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Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

cien años de soledad

cien años de soledadMe ha dado miedo releer Cien años de soledad. Han pasado diez años desde que me asomé a sus páginas, leyendo la edición conmemorativa por el ochenta aniversario del autor, el maestro Gabriel García Márquez, y la forma en la que estaba escrito me impactó tanto que se convirtió de inmediato en uno de mis libros favoritos. Desde entonces supe que lo volvería a leer algún día. Mientras tanto, presté el libro, deseosa de compartir con mis allegados una experiencia lectora tan fascinante. Imaginad el puñal que sentí retorcerse en mi corazón cuando vi que varias hojas se habían despegado. ¡Mi novela predilecta, masacrada! Yo, que cuido tanto los libros que ni a las ediciones de bolsillo le salen arrugas en el lomo, no podía ver aquello; así que refugié a mi querido libro en un estante, rodeado de muchas otras obras de García Márquez, lejos de nuevos atropellos.

Y, de pronto, aparece la preciosísima edición de Cien años de soledad ilustrada por Luisa Rivera, que publica Literatura Random House para celebrar los cincuenta años de la obra. ¿Cómo no iba a tener yo semejante maravilla entre mis manos? Era la mejor manera de releer la obra cumbre del realismo mágico. Así que, una década después, regreso a Macondo para acompañar a los Buendía generación tras generación. Una casa de locos donde ellas son inquebrantables y hasta crueles y ellos están obsesionados con las guerras, las mujeres de mala vida y las empresas delirantes.

cien años soledad ilustraciónEs curioso que Cien años de soledad sea uno de mis libros preferidos y apenas recordara nada de la historia, más allá del archiconocido inicio, el magnífico final y personajes y acontecimientos muy concretos de esta familia marcada por las pasiones, las tragedias y las soledades. Lo que ha perdurado todos estos años en mi memoria ha sido el placer que la lectura me causó, y de ahí mi repentino temor a releerlo y no sentir lo mismo, a defraudarme quizá. Ahora comprendo a quienes me han dicho muchas veces que no pudieron acabarlo. Yo me echaba las manos a la cabeza al oírlos —¡pero si es una delicia!, les decía—; sin embargo, es cierto que es un libro denso, donde las vivencias de unos y otros personajes se suceden sin descanso, muchos de ellos con el mismo nombre, lo que añade dificultad al seguimiento de la historia. No tiene un inicio, nudo y desenlace al uso, sino que es un universo único de emociones, hechos extraordinarios y personajes mágicos, en el que solo es posible entrar si uno sucumbe a la excepcional prosa de García Márquez.

La relectura de Cien años de soledad no me ha decepcionado, ni mucho menos. Ya no he sentido la fascinación de la primera vez, pero he disfrutado del reencuentro. Un reencuentro con García Márquez, del que he leído bastante en los últimos años. Gracias a eso, he reconocido las referencias a otras novelas o cuentos suyos, que ya estaban escritos en aquel 1967 o que serían escritos muchos años después. Y, sobre todo, ha sido un reencuentro conmigo misma, pues me he dado cuenta del verdadero impacto que esta novela tuvo en mí. Aunque no recordara muchas de sus imágenes, estas se habían quedado en mi subconsciente y las he reflejado en muchos de mis textos. Metáforas de tres palabras del autor colombiano han dado lugar a relatos míos enteros, y yo sin saberlo. ¿Cómo no va a ser Cien años de soledad uno de mis libros predilectos? Pocas veces he sentido una conexión tan profunda con una lectura, contados libros han marcado tanto mi vida.

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La muñeca de nieve y otros cuentos, de Nathaniel Hawthorne

La muñeca de nieve y otros cuentos

La muñeca de nieve y otros cuentosEsta es mi primera incursión en la literatura de Nathaniel Hawthorne. Me alejaré por completo del análisis crítico de alta literatura que se suele esperar de autores de esta talla, al fin y al cabo, es considerado uno de los padres de la literatura de Estados Unidos junto a Whitman o Thoreau. Como iniciado en su obra no tengo referencias de otros trabajos suyos para hacer una comparativa, pero sí puedo resaltar detalles que bien me podrían recordar a los cuentos moralizadores de Oscar Wilde con una belleza descriptiva de Dickens. Y con el permiso de Edgar Allan Poe, porque sabe citar mejor que yo y me viene como anillo al dedo, reproduzco su crítica: «Los relatos de Hawthorne pertenecen a la región más elevada del arte, un arte sometido al genio de un orden sublime».

Menuda nómina de escritores que te acabo de soltar en un solo párrafo. Ya solo con leer alguno de los cuentos o poemas de los mencionados puedes sentir que te has elevado al cielo durante su lectura y, por qué no, durante el largo tiempo que te deleitas con el buen sabor de boca que te dejan. Dicho esto, La muñeca de nieve y otros cuentos, de Hawthorne, sigue desprendiendo un dulce sabor en mi paladar tras haber cerrado el libro y me alegra saber que lo seguirá haciendo durante un largo tiempo más. La editorial Acantilado ha recogido en esta antología las últimas narraciones que el autor publicó en vida. Son una serie de cuentos cortos —hay reunidos hasta quince relatos— donde he podido comprobar la elegante destreza y técnica que tiene para introducirte en atmósferas llenas de misterio, lúgubres y frías, y la ternura y humildad con la que desarrolla a sus personajes. De todos ellos se puede extraer una moraleja que indaga en la psicología del hombre muy bien tratada y estudiada. Cuentos que encierran un halo romántico y se rebelaban a ceder ante el empuje del nuevo movimiento realista que irrumpía a mediados del siglo XIX.

Esa pugna entre corrientes literarias, esa reivindicación por mantener el espíritu romántico en los paisajes y atmósferas idílicas se percibe en el cuento que da nombre a la colección, La muñeca de nieve, en la que el amor y el deseo de dos jóvenes hermanos por imaginar una amiga creada con la nieve que reposa sobre su jardín consigue convertirse en realidad. Una realidad que en los ojos del padre, hombre de pensamiento sensato y pragmático conforme a su tiempo, no concibe. La poderosa imaginación de los soñadores e ingenuos infantes frente a la terquedad de la mente hermética llena solo de útiles materiales.

También, con portentosa carga moral, el cuento de El gran rostro de piedra. La narración trata sobre una leyenda que se cuentan entre los habitantes de un pueblo y en la que se decía que la imagen que aparece esculpida en la roca de la montaña es la del hombre de carne y hueso que un día entrará en el pueblo para traer prosperidad y espiritualidad pura al lugar. Un joven y humilde trabajador pasa su vida esperando a que ese hombre llegue. En el transcurso del tiempo son muchos los hombres de carne y hueso cuyos rostros guardan una gran similitud con el rostro de la roca. Cada uno de ellos trae sus mejores intenciones: uno es solidario y regala su fortuna, otro procura defensa militar para sus vecinos, otro es un poeta que expresa sus más hermosos sentimientos en versos que recita… El joven trabajador niega la evidencia ante todos ellos. Se decepciona al no encontrar al verdadero hombre de la roca. Tan obcecado está en esperar los actos más puros de los demás que no es capaz de ver los que de tan buen grado ha realizado él mismo durante toda su vida.

