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La gente en los árboles, de Hanya Yanagihara

La gente en los árboles

 

La gente en los árboles

Recuerdo que la primera novela que leí de Hanya Yanagihara me dejó destrozado. No sólo a mí, claro. Medio mundo se rendía ante la dureza y la necesidad de contar una historia que no se ahorraba detalle alguno. Tan poca vida fue un antes y un después en mi vida como lector. Puso en entredicho todo lo que yo creía saber sobre la literatura y su poder para cambiar la forma que uno tiene de estar en el mundo. Las dinámicas que establecemos con otras personas. Y la gestión de los propios medios como base fundacional de una personalidad sana. Aunque suene grandilocuente, lo cierto es que me quedo corto a la hora de lanzar alabanzas sobre una obra que ha quedado para siempre dentro de mi canon personal. La buena gente de Lumen, ante tal despliegue palpable de talento, decidieron volver atrás en el tiempo y recuperar la primera obra de Yanagihara. Una historia que, si bien deriva por otros derroteros, podemos presenciarla con perspectiva y ver cómo la autora usó esta novela como campo de experimentación para ciertos temas y determinados recursos estilísticos que la lanzarían tiempo después a la fama internacional. Pero que no se me malinterprete, La gente en los árboles es una historia con personalidad propia que ahonda en ciertos temas delicados y pone en entredicho las sentencias irrevocables sobre lo correcto y lo incorrecto.

La historia comienza con una noticia que da la vuelta al mundo: el científico y ganador del Premio Nobel Norton Perina es acusado por abusos sexuales por parte de uno de sus hijos. Ya desde la cárcel, Perina decide contar su versión de los hechos. Y lo que a priori podría parecer una simple defensa de su nombre, va tornándose en algo muchísimo más complejo. La vida del protagonista se nos narra desde sus comienzos en un pequeño pueblo de Indiana hasta llegar a convertirse en el gran descubridor de lo más cercano que como especie hemos estado de la inmortalidad. Y es que en sus viajes a un archipiélago perdido de la Micronesia, Perina descubre un poblado cuya imposible longevidad radica en el consumo de una especie de tortuga autóctona. Será cuando lleve a Occidente su descubrimiento cuando su fama lo catapulté a los anales de la historia. Y justo será ése el punto de partida de las múltiples adopciones a niños de dichas islas, estableciéndose el escenario en el cual años después será acusado.

Como en la novela que hizo famosa a Yanagihara, aquí volvemos a encontrarnos ante diversas tesituras éticas que ponen en jaque al lector y le obliga a decidir si es lícito aplicar el juicio o dejarse arrastrar por el relativismo moral. Nada puede pecar de simple cuando los preceptos que sustentan a una civilización no coinciden con los del lugar de procedencia del que partimos. Y es justo por ello que la autora coloca a una científico en el ojo del huracán, para analizar desde la ciencia y la antropología aquello que nos cuesta asimilar. Como un bisturí, Yanagihara disecciona rituales y comportamientos sin aplicar juicios o ideas preconcebidas. Nos mueve las entrañas en aras de la ciencia, exigiéndonos a los lectores que dejemos de lado los puntos de vistas radicales y entendamos las raíces de lo que se nos presenta en cada página. Aunque aviso desde ya que ciertos pasajes son muy difíciles de digerir o tan siquiera hablar de ellos.

Hay algo hipnótico en La gente de los árboles. Algo que te obliga a andarte con ojo a cada vuelta de página. Su narrador, Norton Perina, aboga por el positivismo. Una fe en la ciencia que lo hace abanderado de la más absoluta objetividad. Sin embargo, como humano está condenado a una subjetividad de la que no puede desligarse. Una subjetividad que oculta al lector de forma intencionada. Siempre hay algo sucediendo en un segundo plano en esta novela. Algo que su protagonista se niega a mostrar. Y de esa sospecha mutua entre lector y narrador se establece un vínculo poderoso. Yanagihara consigue que reflejemos nuestra propia visión alterada de los hechos en su personaje, poniéndonos en una tesitura complicada. ¿En qué momento nos creemos poseedores de ideas como la verdad y la justicia?

Esta novela es una clase maestra sobre narradores poco confiables. De esos que te obligan a encontrar la historia justo en esos lugares que no están expuestos a la luz, bajo tierra, en el fango. Uno no puede salir de este libro sin entender que para hallar la verdad es necesario ensuciarse de principio a fin. Y que la confianza, como todos aprendemos en un algún punto de nuestra vida, es un asunto que exige cuellos con capacidad para rotar, cuellos que nos permitan mirar hacia otro lado.

 

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Denuncia inmediata, de Jeffrey Eugenides

Denuncia inmediata

Denuncia inmediataJeffrey Eugenides es un genio. No es una cuestión de apreciaciones infladas o falta de criterio. Lo es de un modo a la que poca gente le puede poner peros. Su literatura se dilata en el tiempo pero no por ello puede calificarse de extensa. Tan sólo cuenta con tres novelas y esta recopilación de su narrativa breve. Sin embargo, en cada uno de sus libros hay una delicadeza extrema a la hora de narrarnos la vida privada de sus personajes. Este talento para la inmersión le llevó a ganar el Pulitzer en 2003 por Middlesex. Un retrato tan asombroso como cotidiano de una persona intersexual, tema que vuelve a recuperar en uno de estos relatos. La pregunta es si estas alabanzas y buen hacer han calado también en sus cuentos. La respuesta corta es que sí. La larga exige un poco más de explicación ya que la creación de estas piezas ha tenido lugar a lo largo de treinta años. Y aunque estoy seguro de que se han visto sometidas a una fuerte revisión, lo cierto es que hay algo imperecedero e intraducible en la obra de Eugenides que convierte cada nueva publicación en un motivo de celebración y confinamiento.

Hay una cosa que me ha tenido enganchado a estas historias y es algo para lo que ya venía preparado. En la mayoría de los relatos, la historia no sucede fuera, sino dentro de los personajes. No es que estén aislados o no tengan lugar eventos diversos o conflictos a los que hacer frente. Si bien todo eso también ocurre, importa más el foco desde el cual somos testigos que la resolución del problema que se nos plantea. En Correo aéreo no sabemos si su protagonista supera o no la fuerte intoxicación estomacal que sufre, pero como lectores acabamos el relato sabiendo que el nuevo estado de conciencia al que llega importa más que la enfermedad que padece. O en La vulva oracular, donde el antropólogo que protagoniza la historia tiene diversos frentes narrativos abiertos, pero Eugenides nos sitúa en un conflicto inmediato, radical e inesperado. Hay otros como los que cierran y abren el libro, Quejas y Denuncia inmediata en los que los dos personajes que nos presentan trabajan constantemente la dinámica establecida entre ellos e indagan en la mutua influencia que ejercen, así como en las consecuencias en el mundo real de dicha relación.

Otro de los temas recurrentes en estos relatos es el del fracaso y la mediocridad asociados, en numerosos casos, a un aspecto financiero y matrimonial. La América de las mil oportunidades deja de brillar con tanta fuerza en relatos como Música antigua o Magno Experimento, donde las parejas protagonistas se enfrentan a una edad adulta bastante precaria. Son cuentos donde las soluciones posibles brillan por su ausencia y donde los personajes acaban entrando en un estado de escapismo o sucumbiendo a la ilegalidad. El autor norteamericano disecciona las fallas en los planes de vida que todos confeccionamos en la veintena y convierte dichas fisuras en motores narrativos. Es absolutamente implacable a la hora de señalizar dónde tropezamos todos. Nuestras aspiraciones no son muy diferentes a la de los personajes de estos relatos. Los problemas de ellos se parecen a los nuestros. Eugenides observa con eficiencia el mundo que le rodea, esa falsa tierra prometida en la que se ha convertido Occidente. Y encuentra sin dificultad las arrugas, las manchas en la piel y los eccemas de un sistema de valores que ya no se sostiene por sí solo mientras nos esforzamos en mirar hacia otro lado.

