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La ballena de St Piran, de John Ironmonger

La ballena de St Piran

La ballena de St PiranDe pequeño tuve mucha suerte con mis abuelos: entre los cuatro sumaban tres pueblos de procedencia, por lo que mis veranos nunca fueron aburridos. Mi abuelo materno, de hecho, no nació ni siquiera en un pueblo; las calles que le vieron crecer fueron las de una pequeña aldea que aun hoy ha conseguido mantener su esencia. Desde pequeños, cuando íbamos a la aldea, sus nietos sabíamos que allí las reglas no eran las mismas que en la ciudad: no había televisión, ni Internet, ni móviles —en aquellos tiempos era por imposibilidad de acceso, hoy por resistencia poética—. Pero lo que sí que había (y era algo que nos encantaba) era un sentimiento de cercanía con prácticamente todos los vecinos, que hacía que nadie cerrase la puerta con llave salvo cuando regresaba a la urbe y que generaba que tu interés por la vida del resto de los veraneantes fuese mil veces más real que el que sentías por aquellos a los que veías a diario en tu barrio.

Un sentimiento parecido es el que me ha generado La ballena de St Piran, la última novela de John Ironmonger. Un relato que comienza con la extraña aparición de un hombre desnudo en la playa de un pequeño pueblo del condado inglés de Cornualles. Su llegada es noticia obligada, ya que Joe Haak entra en escena a lomos de una ballena, a la cual socorre todo el pueblo para devolverla al mar. Pero su revolución en la tranquila vida de los habitantes de St Piran no acaba ahí, ya que además este joven, programador informático de profesión e inventor de un eficaz software de predicción de resultados bursátiles, sospecha que se aproxima una gran catástrofe a nivel mundial, motivo por el cual decide poner todo de su parte para proteger al pueblo.

Es una novela que va claramente de menos a más, al menos en lo que se refiere a tensión narrativa. Ironmonger no tiene prisa en deshojar la trama; prefiere destinar las primeras páginas a construir un escenario detallado y creíble, con una cantidad de personajes más que elevada, a la que cuesta hacerse al principio. A esta dificultad contribuyen los múltiples saltos entre los recuerdos de Joe de su vida en Londres y su presente en St Piran, que, en ocasiones, especialmente cuando todavía no has memorizado los nombres de los personajes, crean algo de confusión durante la lectura. Pero como digo, a medida que vamos conociendo a los habitantes del pueblo y al propio Joe todo empieza a cobrar sentido y la novela te absorbe hasta el punto de que, al llegar a la última página, te deja con muchas ganas de quedarte un rato más en ese recóndito lugar.

Uno de los aspectos que me han parecido más atractivos de este relato es el progresivo proceso de desalienación que sufre Joe desde su llegada a St Piran. Ironmonger refleja muy bien los fuertes contrastes entre la ciudad y el pueblo, que todos aquellos que los hemos vivido, aunque sea por cortos periodos de tiempo, podemos reconocer fácilmente.

En lo que respecta a la trama, la historia principal pasa durante buena parte de la novela a un segundo para dar protagonismo a un complejo triángulo amoroso, que consigue crear un nuevo foco de atención sin caer en lo pasteloso. Esto, que a muchos podría parecer una mala decisión del autor, me parece un gran acierto en esta ocasión. Y es que una novela que supera las cuatrocientas páginas no puede —o, mejor dicho, no debe— mantener elevada la tensión durante todas ellas; eso haría que sus lectores acabasen taquicárdicos perdidos. La ballena de St Piran es lo que Busquets es al fútbol (forofismos aparte): un relato que sabe medir los tiempos, que compagina a la perfección momentos de giros inesperados y diálogos rápidos con otros en los que parece que no pasa nada interesante, salvo la propia convivencia y solidaridad entre vecinos que se conocen para algo más que para saludarse en el ascensor. Y así, en mitad de la calma y cuando uno menos lo espera, Ironmonger te hace un cambio de ritmo —o un giro potente de guion— y apareces, sin saber cómo, en mitad de una situación insospechada.

Una novela, en definitiva, que te hace empatizar con sus personajes, que consigue emocionar con algunos fragmentos de humanidad pura y que deja el deseo de que, si bien nadie quiere que se produzca una catástrofe como la que se narra, si ello llega algún día a ocurrir lleguemos a ser capaces de afrontarla de la misma forma que los habitantes de este pequeño pueblo costero.

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El niño que quería construir su mundo, de Keith Stuart

El niño que quería construir su mundo

El niño que quería construir su mundoApenas tengo palabras para describir todo lo que me ha transmitido este libro, por lo que me va a ser difícil comenzar esta reseña. Hay veces que encuentras un libro en el que las palabras traspasan sus páginas y se cuelan en tu mundo, formando parte de tu vida y de tus acciones, haciéndote olvidarte de todo a tu alrededor. Pues este ha sido uno de ellos.

El niño que quería construir su mundo es una novela que se coló en mi vida como por casualidad. Cuando leí en su sinopsis la palabra “autismo” unida a la de “Minecraft” supe que no podía dejar pasar este libro. Y no me he equivocado. Esta no es una historia más sobre el autismo y cómo influye en las vidas de quienes lo padecen y en sus seres queridos. No. Va mucho más allá. Nos habla acerca de la paternidad, el matrimonio, las crisis existenciales y de quienes queremos ser. De nuestro proyecto de vida, tengamos la edad que tengamos.

Keith Stuart demuestra en casi quinientas páginas que sabe hacer magia escribiendo. Con una pluma ágil y maravillosa y con un ritmo pausado aunque lleno de vida nos conduce a través de la historia de Alex, un treintañero que se siente perdido ante la crisis en su matrimonio y la difícil relación con su hijo, a quien no entiende. Pero todo cambia cuando descubre Minecraft, un videojuego que, a pesar de que no se lo esperaba, cambiará su vida para siempre y la mejorará.

Nunca pensé que un videojuego (no soy muy aficionada a ellos…) me iba a llegar tanto en esta historia. Hasta me han entrado ganas de aprender a jugar. Es increíble cómo Alex y su hijo autista Sam conectan a través de este juego. Stuart también nos cuenta cómo empieza a entender el protagonista a su hijo, debido a su propia experiencia como padre de un niño autista, algo que le parece muy difícil desde el principio. Me ha parecido muy interesante que cuente tantas cosas sobre este trastorno psicológico que desconocía tanto y sobre el que la sociedad debería concienciar. El autismo no solo consiste en el miedo al mundo exterior y la obsesión por tenerlo todo controlado y planificado, va mucho más allá y muchas veces nos olvidamos de que son personas que tienen sus sentimientos, aunque no lo demuestren con frecuencia. Me ha encantado que esta novela sepa expresarlo tan bien y al final he cogido demasiado cariño al pequeño Sam, un niño que se ha ganado un hueco en mi corazón.

