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Que nadie duerma, Juan José Millás

Que nadie duerma

Que nadie duermaAntes de nada, me gustaría decir algo que hasta leer esta novela no sabía y que quizás tampoco sepa quien esté leyendo esta reseña y así igual podamos congeniar ya de primeras y así restemos presión de algo que no debería tenerla y que es la ignorancia de muchas (muchísimas) cosas: no sabía que Nessun Dorma significa «Que nadie duerma». Ahora sí. Y quién sabe hasta cuándo lo sabré. Este, Que nadie duerma, es el título de la última novela de Juan José Millás que, por supuesto, tiene mucho que ver con la canción, si no, no creo que la mencionase. O sí. ¿Quién sabe?

Que nadie duerma es Millás en estado puro. Dice la faja del libro que estamos ante «El mejor Millás», pero yo creo sinceramente que el mejor Millás llegó hace tiempo a la cima y que, por el momento, no ha decidido emprender el descenso de ella. Sigue ahí arriba contemplando el mundo con su mirada periférica decidido a contarnos cosas de una manera aparentemente llana pero con mucho fondo y, sobre todo, con unos giros capaces de despeinar al lector más frío. Como siempre, el tema que trata es sencillo: en este caso nos presenta a Lucía, programadora informática que se queda sin trabajo y decide hacerse taxista. Tiene la edad en que falleció su madre y algo en su interior que desde entonces pugna con su cuerpo por salir. Pero si quien lea esto ya es conocedor del universo Millás, sabrá que en sus novelas lo importante no es tanto la trama principal sino el cariz que esta toma. Los personajes de Millás siempre esconden algo que todos como humanos tenemos dentro. Un virus inoculado al nacer, un tabú escondido, una filia nunca confesada.

Lucía emprenderá su aventura como taxista enamorada de su misterioso vecino, alguien a quien solo ha visto una vez gracias al Nessun Dorma, que ha abandonado su vivienda dejando a Lucía extasiada y que habitará su conciencia a lo largo de toda la novela. En busca de ese misterioso vecino por unas calles de Madrid que ella convierte en las de Pekín, todas sus carreras serán meros trámites, con sus respectivas aventuras y rocambolescas hazañas que harán disfrutar de lo lindo a los lectores, con los que llegar a la carrera final y decisiva: la que le haga llevar a Braulio Botas, el gran actor, su antiguo vecino.

A medida que avanzan las páginas, los trayectos en taxi, los encuentros curiosos y furtivos entre taxista y cliente, Lucía irá notando que algo crece en su interior. ¿Recuerdas aquello que yo comentaba al principio, ese «algo en su interior» que pugnaba con su cuerpo por salir? Pues eso. La metamorfosis, a lo Kafka o a lo Droguett en Patas de perro, sucederá, y Lucía acabará cerrando el círculo convertida en lo que ella misma sabía que era desde el principio. ¿Que a qué me estoy refiriendo? Tendrás que leer la novela para saberlo.

Humor, intriga, pasión, sexo descarnado, sangre, sudor y lágrimas; lo que digo: Millás en estado puro. Lo siento por Alfaguara, que a todo esto ha hecho una cubierta preciosa y ha escogido un título más que correcto, pero yo no soy capaz de decir que este es «El mejor Millás», aunque pudiera serlo. Aunque lo sea.

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Contra la lectura, de Mikita Brottman

Contra la lectura

Contra la lecturaTengo un pequeño problema con ciertos libros, sobre todo novelas, que crece a lo largo de los años y las lecturas de una manera uniformemente acelerada. En principio debería gustarme un libro que me hace disfrutar, que me distrae, que me lleva de la mano por un camino tranquilo, llano, de andar fácil, disfrutón. Pero ya digo, hay algo ahí dentro, como una solitaria que estuviera alimentándose de mis lecturas y fuera creciendo poco a poco y fuera consumiéndome poco a poco, que me avisa de que libros de ese tipo en realidad no me acaban de gustar. Pienso mucho en esto y cada vez estoy más convencido de que lo que me pasa es que necesito que algo desentone en el libro, que algo me haga pensar, debatir con el autor o autora aunque sepa que no me contestará más que con las palabra escritas previamente en el papel (que muchas veces ya es suficiente). Creo que necesito que el libro que esté leyendo me haga parar un momento y ponerme a pensar en qué le diría al autor o autora (en este caso autora) sobre lo que ha escrito, qué puntos le rebatiría, en qué no estoy de acuerdo. Eso puede provocar a cualquier lector un sentimiento de pesar hacia su lectura, no sé, pero a mí no. Cada vez estoy más convencido de que si me pasa eso significa que el libro me ha gustado. ¿Y por qué suelto este rollo? Pues porque es lo que me ha pasado con Contra la lectura, de Mikita Brottman, publicado por Blackie Books.

Contra la lectura es un desenfadado ensayo que, a pesar de lo que dice el título, desprende por todos lados amor hacia los libros. Mikita Brottman lo escribe desde su faceta como lectora obsesiva en la infancia, adolescencia y posterior adultez. Con una vida dedicada al libro, Brottman se imprime en poco más de 150 páginas para defender lo que te cambia un libro. Pero eso sí, con avisos, con pequeños peajes que siente que debe explicar.