Uno de los aspectos que me ha parecido curioso de esta recopilación de relatos, es que cada uno de ellos marca el año en el que fueron escritos. Y si bien no han sido establecidos en orden cronológico, lo cierto es que es innegable la evolución del autor. Su prosa más temprana deriva a veces en acciones innecesarias con el fin de mover a los personajes hacia cierta dirección. Cosa que resulta un poco forzada y que poco tiene que ver con el Eugenides que conocemos hoy. Debido a ello, uno de los relatos que menos me han convencido es Huertos caprichosos, donde un par de hombres que sufren la crisis de la mediana edad encuentran en dos excursionistas y en un huerto milagroso la solución a la mayoría de sus problemas. Pero no hay que preocuparse mucho, ya que la cosa no hace más que mejorar. Y los relatos se van pareciendo cada vez más a lo que el autor de Las vírgenes suicidas nos tiene acostumbrado.

Voy a acabar recalcando que estamos ante una de las mejores radiografías narrativas que podemos encontrar ahí fuera, en esa jungla literaria que son las librerías. Un libro en el que vemos evolucionar a un autor que lleva ya años entre nosotros sin hacer mucho ruido. En esa vorágine capitalista que ensalza constantemente la novedad, un autor que publica un libro cada siete años suele pasar desapercibido. Sin embargo, hacerle caso omiso a Eugenides sería un error. Su literatura es una de esas magníficas paradojas que tienen en su haber los grandes autores: a pesar de estar todo el tiempo hablando de personas como tú o como yo, no hay nada ahí fuera que se le parezca. Un logro, sin duda, en este mundo nuestro del copia y pega.

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Lincoln en el Bardo, de George Saunders

Lincoln en el Bardo

Decir que George Saunders ganó el Man Booker Prize en 2017 con eLincoln en el Bardosta, su primera novela, sería injusto. Lo cierto es que el autor norteamericano ya contaba con la experiencia y la técnica necesaria para hacerse con el galardón. Libros como Diez de diciembre o Pastoralia, lo convirtieron hace algunos años en el rey del relato corto. Su mordacidad y su capacidad para provocar extrañeza desde lo cotidiano, le han valido numerosas menciones y reconocimientos. Sin embargo, ¿qué hay de todo eso aquí? Advierto desde el principio que el salto cualitativo es brutal. Si te gustaron sus relatos, vas disfrutar muchísimo de esta novela. Si nunca has leído a Saunders, esta es una carta de presentación como ninguna otra. Dicho todo esto sólo queda preguntarme ¿es esto en realidad una novela? Desde luego no lo es en el sentido convencional del término, pero con George Saunders nunca lo es.

Estamos en 1861, el primer año de la guerra civil norteamericana. Tras un aluvión de críticas ante la mala gestión llevada a cabo por el presidente Abraham Lincoln, éste se enfrenta a uno de los episodios más oscuro de su vida: la muerte de su hijo Willie, de once años. La noche del entierro Lincoln vuelve al cementerio de Oak Hill, para sacar el cuerpo de su hijo del féretro y sostenerlo por última vez. Es en este episodio nocturno donde se expande toda la novela y la lleva hasta el extremo más posmodernista. Hay una ausencia total de narrador para guiarnos por el libro. Tenemos, a cambio, la perspectiva de todas las vidas en suspensión que pueblan el cementerio para ir narrándonos lo acontecido en esa noche histórica. Entre ellas la de Willie, que en su absoluta ingenuidad se niega a aceptar el hecho irrefutable de estar muerto. Y es de esa negación donde surge el escenario del Bardo, un plano de transición entre la vida y el más allá que tiene sus orígenes en el budismo y que Saunders utiliza para dar rienda suelta a sus personajes y forjar una mitología propia.

A la construcción fantasmagórica del relato, se le suma otra capa. En el transcurso de la historia encontramos un sinfín de citas históricas en las que nos cuentan de primera mano cómo fueron los días en los que la tragedia golpeó a la familia Lincoln. Una ristra de comentarios, algunos verídicos y otros surgidos de la imaginación de Saunders, que consiguen darnos una visión fehaciente de la opinión pública del momento. La anulación del narrador, sumada al coro de voces y a estas notas, no hacen más que aproximarnos a la idea más sólida, que no por ello perfecta, de verdad. Otorgándole a lo sucedido la capacidad poliédrica de contener todos los puntos de vistas, incluso aquellos que mienten, se contradicen o ocultan algo. Todo suma en esa idea de verdad que dista del viejo relato unidireccional e irrevocable.

Lincoln en el bardo es una novela que no podría haber sucedido en otro momento de la historia. Es una hija de su tiempo, del hoy más inmediato. La correlación de testimonios y la forma de interpelarse entre sí, se asemeja sin ningún tipo de pudor a la idea de documental. Y digo documental y no ensayo, ya que las interferencias e interrupciones de los participantes convierten esta historia en un artefacto casi audiovisual. La fuerza de las imágenes, la brevedad de ciertos momentos y la aparente falta de constricciones convierten a la novela en un producto propio de una era digital y líquida. Y George Saunders consigue hacer todo esto sin salirse del formato más analógico que conocemos: un libro.

Hay en toda la obra de Saunders una denuncia hacia la deshumanización. Hacia la pérdida continuada de los rasgos que nos ennoblecen como especie.  En su primera novela consigue evolucionar esta crítica realizando una transición desde la mordacidad hacia la empatía. Saunders realiza el ejercicio de ponerse en el lugar del otro más ambicioso llevado a cabo por la literatura contemporánea. No escatima en recursos para hacernos entender la verdad de los demás. He de decir que aun siendo numerosas, todas son pertinentes. Nos coloca dentro, literalmente, de sus personajes y nos abre los ojos ante un dolor que todos podemos comprender si prestamos la suficiente atención.

La pérdida y la segundas oportunidades. Negar lo evidente por miedo a lo desconocido. Y dejar ir. Lincoln en el Bardo contempla cada una de estas posibilidades para llevarlas a un nuevo estadio. Nos obliga a entender que el tiempo es finito en términos biológicos, pero que juega con otras reglas cuando el reloj se sumerge en nosotros. Saunders nos recuerda que dentro de cada uno hay espacio suficiente para multitudes, fantasmas o para aquellos a los que no pudimos decirles adiós cuando llegó el momento de hacerlo.

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Pikunikku, de Monika Budišova y Jordi Trilla

Pikunikku

PikunikkuDecir que lo japonés está de moda es una apreciación tibia. La gran ola de Kanagawa es una imagen mucho más certera para lo que nos está ocurriendo. Como en la popular imagen de Hokusai, estamos siendo arrastrados por una fuerza cultural que nos lleva irremediablemente a las orillas japonesas. Una y otra vez. Lo curioso es que no conozco a nadie que esté nadando a contracorriente. Desde luego no lo está haciendo el que escribe estas palabras.