A pesar del número de páginas de esta novela, no se hace pesada en ningún momento sino todo lo contrario. Se respira ternura y mucho sentimiento a lo largo de más de cuarenta capítulos, mediante la historia que se va desarrollando entre Alex y su hijo Sam, al que trata de entender a través de cada uno de los pasos que da, y también a través de la crisis matrimonial de nuestro protagonista y de las relaciones que tiene y que va construyendo con sus familiares y amigos.

El niño que quería construir su mundo ha supuesto toda una sorpresa para mí. El autor logra conectar con el lector a través de una historia, tan real como la vida misma, que me ha ayudado a comprender más el autismo y sus consecuencias, en aquellos que lo padecen y en las personas de su alrededor. Además, me ha gustado mucho el personaje principal, un hombre de carne y hueso, con una historia detrás, muchas inseguridades y muchos problemas, y me he sentido identificada con él en todo momento.

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El imperio del sol, de J. G. Ballard

el imperio del sol

el imperio del solMe gusta la novela bélica pero me asquea la guerra. Creo entender que la mayoría de los conflictos estallan como resultado de una negociación política infructuosa. El fin de la diplomacia. Poder, control de territorios, riqueza, odio… Y digo que creo entender porque me faltan piezas del puzzle, pinceladas del cuadro y razones para el entendimiento. No, no creo entender ni la mitad. Es por eso que leo literatura bélica. Buscando respuestas a todas esas acciones terribles perpetradas por el humano en esos momentos de sociedad civilizada en suspenso. En contraposición a esas acciones despiadadas, y supongo que en un intento de equilibrio entre tanta corrupción humana, es también en parajes en guerra, donde se crean situaciones que pondrán la bondad, la compasión o la supervivencia a prueba.

Altos el fuego en lugares gélidos provocados por la melodía de un violín tocado de forma magistral. Treguas temporales para jugar un partido de fútbol navideño con las tropas enemigas. Confraternización con prisioneros. Hechos ocurridos en los momentos que más se necesitaba que ocurrieran. Porque las situaciones complicadas sobraban. Momentos y lugares de heroísmo y terror, mezclados con amasijos de cuerpos, fuego y barro. Lugares como Normandía, Dunkerque, Auschwitz o las Ardenas. Éstos, de una u otra forma, pasaron a ser parte importante de La Segunda Guerra Mundial. Pero si hay algo más que tienen en común todos estos emplazamientos es que se hallan en la vieja Europa. De hecho, la mayoría de libros, series o películas nos acercan una y otra vez a todos estos sitios. Probablemente porque fue donde se originó el conflicto. Hoy en cambio vamos a volar hasta China, en concreto hasta Shanghái, para ser testigos de primera mano de cómo fue La Segunda Guerra Mundial en aquel lugar tan alejado de Europa; todo ello gracias a James Graham Ballard y a su libro El imperio del sol.

En El imperio del sol vamos a ver la guerra a través de los ojos de un muchacho llamado Jim. Vive en Shanghái junto a sus padres: británicos adinerados que residen en la ciudad desde antes de que él naciera. El inicio de la novela es complicado y algo farragoso ya que el protagonista debe explicar todas las tensiones políticas que había en aquel momento. “En la guerra de verdad nadie sabía de qué lado estaba, y no había banderas, comentaristas ni vencedores”. Las relaciones entre China y Japón estaban muy enmarañadas y ya de por sí resulta complicado entenderlo aunque te lo expliquen. La versión resumida y sencilla sería algo como: chinos y japoneses libraban una guerra no declarada desde que los segundos los invadieran en 1937. Así pues en la ciudad se vivía una inestable calma tensa. Para los europeos que vivían en asentamientos en los que se llevaba una vida occidental, a pesar de que ocurrían atrocidades por las calles, todo aquello parecía no afectarles. De hecho, al inicio, la desconexión, la desidia, de Jim con ese mundo resulta incluso violenta para el lector. Pero todo esto cambia cuando los japoneses atacan Pearl Harbor y entran en La Segunda Guerra Mundial, dejando además clara su posición en la contienda. Es entonces cuando éstos entran en acción en Shanghái. Es entonces también cuando la novela El imperio del sol da su pistoletazo de salida.

Supervivencia a toda costa mediante la adaptación y la esperanza como tabla de salvación. Esta frase podría resumir la novela de J.G. Ballard, ya que en su totalidad va de esto. Pues nuestro joven protagonista quedará separado de sus padres y tendrá que buscarse la vida, primero por las calles de una convulsa y violenta Shanghái y luego en Lunghua , un campo de prisioneros en el que será recluido. El muchacho se convertirá en un ser metódico, con un talento especial para la manipulación y la negociación. Capaz incluso de aliarse con la peor calaña con tal no solo de socorrerse a sí mismo, sino también a los amigos que hará por el camino. Algo que le resultará de vital ayuda en el campo de prisioneros para comerciar y poder alimentarse mejor que la mayoría. Por otro lado está su fe; fe en encontrar a sus padres, en reunirse con ellos a toda costa, una fe que choca con el miedo de que todo aquello acabe. Pues Jim se acostumbra a aquella vida, un hábito o una suerte de síndrome de Estocolmo que teme que acabe, pues prefiere un rutinario mundo en guerra que las incertidumbres que pueda portar un mundo en paz. Y de todo ello hace partícipe al lector con sus más profundos e íntimos pensamientos a la vez que comparte su respetuoso ensimismamiento, casi poético, por los aviones que sobrevuelan el cielo de Shanghai. Y es evidente que desde la perspectiva del lector la forma de pensar y actuar de Jim en un principio parece críptica e inexplicable, sobre todo en esas escenas en las que Jim profesa una veneración casi absurda hacía los soldados japoneses que lo tienen preso. “Jim se sentía más próximo a los japoneses, que se habían apoderado de Shanghái y que habían hundido la flota americana de Pearl Harbor”. Con el avance de la novela se pone de manifiesto que en tiempos de guerra las reglas cambian, la forma de razonar también y que Jim lo que intenta por todos los medios es salir indemne de todo aquello.

El imperio del sol de J.G. Ballard, basada en las experiencias del propio autor, es una novela bélica imprescindible que nos habla de la supervivencia, la superación y la esperanza en ese momento decisivo en el que un niño alcanza la adolescencia. En ella nos enfrentaremos a escenas que nos pondrán la piel de gallina, que nos dejarán con un nudo en la garganta o que nos plantearán ciertos debates morales, todas narradas con una prosa, que recuerda a la crónica periodística, y que llega a ser descriptiva al milímetro pero sin caer en sensacionalismos.

