Punto Omega

Punto Omega, de Don DeLillo

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Una novela brillante como la luz del desierto y, al igual que el desierto, desoladora y cruel.

En una sala oscura de un museo de arte moderno, sobre una gran pantalla, se proyecta Psicosis.  La película se ha ralentizado de forma que la proyección dure veinticuatro horas: la acción sucede fotograma a fotograma, casi congelada, irreal y silenciosa.

La mayoría de los visitantes que entran en la sala observan durante unos segundos la imagen casi inmóvil de la pantalla y se marchan.  Pero un hombre acude cada día y permanece horas enteras contemplando hipnotizado la proyección, de pie, hasta que la secuencia de fotogramas pierde el sentido; entonces las imágenes aisladas, desprovistas de tiempo, cobran un nuevo significado.  Y regresa día tras día, abismándose en la observación de la pantalla y espiando a los visitantes, a la espera de alguien que sepa ver en el montaje lo mismo que él.

Así comienza Punto Omega; sus primeros compases son deslumbrantes, demoledores; tras acompañar al misterioso espectador en la proyección deconstruida de Psicosis, tras compartir sus reflexiones, el lector queda atrapado en la narración y, a partir de esas primeras páginas, no le queda otra alternativa que seguir a Don DeLillo hasta donde él quiera llevarle.

Y le va a llevar a un lugar tan desolado y árido como la oscura sala del museo: el corazón del desierto.  En un lugar donde el sol dilata las distancias hasta el infinito vive retirado Richard Elster, un oscuro intelectual que trabajó como asesor del Pentágono, donde se convirtió en uno de los “autores intelectuales” de la guerra de Iraq; un hombre extraño que le hablaba de filosofía y de haikus a los militares.

Jim Finley, un joven cineasta, apasionado y visionario, le sigue hasta su refugio en el desierto para convencerle de que participe en un proyecto que le obsesiona: un documental consistente únicamente en un plano fijo de Elster, con un muro desnudo de fondo, hablando de Iraq y de sus extravagantes teorías sobre la guerra y la sociedad.

Al poco tiempo se les une Jessie, la hija de Elster, una joven introvertida, difuminada, casi ausente.  Los tres, en contra de toda lógica, van a formar un grupo inexplicable, una extraña familia que consume sus días contemplando el horizonte, hablando o en silencio.

En este escenario irreal, donde el tiempo se diluye como en la proyección del museo y la naturaleza apabullante pesa como una losa sobre los ánimos de las personas, los diálogos se vuelven casi abstractos: a veces no son sino una concatenación de palabras sueltas apenas hiladas, como en las conversaciones de los borrachos; otras, en cambio, las disertaciones con las que Elster trata de impresionar a sus acompañantes oscilan entre lo poético y los filosófico, entre lo profundo y lo terrible.

El punto Omega.  A lo largo de la primera mitad del siglo XX, el filósofo jesuita francés Teilhard de Chardin, convencido de que la teoría de la evolución era aplicable también a la consciencia de los seres humanos, postuló la existencia de un momento en el que culminaría la evolución de la consciencia colectiva, de la suma de billones de consciencias en el mundo: el punto Omega.  Eslter afirma que ya hemos alcanzado ese punto, el máximo desarrollo de la consciencia humana.  Y ahora, ¿qué?

“–Somos una manada, un enjambre.  Pensamos en grupos, nos desplazamos en ejércitos.  Los ejércitos vehiculan el gen de la autodestrucción.  Una bomba nunca basta.  (…)  Plantéate esta pregunta.  ¿Tenemos que ser humanos para siempre?  La consciencia está agotada.  Toca ahora regresar a la materia inorgánica.  Eso es lo que queremos.  Queremos ser piedras del campo.”

Y Elster, por su parte, prácticamente lo ha logrado.

Ciertos temas son recurrentes en la obra de Don DeLillo: en sus novelas se combinan desde los miedos más profundos y las obsesiones más íntimas de las personas a la política exterior, el terrorismo o el papel de los medios de comunicación en la sociedad actual.  Esta amalgama de psicología y crítica al “sueño americano”, presente también en Punto Omega, pone de relieve lo extraño –casi aleatorio– que resulta el comportamiento de las personas cuando se las observa individualmente, en contraposición al de los grupos que integran, habitualmente predecible e incluso manipulable.

El poeta de la paranoia, como le llamó Martin Amis, escribe con una prosa rica y a la vez austera que posee un lirismo muy especial, lo que hace que sus novelas sean muy plásticas, muy visuales.  No en vano el propio autor reconoce que sus principales influencias no son otros escritores, sino el expresionismo abstracto de Rauschemberg y Pollock, las películas de Fellini y Godard y el jazz.  Quizá estas referencias ayuden a entender mejor la particular manera de escribir de DeLillo que la etiqueta de posmoderno que habitualmente le acompaña.

En definitiva, Punto Omega es una novela brillante como la luz del desierto y, al igual que el desierto, desoladora y cruel.  El tiempo y el espacio se funden en una atmósfera densa e irreal poblada de personajes confusos y desorientados como animales ciegos.

