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Los demás seguimos aquí, de Patrick Ness

Los demás seguimos aquí

Los demás seguimos aquí

Si hay algo que no soporto en las novelas de adolescentes es la manida obligación de imponerles la salvación del mundo. Ponerlos bajo el foco para que hagan frente a los problemas de los demás. Y es que es una falta de tacto por parte de cualquier autor olvidar la verdadera guerra de todo joven entre los 13 y los 18 años. Decidir qué hacer con el mundo no es un problema que les atañe a estos protoadultos. Al menos, no de momento. Zombis, vampiros, inmortales y dioses paganos. Todo esto debe esperar hasta que uno sepa cómo estar bien consigo mismo. Y aunque tardes en saber quién eres y qué puedes ofrecerle al mundo, hay que llegar a ese punto si quieres ejercer de héroe. Es la regla básica en la que todo escritor de novelas juveniles debería trabajar. O aprenderla directamente de Patrick Ness y sus libros. Porque este señor pone a todo adolescente en su sitio y nos deja mirar por un momento desde dicha perspectiva. No es banal y no es redundante. Y encima en cada nueva incursión narrativa se permite la licencia de ofrecer algo nunca visto hasta la fecha. ¿Estoy siendo confuso? Cuando tratamos con jóvenes rebeldes todo lo es.

Los demás seguimos aquí son dos historias capaces de complementarse pero que casi no llegan a coincidir. Hay un ejercicio de metaespectadores que puede sorprender a cualquier lector desprevenido pero que funciona a las mil maravillas. Todo parte de la divergencia entre los elegidos y el resto de la población juvenil. Los primeros conforman un grupo inferior pero destinados a estar siempre en el ojo del huracán. Desde que reciben el nombre de nacimiento ya están abocados a enfrentarse a un sinfín de amenazas que ponen en peligro la vida tal y como la conocemos. Y después está la masa uniforme de alumnos de instituto. Esta no es la historia de los elegidos. Esta es la visión de esos extras que pululan por los pasillos entre clase y clases y notan en el aire que algún tipo de apocalipsis se está fraguando en algún lugar mientras llegan tarde a la próxima clase de química. Y es que mientras que a los primeros les arrancan el corazón, a los segundos se lo rompen la capitana de las animadoras. Mientras los primeros tragan la sangre de un dios, los segundos se provocan el vómito del almuerzo para domesticar sus cuerpos. Mientras que los primeros luchan contra el despertar de los muertos, los segundos lidian con el despertar de una sexualidad que no saben reconocer como propia. Aquellos que no disfrutan de esa importancia capital en el devenir de los acontecimientos se contentan con acabar el día salvándose así mismos de las inseguridades propias de la edad. ¿Magistral? Sí.

Decía antes que Patrick Ness deposita aquí algo que nunca había visto. Porque otros autores me han acostumbrado a sentarme en la primera fila de la batalla definitiva del bien contra el mal, pero ninguno ha tenido la osadía de contar lo que sucede en la butaca que tienes justo a tu derecha. La historia de lo anodino a la sombra de lo increíble merecía la pena ser contada y Ness ha asumido el reto. La estructura que utiliza para ello es, cuanto menos, sorprendente. Mientras que cada capítulo se inaugura con una entradilla que te pone al día de esa guerra que los elegidos están llevando a cabo, el resto del capítulo narra los desencuentros de un grupo de jóvenes normales que indagan en los problemas propios de la edad. Ambas líneas argumentales se van tocando tangencialmente, pero en realidad entendemos desde muy temprano el muro que separa ambos mundos. Así como la importancia de darle el valor necesario a cada parte. Y es que me quedé igual de paralizado ante el despertar de un ciervo zombi como con el reconocimiento de que es posible tener 17 años y sufrir de depresión por ser incapaz de saber qué quieres de la vida y sus múltiples posibilidades. ¿Lo mejor de todo? Que esta novela no te obliga a elegir qué historia quieres escuchar esta noche. Porque ambas tienen cabida.

Después de un tiempo, todo empieza a tener sentido. Después uno se ríe del ridículo que hizo en el baile de fin de curso. Pero en su momento todo importa y todo da miedo. Mientras el poder que nos da la juventud es el de engrandecer lo que sentimos y lo que llegamos a vivir, el poder de la madurez es el de la bendita relatividad. Ambas capacidades son igualmente útiles para sobrevivir. Ambas nos enseñan de qué pasta estamos hechos y cuánto somos capaces de soportar. Y lo mejor de todo es que esta novela nos ayuda a sobrevivir a dicha transferencia de poderes. Patrick Ness concibe un relato sobre la madurez y sobre lo extraordinario que se vive en primera y en tercera persona. Otorga atención a lo que sucede fuera y dentro de nuestras cabezas y asume que ser joven es la mayor aventura que cualquiera podría imaginarse vivir. Aunque dicha gran aventura tarde en arrancar, aunque parezca que nuestro papel sea pequeño o prescindible. Espera aquí y verás.

