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Cero K, de Don DeLillo

Cero K

Cero K

Don DeLillo ha vuelto de entre los muertos. Ha tardado seis años desde aquel Punto Omega en darle forma a una novela de trescientas páginas en la que explora los límites de la vida y del lenguaje, la desconstrucción de la familia a través de la memoria y la incapacidad para afrontar las pérdidas. Todo esto ubicado en un espacio que no tiene nombre y cuya arquitectura remite directamente a una ecología de lo artificial y lo aséptico. Seis años para esto. ¿Ha merecido la pena la espera? Sólo puedo responder con un sí irrevocable. Estamos ante una de las apuestas seguras de todos esos rankings que enumeran lo mejor del año. Cero K es un caballo ganador –o cuanto menos finalista-. Pero todo eso ya se sabía desde las dos primeras palabras de esta reseña.

El planteamiento de la novela roza la más pura ciencia ficción especulativa. Ross y Jeffrey Lockhart, padre e hijo, acompañan en sus últimos momentos a la segunda esposa del padre cuya vida va a verse interrumpida a través de un proceso de criogenización. Dicho experimento será llevado a cabo por una organización llamada Convergencia y cuya exclusividad y anonimato hacen que sólo esté al alcance de unos pocos. La idea de partida se va tergiversando poco a poco debido a la espera que sufren los personajes antes de que el proceso en cuestión se lleve a cabo. Momento que DeLillo aprovecha para sacarse de la manga un conjunto de personajes que fuerzan al lector a poner en duda el arte de la memoria y la idea de muerte como fin último.

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