Y mi favorito, El demonio en el manuscrito, crítica mordaz hacia los editores que niegan la publicación de cuentos a nuevos escritores. La pesadumbre de un escritor que consigue odiar sus propias creaciones hasta el punto de verlas arder. Las considera endemoniadas y, en un arrebato de frustración, desprende una maldición sobre el pueblo al deshacerse de sus manuscritos.

La muñeca de nieve y otros cuentos ha resultado ser una lectura exquisita y un gran descubrimiento de una narrativa sosegada y elegante que me ha seducido. Nathaniel Hawthorne, en cuyo prefacio alude al largo tiempo que tardó en recibir el más leve reconocimiento del público, era el hombre que estaba destinado a ser escritor de ficción y, con el tiempo, tratante de ficción se hizo.

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Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante

tres tristes tigres

tres tristes tigresLo único que sabía de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, es que aparecía en más de una lista de libros imprescindibles. Y yo, que siempre tengo curiosidad por descubrir qué tendrán esos libros para merecer tan alto reconocimiento, he aprovechado la edición conmemorativa por su cincuenta aniversario que le ha dedicado Seix Barral para descubrirlo.

Lo primero que destaca de esta obra es la fijación que tuvo el Ministerio de Información y Turismo español por censurarla, allá en los años sesenta, y cuyos respectivos expedientes se recogen en esta edición. «Obsceno», «moralmente objetable» y «políticamente condenable» son algunas de las razones alegadas y por las que se postergó su publicación hasta 1967, tres años después de haber ganado el Premio Biblioteca Breve. Reconozco que tiene varias escenas sexuales que pudieron escandalizar a algunos en la España de aquellos tiempos, aunque en la actualidad no causarán ni sonrojo; también que hay afirmaciones moralmente criticables, incluso hoy en día delictivas, pero que acepto como opiniones de los personajes y no del autor (espero); pero lo que apenas he percibido es ese ensalzamiento de determinadas ideas políticas, pues sus alusiones a Trotsky, Batista o Fidel Castro son, a mis ojos, anecdóticas.

Lo segundo más llamativo de este libro es que Cabrera Infante escribió lo que le dio la gana. Literalmente. Porque si me preguntáis de qué va Tres tristes tigres, no sé qué decir. Quizá, que de Cuba, porque Cuba lo impregna todo; y también de la noche, del sexo, de la desinhibición, de la muerte y del humor. Y de pasión, porque hay muchísima pasión; por las mujeres, por la música, por el cine, por la lengua, por la literatura. Recoge relatos al uso, reflexiones, duelos dialécticos, juegos de palabras, trabalenguas, dibujos, escritos al revés, páginas en negro o en blanco. En definitiva, un cúmulo de textos dispares, en el que todo tiene cabida si sirve como medio de expresión.

Lo tercero que sorprende de Cabrera Infante y su Tres tristes tigres es el uso que hace de la lengua. Desde la primera página se salta las normas de la gramática y la ortografía, las acribilla sin miramiento, captando la esencia de las diferentes jergas habaneras (saveis de ke os avlo, no?), para más tarde pasar a un discurso con el vocabulario más cultivado, saltando de un registro a otro como si nada. Este arriesgado ejercicio está al alcance de muy pocos, solo de aquellos que dominan el lenguaje a la perfección, como es el caso de Cabrera Infante, que juega probando sus límites, coqueteando con el inglés, mezclándolo con el español, creando «palabras a-fines» para sus «ideas sinfines».

Que Tres tristes tigres sea tan moderna hasta para los tiempos que corren, fuera de cualquier encorsetamiento artístico, y, pese a ello, tan reconocida, me asombra gratamente. No busca la perfección, sino que disfruta de la imperfección, muchas veces más expresiva. Una obra atípica que nos demuestra que con «dos palabras y cuatro letras» se pueden crear «un himno y un chiste y una canción» y esa es, a fin de cuentas, la grandeza del lenguaje y de los escritores. Personalmente, no considero que Tres tristes tigres sea una lectura imprescindible para cualquier lector, pero sin ninguna duda me parece que es una obra indispensable para la historia de la literatura.

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Trazado, de Andrew DeGraff

Trazado

TrazadoLo que me gusta de los mapas es que uno siempre se enfrenta a ellos con la idea de buscar algo. Un río, una equis roja, un poblado o a nosotros mismos. No sé bien cómo funciona el truco. Pero la cartografía y el rastreo siempre me han parecido tan inseparables como la navegación y la astronomía. Cuando estoy ante un mapa siento la imperiosa necesidad de no dejarlo de lado hasta que descubro algo que le otorgue un valor extra al trozo de terreno que representa. Por eso, saber de la existencia de este atlas literario que Impedimenta trajo a finales del año pasado ha sacado al investigador que hay en mí. Cada una de las piezas gráficas me ha devuelto la fe en mi capacidad de ver más allá de lo obvio. Si además tenemos en cuenta que estos mapas representan el recorrido físico y psicológico de obras indispensables de la literatura, el reto gana interés por momentos. Lectores y cartógrafos encuentran en Trazado un objeto de deseo atractivo y único por el mero hecho de dar las coordenadas ideales de unos personajes y unas historias que nos han acompañado desde siempre.

Andrew DeGraff es un diseñador amante de los mapas que un día decide llevar a cabo un proyecto ambicioso y absolutamente necesario. Diseñar un compendio de infografías de carácter didáctico sobre obras universales de la literatura. Desde La Odisea hasta Esperando a Godot, pasando por Borges, Shirley Jackson o Flannery O’Connor. Como puede deducirse de esta ecléctica selección, el reto está servido y DeGraff consigue salir airoso de situaciones absolutamente imposibles de plasmar en términos cartográficos como en el caso de la obra de Beckett. Cada mapa viene acompañado de un texto introductorio que nos explica no sólo el por qué de la obra elegida, sino la reelaboración de dicha pieza en términos visuales y cómo la conjunción de ambos materiales otorga un nuevo nivel de significación al clásico en cuestión. El viaje enriquece y muestra nuevos parajes al sacarnos del recorrido meramente textual que ya conocíamos de la obra.

Ya es casi un cliché decir eso de que algunos libros te llevan a lugares en los que nunca has estado. Pero en el caso de Trazado, dicho afirmación no sólo es cierta, sino también pertinente. Y es que de las 26 piezas que componen esta maravilla, unas cuantas eran totalmente desconocidas por mí. En primer lugar quiero disculparme por mi humilde bagaje literario. Y en segundo lugar quiero decir eso de ¡Bendita ignorancia! porque que tu primera toma de contacto con una de las obras fundacionales de la literatura universal sea un mapa de este señor es como recibir la mejor primera impresión que un lector puede tener de cualquier obra de ficción. No exagero. No pretendo inflar expectativas. Quizá a ti, que lees esto, no te afecten las cosas diseñadas para enamorar al ojo y a la cabeza. Yo, que no soy inmune a un libro bien diseñado, no puedo más que aplaudir ante un objeto tan bien acabado como éste.