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En un rincón del cielo nocturno, Nojico Hayakawa

En un rincón del cielo nocturno

En un rincón del cielo nocturnoNo todos lo saben aún, pero muchos empiezan a entenderlo. El salvamento de la cultura se ha convertido en un guerra de nichos. Guerrillas que abastecen de forma clandestina al pueblo cansado de arroz y pan. Y es que las editoriales independientes han conseguido traer autores que por su falta de trayectoria o por su obvia ruptura con el modelo imperante no tienen cabida en las grandes distribuidoras culturales de nuestro tiempo. Esta forma de combatir que empezó hace más de cinco años en la esfera de los libros, se empieza a manifestar en otras ramas como en la novela gráfica o el manga. Porque si bien tenemos a Ponet Mon como esa editorial que empezó a traernos lo menos convencional en el mundo de las viñetas, ahora Milky Way Ediciones está haciendo lo propio en cuanto a cómic japonés se refiere. Apostar por una historia cuya calidad narrativa y visual sean requisitos obligatorios ha hecho que esta reciente editorial se convierta en un referente para muchos de nosotros, lectores de manga. Así que cuando vieron qué asignatura pendiente les faltaba por contemplar, no dudaron y se lanzaron a por ello. Y es que el género Boy’s Love, en el que los protagonistas masculinos establecen una relación afectiva y sexual entre ellos, ha sido siempre un mercado muy específico con un público muy particular. O eso nos hicieron creer. Porque lo que nos llega a estos lares es un porcentaje tan ínfimo de lo que se publica en Japón que difícilmente podamos establecer un criterio certero sobre temáticas, calidad de historias y recepción por parte del gran público. Pero si los chicos de Milky Way Ediciones destacan en algo es en filtrar. Y esta vez tampoco han fallado. En un rincón del cielo nocturno cuenta cómo dos hombres adultos y antagónicos se enamoran. Pero que esta línea de resumen no te lleve a error. Estamos ante una historia que cualquiera que haya perdido y encontrado al amor de su vida (sí, en ese orden) debería leer. Sin importar que sea o no el género con el que más comulgue. En la guerra cultural de guerrillas no existen géneros. Existen buenas o malas historias. Y ésta de la que hablo hoy es, sin duda, de las primeras.

Todo comienza cuando Hoshino, un profesor de primaria, tiene serios problemas con la mala actitud de uno de sus alumnos. De carácter rebelde y problemático, el joven Shôta trae de cabeza al aplicado profesor, cuyo mundo se volverá del revés cuando descubre que el padre de este chico es un amigo muy especial de su etapa de instituto. Un amigo por el que sentía una admiración y devoción casi absolutas. La misteriosa ausencia de la madre de Shôta hace que Hoshino elabore todo tipo de teorías y establezca sin darse cuenta un red de secretos y afectos hacia padre e hijo. Con la gran pregunta que ni el joven profesor ni el curioso lector pueden quitarse de la cabeza durante toda la historia: ¿Qué ha pasado para que el amigo de instituto que Hoshino recuerda y el padre de Shôta parezcan dos personas completamente diferentes? Seguir hablando de los giros y descubrimientos que tienen lugar durante todo el trayecto sería algo descorazonador para aquellos que quieran sumergirse en los entresijos de estas tres personas forzadas a encontrarse a pesar de la resistencia que pone cada una de ellas para que esto no suceda.

Cómics como éste siempre me recuerdan que la novela gráfica hace tiempo que dejó de tener un público infantil; a veces, ni siquiera adolescente. Porque las emociones con las que Nojico Hayakawa trabaja son magistralmente complejas en su manifestación. Las segundas oportunidades convertidas en pruebas de redención o la incapacidad de decir lo que uno siente por miedo a que la soledad en la que nos hemos establecido cómodamente se desvanezca. Tampoco los adultos entendemos estos mecanismos de autodefensa, pero la autora convierte su obra en una exploración de la materia como no había tenido lugar antes. El ritmo es pausado. Las anécdotas evocadoras. Y la inmensidad de la noche da pie a estos personajes a que guarden silencio. Y es que las estrellas y el cielo nocturno del que da cuenta el título son el escenario ideal para no mencionar lo indecible. Para no decir que hemos confundido durante mucho tiempo el sentimiento que creíamos haber identificado a la perfección.