Hay una euforia general y normalizada cada vez que una editorial se arriesga con un autor japonés. O cuando un nuevo artefacto visual acampa a sus anchas en las librerías ondeando la hinomaru, nombre con el que se designa a la bandera japonesa. Si hace unas semanas os estaba hablando de la guía para perderse en Japón de Amaia Arrazola, hoy quiero hablaros de Pikunikku. Un diccionario visual un tanto gamberro que comulga con la extrañeza y la cultura centenaria propias de Japón. Como diría un japonés enérgico: ¡hajimemashō!

Todo comienza con una colaboración entre la buena gente de Impedimenta, artífices de los libros mejor acabados de la industria editorial patria, y el dúo creativo Pinkpill Design, formado por Monika Budišova y Jordi Trilla. Aprovechando los conocimientos de Monika sobre Japón, deciden llevar a cabo este proyecto en gran formato que hoy nos ocupa. La ilustradora estuvo viviendo entre japoneses durante casi un año y todas esas experiencias, muchas de ellas algo bizarras, han sido volcadas aquí.

Pero, ¿qué es Pikunikku? A grandes rasgos es un diccionario gráfico que se alimenta de todo aquello que nos fascina del país del manga. Desde tipologías de sushi hasta conceptos claves para entender la sociedad como los hikikomori, un fenómeno que roza la figura del ermitaño pero cuyo trasfondo es menos amable. O el Oshogatsu, todo un conjunto de rituales que giran en torno al Año Nuevo. Visitas a los templos, limpiezas exhaustivas en las que participa toda la familia o envíos de regalos con cierta utilidad a personas que han sido importantes para ti en el año que acaba.

El repaso que nos ofrece el libro es amplio y está categorizado en cuatro apartados. El día a día, Sociedad y cultura popular, En casa y fuera y, por último, Tradición y folklore. En cada una de estas categorías aparece un sinfín de ilustraciones y definiciones sencillas que dejan la página al borde del colapso. Uno siente que al avanzar entre sus múltiples referencias se lleva consigo pequeñas dosis de información que vuelven más certera su visión de Japón y su intrincada idiosincrasia.

Una de las cosas que más me han llamado la atención de este proyecto es, sin duda, su capacidad para trascender la franja de edad del lector. Lo he disfrutado tanto y estaba tan sumergido en el libro, que no me he dado cuenta de que en casa no era el único que lo estaba leyendo. Si hay pequeños curiosos en la familia, haced el experimento y dejadles el libro un par de horas. El asombro es contagioso, y lo extraño y  raro se acaban convirtiendo en un lenguaje universal que no requiere de traducción alguna. Además, las explicaciones que acompañan a todo el proceso de lectura lo hacen adecuado para incentivar la imaginación y entender cómo es el día a día de esa gente fascinante que vive justo en el otro lado del mundo.

Cuando hablamos de un libro en gran formato y lleno de ilustraciones hay que andarse con ojo. Los libros artísticos en ocasiones pecan de una falta de guía que les hace perder el concepto a mitad del recorrido. Gracias los siete Dioses de la fortuna, no estamos ante tal caso. Como decía antes, el buen hacer al que nos tiene acostumbrados Impedimenta en su línea literaria no ha faltado aquí. Hablamos de un libro con unos acabados de calidad que lo convierten en algo digno de tener entre manos.

Los dibujos de Monika Budišova tienen ese toque infantil de la nueva era que tanto me gusta. Alejado de la mojigatería de la ilustración tradicional, el trazo aquí vibra por su sencillez y su aire gamberro. He tenido la sensación más de una vez de verlos en movimiento. De cerrar el libro y sospechar que hubiese una fiesta ahí dentro a la que no se me había invitado. Hay una viveza explícita que me ha sacado una sonrisa en numerosas ocasiones y quizás es lo que al final me acabo llevando de todo este gran proyecto. Una socarronería y un amor por Japón que han conseguido algo inaudito, llegar a tipos de lectores muy diferentes. Algo a lo que muchos aspiran pero pocos consiguen.

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Wabi Sabi, de Amaia Arrazola

Wabi Sabi

 

Wabi Sabi

Uno sabe siempre cuándo empieza un viaje pero no cuándo se acaba. Suele pasar que, mucho tiempo después de volver a nuestra casa, aún seguimos rumiando las direcciones y los atajos del lugar visitado. Hay algo que queda en la ropa o en el pelo, algo que no estaba al principio de nuestra aventura. Quizás es la magia y la maldición de viajar, que cambia para siempre no sólo la persona que somos, sino también el lugar al que volvemos. Amaia Arrazola es el ejemplo perfecto de esto. Tras recibir una beca para pasar un mes en Tokio, decide aprehender todo lo posible la cultura japonesa y plasmar en ilustraciones el potencial tokiota. Desde sus calles y comercios, hasta personajes y conceptos que todos hemos escuchado de pasada pero que pocos saben definir. El resultado de este proceso es un libro que salió a la venta hace unas semanas de la mano de Lunwerg. Una auténtica delicia visual para aquellos que sufren como yo la fiebre nipona.

A medida que pasan las páginas y los días, el lector siente que acompaña a Arrazola en su viaje. La idea de estructurar el libro en las semanas que la artista estuvo en Japón también ayuda. Así vemos que, conforme avanza su estancia, Amaia pasa de un estado de estupefacción constante al de una normalidad autoinducida. Ella lo explica mejor, dejando claro que el proceso consta de tres fases. Primero, flipas con todo; segundo, empiezas a entender los entresijos de la sociedad japonesa; tercero, comienzas a adaptarte a sus costumbres. Es como si el instinto de supervivencia se esforzara en combatir la epilepsia pop que uno sufriría en Japón si no llegase a normalizar la sobrestimulación.

Los propios los nativos sufren de este bombardeo constante de luces de neón y anuncios de mascotas. Justo por eso, ante la supremacía de lo frenético hay una fuerza antagónica basada en el silencio y en la naturaleza. Amaia Arrazola indaga dentro de esta dualidad y la analiza con sus maravillosas ilustraciones. Nos habla de las religiones predominantes en Japón y su influencia en estos paréntesis zen que salpican la ciudad. Templos, parques y zonas de desconexión donde la hiperrealidad desacelera para dejar paso a una versión más amable del mismo país.

Frente a otras guías y libros ilustrados que he podido leer, Wabi Sabi funciona como un manual para principiantes maravilloso. Y es que más allá de las vivencias locas de una occidental que viaja al otro lado del mundo, Arrazola nos explica conceptos muy básicos de la cultura japonesa. Ideas y realidades que pueden sonarnos pero cuyo mal uso puede haber diluido la definición más certera. ¿Es lo mismo una meiko, una geisha y una oiran? ¿El ikebana es un arreglo floral puro y duro? ¿Sabría uno diferenciar entre el teatro y el kabuki? ¿Los samuráis pertenecieron al periodo Edo o a la era Meiji? ¿Para qué sirve un daruma? Con la más absoluta sencillez y haciendo gala de un trazo limpio, la artista nos explica todos estos conceptos de una manera directa y asequible. ¿Es el wabi sabi que da título a la obra ese condimento verde hecho a base de rábano picante que acompaña a cualquier degustación de sushi? La autora tiene una respuesta también para esto.