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Al cerrar la puerta, de B. A. Paris

Al cerrar la puerta

Al cerrar la puertaHe de confesar que, desde que leí Perdida, me he convertido en una adicta del “domestic noir” (ese tipo de literatura, entre el thriller y la novela de suspense, que se adentra en la aparentemente sencilla vida de una pareja para desvelar todos los secretos que se encuentran tras las apariencias). Por ello, después de leer la sinopsis de Al cerrar la puerta, no dudé en sumergirme entre sus páginas.

Jack y Grace parecen ser el matrimonio perfecto y, por ello, se han convertido en la envidia del barrio inglés en el que viven. Pero sus vecinos siempre se preguntan cómo es que Grace no sale ni para tomar un café si no trabaja o por qué las ventanas del sótano de su casa disponen de persianas blindadas. ¿Qué es lo que esconden realmente Jack y Grace? ¿Son tan perfectos como aparentan?

Con este pequeño resumen, ¿cómo resistirse a leer una novela que parece guardar tantos secretos? Alternando el pasado y el presente, B. A. Paris nos cuenta la vida del matrimonio desde que comenzaron su relación hasta su boda y su luna de miel, y nos va desvelando paulatinamente cada uno de los secretos que esconden.

Escribir una novela cuyo tema de fondo es la violencia doméstica no es nada fácil y me he encontrado con una gran construcción y desarrollo de los dos personajes principales, exponiendo poco a poco al lector las emociones y pensamientos de ambos. A pesar de que he echado en falta más detalles del trasfondo psicológico del personaje de Jack, que creo que habría sido muy interesante relatar (porque no tiene desperdicio…), el ritmo en la novela no cesa en ningún momento y la autora logra que sea imposible dejar de leer.

Este es uno de esos libros que se leen en uno o dos días, por su facilidad de lectura y por la necesidad de saber qué es lo que ocurre en cada momento. Aunque, en mi caso, lo haya leído en dos días porque soy de ese tipo de lectoras a las que les gusta saborear cada uno de los capítulos del libro en pequeñas dosis, he disfrutado mucho con esta historia, ya que creo que tiene todos los elementos con los que debe contar un buen thriller. Al mismo tiempo que engancha desde el principio, sabe mantener la intriga a lo largo de las páginas y reserva una sorpresa para el final, un giro argumental, nada predecible y absolutamente creíble que deja con la boca abierta al lector.

Si sois de este tipo de lectores a los que les apasionan las novelas de misterio y suspense, si disfrutasteis de libros como Perdida o La chica del tren, y si pensáis que hay libros que pueden quitaros realmente el sueño, no os podéis perder Al cerrar la puerta. Es increíble cómo una novela es capaz de sorprenderte, emocionarte, inquietarte, enfadarte y hacerte reflexionar y temblar de miedo al mismo tiempo y desde el principio. Es muy interesante que este nuevo género que está triunfando en todo el mundo, el “domestic noir”, haga reflexionar tanto al lector sobre si realmente conoce a aquella persona con la que está compartiendo su vida, hasta el punto de encontrarse con una persona completamente distinta de la que creía. Lo mejor de estas novelas es que, si se consigue lo que pretenden y esta sin duda lo hace, es que te deja con una sensación de vacío y temor por los secretos que se esconden muchas veces detrás de las apariencias. Estoy esperando a la adaptación cinematográfica, que llegará (o eso espero) pronto, porque estoy segura de que será igual de buena.

 

 

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En torno al casticismo, de Miguel de Unamuno

En torno al casticismo

En torno al casticismoYa de por sí siempre me ha atraído ese tipo de pensadores que antes de teorizar dudan de lo que van a exponer. No me gustan los que afirman, aseguran y confían ciegamente en sus pensamientos y creencias. ¿Es esto malo? No lo sé, yo también dudo. Yo dudo mucho. Defendía Unamuno lo que se ha venido a llamar afirmación de los contrarios, que no es más que el apartarse de la búsqueda de respuestas para estar próximo a la creación constante e interminable de preguntas. Y yo me pregunto mucho. ¿Tú también?

En torno al casticismo es una sucesión de preguntas que el pensador vasco dirige al lector, lector que él espera con cierto afán intelectual y cargado de dudas en torno a un país en caída libre que acaba de ser sacudido por el desastre del 98. España huye despavorida de todo lo relacionado con el pensamiento que aflora en otros países de Europa, si bien es cierto que algunos intelectuales españoles, como es el caso de Unamuno, intentarán acercarse a esas posturas, leyendo, carteándose, viajando, viviendo. Alianza vuelve a editar ahora estos cinco artículos que Unamuno publicó en su momento (1895) en la revista La España Moderna, y en los que intentaba llamar la atención del español ciego y sordo y plantear a su vez su visión del presente. Destacando el primero y el último de los artículos – “La tradición eterna” y “Sobre el marasmo actual de España” – En torno al casticismo muestra por primera vez el concepto unamuniano de «intrahistoria» entendido como el fondo olvidado del país, el alma de sus gentes, que es lo más importante para él de una nación. En vez de fijarse en lo que siempre reflejan los libros históricos, Unamuno redirige la mirada hacia el pueblo, pero no individualizándolo sino hacia el pueblo en colectivo, hacia esas gentes que trabajan día a día por hacer que el país siga latiendo, por todos los que se despiertan mañana tras mañana para seguir viviendo.

Tener entre manos este libro de Unamuno puede provocar el típico rechazo que suele golpearnos cuando alguien nos dice que esto es lo que se debe leer. Y es cierto que este rechazo muchas veces está bien fundado. Pero no es el caso de Unamuno. Como afirma Enrique Rull en la introducción del libro, «echaba en falta el escritor vasco una verdadera juventud, un vigor renovador y un sentido crítico que se atreviera a poner el dedo en la llaga de las cosas». Esto es lo que pedía Unamuno hace más de 100 años. ¿No es lo que pedimos también ahora nosotros?

Decía Heráclito que nunca te bañas dos veces en las mismas aguas; aunque repitas lugar, aunque repitas río, las aguas nunca son las mismas. Pero yo reconozco que muchas veces parece, y sobre todo cuando el agua está en calma, que estamos en el mismo lugar que antes, que nada ha cambiado, que todo sigue corrompido y que nada va a cambiar. Pero las aguas cambian, eso nos decía Heráclito. Hasta que llegó Unamuno y nos sumergió bien hondo en el río para enseñarnos que el fondo siempre es el mismo, que la intrahistoria es un tatuaje imborrable y eterno en nuestra piel, que aunque veamos el agua correr siempre estaremos siendo golpeados por lo mismo. Y lo mismo sucede con los libros. Los momentos cambian, incluso la persona que eras cuando lo leíste la última vez era distinta a la que eres ahora. Puede cambiar también la edición, como me ha pasado a mí con este libro. Y lo abres, te das cuenta de que huele distinto y confías en que esta vez no te golpeará tan fuerte porque son otras páginas, porque quizás incluso ha cambiado el escritor. Pero no. Y es entonces cuando entiendes lo que significa la intrahistoria de Unamuno. Unamuno somos todos.

