza de todo y cada uno de ustedes. De hecho hay un momento en que Pilar se da cuenta de que ella y su familia han tocado fondo cuando no tiene de donde sacar los dos reales que cuesta la entrada de cine una vez tomada Barcelona, y no sirviendo ya para nada el valor del dinero republicano.

“Domingo 5 de Febrero de 1939

Ni que decir tiene que estoy aburridísima. Ya han empezado el cine y hoy, que tenía ilusión de ir, no tenía ni dos míseros reales. Dos reales que cuesta y no poseerlos. Cuando pienso que antes los daba a un pobre que encontrase… “

Pili, aun cuando es probable que fuese en algunos de sus ámbitos de vida catalanoparlante, escribe en castellano, y está claro que también estudia en castellano, a pesar de que lo hace en academias e institutos de la Barcelona republicana. Me ha recordado mucho a mi infancia, a muchas de las personas que había a mi alrededor que hablaban a medias el catalán y que utilizaban expresiones que ahora he visto aquí escritas de la mano de Pilar, expresiones como “hacer sábado”, “subir al terrado”, utilizar de forma abusiva la palabra “padecer”, o la curiosa forma de expresar las horas que tienen en Cataluña.

Ha sido realmente curioso leer este Querido Diario, diario al fin y al cabo de una adolescente, pues empieza la guerra con 15 años. Una joven fuertemente influenciada, lógicamente, por sus hermanas mayores y es de suponer que también por sus padres. La guerra le cambia la vida de forma radical, es cierto que es una privilegiada y puede seguir sus estudios en la academia y posteriormente en el Instituto Obrero, pero todo ello le cuesta un gran esfuerzo personal, son días de hacer largas filas para todo, para comida, para transporte, para combustible, y estando sus hermanas trabajando, entre ella y su madre tienen que organizarse para todo, incluidas las faenas de casa. Esos madrugones para las filas, con frío y con calor, y las muchas noches de desvelo por los aviones enemigos, hacen que sea reiterado el cansancio y el sueño en nuestra amiga…

Días duros que nos irá narrando mientras va descubriendo amistades, deslealtades, amores, desamores, la vida… La vida que seguía entre bombas y pistolas, seguían las clases, seguían los bailes, los cines, hasta las muertes nos llegan a parecer números, un rato de dolor y luego la vida que sigue… y el dolor que queda por los que no regresan o de los que no se sabe nada. Y el odio por todo lo faccioso, incluso odio abierto hacia algunos familiares directísimos, pero al final es un odio que dura lo que dura el dolor y luego poco a poco, casi sin darnos cuenta, se va disolviendo en la normalidad, en la cotidianidad… “Ahora hay más comida, pero menos dinero para comprarla…”.

Claro que me ha resultado curioso el libro, mucho, me quedo con estos cuadernos escrito por una joven española en Barcelona, me quedo con sus ilusiones, con su inocencia, me quedo con sus miedos, y tendré que quedarme también con ese primer enamoramiento narrado con tantísima intensidad.

Y me quedo, ¡cómo no! con su amor incondicional por la lectura, el cine, la pintura… Las artes que tanta falta hacen para evitar desastres como las guerras.

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Sabor a coco, de Renaud Dillies

Sabor a coco

Sabor a cocoEn mitad del desierto y bajo un sol de justicia, una cigüeña llamada Jiri y un zorro bastante afelinado que responde al nombre de Polka tienen calor y pasan sed. Parten en busca de algo que beber, pero, tras una serie de encuentros con personajes a cual más curioso, no encuentran más que un coco. ¿Cómo abrirlo?

A veces, para ser felices no necesitamos más que un trago de agua. Y a veces, no hace falta más que combinar un puñadito de elementos para crear un cómic tan extraordinario como éste. Dos personajes principales, un problema existencial (¿hay algo más existencial que la superviviencia?), un poquito de imaginación, un mucho de absurdo, un montón de talento y… voilà! Una obra sencillamente magistral y magistral sencillamente. Que no es lo mismo.