Siempre he sido de la idea futbolística de que una buena defensa empieza en el ataque y por eso creo que entiendo tan bien lo que ha querido hacer Brottman aquí. También he tenido siempre la condición de poco mesiánico, de poco sacralizar lo que no tiene por qué ser sagrado. Los libros tampoco. Tengo claro que sin ellos no sería lo que ahora soy, pero también que sin tantas cosas que me rodean tampoco lo sería. Defiende la autora que uno de los problemas de leer obsesivamente cuando eres muy joven es que te sobrevuela el peligro de que te enamores de la realidad que te ofrece el libro y que esto te haga querer apartarte de la realidad de fuera. Cree Brottman que por eso debería haber un control sobre los libros que leen los más pequeños. Aunque ella no lo tuvo. Este es un punto que yo le rebatiría.

Pero también habla de muchas otras cosas: de cuánto se parece la lectura a la masturbación, de cómo alguien puede perder la cabeza por los libros (casos concretos), de cómo leer puede convertirse en moda, en tendencia, en marketing. De por qué leer no te convierte intrínsicamente en buena persona (Hitler era un gran lector), de cuánto duele involucrarte tanto en la vida del personaje que acabas creyéndote él y al terminar el libro no eres nadie, de todos los tipos de lectores y lecturas que hay.

En definitiva, Contra la lectura es un libro bastante recomendable, sobre todo si te gusta/encanta leer. Porque te sentirás identificado, porque serás esa persona de la que ella se ríe, alaba o entiende, porque verás que eres el motivo de que alguien esté escribiendo un libro para ti. Si en tu infancia estabas pegado a un libro y te molestaba que te llamarán para la cena, si has pensado más de una vez en el ojalá de irte a vivir a determinado libro, si te has sentido alguna vez personaje de tu novela favorita, creo que deberías darle una oportunidad a este libro. «No leáis libros solo porque sintáis que “debéis hacerlo”. Hacedlo simplemente porque no podéis evitarlo».

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Las flores del mal, de Charles Baudelaire

Las flores del mal

Las flores del malCreo que poco necesario y útil sería entrar a discutir la coherencia de que estos poemas estuvieran prohibidos para su publicación durante más de noventa años. Solo hace falta leerlos para darse cuenta de ello. En este caso, Libros del Zorro Rojo presenta los poemas que fueron censurados con el acompañamiento de las magníficas y geniales ilustraciones de Pat Andrea. ¡Ay si vieran aquellos censores las ilustraciones! Disfrutadlas mientras podáis.

Con los poemas en español y francés, esta edición aniversario por los 150 años desde la muerte de Baudelaire, cuenta, además de las ya comentadas ilustraciones de Pat Andrea, con la traducción al español a cargo del poeta Jaime Siles. No hace falta decir que la edición es exquisita, algo ya rutinario en todo lo que hacen en Libros del Zorro Rojo.

Me da bastante reparo y respeto comentar los poemas de un genio como Baudelaire, así que creo que eso se lo voy a dejar a tantos profesores de institutos y universidades a los que les toca hacerlo. Lo que sí diré es que encontramos en ellos esas menciones tan “baudelairianas” al amor lésbico, al sexo descarnado, al erotismo sangrante, al infierno y al cielo climático que ofrece el tan desconcertante amor. El amor para Baudelaire no se entiende sin pasión, sin freno, sin ningún tipo de atadura. Amar es elevarse a los más altos cielos con la certeza (que no quita la sorpresa) de que se bajará a los más desgarradores infiernos. Pero todo ello de la mano siempre de la más pura y sincera poesía. La poesía es la cuerda que amarra al poeta a la realidad mientras él se encuentra sumergido en las más turbias y removidas aguas del desconocido e imprevisto amor. ¿Has amado alguna vez? Si es que sí, nunca podrás dejar de entender al poeta francés.

Esta selección de poemas fue censurada, apartada de aquellos que sentían algo que el francés estaba contando. Leer no es más que escuchar por los ojos aquello que necesitas oír porque tú todavía no sabes expresarlo. Por eso es tan grave la censura, por eso es tan necesario compartir lo que genios como Baudelaire cuentan.

«¿Quién hay que ante el amor ose hablar del infierno?».

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Vibrato, de Isabel Mellado

Vibrato

Vibrato

Hace unos meses reseñé Tríos de Anagrama y en aquella reseña dije que lo que más me había gustado de aquel compendio de relatos basados en el concepto de trío era el haber descubierto la escritura de Isabel Mellado. Y como suele pasar cuando descubres a un autor nuevo lo primero que hice fue buscar qué libros tenía publicados la chilena. No encontré gran cosa, pero sí un libro de relatos que había llamado la atención de bastantes lectores. Metido en esa primera búsqueda de tanteo, descubrí que a los pocos meses Alfaguara publicaría su primera novela. De la autora, no de la editorial, claro. Noticia feliz. Esta es aquella primera novela de Isabel Mellado que vi anunciada: Vibrato. Y antes de que dejéis de leerme: no os la podéis perder.