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Filos Mortales, de Joe Abercrombie

filos mortales

filos mortalesHace unos años, antes de que internet nos pusiera al alcance de un clic de ratón la opción de conseguir la música que nos gusta (por no hablar de otras formas de cultura o vicio), solo se podía disfrutar de un buen tema musical mediante la radio; sin poder controlar los temas que escuchabas, como mucho el estilo dependiendo de la frecuencia que escogieras. De esta manera, y tras machacar nuestros oídos, una y otra vez, con esa balada heavy, ese enérgico tema de rock o aquella canción popera, cuando ya eras un adicto a aquella pegadiza melodía, acababas comprándote el cassette o el cd. En mi caso, no era la primera vez que tras escuchar el álbum entero descubría que únicamente me gustaba aquella canción que me había obligado a acercarme a la tienda de música (ay, qué nostalgia) para hacerme con él. La irrefrenable máquina del marketing había funcionado conmigo centenares de veces. Con los libros que son un compendio de relatos acostumbra a pasar lo mismo, sobre todo si éste reúne historias escritas por varios autores. En estos casos te venden nombres: que si el autor súper ventas de libros de fantasía, o aquella autora que escribe adictivos thrillers de investigación, etcétera; una forma tan lícita como necesaria de promocionar y vender un libro, pero que en más de una ocasión resulta una desagradable sorpresa para el pobre lector que, ingenuo, pensaba que todos los relatos estarían a la altura del narrado por el afamado escritor que se anunciaba en portada. ¿Pero qué pasa si en el libro en cuestión todos los relatos pertenecen a ese laureado autor? Bien, para resolver la cuestión planteada no hay mejor forma que ponerse manos a la obra con un libro que cumpla con estas características: en este caso, y yéndonos al género fantástico, Filos Mortales de Joe Abercrombie parece la mejor elección.

Pero antes de entrar en materia, antes de explicaros que estaba deseando leer este libro porque había llegado a mis oídos que en él aparecía un Glokta ágil, seductor y bien parecido, es justo resaltar su envoltorio. La portada de Filos Mortales, editado por Alianza Editorial, es, probablemente, la mejor que un libro haya vestido este año 2016; además de bonita y cautivadora, atesora la más exquisita composición en su fachada principal. Carta de presentación indispensable en cualquier libro. En ella aparece, con todo lujo de detalles y por primera vez, el mapa del Círculo del Mundo (el universo de fantasía creado por Joe Abercrombie). Algunas partes, del mapa mencionado, muestran en su contorno un reluciente dorado que deslumbra al lector, y sobre éste aparecen desperdigados algunos naipes, además de monedas. Ahora seguramente es cuando os viene a la mente ese tan recurrente refrán que dice: no juzgues a un libro por su portada; pedante forma de manifestar que no hay que ser superficial. ¡No lo seáis! Al menos por costumbre. Pero hoy, y ante este libro, la tentación es tan irresistible que es de vital importancia dejarse llevar por los ojos. Venga va, un día es un día. Lo dicho, la mejor y más bella portada de este año.

Pero vamos al grano: ¿qué tiene en su interior Filos Mortales por el que valga la pena asaltar un castillo espada en mano para hacerse con él? Para empezar, y como antes he adelantado, en el relato titulado Un magnífico bastardo nos reencontraremos con Sand Dan Glokta. ¿Cuántas veces nos habremos preguntado, tras leer la trilogía de La primera Ley, cómo era ese cínico inquisidor antes de estar tan lisiado que incluso su esfínter se niega a desempeñar la función para la cual fue creado? En este relato todas las dudas son resueltas. ¿Queríais ver un Glokta guapo, aguerrido y demostrando sus excelentes dotes de espadachín? Pues aquí lo tenéis, y por supuesto no os defraudará. Además este relato sirve de perfecto nexo de unión para enlazar con La voz de las espadas, primer libro de la trilogía gestada por el autor. Y es que Filos Mortales no deja de ser un libro que cuenta aquello que ni en La trilogía de la Primera Ley ni en sus posteriores spin-offs (La Mejor Venganza, Héroes y Tierras Rojas) el autor, por falta de tiempo o porque no le dio la gana, nos contó.

En esta antología, además de este relato, que claramente es el gancho, nos encontramos con otras doce historias que ordenadas cronológicamente nos llevarán a lo largo de la trilogía y más allá de Tierras Rojas. Historias de venganza, de robos y de lucha. De amor, rencor, odio y amistad. Relatos como por ejemplo ¡Libertad! que, al más puro estilo fantasía heroica clásica, narra cómo Nicomo Cosca (perverso soldado de fortuna y traicionero como pocos) se convierte en un héroe de guerra con más honor que un samurái. O ese otro, titulado Trabajos Ridículos, en el que un grupo de bárbaros norteños emprende una incursión para robar un objeto del que no saben ni siquiera como es. O ese otro frenético relato de supervivencia (con una prosa que recuerda al de las famosas novelillas del oeste) en el que conoceremos a Shy South antes de que se convirtiera en el personaje principal en Tierras Rojas. Y como no, qué decir de Creando un Monstruo en el que la visión que teníamos de Logen y Bethod cambiará radicalmente. Pero son sin duda las aventuras protagonizadas por la pareja formada por la ladrona Shev y la bárbara Javre las que brillan con luz propia en la antología. Todas ellas divertidas, repletas de aventuras y con altas dosis de humor. Dos personajes con una química pocas veces vista en la literatura y que dejan con ganas de más.

Así pues, Filos Mortales resulta una antología extraordinaria, no solo para todo aquel que ya haya sobrevivido a algunas de las aventuras acaecidas a lo largo y ancho del Círculo del Mundo, sino también para aquellos que quieran iniciarse en el violento, oscuro y retorcido universo de Joe Abercrombie.

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El último argumento de los reyes, de Joe Abercrombie

el último argumento de los reyes

el último argumento de los reyesGuerra total. Dos palabras que unidas muestran similar contundencia a la de un hacha cayendo sobre un cuello. Sangre, muerte, pérdida, destrucción y sufrimiento. Pero también el alivio del que sobrevive. “Sigo vivo”. O la búsqueda de culpa, de ese mismo superviviente, por haber realizado tareas de dudosa moralidad. “¿Por qué lo hago?” ¿Arrepentimiento? No, eso, casi nunca. Pues no hay tiempo para ello, ya que cada uno, cada soldado, cada persona, libra una lucha; no solo interna, intentando averiguar qué les ha llevado hasta ese punto exacto y por qué hacen lo que hacen, sino también contra enemigos tangibles que de un mandoble les pueden borrar de la existencia. Supervivencia y guerra total es lo que encontraremos en El último argumento de los reyes, el libro que cierra la trilogía de La Primera Ley; el brutal y oscuro desenlace de ese mundo en donde no hay buenos ni malos, no hay héroes ni villanos, no hay ángeles ni demonios; solo hay vencedores y vencidos, vivos y muertos. “Solo hay una diferencia entre la guerra y el asesinato: el número de muertos”. Y, en esta última entrega, la mayoría de los personajes que empezamos a conocer en La voz de la espadas descubrirán que, como dice el proverbio, hay que tener cuidado con lo que se desea, pues el destino (o un mago) puede llevarte a conseguir esos sueños, pero de la forma más retorcida posible.