Dicen los entendidos que en Sabor a coco Dillies rinde homenaje a Krazy Kat, la legendaria tira de cómic que aupó la viñeta a la categoría de arte. Y aunque, a los que no conocíamos al gato en cuestión, un rápido vistazo nos confirma que eso es así, las referencias literarias y las relaciones que evoca esta obra en el lector son incontables. De entrada, la cigüeña y el zorro nos remiten a las fábulas de Esopo (¿recordáis aquélla en que el zorro se pitorreó de la cigüeña, y la venganza que ésta se cobró?). También es evidente que, con esa pipa y ese lenguaje rimbombante, Jiri ha tomado prestado mucho de Sherlock Holmes. Por su parte, el personaje de Polka, de carácter mucho más pragmático y de lenguaje más prosaico, se nos antoja una recreación de Sancho Panza, pero un Sancho pasado por el prisma de Samuel Beckett. En efecto, uno no puede ver a estos dos animalillos vagando por el desierto en busca de un agua que nunca aparece sin acordarse de Vladimir y Estragón, aquel par de vagabundos que, en Esperando a Godot, nos regalan algunos de los diálogos más absurdos y, por ende, más profundos de la historia del teatro.

Y ya que hablamos del teatro, resulta evidente que Sabor a coco también está en deuda con escenarios y pantallas. No obstante, aquí los referentes se nos antojan mucho más eclécticos, hasta tal punto que uno se pregunta si la riqueza visual y la fantasía que Dillies consigue imprimir a un escenario tan desolado no habrá hecho que veamos espejismos allí donde no hay más que arena. Así, ¿es posible que ese enorme pez volador que aparece por las noches esté tomado de Arizona Dream, una película hoy casi olvidada? Y de entre todos los bares que la historia del cine ha plantado en medio del desierto, ¿por qué éste me recuerda tanto al de la olvidable Abierto hasta el amanecer? Pero hay más. Las andanzas de Jiri y Polka, vapuleados por el infortunio e inasequibles al desaliento, no pueden dejar de recordarnos a Laurel y Hardy, o incluso, permitidme la salida de tiesto, a Leoncio el León y Tristón. En definitiva, sean cuales sean sus referentes culturales, todo lector los encontrará reflejados en esta historia sencilla y universal, que, recuperando el sabor de los primeros cómics o del teatro de marionetas, nos cuenta la aventura primordial del ser humano.

Todas y cada una de las páginas de Sabor a coco, y me atrevería a decir, sin miedo a exagerar, que incluso cada una de sus viñetas, es una obra de arte, una deslumbrante puesta en escena de un desierto que es nuestro mundo, y donde, entre flores, garabatos y cuadros enmarcados como paisajes, trípticos o tapices, el telón sube y baja una y otra vez para maravilla de este espectador que, por la magia del arte, vuelve a ser niño y a asomarse por primera vez al misterio y la maravilla del mundo.

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Asimetría, de Adam Zagajewski

Asimetría

AsimetríaA lo largo de la historia del arte, la simetría ha sido uno de los pilares de la belleza. No hay más que visitar la Alhambra, el Taj Mahal, cualquier catedral gótica, o echar un vistazo al más conocido estudio de Leonardo sobre el cuerpo humano para ver cómo esa especie de propiedad matemática ha sostenido durante siglos nuestro concepto de la perfección.

Ello no significa, sin embargo, que la asimetría tenga que ser sinónimo de fealdad. De acuerdo, mi nariz torcida y mis dientes irregulares no hacen de servidor un Adonis, precisamente, pero, por suerte, existen en el mundo otros parámetros para medir la belleza, y gracias a ellos los asimétricos podemos reivindicar nuestra espectacular belleza interior.

Junto con Czeslaw Milosz, Wistawa Szymborska y Zbigniew Herbert, Adam Zagajewski es uno de los grandes nombres de la poesía polaca en los últimos 50 años, y si eso de la poesía polaca os suena a algo remoto que interesa a cuatro avejentados académicos y poco más, os diré que no sabéis lo que os estáis perdiendo. Si bien Milosz puede resultar relativamente “difícil”, signifique eso lo que signifique al hablar de poesía, lo cierto es que se me ocurren pocos poetas más inmediatamente accesibles a cualquier lector que Szymborska y el que hoy nos ocupa, Zagajewski. El impagable trabajo que está haciendo Acantilado con éste último me ha permitido leer maravillas como Mano invisible, Tierra del fuego, Deseo o este emotivo Asimetría, y cada uno de ellos me confirma aún más que estamos ante un grande.