¿Conoces esa sensación de mirar un mapa del mundo y sufrir vértigo y excitación al ser consciente de todos los lugares que aún te faltan por visitar? Ese mismo subidón que uno sufre al entrar por primera vez en una biblioteca nueva, ya sea pública o privada, y ver todas esas historias que no conocías y que están ahí, esperando agazapadas a que les des una oportunidad. La anticipación y las posibilidades. Imagina meter ambas experiencias en un mismo momento. Imagina que descubrir lugares y libros sean una misma cosa. En el mismo acto el viajero y el lector reclaman tu interés y deciden encenderte. Pues este fenómeno sobrenatural y maravilloso es un hecho gracias a Andrew DeGraff y a la editorial Impedimenta. Buen viaje, lector.

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Bravura, de Emmanuel Carrère

Bravura

BravuraLa sinopsis de esta novela –una de esas sinopsis eternas de Anagrama– nos informa de que un morceau de bravoure es una expresión francesa que “designa aquel fragmento de una obra en la que el creador despliega todo su virtuosismo”. No se me ocurre un título más adecuado para esta novela. Bravura es un juego literario y un ejercicio formal de Emmanuel Carrère en el que nos sorprende con una charada espectacular, pirotécnica y muy bien documentada.

Escrita en 1984, Bravura es la primera novela del autor y, si esta es una primera obra, me he quedado con ganas de saber cómo escribirá este hombre hoy (vosotros podéis comprobarlo aquí) porque Bravura es ya una novela madura, y al mismo tiempo experimental, de la que, como escritor, se puede aprender mucho.

Porque Bravura no es una novela, sino varias, integradas en un juego de cajas chinas. En ella encontramos ciencia ficción, romance, misterio y mucha novela gótica. Es impresionante como Carrère juega con los géneros para crear su particular Frankenstein, porque la novela, además de serlo, va de eso, de Frankenstein.

Comienza con Polidori, el médico inglés y secretario de Lord Byron que escribió El vampiro. Polidori, con apenas veinticinco años pero consumido por su frustración, miedos e inseguridades, vive en la indigencia en el Londres de la Regencia. Adicto al opio, el médico fluctúa entre la paranoia y la rabia y le echa la culpa de su suerte a Mary Shelley y, en menor grado, a Lord Byron. Después de acompañar los enloquecidos pensamientos de Polidori al menos setenta páginas, el lector pasa a la mente del capitán Walton, personaje por partida triple (es el capitán que cuenta la historia de Frankenstein en la novela de Mary Shelley, un personaje de Polidori y también cobra vida propia en la novela de Carrère), a la de Ann, una escritora de novela rosa que se encuentra metida de lleno en una historia de ciencia ficción, o, finalmente, a la de la mismísima Mary Shelley.

A lo largo de la novela Carrère analiza, recrea y reescribe desde diversos ángulos la historia de Frankestein pero también la de su creación, aquel verano de 1816 en la villa Diodati en el que Lord Byron retó a Percy Shelley, Mary Wollstonecraft Shelley y Polidori a escribir un relato de fantasmas. Tanto Percy como Lord Byron, ambos poetas, abandonaron pronto el proyecto. Pero no fue así en el caso de Polidori, que escribió el cuento de El vampiro del que hablábamos al principio, ni Mary Shelley quien, con diecinueve años en aquel momento, moldeó al inolvidable Frankestein.

No podía ser de otra manera, Bravura ha sido una lectura extraña. Es un libro de inicio lento, del que cuesta pillar el ritmo porque no sabes por dónde va a salir, pero las últimas ciento cincuenta páginas se leen de un tirón. Una vez has entrado en su juego, Carrère te arrastra hasta los límites de la novela. Y además hay que tener en cuenta que escribe muy bien, tan bien que a veces da hasta rabia.

Bravura es una novela torrencial, a veces densa, sin apenas diálogos, que cambia radicalmente de estilo a medida que articula las diversas historias que la conforman. Si en la primera parte, en la que estamos en la cabeza de un Polidori, pensamos que vamos a acabar contagiados de su locura y ansiedad, en la parte en la que seguimos a Ann, la novela es mucho más ágil, rápida y fresca. Bravura está muy bien trabada, pero al mismo tiempo, sus partes están tan diferenciadas que tienes la sensación de estar leyendo libros distintos. Su autor juega con la metaliteratura, inserta textos dentro de textos, mezcla datos históricos con invenciones descabelladas y te lo hace pasar realmente bien. No os diré cómo acaba, pero Carrère es capaz de cerrar el círculo y desentrañar el magnífico laberinto que ha creado y, cómo no, con virtuosismo.

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Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio

industrias y andanzas de alfanhui

industrias y andanzas de alfanhuiLa edición ilustrada que Literatura Random House ha publicado de Industrias y andanzas de Alfanhuí es atípica: por sus dimensiones, inferiores a las habituales (un tamaño ideal para llevar en el bolso, he de decir); por el tacto rugoso de su tapa, dura y blanca; y por el trazo sencillo del dibujo del niño protagonista en la cubierta —creado por Asen Stareishinski, como todas las ilustraciones de la obra— con solo un toque de color bajo sus labios. Una edición atípica, que incluso desentona en la estantería de novedades literarias, pero la edición idónea para esta historia que, publicada por primera vez en 1951, también se desmarcó de los cánones de la época y del realismo predominante. La encuadernación y las ilustraciones le otorgan un halo de libro antiguo que es perfecto para la historia del niño llamado Alfanhuí, pues sus andanzas nos llevan al mundo primigenio, ese donde la naturaleza y la inocencia intentan prevalecer sobre todo lo demás.

Industrias y andanzas de Alfanhuí, el primer libro publicado por Rafael Sánchez Ferlosio, puede verse como una novela de aprendizaje, las vivencias de un niño de camino a la madurez. Aunque, en realidad, es el pequeño Alfanhuí el que da más de una lección a los adultos de su alrededor, como si fuera una especie de Principito, enseñándoles que son tesoros todo aquello que no se puede vender, lo que vale tanto que no vale nada. Se podría considerar también que es una historia de realismo mágico, donde hay una criada disecada, pero que sonríe de vez en cuando, y una marioneta se mueve como Pedro por su casa por las calles de Madrid. Pero la verdad es que se publicó mucho antes de que eclosionara el género como tal en Hispanoamérica, y no todos sus elementos casan con esta corriente literaria. Tal vez solo sea un retablo de maravillas, donde Sánchez Ferlosio exploró el lenguaje y la fantasía a tal nivel que, aún hoy, resulta sorprendente. Encasillamientos aparte, Industrias y andanzas de Alfanhuí es una lectura para el deleite, pues pocas veces el lector se encontrará con una prosa que invada sus sentidos como lo consigue esta.

El color es un elemento clave a lo largo de la historia. Alfanhuí planea mil industrias para atrapar los colores de su entorno, esa belleza de la que nadie más parece percatarse. Su capacidad de ver más allá, de crear inventos inverosímiles, asusta a muchos y fascina a unos pocos. Y movido por las reacciones de unos y otros, viaja por el interior de España, desde las tierras de Guadalajara o Palencia hasta la ciudad de Madrid, cruzándose con personajes que quebrantan todas las leyes de la lógica y que, por eso mismo, resultan fascinantes. Pero entre tantos colores, peripecias y fantasías, se entromete el blanco, la muerte y la incómoda realidad, todo eso que parece tan ajeno a Alfanhuí, pero a lo que tarde o temprano ha de enfrentarse.