Si Joe Abercrombie hay algo que sabe hacer muy bien es centrar toda la atención en sus personajes, sus creaciones. La acción desaparece y es entonces cuando surgen Logen Nuevededos, o Jezal dan Luthar, o Sand dan Golkta, o cualquiera de los maravillosos peones que Abercrombie coloca, de forma metódica, sobre su enorme tablero de juego. La historia de esos personajes, lo que piensan, lo que sienten, lo que desean, se vuelve más importante que, en ocasiones, lo que les rodea o toda esa acción desenfrenada que se lleva a cabo en este libro: batallas épicas por doquier (incluyendo apoteósicos enfrentamientos entre magos que incumplen todas la leyes); atroces y sangrientas escaramuzas; o la confusión de la batalla, que Logen Nuevededos vive en sus propias carnes, en uno de los capítulos más opresivos del libro, en donde amigos y enemigos se confunden por la gracia del todopoderoso Sanguinario. Sí, los personajes son su fuerte. No hay más que ver como, por ejemplo, Collem West empezaba siendo un secundario y a estas alturas se convierte en un personaje esencial (carismático sobre todo por su estoicidad y humanidad) para la trama, y para los planes del paciente e insidioso Bayaz. “La paciencia puede ser un arma temible”. Ese mago que, a estas alturas, y tras el fiasco de viaje en Antes de que los cuelguen, ya no tiene reparos en mostrarse tal y como es y cruza la línea divisoria que separa el bien y el mal una y otra vez (¿y quién no lo hace?), por el bien de su nación y de sus propios intereses, llevando a pensar al lector que posiblemente se ha equivocado de bando y se halla codo con codo con los malos; sufriendo por ellos, divirtiéndose con ellos, haciéndose amigo de ellos y, por supuesto, hasta amándolos. Crummock, el norteño que se une a las filas de Logen para acabar con Bethod, ese chiflado, que consigue arrancar carcajadas al lector, que arrastra a la guerra a sus hijos pequeños que a duras penas pueden alzar el arma que portan, es otro ejemplo de cómo Joe Abercrombie teje personalidades; incluso si ésta pertenece a un simple secundario.

Pero aunque Joe Abercrombie pone especial énfasis en ahondar en la pisque de sus personajes, en El último argumento de los reyes también existe una atractiva trama que esta vez sí (y si lo echabais de menos en las dos primeras entregas) está plagada de gloriosas batallas. En algunos tramos sin descanso y llegando, si no se digieren bien, a empachar. Por suerte tenemos a Golkta que, aunque también nos dará una ración de sangre, destripamiento y muertes, mediante su talento torturador, nos llevará a su sombrío y sucio universo de intrigas palaciegas, mostrándonos, en última instancia, que el capitalismo tiene un gran peso en toda la historia. “Los hombres poderosos no sólo tienen poderosos amigos, sino también poderosos enemigos”.

Al final, en El último argumento de los reyes, casi ninguna trama queda cerrada al ciento por cien y los desenlaces, dignos de la mente retorcida del autor, son como una agresiva somanta de palos para todo aquel lector ingenuo que a estas alturas aún esperaba oír la tan azucarada expresión de: y fueron felices y comieron perdices. ¡Y qué esperabais, es Joe Abercrombie! Así es la sucia y rastrera vida. Y eso solo nos lleva a dos formas de interpretar este hecho: o Joe Abercrombie solo ha querido mostrarnos un slice of life de ese puñado de habitantes de Midderland (cómo se iniciaba un conflicto, su desarrollo y su final) o simplemente deja la puerta abierta para revisitar este fantástico oscuro y violento mundo. De hecho no es ningún secreto que está enfrascado en una nueva trilogía. Así pues, y tras haber disfrutado como hacía mucho que no lo hacía, solo queda desear que nuestros personajes favoritos vuelvan, y si no es el caso, solo resta darles las gracias por todos esos buenos, malos y terribles (en el mejor sentido de la palabra, si es que lo hay) momentos que nos han hecho vivir. “Lo que cuenta no es cómo mueres, sino cómo has vivido”.

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Nueve cuentos, de J.D Salinger

Nueve cuentos

Nueve cuentosSeguro que os suena el nombre del escritor J.D Salinger. Su novela El guardián entre el centeno es una de las obras más celebres de la literatura universal. Si aún no la habéis leído deberíais hacerlo ya. No sé si es uno de mis libros favoritos (mi lista es extensa y sin sentido), pero sí sé que me gusta mucho y que desde que lo leí la primera vez, la historia de Holden Cauldfield me atrapó, como se supone han de hacer las buenos libros. No voy a extenderme demasiado con El guardián entre el centeno, más que nada porque no es el libro del que quiero hablaros hoy. Solo añadiré que la ironía que desprende este antihéroe encarnado por el adolescente Holden Cauldfield, es una de las armas del escritor J.D Salinger que también vamos a encontrar en Nueve cuentos.

Parece que cuando un autor ha escrito una novela que podríamos hoy en día considerar de culto, el resto de sus obras quedan eclipsadas. En cierto modo es lógico. Es muy difícil que todas las novelas de un escritor sean igualmente famosas y reconocidas. Les pasa a muy pocos. Quizás a Paulo Coelho y pocos más. (Es broma, queridos, por si aún no me habéis pillado el punto). Pero, afortunadamente, para eso están los buenos editores y los buenos lectores, para rescatar tesoros olvidados de grandes escritores.

Nueve cuentos ha sido publicado por la editorial Alianza en una edición muy minimalista y cómoda que me parece realmente práctica. La verdad es que no sabía a qué me iba a enfrentar. Tenía el referente de El guardián entre el centeno y poco más. Sabía que J. D Salinger es bueno, que conectaba con su humor, su ironía y su forma de escribir y describir los sentimientos. Todo parecía indicar que este libro iba a gustarme, pero no sabía que iba a gustarme tanto. Nueve cuentos reúne en sus doscientas treinta y siete páginas nueve cuentos. ¿Cómo os quedáis? Sí, el título lo deja claro, pero os lo tenía que decir. No penséis que se trata de once cuentos o veintidós, son nueve: nueve cuentos magníficos.