Llegados a este punto quiero hablar del estilo de Arrazola. La autora, nacida en Vitoria, ha llevado a cabo numerosos proyectos artísticos anteriores al título que nos ocupa. Sin embargo, no había tenido la oportunidad de cruzarme con ellos. Siendo este mi primer contacto con su obra, no puedo más que alabar el talento de la artista. Siento recurrir a un cliché manido, pero en este caso es cierto. Consigue que lo difícil parezca fácil. Y eso es algo que sólo consigue gente con mucho talento. En un primer momento el trazo aparentemente infantil te hace bajar la guardia. Te hace gracia y poco más. Pero a medida que avanzan las páginas y las semanas, ves que has cometido un error de apreciación. Aquí hay años de práctica y un estilo definido —que no definitivo—.

Cuando Arrazola se arma de valor y recrea estampas japonesas del siglo XIX con un respeto absoluto por la obra original, uno no puede más que sonreír y correr por la casa para enseñarle las imágenes a cualquier otro. Como si hubiera interiorizado  la idiosincrasia japonesa, los dibujitos monos conviven con ideas mucho más maduras y elaboradas. El resultado final es alentador y te obliga a memorizar bien el nombre de Arrazola para no perderle la pista.

Para cerrar quiero añadir que aquí se nos insta a unirnos a un viaje muy personal. Como ya hicieron en su día Florent Chavouet con Tokyo Sanpo o la más desconocida Kate T. Williamson con A year in Japan. Este libro es una invitación en toda regla a sumarnos a una aventura desde la mirada de la artista. El Japón que encontramos aquí es el de Arrazola y no el de los mapas. Hay una bendita ignorancia y una suerte de subjetividad que consiguen contagiarnos el estupor y las ganas de salir corriendo al aeropuerto más cercano. ¿Destino? Narita.

Si es verdad eso de que Japón es lo más parecido a una realidad alternativa que podemos encontrar hoy día, Wabi Sabi es el complemento perfecto para perderse. Para entender que no existen representaciones extrapolables del país nipón. No es la guía más perfecta que puede uno encontrar, pero ahí radica su belleza. Ahí reside el ansiado wabi-sabi.

 

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Pachinko, de Min Jin Lee

Pachinko

La buena literatura es aquella que te enfrenta a lo que das por sentado. Al menos, ese es el criterio que uso para distinguirla del mero entretenimiento. Y lo cierto es que no son muchos los libros que pueden ocupar un puesto en la primera categoría. De ahí la magia de encontrarse con ellos, casi por casualidad. Como si estuviéramos esperando que sucediese otra cosa. Desde que quedó finalista para el National Book Award en 2017, Pachinko entró en mi radar como una novela que merecía la pena leer. Una saga familiar de coreanos intentando hacerse una vida en Japón a lo largo del siglo pasado. A priori, parecía una novela entretenida. Mi sorpresa llegó después, cuando me vi totalmente arrastrado por la historia y por la Historia. Permitidme el uso de la mayúscula para diferenciar lo que los angloparlantes, acertadamente, dividen entre story y history. Aunque los personajes son ficticios, el episodio histórico que les toca vivir no lo es. Min Jin Lee me ha hecho replantearme mi fascinación por Japón, enseñándome la cara oculta de una sociedad eficiente y paradigmática. No sé si estamos ante una de las mejores novelas del año porque aún es pronto para este tipo de predicciones. Sin embargo, puedo decir desde ya que es uno de los libros más necesarios que vais a leer en 2018.

Todo comienza cuando Sunja, una coreana analfabeta de quince años, queda embarazada de un hombre casado que, fascinado por la joven, consigue embaucarla. Ante la imposibilidad de matrimonio, Sunja es tomada por esposa por un joven pastor presbiteriano que asume el cuidado tanto de ella como del bebé. Y juntos parten a Japón donde son acogidos dentro de la incipiente congregación con base en Osaka. Allí, el pastor y Sunja se reunirán con el hermano del primero y su mujer, con los que formarán una pequeña familia con la llegada de Noa, el recién nacido. A lo largo de los años, veremos cómo el devenir de este núcleo familiar será puesto aprueba constantemente. Racismo, pobreza y persecuciones religiosas serán problemas cotidianos a los que Sunja tendrá que hacer frente. No en vano, toda la novela gira en torno al fuerte ostracismo que vivieron los coreanos emigrados a Japón. Una situación que vulneraba los derechos humanos mínimos y que relegaba a la comunidad coreana a los peores estratos de la sociedad, como por ejemplo, trabajos en salones recreativos de pachinko. Una especie de pinball japonés cuyo sistema amañado generaba mala fama, pero que eran tremendamente adictivos. Negocios con los que la yakuza tenía relaciones.

Desde 1932 hasta 1989, presenciaremos cuatro generaciones de coreanos que tendrán que usar todo tipo de artimañas para poder tener una vida tan digna como los nativos del propio país. Desde ocultar sus raíces hasta separarse de sus seres queridos con el fin de evitar posibles asociaciones. En los años en los que transcurre la novela se sabía que ciertos trabajos, como profesor, estaban vetados si no se era japonés nativo.

Quiero detenerme a hablar del poder femenino que sostiene todo el artefacto narrativo. La autora nos sitúa tras los ojos de Sunja durante toda la novela. Es la fortaleza de una mujer que a penas sabe escribir bien su nombre desde donde el lector presencia un instinto de supervivencia imbatible. El peso de los años y de las muertes no es capaz de minar la voluntad de hacer que su familia prospere. Debido al fuerte patriarcado de la época, las mujeres se convertían en una deshonra para sus familias si decidían trabajar, incluso cuando el dinero era absolutamente necesario. Por lo que las mujeres en Pachinko tendrán que recurrir a todos sus recursos para poder alcanzar un mínimo de prosperidad.

Decía al principio que esta novela es sin duda necesaria. Y quiero explicar por qué. Siempre he tenido claro que una novela histórica no nos habla de la época en la que transcurre los hechos que narra, sino del momento en el que ha sido escrita. Y en este caso toca hablar del otro, del extranjero. El rechazo al que viene de fuera es implacable, sin importar cuánto se esfuerce. Con frecuencia es visto como un ciudadano de segunda categoría. Esta novela no sólo me ha enseñado historia. También me ha puesto en guardia ante mis propios prejuicios. ¿Quiénes son los coreanos hoy? ¿A qué colectivo, nacionalidad o etnia estamos culpando por nuestras carencias, por nuestro bienestar truncado? No quiero caer en el panfleto, ni en la demagogia. Aquí lo que nos ocupa son los libros. Sin embargo, no puedo sino pensar que la realidad, como el pachinko, lleva tiendo siendo amañada y son novelas como ésta las que te permiten entrever el truco. Leedla. Es necesario.

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Pequeños fuegos por todas partes, de Celeste Ng

Pequeños fuegos por todas partes

Pequeños fuegos por todas partes

Con tan sólo un libro en su haber, esta autora ha conseguido que se publique de manera simultánea en diferentes lenguas su segunda novela. Celeste Ng no es una principiante y tras el éxito que supuso Todo lo que no te conté, vuelve a la carga. Urbanizaciones en las que el drama entra por la puerta de atrás y se cuece a fuego lento ante unos personajes que lo ignoran por completo. Ahí es donde la autora norteamericana es una maestra. Su sutileza le ha ganado un sinfín de seguidores y es lógico. No hace ruido, no fuerza la situación, pero te ata de pies y manos a las páginas de su libro. Consigue que lo que te está contando importe. No exagero si digo que es muy posible que veáis este libro en las listas de lo mejor del año. La escritura de Celeste Ng es como los conflictos que plantea en sus novelas. Nadie se da cuenta de que ha llegado hasta que todo ha cambiado para siempre.