Dice la faja del libro que lo que tenemos delante es «La literatura hecha música. La música hecha literatura». Y no pueden tener más razón. Isabel Mellado, aparte de escritora es violinista, y Clara (No-Marta), también. Clara es la protagonista (ya entenderéis lo de No-Marta) y a quien acompañamos desde su infancia en Chile hasta su viaje a Alemania con el fin de convertirse en concertista. Como si estuviéramos tumbados en su violín, leyendo Vibrato sentimos cómo la música es capaz de hablar en prosa, de decirnos cosas que hemos sentido también nosotros y a las que nunca hemos sabido ponerle palabras. Pero ella sí. Porque una de las cosas que más me gustaría destacar de Isabel Mellado es su capacidad para decirlo todo. A veces de la forma más clara posible, otras, con el uso de las metáforas más rocambolescas y preciosas que he leído en años: que las estrellas son las migas que alguien sacude de un mantel negro, que el oleaje es el eslogan del mar, que nosotros solo somos botellitas de perfume de Dios. Es tan bueno todo lo que escribe que te da igual no tener ni idea de música clásica.

Vibrato, en sí, no como título, es una desafinación programada, intencionada; y ese vibrato es lo que Mellado intenta aunar a su vida o a la de Clara. La vida como vibrato. Sin mayúsculas. De una infancia en Chile con un padre alcohólico, una madre secundaria y un hermano demasiado principal, Clara parte a su vida con una sensibilidad sin límites que le lleva a verlo todo desde el colchón de la música, su salvación. Todo es música en Vibrato porque todo en esta novela es lo que Clara ve, y lo que ve solo es música. Árboles, comida, personas, Chile y Alemania, el amor, la pena y el sufrimiento, todo como un repertorio de canciones que conforman una vida.

Del amor al desamor, de la entereza a la ruptura y la pérdida, de la armonía musical a la desafinación más brutal. Todo a través de una prosa que esconde versos, que esconde el ritmo de una muy bonita canción. Aramburu destaca en la contracubierta del libro los diálogos como «súbitas ráfagas de poesía» y no, Fernando, todo lo es. Me acuerdo, escribiendo esto, de una canción en la que la voz le canta a una mujer que se unten ambos resina en el cuerpo para cuando venga el viento. Aquí no hace falta. Aquí lo mejor es dejarse sacudir por el fuerte viento que esas «súbitas ráfagas de poesía» traen página a página. Muy recomendable novela. ¿La primera de más?

 

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Frankenstein, de Mary Shelley

Frankenstein

Frankenstein

Tengo dos problemas con los clásicos, que además va de la mano uno con otro: el primero es que no los he leído y el segundo, que me da miedo leerlos por si al hacerlo se me caen del altar. Pero esta vez me he atrevido con uno, será que me hago mayor, y he decidido leer Frankenstein en la edición que Ariel ha publicado en conmemoración con el bicentenario acompañada, además, de notas y ensayos los cuales van destinados a satisfacer las ansias de conocimiento de «científicos, creadores y curiosos en general».

Pero vayamos primero a lo importante: el libro huele mucho y bien, y la edición no está nada mal. Viene, como he comentado antes, con gran cantidad y variedad de textos complementarios, como un prefacio de los editores, la introducción al libro que Mary Shelley publicó varios años después de la aparición de la novela, una cronología de la ciencia en la época de Shelley, siete ensayos contemporáneos sobre la obra, referencias, lecturas complementarias, colaboradores de la edición y notas, muchas notas a pie de página. Tengo que avisar de algo antes de nada, y es que en referencia a estas notas lo mejor es que quien las lea ya haya leído el libro antes, porque la gran mayoría pecan de ser bastante spoiler. Aunque seguramente esto se deba a que yo ya lo tendría que haber leído. De todas formas, esto es un mero hecho anecdótico ante unas notas que no dejan (casi) ningún tema científico de la obra sin resolver.

He pensado antes de ponerme a escribir esta reseña que seguramente no era necesario hablar sobre el tema o el contenido de la obra, porque creo que, aunque no se haya leído, la mayoría de la gente sabe de qué va la historia de Frankenstein (aunque os tengo que decir que no tiene nada que ver lo que “se sabe” de la historia con lo que cuenta el libro); así que me centraré más en lo que me ha resultado curioso o en lo que creo que puede ser útil para el lector de esta edición en concreto. Uno de estos aspectos es que no se tenga miedo, lo digo porque yo tuve cierto recelo, a evitar comprar esta edición por tener dudas de si las notas, los ensayos o los distintos comentarios que ofrece el libro quedarán muy lejos del entendimiento de aquellos que no tenemos ni idea sobre ciencia. Para nada, lo podemos leer tranquilamente y, además, nos hará aprender muchas cosas que con la lectura simple del texto nos pasarían de largo. Algo que me ha gustado mucho acerca de estas notas es el punto que se les ha querido dar de chispa a la reflexión; muchas de ellas presentan preguntas para que nosotros, los lectores, sigamos indagando en la diatriba que nos presenta el editor en cuestión.

