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Los hijos muertos, de Ana María Matute

Los hijos muertos

En la obra de Ana María Matute coexisten dos almas, una fantástica, de fabuladora impenitente, y una muy pegada a la realidad. En ambas hay un importante componente de asombro y desesperanza pero las obras en las que predomina la segunda de las almas de la autora, de las cuales Los hijos muertos es sin duda una excelente representante, son más duras, más oscuras y ciertamente, aunque su lectura es un placer inmenso para cualquier amante de la gran literatura, uno las cierra contagiado por ese ambiente lúgubre del que el alma triste de sus protagonistas es surtidor inagotable. Al…

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Demonios familiares

Demonios familiares, de Ana María Matute Pensarán que no estoy muy bien de la cabeza cuando lean la tontería que me dispongo a escribir, pero esto de ser sincero es lo que tiene: me resistí bastante tiempo a leer Demonios familiares porque me llenaba de tristeza cerrar un libro de Ana María Matute que sabía que era el último que escribió. Me daba pena porque tenía algo de despedida, y si hay algo que uno nunca debe de hacer mientras le acompañe la capacidad es despedirse de Ana María Matute. Ahora me culpo por pensar en esos términos, uno nunca…

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El saltamontes verde

El saltamontes verde, de Ana María Matute Hola Ana María Matute, Escribo esta carta en forma de reseña, o esta reseña en forma de carta, la decisión no la tengo muy bien tomada todavía, porque necesitaba un nuevo formato para decir lo que he venido a decir. Es curioso, los niños como yo, que crecimos hace mucho tiempo contigo, con lo que escribías susurrándonos al oído y haciéndonos crecer, seguimos manteniendo esa mirada inocente que sólo nos dio la literatura cuando todo lo demás caía en picado. Fuiste, por decirlo de una manera, un bote salvavidas con tus cuentos, con…

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La puerta de la luna

La puerta de la luna

La puerta de la luna, de Ana Mª Matute   – Si tocas una ortiga conteniendo la respiración, no te pinchará. Inmediatamente, el niño se agachó y frotó entre sus dedos la ortiga. Mantuvo la boca apretada, en un leve temblor; como si dentro de ella algún pájaro atrapado quisiera escapar. Le imité, adormecida por su fe, por el sol, por el aroma verde y zumbante que nos rodeaba, y sentí el escozor ácido de las ortigas en la palma de las manos. Pero el niño se volvía a mí, radiante: – ¡Es verdad!¡Mira, es verdad! Contemplé sus dedos morenos,…

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