Espero que nadie me pregunte en qué radica el carácter asimétrico del poemario, porque no sabré muy bien qué decir. Zagajewski nos habla en este libro ni más ni menos que de algunos de los temas eternos de la literatura, es decir del recuerdo, de la presencia del pasado en nuestras vidas o de la proximidad de la muerte, que poco a poco nos va arrancando pedazos de nuestra vida, hoy un amigo, mañana a nuestro padre. Nos habla de su relación con los poetas que han marcado su vida, y aunque sólo menciona el nombre de Ósip Mandelstam, los hace revivir a todos en un poema hermoso y, por raro que suene, simpático como “Mis poetas preferidos”:

Mis poetas preferidos / no se han encontrado nunca / Vivieron en diferentes países / y en diferentes épocas / Rodeados de la banalidad / por gente buena y mala / vivieron modestamente / como un manzano en un jardín / Amaron las nubes …

Encontramos también un canto elegíaco por la infancia perdida, en el bellísimo y sencillo poema “Infancia”:

Devolvedme mi infancia / la república de los locuaces gorriones, las infinitas selvas de ortigas (…) / Ahora seguro que sabría / cómo ser niño, sabría / cómo mirar la escarcha en los árboles / cómo vivir inmóvil.

Pero es sin duda el recuerdo de sus padres, siempre por separado, el que predomina. Esa extrañeza y esa sensación de abandono mezclado con liviandad que nos embarga tras la muerte de un ser querido abren el libro, con el poema “En ningún lugar” (Fue un día en ningún lugar al volver del entierro de mi padre…). mientras que “Acerca de mi madre” puede llegar a hacernos saltar las lágrimas:

Acerca de mi madre no sabría decir nada / cómo repetía vas a lamentarlo / cuando ya no esté, y yo no creía / ni en ya ni en no esté…

Que nadie piense, no obstante, que Zagajewski no hace más que mirarse embelesado el ombligo. Al contrario, lo que hace grande a este poeta es su pasmosa capacidad para fundir su experiencia personal con los sentimientos del lector, y para hacer de sus recuerdos más íntimos un referente de la historia de su país. Nos dice en “Autopista”:

Tendría unos doce años / En el desguace debajo del viaducto de la autopista construida / por Hitler buscaba huellas de aquella guerra, huellas / de la edad de hierro…

En pocas palabras, Asimetría es un libro hermoso, emotivo, ameno y hasta divertido. Zagajewski, un poeta enorme.

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Arde Cuba, de Agustín Ferrer Casas

Arce Cuba

Arce CubaLas revoluciones tienen épica. Acaben como acaben, que con frecuencia suele ser con violencia y miseria prolongadas a lo largo de décadas, no cabe duda de que a los barbudos con fusil no les falta ni un ápice de épica y estética (observad que me he dejado una palabra en el tintero). Vaya esa observación por delante para dejar claro que, después de los cubanos, o de gran parte de ellos, no hay nadie que simpatice menos que servidor con el coma andante, hoy yaciente, con su hermanísimo, o con toda esa retórica bélica de luchas, muerte y victorias finales. Y sin embargo…

…sin embargo, justo es reconocer que, de haber estado allí, probablemente hubiera simpatizado con los barbudos. En 1959, la Perla del Caribe era, desde hacía años, un paraíso de la mafia norteamericana, y personajes como Lucky Luciano se sentían en La Habana como en su propia mansión. En un país donde un tercio de la población vivía bajo el umbral de la pobreza, el crecimiento económico, del que se beneficiaban (un poquito) los obreros y, en gran medida, los casinos y las redes de prostitución, era una mera estadística. El país estaba hundido en la corrupción a todos los niveles, y vale la pena recordar las elecciones fraudulentas de 1954, en las que Batista llegó tan lejos en su uso del chantaje, la intimidación y el fraude, que todos los partidos de la oposición retiraron sus candidaturas y promovieron un boicot a dichas elecciones. ¿A alguien le suena?

Así estaban las cosas cuando, a finales de 1958, el actor Errol Flynn, cuya declarada admiración por Castro fue probablemente el más venial de sus pecados, llega a La Habana en compañía de sus propios despojos y del fotógrafo Frank Spellman. Flynn, con la excusa de buscar localizaciones para su próxima y, en realidad, última película, se propone entrevistar al líder del Movimiento 26 de Julio, es decir, a Fidel Castro, con el objetivo de relanzar su carrera cinematográfica. Por ello ha engañado a Spellman (que en la vida real se llamaba John McKay), que, no obstante, conociendo la catadura moral del actor, sospecha que lo están llevando al huerto. El contraste entre la épica de cartón piedra de Flynn y los temores del pusilánime Spellman se refleja en las dos primeras viñetas. La que abre la novela nos podría remitir a la inolvidable escena inicial de la serie de Corto Maltés, mientras que al pasar la página nos encontramos con un primer plano de Spellman vomitando con un sonoro ¡buaaargh!