Apartándome un poco ya de este tema: ¿sabíais que el “monstruo” no tiene nombre? Me encanta saber tan poco sobre lo que se debería saber mucho porque cuando empiezo a saber sigo sorprendiéndome como cuando era un niño. Y no, no tenía ni idea de que el “monstruo” no tiene nombre, ni de que Frankenstein nunca es mencionado ni se menciona como doctor, ni de que hubo la posibilidad de una (esto va en honor a Rosario) “monstrua”. Datos como estos, frases que he subrayado porque me parecían geniales o una novela tan buena que me encantaría poder volver a no haberla leído para tener la oportunidad de su primera vez de nuevo, son algunas de las cosas que te puedes encontrar si te adentras por primera vez en Frankenstein.

Seguro que os ha pasado alguna vez eso de que mientras estás leyendo un libro te viene a la cabeza la siguiente pregunta: «¿como puede ser que el autor de esta obra (que es probable que lleve muerto años) haya escrito lo que sabía que yo quería leer?». Creo que nunca responderé a esta pregunta, no sé si por voluntad propia o incapacidad, pero sí sé que seguiré viviendo con ella. Y espero seguir viendo ediciones nuevas sobre contenidos no tan nuevos (y también sobre nuevos, eh) y pensar que no soy el único que se pregunta esto. Pero a veces sí que pienso que soy el único, a veces sí que me siento un «moderno Prometeo», a veces yo también juego a ser Dios. No fastidies, ¡que hasta el protagonista se llama Víctor!

Todo un acierto de Ariel, un nuevo empujón para aquellos que quieren seguir pensando mientras sonríen de placer.

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Doctor Pasavento + Bastian Schneider, de Enrique Vila-Matas

Doctor Pasavento

Doctor PasaventoCuando quiero referirme a Vila-Matas, por ejemplo en esta reseña, me da miedo escribir o pronunciar su nombre porque no sé si realmente existe, aunque sepa que existe, aunque sepa que hay alguien que lleva su nombre, que vive en la misma ciudad que yo, que escribe de forma magistral y que tiene libros con su firma que nadie se debería perder. Y me da miedo referirme a él con su nombre porque no sé si realmente es él quien escribe todo lo que firma o es la propia Literatura, en caja alta, quien coge el ordenador, aparta a Vila-Matas (vuelvo a decirlo: si es que existe) y se pone a escribir en su nombre, riéndose de todos nosotros sabiendo que nos vamos a creer por un rato lo que nos cuente, que vamos a seguir leyendo algo que desde un principio no tiene ni pies ni cabeza, y que por ese motivo, por no tenerlos, es tan genial. Esa experiencia es la que se tiene abriendo cualquier libro del barcelonés, y cuesta mucho de explicar, aunque lo intentaré. En estas semanas Seix Barral aparece en las librerías haciendo resurgir una de sus más grandes novelas: Doctor Pasavento, con prólogo de Maurice Nadeau y la novedad de la extraña y breve pieza inédita Bastian Schneider.

Vamos por partes: nunca sabrás quién es Pasavento, pero irás con él a lo largo de más de 400 páginas recorriendo distintas ciudades, sobre todo París y sobre todo la rue Vaneau, calle que acabará convirtiéndose en una especie de protagonista de la novela. Pasavento, que aparece como tal tras varias páginas y que es una especie de doctor en psiquiatría que ha alcanzado cierta fama en la literatura, te habla directamente para contarte su historia, que es algo así como una neurosis íntima en la que se quiere ser una especie de Walser que desparece gradualmente hasta ser nadie y nada. Doctor Pasavento es el camino acompañado (por los lectores, es decir, nosotros) de un personaje que descubre que quiere ser nadie, que se lo marca como objetivo, y que amolda y adapta y configura su vida para alcanzar su meta. ¿Te imaginas decirte a ti mismo que en un tiempo serás nadie? Menos mal que están los libros para imaginar por ellos mismos usando nuestra cabeza como recipiente de pruebas.

Una de las claves para conseguir esa desaparición es escribir. Y menos mal, porque gracias a que Pasavento escribe nosotros vemos cómo avanza hacia ese agujero abismal que es el cero absoluto. Y escribe para él, haciendo oídos sordos al escaparate que le separa de nosotros. Con Walser siempre en mente, Pasavento intentará volver a caminar los pasos del suizo visitando incluso el sanatorio en el que este estuvo ingresado durante años, haciendo incluso el último paseo que disfrutaron los zapatos del escritor. Y buscará quedarse. Y buscará ser un nuevo Walser. O el mismo. Pero también aparecerán otros personajes literarios relacionados con esta diatriba entre el ser en el no ser y el no ser en el ser: Montaigne, W. G. Sebald o Laurence Sterne, entre otros. Otra de las claves de la novela son las señales: Pasavento se dará cuenta en cierto momento de que hay algo o alguien que le presenta señales que él tiene que seguir, algo así como esos mapas de puntos que los niños usan para entretenerse en los restaurantes de los aeropuertos. Para Pasavento, alguien ya ha rellenado ese mapa, mapa que incluye su vida.