Un toque de Principito, decía, y del Lazarillo de Tormes, añado. Y, pese a las semejanzas, esta obra es diferente porque su prosa y su inventiva lo son. Sánchez Ferlosio describió imágenes tan visuales y originales que hoy causan el mismo impacto que hace sesenta años. De ahí que Industrias y andanzas de Alfanhuí siga siendo una pequeña rareza literaria, y se revaloriza con el paso del tiempo, con ese encanto que tienen los retratos de otras épocas, en los que aún nos reconocemos.

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Lección de alemán, de Siegfried Lenz

Lección de alemán

Lección de alemán

Es la segunda vez que leo “Lección de alemán” y lo cierto es que he descubierto muchas cosas que no había encontrado en la anterior lectura, pero sobre todo me ha sorprendido el volver a hallar, imponente, la belleza de este texto. Que no es una belleza cualquiera, no es una de esas de palabras fáciles e imágenes rotundas y amables; no, no es ese tipo. Mientras la leía yo sentía, por momentos, que me elevaba y descendía como solo lo haces oyendo una sinfonía de Mahler, cuando el sonido te va recorriendo el cerebro y los centros de sensibilidad; y te sientes como si flotaras en una barca; subes y bajas con la marea de sonidos, como si estuviera, también, afectada por los influjos de la luna, suave y terca. Otras veces me parecía sentirme como cuando miras un río furioso y queda atrapada tu mente y tu mirada en el flujo y reflujo hipnótico del agua en el torrente. Esa sensación de que las palabras, las frases, se mueven bajo la doble sensación del control como la de una partitura y el descontrol furioso pero encauzado del río la he encontrado en contados libros. En contraposición a ese rumbo de las palabras, las ideas tiene una derrotero fijo: el deber, el poder, la exigencia por encima de la lógica, el ciego cumplimiento de las normas, la derrota… Todos esos caminos se abren y discurren por la novela, y son los contrafuertes que la sostienen.

Lección de alemán” es el relato en primera persona en el que Siggi Jepsen cuenta que cuenta cómo es su vida en un reformatorio para jóvenes delincuentes, situado en una isla en mitad del río Elba, junto a Hamburgo. Escribe sobre la redacción, que primero no quiso escribir y que luego se convirtió en castigo, donde debía hablar sobre las “alegrías del deber”. Pero él ve ese deber como expresión de cosas que le llegan del pasado, y los ve como  única forma de vida, un modo de afrontar el presente y el futuro. El  deber como decepción y como comportamiento, como moral y como ética personal antepuesta, incluso, a la general, a la de la mayoría. Las “alegrías del deber” solo tenían una representación para Siggi, y era la de su padre, pero, aunque no lo quisiera reconocer, él mismo se aturulla subordinándose a una obligación extraña, que llega ahora en el reformatorio, o antes en su niñez, entre fuegos y afecciones. Sin embargo, es su padre, policía de un pequeño pueblo del norte de Alemania durante los estertores de la segunda guerra mundial, el que al recibir el encargo de prohibir dibujar al pintor Max Ludwig Nansen, y hacer cumplir dicho mandato, el que se obcecará en seguir las ordenes hasta las últimas consecuencias. Así, esa prohibición llevará a Siggi por las imposiciones paternas para que espíe a Nansen, y llevará, también,  al mismo pintor a tomar al niño como aliado en su intento de salvar los cuadros, el arte y su forma de vida de la furia destructiva y obsesiva del policía. El deber que este sentía era poderoso, airado, presuntuoso, sobrepasaba sentimiento y poder, excedía el debido a su puesto policial para incluir a la familia, al pueblo, al comportamiento de la gente. En la batalla que discurrirá paralela al final del nazismo, aparecerán más actores que cubrirán los espacios que Siggi necesita para hablar de su familia, de su mundo, de sus compañeros de clase, de sus profesores, de huidos, de muertos, de la guerra… del arte.

Pero el lugar más alto por el que discurre la novela aparece en el momento que se plasman las ideas, las formas, las palabras, los recuerdos de vida y los sueños del que escribe en frases e imágenes, y hacen del libro algo especial. Las palabras cuentan historias de gentes que salen de la imaginación de Siggi o de la realidad; sus historias son momentos que quiere dominar, dar rapidez o pausa, sentido y dominio, y por ello hace que estén bajo el dominio de su pluma. De modo que sus personajes están vivos en cuanto él los describe, así que los malea, los hace moverse y avanzar o retroceder, los hace mirarlo, hace que los personajes de los cuadros estén vivos y salgan de ellos para contarle cosas. Y las miradas no serán únicas, variarán según sea la de Siggi ya adulto encerrado en su habitación del reformatorio y que está escribiendo la historia, o sean la del Siggi niño el que habla. Ambos, recuerdo y realidad, se confunde, hacen que se muevan las olas, adelante y atrás como la marea de aquella luna. Las miradas, otras veces, son como si fueran hechas por una cámara de cine, recia y vieja, que filma lo que ocurre en el momento como si se saltará todos los pasos y orgullos del escritor, nada se interpone, parece, entre el escritor y la escena descrita, todo es absoluta verdad, sin afeites. Esa misma mirada que, aunque no siempre sea cruda como la de una cámara que atrapa nubes, que persigue soldados que huyen, que percibe al movimiento de un pincel o a los aviones que ametrallan, que levanta cien mil gaviotas sobre el cielo; es la mirada que da importancia a lo menos grandioso, a lo menos exagerado, a esos pequeños gestos, guiños, palabras o pasos que parecen que se nos van a pasar por alto, pero que son los que explican el mundo, que atañen a ese pequeño espacio con el que explica la realidad por encima de los grandes gestos y de las palabras más seductoras. El libro es en parte, sí, memoria pero también confesión al lector, al profesor de alemán, al director del reformatorio, a sí mismo, al lector potencial, al mundo, a sus padres, a sus hermanos, a la nada… de culpas y odios, de recelos y contagios, de perdidas y descubrimientos.

Lección de alemán” es, también, un encendido escrito de pintura, de arte. Es un elogio al acto de pintar y a los propios cuadros; pero también a la libertad personal y a la artística, sobre todo la del pintor,…y la del observador. La visión que aparece de la pintura, nos lleva por un elogio sobre el estudio del color y la luz, Siggi sabe escudriñar las pequeñas diferencias de los tonos, de los contrastes, sabe admirar la discusión, práctica, del pintor consigo mismo para alcanzar a expresar el mundo lleno de brujas y fantasmas, de seres salidos de lo profundo del paisaje y de las mentes de aquel pueblo, de aquella Alemania. Así de los cuadros salen escalofríos, y sale miedo, y sale angustia, y salen personajes que nunca son heroicos, no so vencedores, solo sufren, hace sufrir, escapan, o sienten que no era su sitio. Todos parecen del recuadro del lienzo para entrar en el mundo de Siggi, infantil pero codicioso de saber y de sentir. De esta manera, de los pinceles nacen cosas que nunca estarán muertas porque viven aún ocultas en lugares improbables, siguen vivas y, quizás, a salvo de los necios del deber ofuscado.