Mia Warren, cansada de la vida itinerante que ha llevado en los últimos años, decide asentarse con su hija Pearl en Shaker Heights. Una comunidad bien intencionada donde comenzar de nuevo y donde conocerá a Elena Richardson, propietaria de la casa que alquilan. El encuentro de las dos mujeres cambiará el curso de sus vidas para siempre. Elena, madre de cuatro hijos y miembro reputado de su comunidad, sentirá cómo los preceptos vitales de Mia chocan con los suyos propios.

Son los hijos de ambas mujeres quienes estrecharán lazos en detrimento de las diferencias puestas sobre la mesa. Aunque todos sabemos que los parches no son soluciones perdurables. Cuando el caso de adopción de una niña china por un matrimonio blanco pone en entredicho la ética y el buen hacer de los integrantes de Shaker Heights, las dos mujeres acabarán enfrentadas. Y, por ende, también los hijos de éstas. Alargando el conflicto de raza y clase desde los tribunales a la zona de juegos. A lo largo de la novela todos aprenderán la facilidad con la que puede propagarse un fuego que se creía controlado.

El estilo de Celeste Ng acaba subyugando al lector. Convierte a cada uno de sus múltiples personajes en un pequeño foco de atención, empatía y verosimilitud. No hay buenos ni malos. Desde el narrador omnisciente, consigue ponernos en la tesitura de cada uno de ellos. Otorgándole a la verdad una dimensión múltiple. Ideas como estatus o pertenencia cobran nuevos significados dependiendo del personaje que nos acompañe, dándole voz y peso a los argumentos que esgrimen.

En recientes entrevistas, la autora ha comentado que ella se crió en una población de esta índole, a las afueras de Cleveland. Conoce al dedillo los entresijos de estos vecinos que corren las cortinas para invocar una suerte de privacidad. Sabe qué esconden las familias perfectas, así como el grado de suciedad de la colada que no se muestra públicamente. La viveza con la que desarrollan su día a día los vecinos de Shaker Heights es un reflejo del grado de conocimiento que posee la autora. Celest Ng usa la mirada de Mia para criticar esta postal perfecta y hacer arte con las grietas que va encontrando en la vida diaria de estas personas.

Narrativamente estamos ante un sólido escenario que todos conocemos, a pesar de que la mayoría nunca hayamos pisado una de estas comunidades. Celeste Ng consigue aportar su granito de arena en este imaginario colectivo de barrios residenciales norteamericanos que tantas veces hemos presenciado en otras novelas.

No quería acabar esta reseña sin hablar de la maternidad. Ya que sin duda es el asunto más importante que se nos presenta en la novela. Madre no hay más que una, eso es cierto. Pero esta máxima acepta un sinfín de matices y Pequeños fuegos por todas partes recoge todos y cada uno de ellos. La capacidad de romperse por un hijo, la sangre fría de retenerlos contra su voluntad. Hijos deseados y padres primerizos. Madres ausentes y niños robados. El arte de la combinatoria se expande cuando hablamos de progenitores y descendientes. La Biblia nos habla de dos mujeres enfrentadas por la custodia de un hijo. Una, capaz de compartir un trozo de dicho hijo; otra, forzada a ceder. Celeste Ng asume la tarea de continuar con la tradición de toda esa literatura ancestral centrada en las madres y parte en dos el universo de Mia y Elena con el fin de satisfacer el deseo de verdad que reside en el lector.

Rectifico lo que dije antes. La novela de Celeste Ng no habla de maternidad, sino de maternidades. Hay algo que asusta en traer vida a este mundo. Te expone y te convierte en el blanco de los miedos y las dudas. Parir te obliga a romperte y a dejar ir. La creación de otro humano es algo engorroso y arbitrario en grado sumo. ¿Dónde acaba nuestro papel? ¿Cuándo podemos sentirnos orgullosos ante el buen trabajo realizado? No existen respuestas. Los hijos llegan para heredar nuestro legado o para construir el suyo propio sobre nuestros cimientos. No existen las madres perfectas. Por desgracia, tampoco los hijos pródigos.

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El vendido, de Paul Beatty

El vendido

 

El vendidoNadie puede negar el acto heroico que se han marcado aquí los chicos de Malpaso. Traducir y traer a estas tierras esa rara avis que es El vendido exige mucha valentía que pocos pueden presumir de poseer. Y es que la novela de Paul Beatty ganadora del Man Booker Prize en 2016 es un hueso duro de roer. Su tono, su temática y sus infinitas referencias harán que más de una vez te plantees si has elegido el libro correcto. Lo es, créeme. No es fácil, no es complaciente. Pero te deja en un lugar en el que nunca antes habías estado. Si hace unos meses alguien me hubiese dicho que un libro sobre agricultura, esclavitud y segregación racial iba a hablarme sobre mi lugar en el mundo, le hubiese sonreído amablemente y me hubiese montado en el primer taxi que hubiese conseguido detener.

Y ahora estoy aquí soltando bondades sobre un texto que habla de minorías y todas esas connotaciones sociológicas que conlleva usar el nosotros cuando nadie nos ha pedido permiso para incluirnos. Ese horrible momento en el que alguien decide que formas partes de algo sin ni siquiera haberte explicado las claúsulas del contrato de arrendamiento. Sí, porque estamos hablando del alquiler de la identidad. Y porque ser negro hoy tiene sinfín de tonos grises de los que nadie nunca nos ha hablado. Hasta ahora.

El protagonista de esta historia va a ser juzgado por el Tribunal Supremo. Los cargos contra él incluyen restauración de la esclavitud y la segregación racial entre muchos otros. Claro que todo puede justificarse. Todo puede llegar a entenderse si se contempla la historia. Si comprendemos que ser hijo del mayor sociólogo racial –o psicólogo de la liberación- que ha visto Estados Unidos no es tarea fácil. Sobre todo si toda tu infancia es una sucesión de experimentos de carácter conductista con el fin de que asimiles a cualquier precio la esencia de la negritud entendida como el devenir rupturista de una raza sometida.

Ahí no acaba todo, ya que debido a la fama de su padre, nuestro protagonista hereda el puesto de susurrador de negros, un cargo autoimpuesto que consiste en sacar a negros de los brotes frecuentes de enajenación metal. Una molestia constante que sufren debido a la presión de reubicarse en un mundo que les devuelve un feedback denigrante.

La trama tarda poco en desmadrarse y la obtención del primer esclavo por parte del protagonista no hará sino agilizar la locura colectiva de una comunidad afroamericana llena de mexicanos, Dickens, cuyos ciudadanos son tan vulnerados por el sistema que ni siquiera aparece en los mapas. Una carrera contrarreloj para luchar contra la invisibilidad, esa nueva discriminación pasivo-agresiva que se esfuerza en reducir, simplificar y omitir a un colectivo que ensucia el paisaje de Los Ángeles.

Todo el planteamiento estrambótico que Paul Beatty propone en su novela no tendría ni pies ni cabeza si no usase la sátira más hiriente para llevarla a cabo. Sus personajes están tan al límite que uno no puede más que tomar distancia y analizarlos desde la caricatura. Más tarde entendemos, cuando todas y cada una de las reflexiones que el autor lleva a cabo son totalmente pertinentes, que la caricatura somos nosotros.