A través de lo que se ha llamado semificción, Vila-Matas vuelve a meterse (y no) en su libro para dejarnos con la sensación de que estamos leyendo su vida a la vez que estamos leyendo la de otro. Se puede leer en esa extraña pieza añadida al libro que es Bastian Schneider que «no hay nadie original», lema claro de la escritura de Vila-Matas, quien teje su narrativa a través de la de otros sin buscar ocultarlo. Una de las mayores proezas que veo en sus historias es que aun queriendo sus personajes desaparecer nunca buscan ocultarse.  Siempre están, siempre hablan, siempre son aunque busquen no ser. He dicho una de las mayores proezas, pero la mayor proeza de Vila-Matas es que consigue que lo que buscan sus personajes, desaparecer, lo haga el lector, aunque sea solo por un rato. Gracias, doctor.

 

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Tríos, de VV. AA.

Tríos

TríosNo es la primera vez que lo escribo y no va a ser la última: me gustan los relatos. No sé por qué, seguramente no lo sepa porque nunca me lo he preguntado, y la verdad es que tampoco me apetece que sea ahora ese momento. Pero me gustan los relatos y es por eso que no he podido resistirme a leer la antología que acaba de publicar Anagrama recogida y editada por Paola Tinoco y en la que podemos encontrar nombres tan conocidos como Sara Mesa, Juan Villoro o Luisgé Martín. Once son los relatos que componen un libro en el que los autores se dispusieron a crear ante la pregunta de «¿qué es para ti un trío?».

Venga, pregúntatelo tú también. Y si quieres y te animas ponte a escribir un relato. Aquí todos somos escritores. Ánimo.

Claro, como es lógico, hay algunos de los relatos que tratan sobre la idea sexual que nos viene a todos cuando escuchamos la palabra, pero no os creáis, son solo algunos. En Tríos cada uno de estos escritores, todos de habla hispana pero de gran variedad de países, ofrecen su visión del trío a través de lo que mejor hacen: la invención de historias. Y nosotros, que estamos enganchados a la narración de historias como si fuera la mayor droga que ha inventando el hombre, abrimos el libro y nos encontramos por ejemplo a dos niñas enamoradas del mismo monitor de campamento, a una pareja y su bebé en un ambiente VHS, a dos hombres frente a frente hablando de una mujer infiel, a dos mujeres frente a frente hablando de ellas mismas en otro tiempo, a dos ancianos perdidos por el cuerpo joven de una mujer, etc. Once historias en las que el trío es su eje. También hay sexo.

Mientras leía el libro me vino a la cabeza la famosa pintura de la pipa. Sabes de la que hablo, ¿no? Pues creo entender ahora, mientras escribo esto, que esa imagen me vino a la cabeza porque este libro es algo así, una especie de mensaje al lector de que lo que va a leer no es lo que espera y a la vez sí. Esto no es un libro sobre tríos pero sí lo es. ¿Me explico? Ya sé que no.

En definitiva, en Tríos encontrarás once relatos con un prólogo de Paola Tinoco con los que poder recibir una pequeña pincelada de los autores que forman parte de él. A mí me ha servido para descubrir a nuevos autores (a la vez que también para volver a disfrutar de los que ya conocía), destacando por encima de todos, con perdón, el genial descubrimiento de Isabel Mellado. Iba a escribir que eso es lo que tienen las antologías de varios autores, que de repente descubres algo o a alguien y te cambia la vida. Lo iba a escribir pero luego he pensado mejor y me he dicho: «Víctor, eso pasa con todos los libros». ¿A qué sí?

 

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De ejecutivo a trotamundos, de Francisco Po Egea

De ejecutivo a trotamundos

De ejecutivo a trotamundosEmpezó a pasarme de pequeño con los libros, descubrí que en ellos habitaba gente que me contaba cosas interesantes. Probablemente, por aburrirme tanto lo que me rodeaba, encontré en ellos diversión, entretenimiento, escape. Fueron pasando los años y me di cuenta de que también en el mundo existía gente “real” (lo pongo entre comillas porque para mí no hay nada más real que lo que me cuenta un libro) la mar de interesante. Empecé viéndolo en profesores, sentía que me daba igual sobre qué me hablase ese profesor o esa profesora en cuestión si era él o ella quien hablaba. Es probable que te preguntes por qué te estoy contando esto. Pues bien, porque Francisco Po Egea es ese libro, es ese profesor.

De ejecutivo a trotamundos narra la historia de Francisco, ejecutivo en lo más alto de esa espiral socioeconómica en la que tienen puestos los ojos nuestros padres y abuelos cuando empezamos a crecer deseando que algún día nuestro nombre la corone. Francisco se da cuenta de que ese no es el traje que le sienta bien, probablemente sí el que le quede bien, pero no el que le sienta bien. El traje que a él le sienta bien lleva por encima capucha y gorro y por debajo botas. Lo deja todo por la montaña. Y aquí viene el hilo del primer párrafo: vale, me gustan las montañas, pero no me considero montañista ni mucho menos me veo coronando un ocho mil. Pero lo que pasa aquí es lo que contaba al principio, que da igual que no tengas el espíritu montañista en tu interior porque Po Egea te lo cuenta de tal manera que te gusta igual, que te engancha igual, que te sienta, de bien, igual.