Y en “Lección de alemán” la sensación de orden, intransigencia y desdén, que parece mostrarnos un mundo oscuro, cerrado, nublado, cuadrado: contrasta con la libertad de los cuadros que pinta Nansen y describe Siggi, en los que el color y la imaginación, en los que las brujas y los fantasmas, los seres de otro lado, enseñan un mundo irreal, no pegado a la tierra y a las nubes bajas. Y nos muestra el reformatorio lleno de mentiras y verdades, del que aunque te dejen en libertad, no se puede escapar; él no puede escapar de aquel centro que es su lugar de castigo, perdón y refugio.

Pensé otra cosa cuando acabé este libro por segunda vez: lo agradable que era volver a él, para redescubrir la definición de lo hermoso en la literatura.

Lo volveré a leer. Seguro.

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Noches blancas, de Fiodor Dostoievski

Noches blancas

Noches blancasMi sueño desde que escribo reseñas es empezar una tal que así:

“Que quería yo hablarle de Dostoievski”.

Y entonces vosotros decís:

“Ah, pues muy bien. Encantada. Ahora mismo bajo”.

Y así, amigos, es como yo cumplo mi peculiar sueño. Así que seguidme el juego en este momento tan José Luis Cuerda. Si no entendéis mi genial y brillante introducción (ejém) es que no habéis visto la fantástica película Amanece que no es poco, lo cual me entristece mucho. Hay que tener devoción a Dostoievski y a Faulkner y hay que ver Amanece que no es poco. Es una verdad universal, no es que me lo esté inventando yo. Además, está prohibido ir de hipster sin haberla visto. Ya sabéis, la próxima persona que no pille una referencia a esta película tendrá mi más absoluta indiferencia (y estaré siendo muy justa).

Dicho esto, tengo que hablaros de Noches blancas. Recuerdo que la primera vez que leí este libro tendría unos quince años. Era una edición de mi padre bastante antigua y desde entonces, la última frase del libro, que anoté en alguna libreta, me ha ido persiguiendo a lo largo de mi vida. ¿No os ocurre lo mismo? ¿No hay frases que os acompañan, frases que de algún modo, forman parte de vosotros? No sé si os parece muy raro, pero a mí me ocurre con unas pocas. ¿La frase? Luego os la digo.

Dostoievski es una maravilla de escritor y para mí hace mucho que se convirtió en uno de mis escritores preferidos. ¿Habéis leído El jugador? Otra maravilla. Dostoievski es un gran escritor porque conoce a las personas, porque sus personajes son tan fascinantemente verdaderos que pareciera que tuvieran alma. Aparte de los personajes, su manera de escribir es impecable. No sé qué tienen los rusos escribiendo, si es el vodka o el frío, pero la madre patria ha dado una cantidad de escritores imprescindibles para la literatura universal.

Como os decía, leí esta novela cuando aún era joven e inocente y me impresionó mucho. Venga, voy a contaros algo friki: me gustaba tanto Dostoievski por aquel entonces, que utilizaba el nombre de Nietoschka Nezvanova (otra de sus novelas) como seudónimo en Internet. Os estoy hablando de los tiempos del IRC, Fotolog, etc. Yes, I’m a loser baby, so why don’t you kill me. Tras este breve apunte extraño, continúo. ¿Sabéis por qué esta pequeña novela se titula Noches Blancas? Resulta que en el solsticio de verano, en ciudades como San Petersburgo (donde se desarrolla esta novela) ocurre un fenómeno natural que hace que las puestas de sol ocurran más tarde y los amaneceres más temprano. Por lo tanto, nunca llega a haber una oscuridad completa. A este fenómeno se le llama Noches blancas y es en estas extrañas noches cuando se desarrolla la trama de esta novela. La novela se divide en varias partes: primera noche, segunda noche, la historia de Nasténka, tercera noche, cuarta noche y la mañana. Lo que sucede durante este poco tiempo es que el narrador, una persona solitaria, que apenas habla con nadie, pero que es tremendamente romántico, conoce a Nasténka, una joven de diecisiete años que vive casi todo el día literalmente atada a la falda de su abuela ciega. Nasténka, enamorada y prometida con un antiguo inquilino que prometió que volvería a por ella, pasa las noches esperándole. Y es en una de esas noches cuando se conocen nuestro protagonista y la joven Nasténka. Y hasta aquí puedo contaros, amigos. El resto quiero que lo descubráis por vuestra cuenta, porque realmente merece la pena.

Esta edición, publicada por la editorial Nórdica Libros, pertenece a su colección de libros ilustrados y es realmente bonita.

¡Ah! Casi se me olvida. La frase: “¡Dios mío! ¡Todo un minuto de felicidad! ¿Acaso es poco para toda una vida humana?”

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Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda

Veinte poemas de amor y una canción desesperada

Veinte poemas de amor y una canción desesperadaVeinte poemas de amor y una canción de desesperada es ese libro que algunos defienden como el más popular y recordado de Neruda y otros como el más ligero, el de menos trascendencia. Adjetivos, por otro lado, que no se excluyen entre ellos. Sí, es posible que sea el libro de Neruda más leído, y también puede que no sean sus mejores poemas. Pero no lo olvidemos, es un poemario escrito con tan solo diecinueve años y que para muchos forma parte hoy en día de su canon poético.

Neruda, empapado de toda la corriente nueva del arte del momento con acento francés, aparece en una tierra lejana para demostrar la universalidad del lenguaje. Desde Latinoamérica, surge su voz con ganas de seguir la estela surrealista que ya ha empezado en Europa. Eso sí, sin que nunca se pudiera afirmar – ni todavía en nuestros días – que él hubiese formado parte de ello. Con el uso magistral de los adjetivos – recuerdo una frase de la época, no sé si de Neruda, que afirmaba algo así como «el adjetivo, cuando no da vida, mata» -, el chileno ofrece veinte poemas de amor más uno final, el único con título: Canción desesperada. No podemos hablar aquí de manera global de la forma poética que caracterizará a Neruda, ni tampoco de la sacudida personal que sufrirá tras vivir las guerras – sobre todo la Guerra Civil Española –, o de las experiencias tan impactantes que serán para él sus explosivas relaciones sentimentales. Neruda es aquí todavía un niño pero ya con importantes destellos de grandeza.