No obstante, en Cuba todo es posible, y si el Robin Hood de tres al cuarto se convierte en gallina, el timorato periodista tiene la ocasión de convertirse en héroe. Es Spellman, en efecto, quien se hace con el papel protagonista de esta excelente novela gráfica, y lo hace entre personajes de tanto calado como el Che, Castro, Camilo Cienfuegos o el no poco patético Hemingway.

Con unas viñetas de gran dinamismo y un atractivo uso del color, que destaca por su sencillez y realismo, Agustín Ferrer Casas nos brinda una novela con acción, política, historia, diversión y grandes personajes; una novela que, por suerte, se puede disfrutar sin necesidad de alzar el puño. Las palabras de ese profeta de melena blanca al viento que se pasea por sus páginas siguen resonando hoy como quizá lo hicieron hace 60 años: ¿no hueles cómo arde Cuba?

 

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The time before, de Cyril Bonin

The time before

The time before Una de los eternos anhelos imposibles del hombre es el de viajar en el tiempo, no tanto para ver qué nos depara el futuro como, sobre todo, para poder volver atrás y cambiar el pasado. Como todos sabemos, los errores, a veces, se pueden corregir, o, en su defecto, y si eres listo, disimular, pero no se pueden borrar. Aquellas palabras que dijimos y que tanto nos duelen, aquel beso que no dimos en el momento único y, por desgracia, irrepetible en que había de darse, aquella decisión equivocada y, por ponernos un poco más modernos y prosaicos, aquel tuit que publicamos y que todavía hoy nos persigue.

Son muchísimas las historias al respecto, tanto en el cine como en la literatura, desde La máquina del tiempo, de H.G. Wells, a Regreso al futuro, pasando por obras maestras de la novela gráfica, como Barrio lejano, de Jiro Taniguchi, u otras algo menos conocidas, como Inolvidable, de Alex Robinson. Dejando de lado la conocida paradoja del abuelo (esa que dice que, si viajas al pasado y matas a tu abuelo antes de que tu padre sea concebido, no puedes estar aquí para emprender ese viaje al pasado), cualquier hipotético viaje atrás en el tiempo encierra una gran trampa. Una de las obras que mejor reflejaba esa trampa es la película Atrapado en el tiempo. De ella, muchos se quedaron con el mensaje un tanto infantil de que, si eres bueno, si te enmiendas, el tiempo te perdona y puedes seguir adelante con tu vida. La idea principal, sin embargo, era muy otra: cualquier hipotético intento de corregir nuestro pasado hasta hacerlo perfecto es inútil y sólo nos llevaría a empeorar nuestro presente.

En esta excelente novela gráfica titulada The time before, Cyril Bonin nos cuenta una historia que, en cierto sentido, nos recuerda a aquel inolvidable día de la marmota. Un buen día de 1958, el fotógrafo Walter Benedict recibe, por uno de esos azares que no lo son tanto, un talismán que le permite, según pronto descubre, regresar a cualquier momento del pasado, siempre que ese momento haya tenido lugar desde el momento en que recibió el talismán. Walter continúa con su vida sabedor, pues, de que cualquier error que cometa puede ser fácilmente corregido. Basta con desearlo. Va así puliendo cada una de las decisiones que toma y evitando todos y cada uno de los pequeños percances que le ocurren, como un artista que repasa su obra una y otra vez con el fin de crear una obra perfecta. Hasta que un día sucede algo terrible que le impide, durante un tiempo, recurrir al talismán. Decide dejar entonces que la vida siga su rumbo. Sin embargo, la tentación de hacer uso del talismán para corregir esos pequeños mecachis de la conciencia es demasiado grande como para no sucumbir a ella.

Cyril Bonin imprime un gran dinamismo a la composición de sus viñetas, que contrasta con el uso del color, de apagados ocres, verdes y naranja, perfecto como el sepia de las fotos antiguas para evocar recuerdos y remordimientos en una historia que nos revela una gran contradicción del ser humano: el anhelo de controlar nuestro pasado representa, en el fondo, el deseo de renunciar a tomar las riendas de nuestro propio destino.

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