Lo cierto es que no soy una gran lectora de cuentos, prefiero las novelas. No me preguntéis por qué, quizás es simplemente por falta de conocimiento del mundo del relato corto. Me gustan, he leído algo, pero no estoy muy puesta. Pero bueno, eso no quita para que pueda apreciarlos igualmente. Como os decía antes, presuponía que este libro me iba gustar, pero lo cierto es que me ha encantado y es maravilloso recibir sorpresas así con los libros, ¿no os parece?

También creo que es más fácil reseñar una novela. La trama es generalmente más clara y da para extenderse más. ¿Qué os puedo decir de estos nueve relatos? Desde luego no voy a hablaros de cada uno, porque sería una estupidez. Voy a deciros los que más me han gustado: Un día perfecto para el pez plátano, El tío Wiggily en Connecticut y Teddy. Estos tres me han seducido especialmente. Si tuviera que buscar elementos comunes entre todos los relatos de este libro creo que serían la ironía, la desidia y, en ocasiones, lo sórdido, pero con un gusto exquisito. Creo que es un libro que puede gustar a todo tipo de lectores. Es un libro para tener en la mesita de noche y recurrir poco a poco a él, leer sus cuentos sin prisa y dejándose llevar. Supongo que es eso lo que se espera de los cuentos y los relatos cortos. A mí es que a veces me puede el ansia y quiero leer, leer y seguir leyendo. Pero como ejercicio de contención, de aprender a saborear la literatura lentamente y dejar reposarla me ha venido muy bien. Así es como he leído Nueve cuentos, sin prisas, volviendo a él cuando me apetecía.

El resultado ha sido maravilloso. Los cuentos de J.D Salinger no son, en absoluto, obras menores. Y yo creo que a partir de ahora voy a leer novelas y relatos al mismo tiempo. Por aquello de leer sin mesura y por aprender a detenerme.

 

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La mujer zurda, de Peter Handke

La mujer zurda

La mujer zurda«La soledad es la causa del más gélido, del más repugnante de los sentimientos: el de la inesencialidad. Después, uno necesita gente que le enseñe que todavía no está del todo degenerado».

¿Qué es lo mejor que puedes hacer cuando lees un libro de un autor de renombre y sales con la sensación de que éste no te acaba de convencer? Darle una segunda oportunidad, seguramente. Y ojo que esta es una decisión arriesgada, ya que en esta segunda oportunidad, como ocurre con casi todas las que se dan en la vida, es difícil dejar a un lado todo aquello que no te gustó la vez anterior. Si ya es difícil quitarse de los prejuicios, imagínense de los juicios. Pero si bien en mi primer intento con Peter Handke salí con un sabor agridulce y extraño, después de leer La mujer zurda las sensaciones son bien distintas. Al igual que en El miedo del portero al penalti, el tema que sobresale es la soledad, aunque tratado de forma muy diferente: a través de la separación de una pareja, en este caso.

El miedo a la soledad es uno de los más habituales en el ser humano. Lo sufrimos desde bien pequeños, cuando lloramos con amargura cuando sentimos a nuestra madre lejos, aunque sea sólo en lo que tarda en ir a calentar el biberón. Después vamos creciendo y la soledad pasa a convertirse en algo más complejo; demasiada nos deprime, pero demasiado poca nos satura. No podemos permitirnos el vivir sin contacto con los demás, pues somos animales sociales, pero, de cuando en cuando, nos resulta imprescindible alejarnos de todo y de todos para poder conversar con nosotros mismos, que es muchas veces el ser querido al que menos atención prestamos.

Marianne, la protagonista, es la mujer que, de forma inesperada, decide poner fin a su relación de pareja para comenzar una vida nueva con su hijo, lo que coincide con su vuelta al trabajo de traductora de libros, que había dejado tiempo atrás. Ella se ve obligada a reinventarse en prácticamente todos los niveles, tras años viviendo a las espaldas de un marido impulsivo, dominante y, posiblemente, adúltero.

Si en El miedo del portero al penalti descubrí algunos aspectos de la escritura de Handke que también se repiten, aunque en menor medida, en este libro, como su obsesión por los detalles minúsculos o su forma fiel de expresar las pequeñas decepciones y dramas del hombre contemporáneo, en esta novela el austriaco hace más concesiones al lector a la hora de ofrecerle una lectura más sencilla de digerir y de interpretar, lo que no evita que en buena parte del relato se mantenga ese simbolismo tan rebuscado suyo, que obliga a leer entre líneas para poder sacar conclusiones.

Pero, como digo, lo que ha hecho que saliese con buen sabor de boca de esta breve historia ha sido el equilibrio entre los momentos surrealistas y febriles con aquellos en los que la trama toma un camino más o menos lógico y sugerente. Ello, unido a un final de puro vodevil, hace que La mujer zurda me parezca un buen punto de partida para aquellos que quieran atreverse a descubrir a este complejo  y original escritor.

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El miedo del portero al penalti, de Peter Handke

El miedo del portero al penalti

El miedo del portero al penaltiSiempre se ha dicho que los porteros, principalmente los de fútbol pero me atrevería a decir que aún más los de otros deportes como el balonmano o el hockey, son gente  realmente peculiar. Y es que hay que ser bastante especial para decidir desde bien pequeño que quieres ocupar una posición en el campo en la que muy bien lo tienes que hacer para cubrirte de gloria y donde, sin embargo, un mínimo despiste te puede hundir en la miseria. Eso además de la frecuencia con la que tienes que jugarte el tipo para evitar que el balón, pelota o disco toque tu red. Aún con todo, estoy seguro de que ningún portero —de los profesionales, al menos— tiene una personalidad tan extraña y amarga como Josef Bloch, el protagonista de El miedo del portero al penalti.

Con esta novela he descubierto a Peter Handke, un escritor a quien tenía ganas de enfrentarme desde hacía tiempo, sobre todo por la fama que le precede de polémico y críptico. Y tras leer la que posiblemente sea su obra más célebre (bajo uno de esos títulos que valen oro por sí solos), debo decir que esta reputación me ha parecido más que merecida, dado que me ha resultado una lectura tan compleja como difícil de catalogar, de esas que te dejan a medio camino entre el odio y el amor, de las que sales con serias dudas del porcentaje de la misma que has logrado comprender.

El punto de partida de la novela y, posiblemente, el único momento en el que ésta aporta un argumento nítido, cuenta como, tiempo después de dejar los terrenos de juego, Bloch es despedido de su empleo como mecánico y empieza a dedicarse a jornada completa a vagar por las calles y los bares sin destino ninguno. Todo en el libro gira en torno a él, un tipo incapacitado para la vida en sociedad y que no tiene ninguna intención de modificar su comportamiento. Dentro de su personalidad, el aspecto que más y mejor explota Handke es la dificultad comunicativa que tiene el personaje, que lleva hasta puntos extremos y realmente chocantes, con diálogos absurdos, violentos e incompletos. Este aspecto hizo que, en más de una ocasión, la sinrazón dialéctica del protagonista me llevase a reflexionar sobre mis propias taras comunicativas, lo que no es poco y más sabiendo que la novela fue escrita muchos años antes de que el WhatsApp, el Instagram y el Facebook pasasen a sustituir a buena parte de nuestras comunicaciones cara a cara.