En esta edición, a cargo de Navona y enmarcado en su colección Los ineludibles, nos ponemos delante de una cubierta amarilla con letras en color verde y unas páginas que desprenden un olor inevitable; todo ello encabezado por el prólogo del escritor colombiano William Ospina. Los poemas, sin título, van precedidos por una página en verde con el primer verso en letras grandes. Y ya metidos en el libro, nos encontramos con la investigación que hace Neruda de su amor, de sus sentimientos, de su experiencia pasional. Ya desde sus inicios vemos sobrevolar esa nube negra que siempre acompaña a sus poemas – recomiendo, si no lo habéis leído todavía, el poema Walking around, uno de mis poemas favoritos – y que provocará aquellas famosas «lentas lágrimas sucias». Todo eso ya está aquí pero pintado con el amor de un joven prendido por la que sería el prototipo de su musa ideal, Albertina Azócar. Neruda prende en este poemario la mecha del intenso camino amoroso que será su vida. En sus poemas no vemos el amor como algo que llega, se establece y queda. En Neruda, el amor es lucha y nunca calma, es una batalla sin final en la que el amante está obligado a luchar. Con heridas que son lágrimas enquistadas y con la mirada triste de quien se sabe triste se nos muestra el Neruda que busca hacer sentir más que contar, que nos demuestra la afirmación de Ospina en el prólogo cuando dice que «la sed, el ansia, la indecisión, que parecen los obstáculos que le impiden vivir, son en realidad la materia que está hecho».

Dice también Ospina que «solo un poema de amor es capaz de hacernos sentir que no hay soledad más sola que la del que ama». Y quizás por eso es posible decir que este es el libro más leído y más popular de Neruda, porque al fin y al cabo ¿quién no ama en esta vida? O mejor todavía, y como canta Carlos Goñi en El peligro: «¿Pero aquí quién no es cobarde por amor?»

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Desayuno en Tiffany’s, Truman Capote

Desayuno en Tiffany's

Desayuno en Tiffany'sParece mentira esto que voy a decir, pero tengo que ser sincera: nunca había leído Desayuno en Tiffany’s. Vale, a lo mejor no os parece tan grave. Será por libros, ¿no? Pero si os digo que Truman Capote me parece un maravilloso escritor y que a A sangre fría es una de mis novelas preferidas quizá lo entendáis. Si además os digo que Desayuno con diamantes es también una de mis pelis favoritas, ya podéis entender plenamente el alcance de mi confesión. No sé por qué nunca había encontrado el momento para leerlo. Pero, afortunadamente, ahora que la editorial Libros del zorro rojo ha publicado una edición ilustrada (y a mí me gustan más los libros ilustrados que a un tonto un lápiz) he pensado que este era el momento. Los libros vienen cuando tienen que venir, no es cuestión de forzar la magia.

Leí Desayuno en Tiffany’s anoche. Son apenas cien páginas y, gracias a la prosa de Capote, la lectura es realmente ágil y sencilla. Así que al meterme en la cama comencé a leerlo y ya no pude parar hasta que lo terminé. A todos nos ha pasado, ¿verdad? “Sólo un capítulo más.” Y de repente te das cuenta de que estás en la última página. Eran las dos y pico de la madrugada cuando me ocurrió eso mismo, menos mal que al día siguiente era domingo y no tenía que trabajar porque tendría que haber lucido, una vez más, las famosas ojeras de lector.

El libro me ha requeteencantado, pero eso ya lo sabía yo. Cómo no iba a gustarme si Truman Capote es un genio, si ya he disfrutado anteriormente de su talento como una enana y además, tenía el referente de la película de Blake Edwards. Era obvio, esto no podía salir mal.

Esta edición es especial porque cuenta con las ilustraciones de la canadiense Karen Klassen. Unas ilustraciones muy vintages, muy coloristas y originales. En sus dibujos se nota que también ha trabajado en el mundo de la moda.

Lo primero que me llamó la atención fue la portada, en la que aparece una joven Holly Golightly con su típico vestido negro, sus guantes, sus perlas y su cigarrillo. Pero, esta Holly tiene el pelo corto y rubio. Claro, todos tenemos en la cabeza a la preciosa Audrey Hepburn interpretando este papel y de rubia no tiene nada. Pero sí, según Capote, la Holly original llevaba el pelo cortado como un niño y teñido de varias tonalidades de rubio. De hecho, Truman Capote tenía en mente a Marilyn Monroe mientras escribía este personaje. En un principio iba a ser ella quien diera vida a Holly, pero su profesor de teatro le recomendó que no lo aceptase, pues no le daría buena fama interpretar a una acompañante. Así que, finalmente, el mítico papel se lo llevó la Hepburn. Esto explica las diferencias que he encontrado entre el libro y la película, empezando por el color de pelo de la protagonista. La Holly del libro es más chabacana y menos refinada. Audrey Hepburn, en Desayuno con diamantes, es pura elegancia. No sólo por su forma de vestir, sino por sus modales, su forma de hablar y su saber estar. Lo cual no quita para que el personaje siga siendo el de una jovencita bastante descarada  y en mi opinión brillantemente interpretado. No son solo éstas las diferencias. La historia en sí, difiere entre el libro y la película. También la historia final del gato al que Holly pertenece es diferente. Hay personajes que en la película no aparecen y sucesos que nunca se filmaron. Pero la esencia de Desayuno en Tiffany’s está en la película, ese aura elegante que sólo Capote pudo inventar.

Ahora, además de que la película siga siendo una de mis preferidas, también lo será el libro. Truman Capote escribe como los dioses, si se me permite la comparación divina. Yo de mayor quiero ser como él.

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Parque Gorki, de Martin Cruz Smith

Parque Gorki

Parque GorkiLos buenos libros, además de las cualidades que le son propias a cada uno de ellos, tienen en común una gran virtud: despiertan la curiosidad por otros buenos libros. En este caso, la lectura de El niño 44 me inspiró el deseo y la necesidad (cualquier bibliófilo entiende este término) de leer Parque Gorki, libro que algunos críticos señalaban como anterior a aquel otro en una misma línea temática, vocacional -de denuncia- y cualitativa. Ahora, acabada ya su lectura, queda claro para mí que Parque Gorki es un perfecto ejemplo y demostración de algo que los lectores vocacionales saben muy bien: cualquier libro puede ser eso que se llama alta literatura. Cualquier libro -sí, hasta los vituperados e injustamente criticados superventas, thrillers y novelas policíacas– puede ensanchar los horizontes de aquel que, despojándose de prejuicios y  de creencias ignorantes tomadas en préstamo sin ponerlas en tela de juicio, les dé una oportunidad; puede ayudar a abrir nuestro foco mental; puede proporcionarnos conocimiento sobre el alma humana; puede asombrarnos; puede obligarnos a ejercitar nuestra mente en modos y maneras desacostumbrados y estimulantes.

Parque Gorki aúna varios niveles de lectura, interpretación y disfrute. A un nivel superficial, narra la aventura del investigador moscovita Arkady Renko, tan brillante en su profesión como desafortunado -o desacertado- en el escalafón social y político, donde no ha sabido reinvertir bien su talento ni sacarle réditos como aquellos de los que disfrutan otros ejemplares miembros del Partido Comunista. Renko se hace inmediatamente simpático, tal vez porque es el antihéroe noble arquetípico, como iremos comprobando a medida que transcurra la lectura. Renko debe encargarse de un triple asesinato cometido en el emblemático parque Gorki. La investigación pronto lo conducirá por los derroteros no sólo del crimen y de un horrible asesinato con desprecio total por la vida y la dignidad humanas, sino de la corrupción, la podredumbre orgánica del aparato del estado soviético y de todas sus instituciones, la deslealtad y las pasiones más bajas que puede alentar el alma humana. A medida que se enfrenta a situaciones cada vez más desafiantes y reveladoras, Renko se irá dejando la piel, desnudando para el lector su espíritu totalmente noble, totalmente entregado, totalmente leal y trágicamente inocente, a pesar de todo.