Francisco, el de la novela (aunque imagino que mucho, o todo, tiene que ver con el escritor), se encuentra de travesía en el Himalaya. Lo ha dejado todo, trabajo, vida y pareja, y se ha dado a la montaña. Allí se topa con el moribundo Jack, casi enterrado en la nieve y sin fuerzas para seguir tras perder a su compañero de viaje. Francisco lo cuidará, mandará a su sherpa a buscar ayuda y esperará con él la vuelta, o no, de su guía. La angustia por saber si llegará la ayuda mientras Francisco nos habla de su relación con Jack se verá mezclada por las digresiones de un Francisco sacudido por la altura, el frío, el hambre y la sed. Historias de amor, de juventud, de alocada pasión, de locuras en vida, de lujo, de adiós; historias que, como un río que no se ve, pasan por debajo de la tragedia que está sacudiendo a dos hombres en el Himalaya.

Es probable que sientas en ciertos momentos (ojalá que en muchos) que eres tú quien lleva el traje, que eres tú quien conduce el deportivo, quien agarra de la mano a su amada, quien siente el amor desdoblándose, brillando, rompiéndose. Es probable también que sientas que eres tú quien tiene los pies rozando la hipotermia, que eres tú quien no tiene qué comer en lo alto de una montaña, que eres tú quien abraza a un desconocido para no morir de frío. Es probable que sientas todo eso porque yo lo he sentido y es probable que lo hagas porque entre lo que narra Francisco y lo que recibes tú hay un hilo que nunca he visto pero que siempre me ha tenido atado al libro. Y de verdad creo que no soy el único que lo ha sentido ni lo va a sentir. Francisco es una moneda con dos caras que quiere acabar en tu bolsillo.

De ejecutivo a trotamundos es una nueva versión de la historia de aquel adinerado que lo deja todo por buscarse a sí mismo, por conocer sus límites en un ambiente hostil, por saber hasta dónde es capaz de llegar; una mezcla entre novela de autoayuda, novela de montaña y novela romántica desde la perspectiva de un Francisco que ofrece una panorámica de su vida desde el después. Y tú te preguntarás: ¿qué hay después? Y yo te diré: compra el libro para saberlo.

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Islas des-conocidas, de Malachy Tallack

Islas des-conocidas

Islas des-conocidasSi alguna vez has oído hablar de la Atlántida o de Tule y has conectado tu parabólica mental a esa conversación, si fuiste de aquellos que hicieron clic en la noticia viral de hace unos años donde se hablaba de la isla inexistente del Pacífico que sí salía en los mapas de Google, si eres curioso por naturaleza, si te gustan las islas o lo desconocido o el rumor o el mito o la historia creo que te gustará este libro, que además viene cargado de ilustraciones de Katie Scott y huele de maravilla.

Islas des-conocidas es uno de los nuevos títulos que trae geoPlaneta al mercado de un tipo de libro ilustrado que tanto sirve para regalo de Navidad para quien sabes que tiene la mecha de la curiosidad encendida como para disfrutarlo a solas después de una autocompra. Malachy Tallack nos habla aquí de 24 islas ensombrecidas por el mito, el misterio y el fraude. Divididas en cinco secciones – islas de vida y muerte, los pioneros, la era de la exploración, islas sumergidas e islas fraudulentas – este Islas des-conocidas es la muestra de cómo la imaginación (o el simple desconocimiento) puede llegar a influir en la geografía. Mientras pasamos las páginas descubrimos islas que han sido inventadas por varios motivos – desde el económico hasta el religioso pasando por el ansia de fama -, islas que quizás sí existieron, islas que se confundieron con otras, islas que fueron el origen de todo, islas que todavía hoy se cree que pueden existir, islas en las que se depositaba todo aquello que parecía lejano y misterioso, etc. En definitiva: islas.

No sé qué tienen las islas pero siempre han llamado la atención del aventurero, del explorador, del curioso con algo de dinero o picardía como para conseguir darse a la mar por un tiempo. Siempre he desconfiado de los descubridores y mucho más de los colonizadores, de los primeros porque creo que siempre hay alguien antes que tú y de los segundos porque creo que lo virgen siempre es mejor. Dudo de ellos como dudo de tantas cosas. Y una de las cosas que aporta este libro es la duda: la duda que tuvieron otros al ver un trozo de tierra que no estaba en sus mapas, la duda de quien cree ver por delante de su barco lo que hace un tiempo le contó una novela, la duda de quien quiere ser famoso y tiene enfrente la posibilidad de serlo.