La obra es un auténtica delicia para el ojo humano desde el mismo momento en el que uno coge el tomo. Su sobrecubierta, así como las primeras páginas en color, hacen que uno empiece a bajar las defensa. Después llega el trazo de Hayakawa, que es de una delicadeza tal que te incapacita. Atención especial al último tramo de esta historia donde flashbacks, confesiones y encuentros sexuales se manifiestan de un modo tan orgánico como hacía tiempo no disfrutaba. Todo tiene sentido aunque cada parte haya elaborado su propio código. Es su talento, no me cabe duda, lo que ha movido a Milky Way Ediciones a elegir a esta autora. Se manifiesta a través de las páginas con una absoluta capacidad de convicción, sabiendo a dónde quiere llevar la historia y arrastrando a los lectores a las luces inciertas del cielo nocturno que cobija a aquellos que creían haber perdido su única oportunidad.

¿Habrá más historias de Nojico Hayakawa en un futuro? Puede que sí, puede que uno vuelva a encontrarse con algo o alguien que una vez le paró el corazón. De momento, habrá que leer (y releer) esta pieza y dar las gracias a la primera estrella fugaz con la que uno se cruce.

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Mi amigo Capricornio, de Otsuichi

Mi amigo Capricornio

Mi amigo CapricornioSiempre he considerado el verano como la estación perfecta para salir de tu zona de confort. Uno puede permitirse el lujo de experimentar y equivocarse sin que las consecuencias sean desastrosas. Y en alguna que otra ocasión, la expansión del mundo conocido nos lleva a auténticas joyas que habían pasado desapercibidas por nuestra aburrida predisposición a tomar el mismo camino de siempre. Y aunque esto es aplicable a muchos ámbitos, quiero extenderlo a lo que leemos en los meses estivales y hacer un ruego para aplazar esos bestsellers infinitos que tanto nos gusta tener entre manos oliendo a cloro de fondo. En su lugar, propongo uno de esos ensayos que amplían tu visión. O tal vez la mejor novela de 2015 que pasaste por alto. O la última novela gráfica con la que me he cruzado y que me ha devuelto la fe en este tipo de historias obligándome a sentarme y escribir esta reseña. Y es que Mi amigo Capricornio no es fácil ni complaciente. Nos pone detrás de unos personajes al límite y nos pasa el micro en su último tramo para preguntarnos qué habríamos hecho nosotros si los acontecimientos que narra tuvieran lugar frente a nuestras narices. Esta es una historia que no encontrarás sino la buscas de forma intencionada porque es incómoda y te llevará a preguntarte si no hubiese sido mejor continuar con el enésimo bestseller de mil páginas. Respuesta corta: no. Respuesta larga: a continuación.

La historia comienza con la aceptación por parte de los demás alumnos de un instituto japonés de los abusos que sufre Wakatsuki, un alumno de carácter débil al que han elegido como cabeza de turco. Cada día sus maltratadores la toman con él y convierten su vida escolar en un infierno. Es el precio que conjuntamente se ha decidido pagar para que el ecosistema se mantenga en una especie de paz fingida. La no vinculación con la víctima permite al resto de estudiantes desenvolverse en su día a día sin ningún altercado significativo. Hasta que Wakatsuki se cansa de la situación y decide tomar cartas en el asunto. Con un bate de béisbol pone fin a la vida de su verdugo y a la suya como estudiante de bachillerato. Ya que desde ese mismo instante tendrá que huir de su pueblo natal con un aliado inesperado, Matsuda, que se siente en deuda con él ante la pasividad con la que vivió los episodios de maltratos sufridos por Wakatsuki. Y aunque la historia evoluciona en algo mucho más terrible, algo que a simple vista no se presencia desde la superficie, no quiero desvelar más del recorrido de estos dos fugitivos. Es en este punto donde las consecuencias de los actos llevados a cabo toman caminos inesperados y acaban colapsando el mundo de estos dos chicos tal y como lo conocían. Porque al dejar la puerta abierta ante una versión de nosotros mismos que no conocíamos, cualquier cosa puede cruzar el umbral reclamando nuestra atención.

Otsuichi, el autor de este manga demoledor, nos cuenta una historia sobre abusos de poder y situaciones límites, y dosifica la información de tal modo que uno va cazando pequeñas pistas durante todos los capítulos. Usando el pasado como motor y el futuro como excusa, crea un historia mínima en la que lo que sienten sus personajes es mucho más importante que lo que les sucede. Porque es en sus motivaciones y en su falta de enfoque donde encontramos el mayor dramatismo en Mi amigo Capricornio. Saber que podrían tomar un sendero mucho más fácil, saber que no tendrían que cargar con la culpa de aceptar conjuntamente que siempre hay un verdugo y una víctima. Y sin embargo, no toman dicho camino. No habrá una resolución del conflicto feliz o, cuanto menos, templada. No cabe la posibilidad de la redención cuando uno no se arrepiente de sus actos. Y tampoco existe una visión completa de una situación cuando se nos oculta la información más pertinente. Todos estos elementos acaban siendo manejados por Otsuichi con maestría haciendo que el autor demuestre aquí su capacidad para no ponérselo fácil al lector, ni narrativa, ni moralmente.