El chiste en la novela es el lector medio con ideas preconcebidas que con su simplificación de la realidad se ve desnudo ante un nuevo panorama que no controla y que no acierta a manejar. Sí, hay un punto de no retorno en la novela en el que no se sabe si uno, como lector, se ríe de los personajes, o está sucediendo todo lo contrario. Porque si bien es cierto que el estilo de Beatty no es fácil, sus disquisiciones sobre raza y minorías son lo más inteligente que he tenido el gusto de leer en mucho tiempo.

Paul Beatty nos propone un viaje en forma de flashback cuya resolución final roza la definición perfecta de mundo global. Los estereotipos devoran a las personas reales que hay detrás y el lavado de cara de la nueva discriminación no consigue que pase inadvertida. Hay una sensibilidad latente en todo el sinsentido que recorre la novela y una disertación final disfrazada de anécdota que deja claro que las multitudes no son homogéneas. Que detrás de los colectivos hay un conjunto de personas diferentes que comparten un rasgo en común, pero que no tienen que definirse necesariamente por dicho rasgo. Y que a pesar de existir muchas formas de estar en el mismo barco, eso no impide que el resto de la tripulación no se amotine contra ti si no estás remando en la misma dirección que ellos. Toda una revelación.

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Tom Strong: Libro 01, de Alan Moore y Chris Sprouse

Tom Strong

Tom StrongSiempre he pensado que los cómics son para el verano. Y esto lo dice alguien que lee cómics todo el año. Pero hay algo en la época estival que le otorga un plus de idoneidad a eso de sentarse ante viñetas y viñetas en las largas tardes de julio y agosto. Naves nodrizas colonizando nuevos planetas, mutantes en guerra constante por el derecho de pertenecer o noches alargadas hasta la extenuación en pro de la lucha contra el crimen organizado. Sólo de pensarlo se me ensancha la sonrisa y el viaje atrás en el tiempo está asegurado. Creo que leer cómics me hace contactar directamente con mi yo adolescente, preguntarle qué tal todo, cómo van todas esas expectativas imposibles de cumplir. En verano ese canal de comunicación es más sólido. De algún modo, más auténtico. Debido a ello, haber leído las maravillosas historias que nos presenta Tom Strong: Libro 01 editado por ECC me ha dado más de una alegría. Y es que reinventar a un héroe de mediados del siglo XX con toda la nostalgia y el pulp que requiere dicho acto alquímico sólo podría salirle bien a alguien como Alan Moore.

Pero, ¿quién es Tom Strong? Criado en la isla perdida de Attabar Teru por unos padres cuya fe en la ciencia hace que confundan educación con experimentación, Tom Strong es un niño que desarrolla una serie de habilidades extraordinarias gracias al control férreo de los factores a los que queda expuesto durante sus primeros años de formación. Entre dichas habilidades se encuentra la cuasi inmortalidad otorgada por la raíz de goloka, una droga manufacturada por los nativos de la isla en la que pasa sus primeros años. Pero es tras la pérdida de dichos progenitores y su salida al exterior cuando Tom Strong empieza la verdadera e infinita aventura que protagoniza. Acompañado por Dhalua, su esposa; Tesla, la hija de ambos; Pneuman, un androide cuyo prototipo diseñó su padre; y Solomón, un gorila con una inteligencia sobre humana y la capacidad de hablar propia de un inglés bien educado; Tom tendrá que hacer frente a todas las amenazas del mundo conocido. Estos cinco personajes aterrizarán en Millenium City para encontrarse con un elenco de villanos que hará las maravillas de todo aquel que disfrutara en su momento de viejos cómics americanos de colores chillones y desarrollo ingenuo y genuino.

No quiero dejar pasar la oportunidad de hablar de Millenium City. Superman no sería el héroe que es sin Metrópolis. Del mismo modo no podríamos definir a Batman si quitásemos de la ecuación a la omnipresente Gotham. Algo parecido sucede con Millenium City. Ubicada cerca de Nueva York, esta ciudad representa como en los anteriores casos todas las bondades y defectos del superhéroe al que hospeda. Rascacielos flamantes, medios de transporte que recorren la ciudad por tierra y aire. Y es que la ciencia se ha desarrollado de forma óptima y se ha puesto al servicio de los ciudadanos, entre los que se encuentra Tom Strong. La mayor parte de las victorias que se adjudica nuestro protagonista se debe a inventos científicos y al uso de la razón. Me ha sorprendido cómo en muchas ocasiones, y quiero decir muchas, la forma de vencer al enemigo de turno es dialogando con él y llegando a una especie de acuerdo. Sí, hay instrumentos de todo tipo para amenizar la tarea. Máquinas del tiempo y aerodeslizadores interdimensionales. Pero al final del día todo se reduce a Tom y a un villano llegando a un punto de entendimiento. Un lugar en el que ambas posturas puedan sobrevivir. No recuerdo si en los 14 capítulos que componen este primer tomo, alguno de ellos acaba en la cárcel o muerto. Puede que algún secuaz haya caído en el fuego cruzado de las preliminares. Pero las conclusiones finales, ese punto álgido de desenlace, brillan por carecer de bajas. Y este paroxismo mediático se debe a que la ciudad en la que nos encontramos, Millenium City, se alimenta del avance de la ciencia y de la evolución del hombre del nuevo siglo, dejando de lado cualquier tipo de barbarismo.

El dibujo de Chris Sprouse, que ya pudimos ver en El Multiverso, es asombroso y lleva las ideas de Alan Moore a un plano visual que tiene coherencia con ese flashback nostálgico que representa Tom Strong. Porque aquí hay un homenaje y una sátira, todo junto, todo mezclado. A veces Moore juega con nuestra memoria y con el recuerdo feliz de cómo funcionaba el mundo del cómic hace años. Y como homenaje Tom Strong brilla y conquista al lector con unas aventuras que siempre se solucionan al final de cada capítulo. Unas historias que nos devuelven, como decía al principio, a un estado de gracia casi infantil. Pero no descarto la posibilidad de que Moore también esté criticando justo eso. La falta de tonos grises en unas historias que poco tenían que ver con el mundo real. Historias en las que los buenos no tenían flaquezas y estaban lejos de la corrupción. Y decir esto del hombre que nos trajo Watchmen es otorgarle a esta dualidad un peso mucho mayor. Es como si Alan Moore hubiese retorcido aquellos libros de Elige tu propia aventura a un nuevo nivel, usando la moral del lector para que sea éste quien decida ante que tipo de cómic se encuentra. Elijas la opción que elijas, es innegable que este primer tomo de Tom Strong es una auténtica maravilla y el cuidado extremo que han puesto los chicos de ECC en esta edición hace que se haya convertido en lectura obligada para estos meses de verano.

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Recuerda aquella vez, de Adam Silvera

Recuerda aquella vez

Recuerda aquella vezEn 2015 dos debuts literarios dieron mucho que hablar en Estados Unidos. Los dos libros de corte adolescente ahondaban en la temática LGTBI y tanto lectores como prensa especializada elogiaron a los dos jóvenes autores. Llegando a cosechar en ambos casos un sinfín de seguidores y numerosos premios. El primero de estos libros fue Yo, Simon, Homo Sapiens de Becky Albertralli que ya reseñé en su momento. La misma editorial de entonces, Puck, vuelve a dar en la diana al traernos ahora la segunda de esas obras. Y es que Recuerda aquella vez se merece toda la atención que el lector patrio pueda darle. Frente a la novela de Albertralli que en su momento clasifiqué de ligera y divertida, nos encontramos ahora con una historia bastante más seria y dramática, donde el devenir de los acontecimientos golpea de lleno a unos personajes que sólo buscan saber quiénes son y entender cómo funcionan sus resortes internos. No es una novela fácil. No trata de disimular ni endulzar una realidad aún hoy vigente, llegando a utilizar la ciencia ficción para barajar la posibilidad de ser feliz. Adam Silvera va en serio y no titubea en dejar claro que su novela no es un paseo tranquilo.