Islas des-conocidas ha sido catalogado por The Guardian y The Telegraph como uno de los mejores libros de viaje del 2016 y tengo que reconocer que es una noticia que me alegra y me encanta. Y me pasa esto porque creo que no hay mejor viaje que hacia lo desconocido, hacia lo misterioso; o mejor aún, hacia la nada. Si de verdad quieres leer sobre aquello que pudo ser algo y no fue pero que solo por la posibilidad de ser ya ha sido, echa un ojo a este libro. Creo que nos encantan las islas porque no somos más que una de ellas.

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Mientras embalo mi biblioteca, de Alberto Manguel

Mientras embalo mi biblioteca

Mientras embalo mi bibliotecaHace unos días formé mi primera biblioteca. Mi primera biblioteca en serio. Porque hasta ahora lo más parecido a una era el suelo de mi habitación. Compré las tablas, las monté y por fin pude darle una habitación sin cuarta pared a mis libros. Mientras colocaba todo lo que tenía desperdigado y sin ningún orden más que el de a medida que los iba leyendo y apilando unos sobre otros, iba fijándome en los títulos, recordando las lecturas; los iba abriendo, releyendo lo que subrayé a lápiz, lo que anoté en ellos, disfrutando de la sensación que me transmitían, como cuando te pones una canción que escuchabas hace años y te trae el recuerdo de lo que sentías en aquel momento. Fue acabar de montar mi biblioteca y encontrarme con este libro, en el que Alberto Manguel cuenta, a través de diez digresiones, el proceso contrario, el adiós paso a paso a una biblioteca propia.

Mientras embalo mi biblioteca, publicado por Alianza en traducción del inglés por Eduardo Hojman y una edición cuidadísima con funda de cartón, es la versión “mangueliana” del famoso ensayo de Walter Benjamin surgido de la experiencia de desembalar su biblioteca. ¿Y es que quién no ha sentido lo mismo que ellos al hacerlo? Si te gustan los libros, si sientes pasión por ellos, si crees que es necesario y obligatorio que ocupen un espacio en tu casa, estoy seguro de que tú también has sentido lo mismo que ellos, y que a ti también se te ha ido la cabeza en otros pensamientos mientras tenías cualquiera de tus libros en las manos. Una cita que subrayaste, un dibujo que hiciste, una nota que dejaste, o incluso un papel firmado por alguien que encuentras dentro, una carta, un tíquet, un billete, un carnet. Cosas que te hacen preguntarte quién puso aquello allí, quién fue el que leyó aquel libro. Porque estás seguro de que puede parecerse mucho a ti, pero que aquel no eres tú.

Lo que hace aquí Alberto Manguel es contarnos adónde le ha llevado a él todo este proceso. Eso sí, claro, creo que los lugares a los que su mente se desplaza son un poco más interesantes que los nuestros, o por lo menos que los míos, o por lo menos será que lo sabe contar muy bien. A través de estas diez digresiones, en las que cada una se divide en dos partes diferenciadas por la tipología de la letra, Manguel nos habla de temas como el oficio de escritor, la necesidad humana y animal de interacción y comunicación, nos habla de Kafka, de Benjamin, de su maestro Borges, de los poetas griegos y romanos, de diccionarios, de bibliotecas, del lenguaje, de los sueños, de Literatura.

Mientras embalo mi biblioteca, que Manguel define como una elegía, es la demostración de cómo alguien puede vivir solo por y para los libros. Con anécdotas de la historia que te obligarán a subrayarlas, experiencias personales, datos curiosos a la vez que admirables, propuestas de mejora y reforma de nuestro sistema educativo, cultural, social, este canadiense argentino consigue que no te sientas raro al preferir en muchas ocasiones un libro que una persona, al pensar durante todo un día en el momento de reencuentro entre tú y el libro, al enamorarte de un personaje, al querer vivir en la historia que cuentan unas páginas, al querer convertirte en libro y perdurar, y no volar como la palabra dicha sino permanecer como la palabra escrita. Verba volant, scripta manent. Un libro más para la colección.

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Paraíso Alto, de Julio José Ordovás

paraíso alto

paraíso altoHoy quería hacer la reseña de este libro y cuando he llegado al lugar en el que me iba a poner a escribir me he dado cuenta de que me lo había dejado. Podría haberla hecho sin él pero es que en él anoto muchas cosas mientras lo leo que luego me sirven para poder contaros mejor lo que tiene dentro. Pues bien, luego he caído en que se lo podía pedir a alguien que estaba en ese lugar donde me lo había dejado y que venía al lugar en el que me encuentro sin poder escribir. En ese rato he pensado: quizás esta persona, cuando coja el libro para traérmelo se pregunte qué será esto de Paraíso Alto. Me podríais decir algo tan simple como que lo único que tiene que hacer es leer la sinopsis. Pero quizás a esa persona no le gusta leer y claro, hay que reconocerlo, las contraportadas de Anagrama son largas. Entonces se me ha ocurrido que si esa persona llegase – al final ha llegado – y me preguntase qué es Paraíso Alto yo le respondería que es un lugar donde no habita el miedo a la muerte.