En los tardíos 80, la Unión Soviética ya era un gigante herido de muerte; atendiendo a esta lectura, Parque Gorki es su acta de defunción, o, más precisamente, el informe de su autopsia. La tesis final de Martin Cruz Smith es clara, y el autor no nos la regatea. La ambientación del triple asesinato de tres jóvenes en el parque Gorki es toda una declaración de intenciones. Dado que

[l]a ciudad contaba con parques más grandes donde dejar cadáveres: Izmailovo, Dzerzhinsky, Sokolniki. El Parque Gorki tenía sólo dos kilómetros de largo y menos de un kilómetro en su punto más ancho. Sin embargo, era el primer parque de la Revolución, el parque favorito. Hacia el sur, su extremo angosto llegaba casi hasta la universidad; hacia el norte, sólo una curva del río impedía tener una vista del Kremlin. Era el sitio al que todos acudían: los empleados de oficina, a comer su almuerzo; las abuelas, a pasear a los bebés; los novios, para verse. Había una noria, fuentes, teatros infantiles, caminillos y pabellones ocultos en el terreno. En invierno había cuatro campos y pistas de patinaje.

Colocar tres cadáveres mutilados, despellejados y cosidos a balazos, en el jardín del amor, la belleza y la diversión soviéticos constituye una metáfora tan eficaz como cualquiera otra, pero, por supuesto, el alegato de Parque Gorki va muchísimo más allá.

El desmoronamiento de la URSS sólo terminó cuando todos los libros de historia y todos los noticiarios lo dijeron; había empezado mucho antes, dice Martin Cruz Smith en Parque Gorki, y la defunción se produjo por una larga enfermedad totalmente endógena y de causas tan humanas como prevenibles en su origen, sólo que fuera de control ya a estas alturas. Parque Gorki radiografía la sociedad, la clase política, el poder establecido y el poder en la sombra, la verdad de la vida y la supervivencia en el supuesto paraíso de los trabajadores y en su corazón, Moscú, con una veracidad y una crueldad poco comparables con cualquier otra novela e, incluso o sobre todo, con cualquier aséptico libro de historia contemporánea. La precaria situación de los verdaderos trabajadores; los océanos de diferencia entre un moscovita y otro ruso cualquiera y entre un ruso cualquiera y un armenio, un uzbeco, un lituano o un ucraniano;  la tozuda realidad del crimen rampante, burdamente ocultada bajo una capa de palabrería propagandística; la proliferación de los nuevos aristócratas y millonarios venidos a más al calor de la corrupción, la burocracia, el complicado aparato institucional, el robo, los juegos de poder, el chantaje y el enchufismo… son sólo algunos de los cuadros poco menos que dantescos que Martin Cruz Smith nos da a conocer a través de las vicisitudes de sus personajes.

Y esa tragedia, la de un estado y un proyecto utópico que fracasaron porque la naturaleza humana no está a la altura de esa utopía, no podía tener un héroe más apropiado y más admirable que Arkady Renko, un investigador soviético, un miembro del Partido que debe aguantar los reproches de su mujer por no haber aprovechado su posición para escalar hasta la élite, un hijo casi repudiado por su padre por razones muy parecidas, y un detective que lo es porque ama la verdad y la perseguirá a costa de echar todo lo demás por la borda. Renko es un personaje de talla insuperable, casi mitológica; es un idealista melancólico, porque sabe que su lucha está condenada al fracaso ya que es, además, un idealista realista que sabe contra qué y quiénes se la juega; y ese conocimiento irá creciendo a medida que sus enemigos vayan mostrando sus cartas.  Y, sin embargo, en la misma proporción en que Arkady va desnudando la cruda realidad y perdiendo así todo lo que hace que el mundo lo tenga aún en cierta estima, va ganando en dimensión heroica y va ganándose así nuestro corazón.

Parque Gorki es, además de ese informe de autopsia que hemos descrito brevemente, un thriller palpitante y emocionante, escrito en Estados Unidos pero ambientado en la URSS, protagonizado por soviéticos y visto desde su lado de la barrera, cosa harto exótica en la época en que se publicó por primera vez. Pero su originalidad mayor radica en su capacidad para despojar el crimen -novelado o real, ¿acaso hay alguna diferencia?- de su halo épico, de su aparente complejidad, para mostrarlo tal como es en realidad: un acto malvado inspirado por una cualquiera de las más bajas pasiones del ser humano. Nada menos y nada más. Una vez eliminadas las aparentes capas que envuelven el hecho criminal y lo convierten en algo aparentemente muy intrincado, difícil de desentrañar y de comprender, Parque Gorki nos lo muestra en toda su deprimente desnudez. A diferencia de la mayoría de thrillers, que parten de un hecho horrendo pero muy simple para acabar con una explicación complicada y heterogénea, muy alejada de la vida cotidiana de cualquier lector normal, Parque Gorki hace lo contrario: nos sitúa -muy hábilmente – en un contexto harto complejo, de peliagudas relaciones internacionales, secretos gubernamentales, tejemanejes de agencias de inteligencia estatales, espionaje y contraespionaje, discursos y diálogos casi cifrados para salvaguardar el propio pellejo, etc., para acabar recordándonos, una vez más, que el asesinato, el peor de los crímenes, es algo terriblemente banal.

Deslumbra asimismo y merece comentario aparte la arquitectura de Parque Gorki. La novela está dividida en varias partes y transcurre en dos escenarios principales, y cada bloque tiene su propio misterio, sus propios trucos y su propio ritmo, que se torna vertiginoso en el bloque final. Sin embargo, por encima aun de esas divisiones, destaca el hecho de que la organización de la novela imita y refleja lo que le sucede a nuestro protagonista, Arkady Renko, en su relación con sus enemigos. Y es que Parque Gorki es, en realidad, la descripción de una lucha entre opuestos que, por serlo, se necesitan mutuamente y se definen merced a la existencia del otro, en una lucha antagónica que no necesita casi de más argumentos externos para seguir adelante hasta el final. Y la propia estructura de la novela reproduce ese juego de espejos, pues el final no es más que el reflejo del inicio, aunque un reflejo perfeccionado, pues pocas veces he tenido el placer de leer un colofón tan hermoso, tan perfecto y tan significativo como el que corona esta excepcional novela, cuya brillantez en ningún momento queda deslucida por las ocasionales incorrecciones y desajustes de traducción, en algunos casos más molestos que en otros.

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La época de las catedrales (Arte y sociedad, 980-1420), de Georges Duby

La época de las catedrales

La época de las catedrales

Quien piense que la sucesión de acontecimientos de los que se compone la historia, pudiera haber sido provocada por el azar, o por hechos que rompen la lógica del sistema causa-efecto, no tienen más que leer libros como este de Georges Duby para comprender que nada está creado por la casualidad; ver que un comportamiento, una construcción, una razón, una guerra, una decisión real, un acontecimiento dado, siempre tiene una causa última concreta, definida, que, en este ensayo, Duby nos muestra separándola de la multitud de probables y de las erróneas.