Aaron Soto no lo ha tenido fácil. Este adolescente de la periferia neoyorquina sabe que la vida no tiene ningún miramiento con los que dudan. La cicatriz con forma de sonrisa de su muñeca le recuerda cada día que estuvo muy cerca del abismo y que desde ese momento el abismo sabe cómo encontrarle. Tras el suicidio de su padre y el futuro poco halagüeño que se le presenta, la vida se manifiesta como una cuerda tensa que requiere una fuerza de voluntad de hierro si se quiere avanzar sobre ella. Sin embargo no se encuentra solo, con una pandilla de amigos de naturaleza ambigua y una novia que lo idolatra, parece que de momento tiene las espaldas cubiertas. Hasta que llega un nuevo vecino. Y es que la aparición de Thomas y la amistad que surge entre este y Aaron pone a todos en un estado de tensión inexplicable. Ante los impedimentos que parecen surgir de esta nueva alianza y los recuerdos aún presentes de encontrar a su propio padre desangrado en la bañera, surge el Instituto Leteo como la solución a todos los problemas. Porque ¿quién no querría acudir a una institución en la que te hacen olvidar cualquier trauma o pasaje de tu propia vida que no te permite avanzar ni desarrollarte como persona?

Adam Silvera sabe de lo que habla. La integridad de su personaje protagonista va un paso más allá de la técnica y rebosa autenticidad en cada una de las páginas de esta novela. Aaron Soto ahonda en su conflicto desde muchos ángulos y el autor sabe cómo añadir capas a la incapacidad de salir adelante sin una solución mágica, sin la ayuda de ese centro médico que comercializa el olvido. Porque para hacer plausible el suicidio dentro de la cabeza del adolescente protagonista, se nos presenta un recorrido lleno de enfrentamientos en los que la indulgencia brilla por su ausencia. Un contra las cuerdas en toda regla en el que la belleza es pisoteada en cada intento de germinar. La violencia y el rechazo se convierten así en un tipo de afecto cruel que poco tiene que ver con el amor pero sí con la necesidad de pertenencia. No mentiría si dijese que este es el libro Young Adult más oscuro que he leído en mucho tiempo. Silvera se encarga de darnos la mano en el primer tramo de la historia, para dejarnos completamente solos cuando el relato avanza. Cuando se ha hecho completamente de noche en la novela y no sabemos cómo volver a casa sanos y salvos. Si uno avanza, consigue aprender una cosa o dos del mundo en el que vive. Pero no hay aprendizaje sin rasguño. No hay conocimiento auténtico sin que el cuerpo se rompa.

Hay toda una literatura que ahonda en las segundas oportunidades. Todo un género literario que nos habla sobre aquello en lo que podemos convertirnos si empezamos de cero. De algún modo es tranquilizador. Saber que dicha posibilidad está ahí. Saber que podemos formatear el sistema y apretar el botón de encendido como la primera vez. Este tipo de historias siempre contienen un sótano en su interior. Recuerda aquella vez no es una excepción. Aaron Soto guarda en él las partes de sí mismo que ha decidido sacrificar. La vergüenza, el rechazo, el miedo. Como si fueran cadáveres cuya descomposición no molesta. También hay una literatura de sótanos. Y en todas estas historias alguien acaba bajando y cruzando el umbral. Descendiendo, descubriendo y liberando. Esta novela no es una excepción. Porque de nada sirve una segunda oportunidad si no suma de algún modo. Porque cambiar cuando nosotros no somos el problema es tan útil como olvidar para no volver a equivocarnos.

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La cicatriz, de China Miéville

La cicatriz

La cicatrizEs el tercer libro que leo este año de China Miéville. Y no me canso. Las nuevas ediciones de la trilogía Bas-Lag que está publicando Nova es justicia divina aplicada al mundo editorial. Están cuidadas, están revisadas y permiten que mucha gente conozca la saga gracias a la cual el autor inglés ganó su fama internacional. Si bien es cierto es que las conexiones entre libros es bastante sutil y siguen una correlación temporal, cada libro puede leerse como un historia independiente. La magia oscura del primer libro se ratifica aunque va por otros derroteros. Frente a la claustrofobia urbanística del primer libro, nos enfrentamos ahora a la agorafobia del espacio marítimo infinito. Y es que la gente de Nova no ha podido elegir mejor momento que éste para publicar de cara al verano esta segunda parte oceánica y retorcida como pocas.

Bellis Gelvino tiene que huir de Nueva Crobuzón por asociaciones indebidas. Y Nova Esperium es el destino idóneo. Una colonia a cientos de millas que está separada de su hogar por mar y tierra. Claro que en su plan perfecto no cuenta con lo inesperado de un abordaje que la obliga a replantearse sus lealtades y la enfrenta a las vicisitudes de todo comienzo. Una vida nueva en la ciudad flotante que la retiene no como esclava, pero sí como cautiva. Y es que en Armada todo el mundo puede empezar desde cero sin importar quién es y de dónde viene, pero teniendo en cuenta que ¿hacia dónde va? ya no es una decisión que recaiga sobre uno mismo. Y aquí, ajenos a cualquier paraje conocido, es donde Miéville enciende su máquina de crear maravillas y nos sorprende con búsquedas de criaturas marinas del tamaño de continentes, nos muestra la voluntad férrea de un raza de tritones poco sociales o despliega todas las posibilidades de existir que tiene cualquier objeto. Las Posibles Versiones de todo lo que nos rodea.

La cultura de Armada, rica en matices y con un sistema de gobierno sólido y democrático, tiene un carisma imborrable. Sin embargo, la traición por salvar ese lugar en el que pensamos como nuestro hogar, pone en entredicho la flotabilidad de esta comunidad nómada que roba, caza, secuestra y reinserta individuos. Una ciudad que alberga ese tipo de amor que deja surcos en todo lo que somos. Una isla a la deriva que marcará a Gelvino a fuego lento mientras hará arder a un ritmo imparable todas las murallas que la fugitiva había construido en torno a sí misma.

Al pensar en una aventura marítima de caza y obsesiones compulsivas es inevitable dejarse caer por el clásico de Melville. Y es que si en aquella aventura emblemática teníamos a un ballena blanca huidiza y gigante, aquí tenemos un avanc. Una criatura procedente de otra realidad que se asoma a este lado del universo muy de vez en cuando a través de las profundidades marinas de nuestros océanos. Este homenaje a su casi homónimo no es casualidad. Y ocupa gran parte de la trama de La Cicatriz. Pero no es la única criatura oceánica con la que vamos a toparnos. La novela de Miéville, es todo un compendio en cuanto a fantasía sumergida se refiere y no escatima en gastos formales ni de contenidos.

