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Los hijos muertos, de Ana María Matute

Los hijos muertos

Los hijos muertosEn la obra de Ana María Matute coexisten dos almas, una fantástica, de fabuladora impenitente, y una muy pegada a la realidad. En ambas hay un importante componente de asombro y desesperanza pero las obras en las que predomina la segunda de las almas de la autora, de las cuales Los hijos muertos es sin duda una excelente representante, son más duras, más oscuras y ciertamente, aunque su lectura es un placer inmenso para cualquier amante de la gran literatura, uno las cierra contagiado por ese ambiente lúgubre del que el alma triste de sus protagonistas es surtidor inagotable. Al acabar Los hijos muertos me pregunté si habitaba en sus páginas algún personaje relevante que fuera feliz o cuando menos que viviera una existencia moderadamente apacible y tuve que contestarme que no, que curiosamente ni los perros son felices en esta novela. Extraordinaria en todos los aspectos, por otro lado.

Podría pensarse que es la guerra el motivo de tanta tristeza, porque la guerra vive en Los hijos muertos y su asfixiante presencia oscurece el ambiente, pero sin embargo no creo que sea así. Los personajes protagonistas de esta historia, los habitantes de Hegroz, son perfectamente capaces de revestir de infelicidad y amargura sus vidas, sea por desamor, por avaricia, por tristeza, por miseria o por cualquier otra de las circunstancias que les caracterizan tanto en la guerra como en la paz, tanto en los grandes momentos como en los pequeños instantes cotidianos que son herramientas de infelicidad más eficientes que las bombas cuando se vive una vida que no precisa de Dante para adquirir un billete al infierno. Ana María Matute es mucho más ella describiendo infiernos domésticos que colectivos.

Ana María Matute, que en algunas de sus obras y, por poner un ejemplo que tenemos relativamente fresco en la memoria, en su discurso de aceptación del Cervantes, se reivindico a sí misma y a su oficio de fabuladora como el propio de los adultos que no pierden su mirada infantil es sin embargo capaz de construir como nadie niños tristes cuya infelicidad nace probablemente de la obligación de mirar el mundo con ojos de adulto. En Los hijos muertos la autora se rebela contra la guerra, sí, pero sólo como una más de las facetas de la desigualdad y la injusticia. Dibuja un mundo en el que el bien no triunfa ni tiene una expectativa razonable de hacerlo y sin embargo consigue que miremos a sus poco edificantes protagonistas no con empatía, sino con cierta comprensión. Son seres tristes, deben serlo, es su oficio, pero son increíblemente humanos.

Y luego tenemos el lenguaje, la herramienta gracias a la que Ana María Matute bucea en las almas de sus personajes y nos guía por ese mundo en el que no sirven los mapas. Es apabullante. La precisión, la belleza y la capacidad para excitar sentimientos de la que la autora hace gala en Los hijos muertos es inigualable o al menos inigualada.

La presente edición incluye en prólogo de José Mas y María teresa Mateu que probablemente merecería una reseña independientemente, pero permítanme que me limite a expresar mi asombro por la profundidad y brillantez del análisis de la obra y consecuentemente mi agradecimiento a ambos y a la editorial por intensificar el placer que supone la lectura de esta obra y ayudar a comprenderla en aquellos detalles que, lógicamente, pudieran escaparse sin su concurso.

El escenario principal es Hegroz, escenario oscuro y rural con destino literario: acabar bajo las aguas de un pantano. No es un detalle trivial, es algo muy importante para la autora, pero uno se pregunta si las aguas no serán incluso necesarias no para redimir a los personajes, sino para enterrar su mezquindad bajo una suerte de castigo divino. Pero no es el único, Los hijos muertos mueren también en Barcelona, en París, en los bosques y en fin, allí donde unos personajes que llevan consigo la muerte y la tristeza desembalsaman cada día sin la esperanza de que sea mejor que el anterior pero con la de olvidarlo gracias al orujo, al dinero o, vayan a saber, tal vez incluso al amor. Porque incluso en Los hijos muertos hay momentos en los que pareciera que el amor no fuera a ser una desgracia, aunque a la larga lo sea.

Los hijos muertos es una obra larga, intensa y si no fuera porque no leerla es lo único más terrible que leerla que se me ocurre les diría que probablemente no sea lo que convenimos como lectura veraniega. Pero qué quieren que les diga, no dejamos de ser humanos en verano y esta novela va de eso, de explorar el alma humana. Como si Ana María Matute fuese rusa del XIX, una suerte de Tolstói pesimista pero luminoso incluso en esa profunda caverna. No hay momento malo para un libro como este, créanme.