No hace mucho tiempo, una de esas personas a las que hay que hacer (relativo) caso porque habla encima de una tarima, me o nos contó que el mayor o principal miedo del humano es el miedo a la muerte; que de ese miedo surgen todos los demás, que el que esté a salvo de ese miedo está a salvo de todo en la vida. A eso me ha recordado este libro. Julio José Ordovás nos presenta un lugar y nos presenta a un hombre que vive y casi que regenta ese lugar. Un lugar solitario, abandonado, cercano a Zaragoza, donde vive este ángel custodio de la muerte y por el que pasa todo aquel que quiere suicidarse. El lugar, como ya he dicho, es Paraíso Alto y de quién es el hombre poco sabemos.

Encabezado por un fragmento de la canción Me gusta cómo hueles de Ilegales, Paraíso Alto es la exposición del paso de varios individuos, cada cual más extraño, que buscan poner punto y final a sus vidas. Pero sin tragedia, con naturalidad. Él los recibe, les da un poco de conversación, los observa y los acompaña en los últimos compases de sus vidas. Aparece una chica que camina con las manos, una MILF que ha sido actriz porno, un flautista que lo enamora, una ex, un camarero, un borracho que busca y no encuentra alcohol, etc. Toda esta procesión de guiños al humor trágico es la defensa a ultranza del humor como algo serio y muy inteligente.

Paraíso Alto es como un bar de carretera por el que pasa todo tipo de personajes y en el que nosotros nos hemos colocado tras la retina del ya pasado de vueltas camarero. Este extraño ángel – ¿o él es Dios? – nunca pregunta por qué a los que llegan para despedirse y no voy a ser yo quien le devuelva la pregunta. Aunque me gustaría saber por qué está allí, por qué ha existido, por qué se ha puesto delante de mí, por qué me ha hecho leerle, por qué quiero saber más de él si sé que no puedo.

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Pálido fuego, de Vladimir Nabokov

Pálido fuego

Pálido fuegoNo sé si a ti te pasa pero creo que a más gente le pasa lo que a mí. Leo, creo que leo bastante a lo largo del año, pero me noto raro por no sentirme cómodo al leer esos libros que todo “buen lector” debería haber leído. Yo no los he leído. Por eso, a veces, cuando veo que se reeditan clásicos siento una extraña fuerza gravitatoria dentro de mí que me mueve a leerlos, para ver si es verdad lo que dicen de ellos, para no sentir más esa incomodidad, para borrar el miedo a lo canonizado. Y quién va a negarme que Nabokov, que vuelve a primera línea de la mano de Anagrama, no es una de esas obligaciones sagradas de todo lector.

A veces pienso que vamos muy rápido en todo, que esta generación le da mil vueltas a las anteriores, por eso me va muy bien encontrarme con libros como Pálido fuego para darme cuenta de que no, de que los rápidos han existido siempre y que no existen en función de una época sino, probablemente, de un gen. Lo que ofrece aquí Nabokov, que nos llega traducido por Aurora Bernárdez, es un excelente juego literario con el que es fácil asumir que el escritor tuviera a este libro como uno de sus favoritos. A partir de un poema inventado – Pálido fuego – obra de un poeta inventado – John Shade – que comenta un narrador (y editor) inventado – Charles Kinbote –, Nabokov nos lleva por los diferentes estratos que tiene una lectura. Soy filólogo, no sé si por suerte o por desgracia, y muchas veces, cuando iba a clase en la universidad, escuchaba aquello de que delante de un poema lo que debería hacer el lector es, en primer lugar, leérselo del tirón, casi de manera inconsciente, dejando que el poema entre por las rendijas del conocimiento sin interponer en el recorrido las barreras de un contexto; en segundo lugar, leerlo junto a los comentarios; y, en tercer lugar, volver a leerlo ya con la base o el contexto que esos comentarios han dejado en ti. Esa primera lectura es la que a mí siempre me ha interesado.

En Pálido fuego, tras un prólogo de este editor ficticio que es Kinbote, se ofrece el poema completo, sin ningún tipo de anotación. Esa es la primera lectura. Tras él, una serie de comentarios que es lo que engrandece la obra. En ellos, Kinbote se erige como editor pope para pasar por encima del poema y convertirse él en el gran creador, el creador de su historia, que en ese momento es también la de John Shade y la nuestra. A partir de una excentricidad sigilosa pero uniformemente acelerada, vamos pasando de la confianza ciega – ¿quién no confía en el editor del libro que está leyendo? – a la duda y la posterior desconfianza de alguien que parece que no está en sus cabales. Dividida esta parte en los versos que el editor quiere destacar y comentar, encontramos aquí la segunda lectura. Y entonces llega la tercera, la que se inicia con la duda de qué o a quién creer. Eso sucede con todos los libros, no solo con los poemas, y todavía más con esto que tanto tenemos aquí, las reseñas. ¿Creer lo que a nosotros nos ha parecido leer o creer lo que aquellos han creído que leían? ¿Tú o los demás?

Vale, sigo sin confiar en lo sagrado de la literatura, aunque me fastidie, pero debo reconocer que he disfrutado jugando con Nabokov. Él monta el escenario, coloca sus marionetas y empieza el juego, un juego que solo emprende el movimiento si hay alguien mirando. Tú.