
Me siento un poco indefensa, tengo que admitirlo. Voy a hablar de un clásico de la literatura infantil que he tardado treinta y un años en tener entre mis manos y en leer. Puede que me llevéis años y lecturas de ventaja, pero puede que aún haya gente que todavía no haya leído este libro. Si estáis en el segundo grupo, como yo, este es nuestro momento. Acercarse por primera vez a esta obra siendo adultos también tiene sus ventajas. Eso sí, dejad que resurja vuestro lado más infantil mientras pasáis sus páginas y os adentráis en el maravilloso mundo de Sendak. Merece la pena.
Donde viven los monstruos, escrito por el norteamericano Maurice Sendak, se publicó por primera vez en 1963 con el título original Where the wild things are. Desde su publicación, este libro ha obtenido numerosos premios (Medalla Caldercott o el Boston Globe-Horn Book Award) y se convirtió en un absoluto éxito. Pero, ¿sabéis que es lo mejor? Que cincuenta y cuatro años más tarde, el libro sigue vendiéndose tan bien como el primer día. Algo que pocos libros consiguen, algo que convierte a un libro en un clásico. Por ello, la editorial Kalandraka ha decido lanzar esta edición especial dentro de su catálogo. Así, además de conseguir nuevos lectores, los rezagados como yo, tenemos una nueva oportunidad de hacernos con él. ¡Ya era hora!
Pero a ver, ¿de qué trata Donde viven los monstruos para que este libro sea todo un clásico? Pues creo, quizá, que la clave reside en la sencillez y en la bonitez, que aunque es una palabra que no exista, le viene genial al cuento.
Una noche como cualquier otra, Max se enfunda su traje de lobo y comienza a hacer travesuras de todo tipo por la casa. Cuando su madre, tras haberle llamado monstruo, le manda a la cama sin cenar todo cambia en su pequeño universo. De repente, su habitación se convierte en una selva enorme llena de lianas y árboles y Max, decidido y aventurero, se adentra en ese mundo que nace entre las cuatro paredes de su habitación. Navega a través del día y la noche, de las semanas y los años, en un su propio barco hasta llegar al lugar donde viven los monstruos. Terribles, salvajes, con sus rugidos, sus grandes ojos y sus garras terribles. Pero, ¿creéis que esto podría asustar a Max? En absoluto, Max consigue amansarlos con su truco infalible hasta hacer reconocer a los monstruos que, sin duda, él es el más monstruo de todos. Y allí, convertido en rey de todos los monstruos, comienza la fiesta.
Pero hasta los monstruos se siente solos, incluso el rey de todos ellos. Y si encima te llega un olor a comida rica, hasta las fieras más salvajes consiguen amansarse. ¿Qué pasará entonces con Max?, ¿volverá a cruzar días y semanas hasta llegar de nuevo a su habitación o seguirá siendo el rey de los monstruos por siempre? Bueno, lectores, es vuestro turno. Ahora os toca a vosotros adentraros en este maravilloso mundo.
Obviamente, el éxito de este libro no se debe solo a su historia. Las preciosas ilustraciones, también obra de Maurice Sendak, completan esta genial obra.
Está bien enfrentarse a los clásicos, aunque sea después de treinta y un años. Ya me siento menos indefensa, ya me parece más mío este libro. Ahora también entiendo su merecido éxito. Creo que me voy a animar a ver la adaptación cinematográfica que dirigió Spike Jonze en 2009. Sí que atrapa este universo de Sendak.

Tenía cinco años cuando mis compañeros de clase y yo fuimos por primera vez a la biblioteca municipal. Nos sentamos en una sala y apagaron las luces. Entonces, sobre una gran tela blanca proyectaron las imágenes de un travieso niño disfrazado de lobo. La cálida voz de la cuentacuentos nos relató cómo la madre lo castigaba sin cenar por haberse comportado como un monstruo. Pero, nada más cerrarse la puerta de la habitación, las paredes se transformaban en un bosque y ante el niño aparecían un mar y un barquito. Sin dudarlo, se montaba en él y viajaba hasta el país de los monstruos, donde lo proclamaban rey por ser el más temible de todos ellos. Me quedé totalmente embelesada con ese cuento, que, por si todavía no lo habéis adivinado, era 

Hace muy poquito el concursante más duradero en el programa de la tele Pasapalabra consiguió completar todo el rosco llevándose una importante suma de dinero que había acumulado. Muchos de los programas de televisión que tienen como meta jugar con las palabras en español, resultan muy educativos y entretenidos para mantener a toda la familia aprendiendo a la par que divirtiéndose. Antes, en décadas pasadas, ya era la presentadora del Un, dos, tres, Mayra Gómez Kemp, quien conseguía hacer que tanto concursantes como espectadores nos volviéramos locos buscando palabras a la orden de «Un, dos, tres…responda otra vez». Bien, pues juguemos a un juego. Di, en medio minuto, palabras que contengan las cinco vocales. ¿Se te ocurren muchas? Así, a bote pronto, podrían ser: tertuliano, euforia, aguileño, desahucio…¡vaya!, creo que se me agotan las ideas. Eso es porque todas esas palabras las ha robado Aurelio, el murciélago malvado.
¿Os habéis dado cuenta que, a veces, prohibimos a los niños tener imaginación? Es como si, al hacernos adultos, nos hubiéramos olvidado de lo importante que es imaginar para ellos. Como si la realidad nos hubiera inoculado tanto su verdad que no tuviéramos un tiempo, por mínimo que sea, para creer que nuestras fantasías pueden ser ciertas. Yo lo echo de menos. Por eso, o quizás porque aquel niño pequeño que fui no se ha ido nunca del todo, cada vez que veo a mis dos sobrinos decido jugar a su juego, meterme en su mundo por alocado que sea, y jugamos a que la imaginación sea la única protagonista del día. Así es como, después de unos cuantos años, ellos siguen riendo cada vez que ven a su tío aparecer por la puerta y yo sigo creyendo que no todo está perdido. Cepillo viene a llevarnos a los niños y a los adultos a esa edad en la que todo era posible y con sólo un cerrar de ojos podíamos comprobar que lo que nos habíamos imaginado no era simple fantasía. Sino que era nuestra verdad. Quizá por eso esto que escribo tiene algo distinto a lo que vengo escribiendo desde hace unos meses. Puede que por eso hoy he vuelto a entender que lo que esconde la verdad es una forma de encerrarnos a nosotros mismos.
De pequeño siempre me quedaba fascinado hojeando la enciclopedia de casa. Aquellos volúmenes enormes, forrados en piel y llenos de fotografías e ilustraciones me tenían hipnotizado y cada tanto cogía un volumen y simplemente iba pasando páginas, abriéndome al mundo y descubriendo cosas maravillosas. Hoy esta experiencia concreta ha desaparecido: las enciclopedias están en vías de extinción y son pocas las casas que le reservan un espacio a este tipo de voluminosas obras. Pero el sentido de la maravilla en un niño puede seguir ejerciéndose a través de otros libros. Y es el caso que nos ocupa, Ojos, de la línea Animales Extraordinarios que publica 