El espectador del museo, escudriñando los fotogramas mudos de Psicosis y Elster, contemplando en silencio las puestas de sol en los horizontes infinitos del desierto, llegan a la misma conclusión: no sabemos mirar de verdad lo que nos rodea.  Quizá nos da miedo hacerlo.  Me quedo con la sensación de que leer a DeLillo es casi como “mirar de verdad”: una sensación desasosegante y muy difícil de olvidar.

Javier BR
javierbr@librosyliteratura.es

12 comentarios en «Punto Omega»

  1. Delillo es Delillo. Intentar explicar su obra es como intentar explicar, no ya el bing bang en si, sinó su porqué. Pero lo que nos importa es la parte fascinante del bing bang, igual de fascinante que resultan los mundos de Delillo, aunque a veces no los entendamos o no del todo.
    Escritor para tomarlo a intervalos regulares, un uso irresponsable o excesivo puede tener consecuencias imprevisibles en la percepción de los valores fácticos y en el desarrollo mental de sus lectores.
    Felicidades, has hecho una buena elección.

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  2. Javier:

    Nunca había oído hablar de este autor; y la verdad es que parece interesante; al principio me agobió un poco eso de “yankee” de la novela, por cuestiones ideológicas, pero más tarde leí que en realidad es una crítica al sueño americano, por lo que me volvió a atrapar la cuestión; no soy fanático de novelas tan “voladas” u oníricas (Murakami) o psicológicas (aunque ame la psicología) Prefiero más las novelas realistas, concretas, terrenales (por eso me cuesta, lamentablemente, leer a mi compatriota Cortazar) Sin embargo creo que con esta novela me encontraré con fragmentos muy interesantes, incluso viéndolo como una manera de aprender a escribir mejor, de acoger nuevas técnicas o estilos; interesante no, lo siguiente, el fragmento que copiaste, impacta realmente; y, una vez más, muy buena tu reseña, ya me estas acostumbrando. ¡Saludos!

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  3. Leí uno de DeLillo y a decir verdad no me dejó del todo satisfecha. Pero tampoco insatisfecha. Esa situación me deja en un estado de incertidumbre que me moviliza a auto sugerirme leer otra obra del autor.
    Hace un tiempo ví Terrorismo de él y pensé en leerla, no sin cierto recelo. Ahora que leo tu reseña, y hablas de los miedos y esa paranoia como el terrorismo, confirmé que debo darle otra oportunidad para terminar de zanjar la cuestión: si DeLillo me gusta o no.

    Que formal mi comentario de hoy jajaja.

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  4. Hace tiempo que estoy pensandome seriamente “conocer” a DeLillo. Tengo dos de sus novelas en casa (Ruido de fondo y El hombre del salto), y de las dos he oido maravillas.
    Esta también me la apunto, pues en tu reseña se ve que te ha gustado, pese a que parece ser que no es una novela fácil de leer, no?
    Un saludo Javier

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  5. Tienes razón, Interrobang, DeLillo es difícil de seguir a veces y, aún así, se disfruta de su lectura, porque el autor trata de transmitir sensaciones más que ideas, aunque para ello emplee argumentos muy elaborados. Gracias por tu comentario.

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  6. Roberto, durante muchos años yo también presté poca atención a la literatura norteamericana y ahora me doy cuenta de que fue un error. Allí hay escritores excelentes (algunos de los mejores que podemos encontrar en la actualidad). Es algo independiente de la imagen que tenemos de ese país, de su política o de su cultura popular. De hecho, cuando alguno de estos autores hace referencia a estos temas, suele ser muy crítico con su país.
    Y si quieres fijarte en la técnica narrativa, DeLillo es bastante audaz y la domina a la perfección.
    Gracias por tu comentario.

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  7. Rosario, no he leído “El hombre del salto”, que es la novela a la que te refieres, ¿no? Pero tengo entendido que no es una de sus obras más logradas. Te animo a que le des otra oportunidad; yo pienso volver a leer a DeLillo.
    Muchas gracias por tu comentario, Rosario, aunque sea “formal”.

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  8. Fácil no es, César, pero aunque parezca contradictorio, su lectura no se hace pesada; lo que sucede es que exige un nivel de atención un poco superior a lo habitual, pero tiene un ritmo vivo y una gran capacidad de sugestión. Gracias por tu comentario.

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  9. Me gustó eso de “difícil de inttrepretar pero a la vez imposible de no leer”, Poemas. Yo diría que es un autor “necesario”, en el sentido de que es muy original. Gracias por tu comentario.

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  10. Asignatura pendiente: Leer a Delillo. Mira que he tenido libros suyos en mis manos varias veces y nunca me decidí a llevarlos… Otro que espera su momento.

    Estoy de acuerdo en lo de los escritores norteaméricanos. Yo, que prefiero con mucho el cine británico y también el que se hace en América latina, me quedo sin embargo con la literatura que practican muchos escritores ‘yankees’: es plástica, es austera y es lúcida.

    Un saludo!

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  11. Excelente definición de la literatura “made in USA”, yo no podría encontrar tres adjetivos más apropiados.
    Creo que te gustará DeLillo, Iván. Ya me contarás si te decides.
    Gracias por tu comentario y saludos.

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