 

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Demonios familiares

Demonios familiares, de Ana María Matute

demonios-familiaresPensarán que no estoy muy bien de la cabeza cuando lean la tontería que me dispongo a escribir, pero esto de ser sincero es lo que tiene: me resistí bastante tiempo a leer Demonios familiares porque me llenaba de tristeza cerrar un libro de Ana María Matute que sabía que era el último que escribió. Me daba pena porque tenía algo de despedida, y si hay algo que uno nunca debe de hacer mientras le acompañe la capacidad es despedirse de Ana María Matute. Ahora me culpo por pensar en esos términos, uno nunca se despide de un escritor, escritora en este caso, por un detalle literariamente tan liviano como su muerte. Primero porque sus libros perduran y siempre se pueden revisitar, pero también y probablemente con más importancia, porque andar a estar alturas pensando en la muerte de los inmortales es en cierta medida una traición a su memoria, precisamente ella que nos enseño que los seres mágicos viven mientras creamos en ellos. Y yo creo, creo en los duendes de alacena, por poner un ejemplo, pero sobre todo creo en Ana María Matute, que sigue viva y no sólo en mi librería.

No me preocupaba sin embargo el hecho público y notorio de Demonios familiares sea formalmente una obra inacabada. No lo hace porque en primer lugar una escritora como Ana María Matute acaba cada frase, cada imagen, cada personaje, así que cuanto hay tiene sentido por sí mismo, de forma que la única razón por la que se puede pensar en este libro como una obra inacabada es porque desconocemos el desenlace. Eso sería una traición aun mayor, ella seguramente se enfadaría si comprobase nuestra frustración por no poder leer aquello que podemos imaginar. De hecho creo que es un ejercicio estupendo como homenaje a esta gran escritora, dejar vivir en nosotros a sus personajes e imaginarles el final o los finales que seamos capaces de inventarles. Todos ellos serán reales, y todos ellos le habrían gustado porque sean los que sean implican hacer vivir a sus personajes. Sigue leyendo Demonios familiares

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El saltamontes verde

El saltamontes verde, de Ana María Matute

el saltamontes verdeHola Ana María Matute,

Escribo esta carta en forma de reseña, o esta reseña en forma de carta, la decisión no la tengo muy bien tomada todavía, porque necesitaba un nuevo formato para decir lo que he venido a decir. Es curioso, los niños como yo, que crecimos hace mucho tiempo contigo, con lo que escribías susurrándonos al oído y haciéndonos crecer, seguimos manteniendo esa mirada inocente que sólo nos dio la literatura cuando todo lo demás caía en picado. Fuiste, por decirlo de una manera, un bote salvavidas con tus cuentos, con las historias que escribías y que nos hacían volar a mundos lejanos, pero a la vez tan cercanos que sólo era cuestión de estirar un poco el brazo, abrir nuestra mano, y poder rozar a los personajes que leíamos al pasar las páginas. Y hablo de niños, porque hablo de cuentos, pero también hablo de adultos, porque aquí estoy yo, años después, hablándote directamente, por carta, por reseña, sin una voz que le ponga el tono adecuado a esta misiva, para contarte que he vuelto a la infancia, que he recuperado esos años que no debieron perderse por el camino nunca. ¿Y por qué?, preguntarás después de este párrafo. Es sencillo. Porque por avatares de la vida ha llegado a mis manos, otra vez, El saltamontes verde y la esperanza ha vuelto a hacer acto de presencia. Pero tengo más que contarte, si sigues leyendo lo entenderás a la perfección…

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La puerta de la luna

La puerta de la luna

La puerta de la luna, de Ana Mª Matute

 

La puerta de la luna
Si tocas una ortiga conteniendo la respiración, no te pinchará.

Inmediatamente, el niño se agachó y frotó entre sus dedos la ortiga. Mantuvo la boca apretada, en un leve temblor; como si dentro de ella algún pájaro atrapado quisiera escapar. Le imité, adormecida por su fe, por el sol, por el aroma verde y zumbante que nos rodeaba, y sentí el escozor ácido de las ortigas en la palma de las manos. Pero el niño se volvía a mí, radiante:

– ¡Es verdad!¡Mira, es verdad!

Contemplé sus dedos morenos, suaves e intactos, y escondí las palmas de mis manos para que no las viera.

Continuamos buscando moras y endrinas. Pero yo sabía, sudando tras él, pisando la hierba que él doblaba bajo los pies, que no eran sólo nombres de flores lo que había olvidado, lo que perdemos, y nunca podremos regresar.


Tengo para mí que el pequeño extracto que encabeza esta reseña, que pertenece al artículo Las ortigas, de 1963, describe con bastante exactitud el mundo narrativo de Ana Mª Matute, ese mundo a la vez tan pequeño y tan inabarcable que es la infancia perdida. La inmensa mayoría de los cuentos y artículos incluidos en esta imprescindible antología tratan desde una u otra óptica de esa época y lo hacen con la añoranza de lo perdido, pero también con cierto sentido de culpabilidad por la pérdida. El resultado es siempre hermoso, pero tan a menudo amargo y cruel que se trata de una belleza dolorosa, cruda, aunque inolvidable.

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