Handke también se esmera en buscar los detalles más nimios y recónditos en los que poner el foco, lo que en varias ocasiones lleva a empatizar con las pequeñas molestias y placeres del día a día —que, al fin y al cabo, son las que ocupan la mayor parte de nuestras vidas— pero que en otros casos resulta difícil encontrarles una explicación más allá de la de describir a un hombre al que todo lo que le rodea le resulta ajeno y aterrador. La trama, si es que existe, queda completamente subordinada a las pequeñas reflexiones y ensoñaciones del antiguo portero, a quien nada le agrada ni le entristece y parece pasar por su propia vida como un mero espectador.

Una novela, como decía, de la que resulta tan difícil sacar un significado como una valoración. Ojalá pudiera decir que me ha parecido una maravilla de principio a fin y que todo el mundo debería tenerla en su librería; ojalá pudiera decir que nadie debería acercarse a ella a menos de 50 metros salvo con prescripción facultativa. Pero nada de ello sería cierto. Quizás lo único que puedo decir sin temor a equivocarme es que El miedo del portero al penalti no deja indiferente a nadie, para bien o para mal.

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Antes de que los cuelguen, de Joe Abercrombie

antes de que los cuelguen

antes de que los cuelguenRetumban tambores de guerra. Silban las flechas sobre las cabezas de soldados asustados. Luego impactan en escudos o en carne fresca. Aúllan los combatientes heridos. Lloran como niños los hombres. Piden clemencia, llaman a sus madres. Mueren en el barro; perecen en soledad. Relinchan los caballos antes de aplastar a la infantería. Luego las espadas hablan: pronuncian funestas palabras de muerte. Refulgen al principio, sangran después. No hay honor en la guerra, solo afán de supervivencia. “Solo hay honor si se gana”. Mejor ser un cobarde vivo que un héroe que se pudre bajo tierra. Supervivientes a toda costa. Gente imperfecta que en tiempos duros busca salvar el pellejo; a cualquier precio. Cobardes, granujas, salvajes y farsantes que hacen lo que pueden para sobrevivir. De esta clase de hombres, de esta clase de mujeres, Joe Abercrombie entiende un rato. Y, en Antes de que los cuelguen, segundo libro de la trilogía de La primera Ley, ellos son los protagonistas.

La guerra, lejana en La voz de las espadas, ahora, en Antes de que los cuelguen, ha llegado hasta las puertas de sus hogares. Cruenta y despiadada. Sangrienta e imparable. Bella y minuciosamente descrita por Joe Abercrombie. No todos se enfrentarán igual a tal fatalidad. Algunos elegirán su rumbo, otros solo cumplirán órdenes a regañadientes. En el primer grupo encontramos a Bayaz, el primero de los magos, y al variado conjunto de hombres y mujeres que comanda. Un conjunto formado por viejas glorias, espadachines valerosos pero solo de boquilla, molestos parlanchines o salvajes intratables. Pero todos con una habilidad que los hace únicos. Una banda que muestra más similitudes con los forajidos de Los siete magníficos que con los paladines de La compañía del anillo. Si en La voz de las espadas Abercrombie nos esbozó, con sumo cuidado, personajes y situaciones, en su continuación nos dibuja, con todo lujo de detalles y con mayor ritmo, como éstos evolucionan para adaptarse a los derroteros que toma la historia. Sí, algunos de estos personajes son verdadera escoria (moralmente hablando), pero solo por separado. Juntos aprenderán a ser mejores, a ser menos ruines e, incluso, a hacer lo correcto. “Pequeños gestos y tiempo. Así es como se consiguen las cosas”. Joe Abercrombie nos regala unos personajes creíbles que en esta segunda novela, y a medida que aprenden a confiar en sus compañeros, nos muestran un poquito más de ellos. Cuentan el porqué de sus acciones, de las leyendas que preceden a sus nombres o de los actos, crímenes o hazañas, que cometieron en el pasado.

Ahora hablemos del segundo grupo. De esa gente que deja que otros elijan su destino. De esos que asienten pero piensan en un no rotundo. Sí, hablemos de Glokta. El personaje estrella de Antes de que los cuelguen. El cínico tullido es enviado, junto con sus esbirros, a defender una ciudad sitiada. Una empresa con pocas posibilidades de éxito que le obligará a hacer pactos inverosímiles. “Un hombre perdido en el desierto debe aceptar el agua que se le ofrezca”. Y si defender una ciudad no fuera suficiente, le ordenan, además, investigar un complot que podría acabar con sus maltrechos huesos en una tumba. Imaginad a Sherlock Holmes; la versión más avinagrada de él intentando esclarecer el más violento de los crímenes. Imaginad que el telón de fondo de dicha investigación es la batalla de El Álamo, ese épico asedio ocurrido en Texas, en el lejano y violento oeste. Dejad de imaginar, pues Joe Abercrombie ya hace tiempo que lo hizo y lo escribió.

Pero Joe Abercrombie no solo crea personajes memorables, también describe lugares de forma tan precisa que hace fácil imaginarlos. Páramos estériles, ciudades abandonadas, bosques cubiertos por la niebla… Todos esos lugares se convierten, a través de las palabras leídas, en enérgicos fogonazos de imágenes muy vívidas que asaltan la mente. De idéntico modo ocurre con todas esas batallas repletas de violencia; solo una imagen sería capaz de superar las gráficas descripciones. Sangre, vísceras, muerte, vencedores y vencidos. Y luego, por supuesto, están las tramas. Directas, al grano, sin rodeos absurdos o subtramas de las que no se saca nada en claro. Por ello, Antes de que los cuelguen, y a pesar de ser un tocho, se lee sin dificultad. Se abre por la mañana, te sumerges en él y cuando vuelves a sacar la cabeza, la luz del crepúsculo baña tu sala de estar. Y es que te zambulles en Midderland y las encarnizadas batallas que acontecen a lo largo del territorio atrapan toda tu atención. Te subyugan. Todas esas masacres. Toda esa esperanza entre tanto horror. Ese amor, y sexo, entre tanto odio. Todas las traiciones y la camaradería. Por supuesto, el desconsuelo, y la nostalgia por el hogar; pero también el coraje que empuja a seguir luchando en busca de paz. A la caza de un final digno. Un final que únicamente hallaremos en El último argumento de los reyes, tercera y última novela que completa la trilogía de La primera ley.