Las descripciones de continentes, barcos y abordajes harán las delicias de los fanáticos del género pirata. Claro que hablando de Miéville no podemos dejar de lado los matices sociales de su obra, y es que la política, el peso del individuo y las decisiones que los gobernantes toman sin contar con el pueblo cobran en esta novela una importancia primordial. Miéville habla de democracia en todas sus vertientes. Y ni siquiera el género fantástico puede salvar a esta forma de gobierno de sus propias carencias. Dejando claro una vez más que Miéville no es un autor de ciencia ficción o fantasía, sino un analista certero de la realidad que nos rodea con una capacidad metafórica digna de ser estudiada.

La Cicatriz, como ya he mencionado más arriba, es un gran ejemplo de cómo a veces es dificilísimo llevar una gran idea a buen puerto. No puedo sentir más fascinanción por el sistema político implantado en Armada, una ciudad-barco dividida en pequeños distritos donde conviven todo tipo de dirigentes y sistemas de recaudación, pero en el que todo se sustenta gracias a una democracia participativa. Un comunidad en la que los problemas comienzan cuando los que están en el poder empiezan a obviar la aprobación del pueblo en sus proyectos. Cuando este todo para el pueblo, pero sin el pueblo empieza a fragmentar la confianza y la continuidad de la ciudad en sí.

Y es que queda ampliamente claro en la novela de Miéville que el poder corrompe, que el estatus político siempre acaba hundiendo las buenas intenciones y que la rotación de aquellos que se sientan en el trono es necesaria. Nada nuevo pero que, sin embargo, en las manos del autor inglés estas ideas acaban por sonar pertinentes. Principios básicos que todo individuo que forme parte de algo más grande no debería olvidar para evitar que su futuro, ese buque insignia en el que uno avanza, se vaya a pique.

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El zoo de papel y otros relatos, de Ken Liu

El zoo de papel y otros relatos

El zoo de papel y otros relatosAsí fue cómo conocí por primera vez a Ken Liu. En las distancias cortas, a través de sus cuentos. Luego llegó la saga aún inconclusa de La gracia de los reyes, cuya reseña yo mismo realicé hace un tiempo. Pero fueron sus historias cortas el principio de todo. La primera vez que oí el nombre del autor era por asociación a un cuento que ganó cada maldito premio que otorgaban al género fantástico. Un cuento sobre origamis con vida y la integración de un chico de origen chino en la bendita América. Cuando pude leer la traducción al castellano de dicho cuento, supe a qué se debía tanto alboroto. Entendí perfectamente qué era lo que movía a todo el mundo a hablar de dicho relato. Las emociones saltaban vivas en la hoja como si estuviera viva, como si el autor tuviera el mismo don que la madre del protagonista, y pudiera darle vida a algo inerte como son las palabras impresas. Aquella historia fue, es y será su buque insignia. De hecho, El zoo de papel es el título de aquel cuento inolvidable y también el de esta antología de quince relatos que, a mí parecer, es donde el autor brilla con más fuerza. Porque lo que uno descubre tras gastar el tiempo entre estas páginas es que el cuento de los origamis no era el plato fuerte, sino el entremés que se usa en los banquetes para ir haciendo boca.

La capacidad para asombrar con elementos recurrentes es algo que me empuja a seguir recomendando a Ken Liu. Aquí hay viajes en el tiempo y criaturas cambiaformas. Hay odiseas espaciales y conspiraciones privadas de control y seguimiento. Sin embargo, parece que no haya leído un relato de ciencia ficción o fantasía en mi vida. Siempre hay una vuelta de tuerca, una emoción agazapada que me acaba llevando de la mano a la sorpresa. A la sonrisa que acompaña esos puntos finales que no veías venir. Si tengo que destacar este planteamiento en alguno de sus cuentos es en Como anillo al dedo donde una empresa aboga por facilitar el acceso a la información siempre y cuando dejemos todas las puertas de nuestra vida abiertas. O en Cambio de estado cuyo tramo final otorga un nuevo sentido a toda la historia, incitándote a la relectura. Sin embargo, hay incluso un Ken Liu que me gusta más que éste. El tradicionalista. Aquel que utiliza la empatía con el lector para llegar a los más bellos pasajes que puede ofrecer esta colección. No hablaré más de El zoo de papel puesto que creo haber dicho ya demasiado. Pero sí me gustaría lanzarme con Mono no aware, expresión japonesa que viene a decir que nuestro tiempo es finito y que todo pasa para dejar lugar a otra cosa. En este relato el único superviviente japonés de una catástrofe mundial viaja por el espacio mientras desentraña su pasado, sus raíces y la importancia que tenemos como conjunto y no como individuos aislados. Y es en este tipo de momentos donde el lector pasa por emociones que no suele ofrecérseles en este genero. Uno trasciende el cuento y logra entender el mensaje que subyace, que la mayor parte de las veces poco tiene que ver con avances tecnológicos o trucos de magia.

No quería dejarme en el tintero los juegos de estilo que prevalecen en algunos de estos cuentos. Ken Liu sabe utilizar muy bien las herramientas de su oficio y se permite lujos formales que le dan a algunas de sus historias el aire de otra cosa. Citar por ejemplo Acerca de las costumbres de elaboración de libros en determinadas especies o Manual corporativo ilustrado de sistemas cognitivos para lectores avanzados es obligatorio y necesario. Ambos cuentos, sutilmente relacionados entre sí, nos explican las estructuras mentales de otras especies inteligentes que habitan ahí fuera. Si bien estos relatos carecen de una narrativa típica –sobre todo el primero- persisten en el recuerdo debido a la inventiva de su propuesta y al multiperspectivismo fantástico que ofrecen. Todo un alarde de imaginación desbocada por parte del señor Liu.

No quería acabar esta reseña sin hablar de dos cuentos que me han dejado torcido en el asiento mientras los leía. El maestro de litigios y el rey mono y El hombre que puso fin a la historia: documental. En ambos casos, la clave de fantasía es una mera excusa para hacer algo mucho más importante: denunciar ciertos hechos históricos sufridos por el pueblo chino y cuyo conocimiento en Occidente es reducido o insignificante. Quiero centrarme sobre todo en el segundo relato, donde se habla de forma profunda sobre el Escuadrón 731 y los abusos cometidos por parte de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. La novela corta sobrecoge y, aviso para navegantes, no es apta para todos los públicos debido al a dureza de algunos de sus pasajes. Sin embargo, es de obligatoria lectura. Puedo decir que frente a los otros cuentos que te emocionan o te divierten, éste en concreto te ilustra, te enseña y te enfrenta a tu propia ignorancia. La repercusión social de este documental escrito acaba saliéndose del libro y cobra vigencia sobre asuntos de los que hoy en día aún se habla. Hablo de fosas comunes, hablo de desparecidos, hablo de la importancia que dejamos de darle a la Historia obligándola a manifestarse una y otra vez.

Los cuentos de Ken Liu tienen una temática muy concreta. La inmigración o la capacidad de adaptarse a lo nuevo. La denuncia o la lucha contra los derechos humanos. El olvido o la fuerza de voluntad de algunos pocos que nos exhortan a recordar. Sí, parece mentira que todo esto vaya asociado a cuentos de fantasía o ciencia ficción. Pero si algo aprendes con El zoo de papel es a salirte del paradigma manoseado que tienes del mundo y de tu realidad. Porque suceden tantas cosas para las que no tenemos nombres y todas ellas están esperando una oportunidad para presentarse en tu puerta y sacarte de tu pequeña zona de confort.

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