Pero más allá de un libro sobre arte, política, religión, sociedad o demografía, es un recorrido por las mentes de las personas que habitaron aquellos tiempos y aquellas tierras (Francia e Italia especialmente). Más allá de que el libro aporte fechas o cite acontecimientos y nombres, en realidad es un análisis de la sucesión de ideas y hechos que hicieron que la Edad Media evolucionara, que aquellos tiempos y comportamientos  fueran como fueron.

Duby habla en sus textos sobre casi toda Europa, desde el norte y centro, hasta el sur español o las islas británicas, pero sobre todo tiene dos centros concretos a estudiar, ambos capitales para el movimiento cultural, económico y de las ideas de la época. Uno será Francia -entendido con la amplitud del imperio carolingio- y el otro la península itálica. En el primero, Francia, describe todo el movimiento político, social, religioso y artístico que apareció desde la Alta Edad Media, en las que el Imperio de Carlomagno, y sus sucesores, se apoyaron en un poder dirigido desde la distancia, en el que los duques y los obispos eran la representación territorial de su autoridad. Todo lo que le ocurre posteriormente se sucede con una lógica aplastante: la caída de la influencia real del Imperio Carolingio -Capetos- provoca en sus ducados la aparición de los feudos, pequeños reinos en manos de nobleza local. Con ellos comenzará la disminución del poder del episcopado en favor de las órdenes monacales, en especial la Orden de Cluny y más tarde la del Cister. A través de ambas nacerán y crecerán el Románico y el Gótico. Entrada la Baja Edad Media, debido al crecimiento económico, el poder volverá a la ciudades, y es en ellas donde se alzarán las catedrales. La expansión demográfica, generada por ese desarrollo, provocará un exceso de población, y con él las hambrunas y la peste que harán retroceder la demografía y la economía. Por ese motivo se eliminará el impulso de crecimiento y se convertirá en un movimiento, como mucho, pausado hasta bien entrado el siglo XVI. En Italia -denominándola así para encuadrarla  geográficamente en la actualidad- la historia estará regida por otros condicionantes: el poder papal, el del Emperador germano y la influencia del imperio Bizantino. Todo esto crea una región muy compartimentada políticamente y en la que la evolución es diferente a la Franca. Por este motivo, generará movimientos sociales, políticos y artísticos, propios, y desembocará en el poder de las ciudades-estado de origen comercial, como Venecia, Pisa o Florencia. Roma será, en cambio, centro de luchas, anhelos, guerras y actividades destinadas a, por un lado, retener o recordar el poder del Imperio Romano, y, por otro lado, defender y expandir el Trono de Pedro y su influencia en el mundo Cristiano.

Todo ese marco político, demográfico o económico, es apenas una parte del camino que recorremos buscando la génesis de las catedrales como expresión no sólo de la espiritualidad de aquel momento y tiempo, sino como enseñas del avance económico, cultural, artístico, científico y religioso de cada época. Ellas eran exaltaciones del poder divino que comenzó en el Románico como una representación del Cristo – del Patoncrátor,- como Juez, como Príncipe que decide en el Fin del Mundo; para pasar en el Gótico a la imagen de Cristo como expresión del maestro que enseña y muestra el camino al mundo, y que lo rige con su sabiduría; y acaba en los siglos finales de la Edad Media, como el Cristo que ha bajado a la tierra, y que se movió junto a sus seguidores por este mundo, y así siguió siendo un Dios humano. No será esta evolución un reflejo inútil y sin importancia de un hecho residual, no. Es el reflejo de la trasformación y el crecimiento del pensamiento no solo religioso, sino también de las propias ideas; de la filosofía, de la ciencia, de las creencias que, incluso deja su legado en la actualidad.

Es imposible describir todo lo que aparece en “La época de las catedrales”, es imposible unir en pocas palabras los términos cruzados, los hechos paralelos, los ejemplos que confluyen, las circunstancias que atañen a cada momento, que en este libro aparecen para crear una autentica y fascinante historia sobre un pueblo que trabajaba y moría en la mismo sitio -y en pocos años-; esa porción mayoritaria de las sociedad que aportaba beneficio y riqueza a la nobleza y a la Iglesia, que la gastaba en lujos, la invertía en arte, liturgia o mecenazgo; o la empleaba en diezmos, limosnas o en gastos suntuarios. Aparecerá una burguesía, de la que pronto se distinguirán y se separarán grandes comerciantes o banqueros prestamistas, al servicio de aquella riqueza nacida de la multitud de campesinos pobres. Dinero que también permitirá el surgimiento de pensadores,  de arquitectos, de escultores, de literatos, de teólogos o de filósofos  ( Tomás de Aquino, Ockam. Scoto..); así como el crecimiento de toda una clase de Caballeros que pululan por la campiña y la vida de aquellos tiempos.

Resulta claro, siguiendo los escritos de Duby, seguir todos los atajos o rodeos que hicieron de la cultura y la religión lo que fueron, y así encontrar las cosas que las unieron, la razón por la que se acompañaron durante siglos, deudoras una de la otra. Resulta hermoso ir viendo la visión que aparece en el libro de las necesidades religiosas que provocaron la aparición de los hechos artísticos, como el de la propias catedrales. Duby muestra el origen inmaterial de alguna de las formas que adoptaron las catedrales, persiguiendo el vano, o las alturas o la luz, en busca no de un resultado arquitectónico o una razón únicamente bella, sino que en la expresión de un significado teológico o litúrgico en las formas y en las edificaciones. Resulta claro, también, descubrir a través de estos escritos, la evolución de la figura de la Virgen como modelo cristiano a seguir, y compararlo con el progreso de la presencia de la mujer en la sociedad de aquella época -en lo cultural, en lo social o en el reflejo de la vida diaria-. Esa trasformación aparece, distinta, en la perdida de poder de la Iglesia -en parte por la aparición de herejías, en parte por el surgimiento de nuevas formas de expresión religiosa, como la de San Francisco, o los mendicantes- que conlleva el florecimiento de nuevas formas sociales, o artísticas alejadas de la religión, o, como mucho, paralelas a ella, puesto que aún habiendo nacido dentro de las representaciones de la Fe, se van desligando para crear temas y estilos profanos, sea en el teatro, la literatura, la pintura o en la escultura.

Todas estas personas, ideas, construcciones, guerras, herejías, basamentos, teologías, libros, esculturas… se van cosiendo entre ellas a través de las letras de Duby, que crea algo similar a un entramado de canales que se unen, se separan, se parasitan, se alimentan, se desaguan, se pierden en la nada, y que al final, la suma de todos esos elementos, crean un río único; resultado inseparable de lo que sucedido en su recorrido. La descripción de ese itinerario, con palabras y hecho exactos, es lo que da valor a este libro.

La época de las catedrales” es un texto para lectores apasionados por la historia, por el arte, la evolución del pensamiento y de la religión de la época medieval . Por lo tanto es un libro para el cual debes de tener conocimientos, aunque sea básicos, de esos temas. Y que no solo profundiza en ellos, sino que lo hace con una discurso ameno, distintivo y docto como pocos.

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