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Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell

Mi familia y otros animales

Mi familia y otros animalesHace algunos años leí en un periódico un reportaje en el que varios escritores famosos compartían con los lectores un listado de diez libros que les habían cambiado la vida. La mayoría de las selecciones incluían En busca del tiempo perdido, Don Quijote de la Mancha, o Ulises, libros que, indudablemente, han debido cambiar muchas vidas. Pero quizás el objetivo del reportaje no era recopilar las obras maestras de la literatura universal, sino más bien conocer un poco mejor a esos escritores a través de una lista más personal. En ella esperaríamos encontrar libros de aventuras que les iniciaron en la lectura, libros que supusieron una revelación para entender aspectos esenciales de su identidad, libros que compartieron con algún enamorado, libros que sustentaron sus ideas políticas, o incluso libros que les ayudaron a elegir su profesión.
Hacer listas es siempre difícil, pero algunas más que otras. Me costaría mucho tratar de hacer un listado jerarquizado de los diez mejores libros de la historia, incluso de mi historia, pero encontrar diez títulos que hayan cambiado mi vida me parece más sencillo.  Entiendo que no tienen que ser joyas de la literatura sino libros cuya lectura haya supuesto un punto de inflexión en mi trayectoria. Mi familia y otros animales sería uno de esos diez libros ya que fue el culpable de que decidiese estudiar Biología. Y por lo que he sabido después a través de compañeros que también lo leyeron, las aventuras de Gerald Durrell y su familia en la isla griega de Corfú son responsables de crear un buen puñado de biólogos.

Mi familia y otros animales, es la versión adulta de Gerald Durrell del tiempo pasado en Corfú. Los muy británicos Durrell deciden dejar atrás los fríos inviernos londinenses y volar hacia otros parajes más cálidos y apropiados para sus respectivos desarrollos personales. Mamá Durrell explora la jardinería y la gastronomía en la villa color fresa, en la villa color narciso, y en la villa blanca; su hermano mayor Larry, el futuro escritor de El cuarteto de Alejandría, llena baúles de libros, se calza la máquina de escribir y consagra su tiempo a la creación de obras inmortales de la literatura; Leslie, el hermano mediano dedica su tiempo a la caza de tórtolas y a ejercitar su cuerpo; Margo, su hermana, muy atenta a su aspecto externo, se especializa en citas y enamoramientos con distintos personajes de la isla; y por último, nuestro narrador Gerald Durrell, entonces Gerry, recorre la isla con un hambre voraz de naturaleza, acompañado de su perro Robert, igual de atraído que su dueño (aunque por distintos motivos) por la fauna de la isla.
En Mi familia y otros animales Gerald Durrell disecciona con espíritu observador, divertido y cariñoso el comportamiento de los animales de su casa y de la isla.  Es difícil no reírse a carcajadas con las alocadas historietas del día a día de esta familia integrándose en el universo hospitalario y ruidoso de Corfú y sus gentes (con Spiro, taxista y auto-proclamado protector de la familia, a la cabeza de secundarios inolvidables).
Pero además de disfrutar con la ironía pulida y constante del narrador para con los animales humanos de su libro, hay capítulos preciosos que transmiten la belleza natural de la isla y de sus bichos. Nidos de arañas perfectamente diseñados para atrapar incautos de la manera más eficiente; tortugas que establecen lazos emocionales con sus dueños y los siguen como si fueran perros; palomos orgullosos y viriles que, para sorpresa de todos, acaban poniendo huevos; peleas a vida o muerte entre Gerónimo (salamanquesa llamada así en honor a su homónimo apache, por las astutas estrategias que desarrollaba contra sus presas) y una gigantesca mantis; Urracas que, adorables en su infancia, se convierten en auténticos vándalos que atacan, como no, el cuarto de Larry (“Esos buitres tiñosos me asaltan esto como un par de críticos, me destrozan y empuercan el manuscrito cuando ni siquiera estaba aún terminado, ¿y te parece que estoy disgustado?”).

Creo que es la mezcla de los dos mundos, su familia y la fauna de Corfú, la que consigue que este libro sea un generador de vocaciones naturalistas. Por un lado, Gerald Durrell nos desvela rutinas fascinantes de los animales que normalmente quedan escondidas. La naturaleza a pesar de ser una fuente infinita de agradables sorpresas, no concede tan fácilmente sus grandes momentos, se necesita mucho tiempo de observación y un poco de suerte. Gerry los tiene y luego Gerald selecciona los momentos estelares, les pone un lazo rojo y nos los regala, como si se tratara de un buen documental de David Attemborough. Llena de contenido los nombres carraleja, cetonias, mígalas, cíclopes. Y con ello conecta con nuestra inquietud por nombrar y aprehender lo que nos rodea. Basta con conocer sus nombres para que el paisaje verde y natural de un simple paseo se pueble de robles, de eucaliptos, de dedaleras, de ombligos de venus, de calas, de dalias, de gardenias, de agallas, de erizos de castaña.
Además, la forma en la que Gerald Durrell nos retrata a su familia también potencia el interés por los naturalistas, ya que desmitifica una imagen que está muy extendida en el imaginario global y nos propone otra más atractiva. Me explico. Una imagen muy frecuente de los naturalistas es la de un señor con cazamariposas, pantalones cortos y una mochila llena de tarros en los que guarda cada ejemplar que se encuentra a su paso. Nos parece que debe tener una alta capacidad de concentración y de observación sobre temas concretos (los seres vivos) que, sin embargo, puede interferir con su atención sobre el resto de la realidad: es decir, de tan concentrados que están con su objeto de interés, no se enteran de lo demás y se pierden lo que pasa fuera. En este libro Gerald Durrell nos sugiere lo contrario, la capacidad afilada de observación hacia la naturaleza se puede aplicar a cualquier motivo. La mirada del naturalista es igual de lúcida para comprender el mecanismo de reproducción de los escorpiones como para entender las reacciones de su familia. El naturalista no solo está en el mundo, sino que tiene herramientas muy útiles para vivir en él. Gerald Durrell parece sugerir que, si optas por estudiar o investigar sobre la naturaleza no vas a vivir de espaldas al mundo en tu pequeño baldosín. Además de pasártelo muy bien con tu objeto de estudio, no vas a ser un bicho raro que no se entera de nada más.

Por último, este libro conecta con otro de nuestros deseos más recurrentes, las vacaciones infinitas. Vivir en un clima cálido, escaparnos a una isla con nuestros seres queridos, una isla llena de variaciones de azules y amarillos, de gente sencilla que echa siestas sin culpabilidad y de todo el tiempo del mundo para dedicárselo a lo que de verdad nos interesa: los bichos, los libros, las armas, la jardinería o a terminar la lista de los diez libros que te hayan cambiado la vida.

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