Nosotros

Reseña del libro “Nosotros”, de Evgueni I. Zamiatin

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«¿Con qué sueña la gente? Con alguien que les diga de una vez por todas en qué consiste la felicidad y que luego les encadene a ella». Esta sentencia, extraída dela novela que hoy nos ocupa, el clásico de 1921 Nosotros, de Evgueni I. Zamiatin, es toda una declaración de intenciones, y un aviso a navegantes: cuidado. Sí. Cuidado, hombres del futuro, si no queréis dejar de ser personas y transformaros en meras cifras. En algoritmos. ¿No os suena? Porque, a pesar de tratarse de una distopía, Nosotros sigue hoy, como recalca su brillante prólogo, de plena actualidad. Porque vivimos en una sociedad totalitaria, tanto como la pergeña este libro, pero más sutil, más pulida, donde el neoliberalismo nos aliena con el soma del consumismo, y nos encadena al miedo en aras de nuestra propia seguridad… con nuestro pleno consentimiento. «Nuestro deber es ser felices», cita en otro momento la novela. «O nos obligarán a ello». No hay que reflexionar mucho para sentir el leve cosquilleo en la nuca de lo familiar.

Nosotros es, según afirma, la solapa de la cubierta de la cuidada edición de Akal, que incluye unas láminas preciosas ilustrando el texto, “la novela que inauguró el subgénero distópico dentro de la ciencia ficción”. Difícil demostrar esto. Muchas criaturas se se arrogan este honor: “Eugenia”, de Eduardo Urzaiz (1919); “La máquina se para”, de E. M. Forster (1909); “El talón de hierro”, de Jack London (1908); “EL Señor del Mundo”, de Robert Hugh Benson (1907); “Un utopía moderna”, de H. G. Wells (1905) o incluso “Los quinientos millones de la Begún”, de Julio Verne (1879), una obra menos conocida del genio universal que nos presenta dos ciudades-estado, una con rasgos utópicos y otra distópicos, totalitaria, gobernada por un dictador que gobierna bajo el yugo de un terror militar.

Pero quizá la cuestión de la paternidad de este género sea lo de menos. Lo notorio es que, durante los primeros años del siglo veinte, numerosas obras que pueden adscribirse al mismo vieron la luz, igual que si “esas ideas flotaran en el turbulento aire que respiramos”, como afirmó el propio Zamiatin. Y las influencias entre ellas —y entre sus autores— es tan notoria como evidente. Se retroalimentaron. H. G. Wells influyó sobre Huxley, Orwell y Zamiatin, y, a su vez, es indudable de la influencia que tuvo la novela que hoy nos ocupa de este último, Nosotros, sobre las posteriores (aunque casi coetáneas) “Un mundo feliz” —de hecho, Huxley fue acusado en su tiempo de plagio, cosa que él siempre negó— y “1984”, de George Orwell, al que se le acusó de algo parecido aunque, en este caso, está probado que el boceto de la misma estaba terminado cuando Orwell accedió a la traducción francesa de Nosotros.

Sin embargo, las similitudes entre ambas son asombrosas: sus protagonistas, Wiston y D-503 respectivamente, son, al principio, ciudadanos fieles al Gobierno, que van a ir describiendo en diarios su día a día, con el deseo de que alguien, en el futuro, pueda leerlos, con afán de aprender de ellos; sin embargo, en ambos casos, las dudas aparecerán enseguida, y el lenguaje preciso y analítico al principio de D-503 en Nosotros, derivado de las matemáticas que son su profesión y el lenguaje que conforma su realidad, irá jalonándose de dubitaciones y preguntas conforme empiezan y arraigan en él las dudas; en ambas novelas, estas aumentarán por la entrada de sendos personajes femeninos dominantes, decididos, libérrimos, a los que parecen conocer de antes, de siempre, y que tomarán la iniciativa respecto a sus relaciones y utilizarán el sexo tanto como supremo acto de liberación y reafirmación, como ejercicio de supeditación del hombre respecto a ellas. El lenguaje de ambas novelas, sobre todo de Nosotros, se torna entonces poético, filosófico, llenándose de símiles y paradojas, de sueños y teorías metafísicas. También encontraremos en ambas el arquetipo de un Dios-Líder Supremo que controla el Estado y hasta el pensamiento individual, el Hermano Mayor en “1984” y el Benefactor en esta; la celebración de un Día especial en honor a dicha figura y a lo que representa, el “Día de la Unanimidad” frente al “Día del Gran Hermano”; y hay en ambas policías encargados de vigilarnos, los Guardianes y la Policía del Pensamiento respectivamente.

Conforme avanza la novela descubrimos que D-503, el ciudadano encargado de construir “El Integral”, la aeronave que debía expandir la idea del Estado Único por todo el Universo, abrumado por estas dudas acerca del yo, del amor, del papel del individuo, va colapsando mentalmente, pasando de sentirse el ángel caído a Adán, de este a Ícaro, hasta un final donde, nuevamente, convergen las dos novelas: ambos se arrodillan ante el tirano, ambos sucumben, sus amores y sus ideales torturados.

Donde radica la originalidad de Nosotros es en que, a pesar de las similitudes, es anterior a la triada de novelas distópicas por excelencia: la ya mencionada “1984”, “Un mundo feliz” y “Fahrenheit 451“; que todas, en mayor o menor medida, beben de ella. Y que, si bien hay dudas sobre si es o no la primera novela de género distópico, no las hay con respecto a que sí es la primera gran sátira antiutópica; en que denuncia una forma funesta de organización social donde prima la homogeneidad, el servilismo y la brutalidad imparable del desarrollo industrial, y donde, no lo olvidemos, como ya mencioné al principio, la dignidad de las personas y hasta su mera existencia se está reduciendo a cifras. A números. Aquí radica lo terrible, y el verdadero valor de novelas como esta: en servir de recordatorio de que, para el poder —al que solo le importa él mismo, el poder por el poder—somos solo esto: una manera de perpetuarse, de satisfacerse. De encadenarnos con eslabones de falsa felicidad hasta que, por fin, dejemos de contar.

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