No participar, no implicarse, no decir y, por supuesto, no hacer. Más arriba hablaba de las zonas de confort. De la capacidad para estar bien desde nuestra posición amable, sin dejar que el fuego nos alcance o nos afecte. No tiene nada que ver con nosotros. No hace falta hacerse el héroe. Pero sentirse seguro no es más que un modo de autoengañarse. Más aun cuando frente a nosotros algo o alguien está siendo destrozado. Esta historia deja claro que la pasividad ante el dolor de los demás remite directamente al miedo. A la repugnante sensación de tranquilidad que nos otorga ver que los puñetazos recaen sobre el rostro de un tercero. Mi amigo Capricornio deja claro desde su primera página que puede que los vientos cambien. Que las historias giran por los recodos que menos sospechábamos. Pero que nada de eso es suficiente. Si queremos que algo suceda hay que decidir salir de nuestras cuatro paredes y empezar a mirar. Y no apartar los ojos del problema. Lo que Otsuichi nos cuenta con su truculenta historia de acosadores y fugitivos es que las cosas mejoran cuando hemos arrancado las malas hierbas que hemos permitido que enraizaran en nuestra visión de un mundo mejor.

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La gracia de los reyes, de Ken Liu

La gracia de los reyes

La gracia de los reyesSi el nombre de Ken Liu te suena de algo es por el hecho de haber ganado todos los premios de ciencia ficción con sus maravillosos relatos cortos. Historias breves que han sido bien recogidas en la colección The Paper Menagerie, cuya traducción veremos por estos lares el próximo año. Sin embargo, aquí traigo una versión muy diferente de Liu. Y es que La gracia de los reyes es su primera incursión en el mundo de la novela. El autor deja de lado máquinas del tiempo e invasiones alienígenas para sumergirnos en un mundo de fantasía con unas raíces asiáticas muy marcadas. Es lo que se ha dado a conocer como silkpunk. Todo un mundo rico en detalles cuyas fuentes se alejan de la Edad Media occidental para adentrarse en algo desconocido hasta la fecha. Sí, Ken Liu ha llevado a su novela la capacidad de reconfigurar lo que ya dábamos por sentado. Del mismo modo que hizo en su momento con sus relatos, ha cogido las bases fundacionales y las ha dejado de lado para hablarnos desde otra perspectiva. Son otros los mitos que emergen en esta novela. Y no sabéis lo bien que sienta el aire fresco en un género poco abierto a los cambios.

Todo empieza con un intento de regicidio y acaba con una coronación. Entre ambos puntos tiene lugar todo lo inimaginable. El archipiélago de Dara es el escenario sobre el que extiende su hegemonía el emperador Mapidéré y cuya geografía cambiará por completo tras su caída. Rebeldes y partidarios del Imperio se enfrentarán para llevar a cabo la versión mejorada de un reino que se fragmenta por momentos. Mata Zyndu y Kuni Garu. Alta nobleza, el primero; bajos fondos, el segundo. Serán ellos los que nos guíen durante toda la narración para conocer los entresijos de una guerra civil entre lo antiguo y lo nuevo. Para entender cómo los dioses truncan el destino de los mortales y convierten derrotas absolutas en victorias imposibles. Zyndu y Garu, en una alianza totalmente improbable, dejarán claro que uno puede ganar la guerra de muchas formas posibles, no todas honradas. Y que perdedores y victoriosos no siempre son fáciles de clasificar.

Si en algo destaca Ken Liu es en crear una ambientación asombrosa para darle coherencia a todo lo que sucede en este libro, que es mucho. Imagina por momentos una partida al Risk con la banda sonora de Tigre y Dragón de fondo. Todas las campañas bélicas y estrategias militares se revisten con un aire oriental que le otorgan un aura que no suele encontrarse. Salones de té y fumadores de opio se dan la mano junto a cometas pilotadas y barcos voladores. Todo lo fastuoso convive a la perfección con grandes gestas en las que diez mil soldados se enfrentan a ciudades sitiadas o a reencarnaciones humanas de dioses. Liu se toma su tiempo en contar todo lo que tiene que decir y puebla el mapa de un número inaudito de ciudades y secundarios. Su historia carece de rincones vacíos y páramos deshabitados ya que ha insuflado toda la vida que era necesaria y, como si se tratase de sus famosos origamis, la historia camina sola.

Desde que el hombre es capaz de recordar su propia historia ha intentado desentrañar los entresijos del poder. La fuerza para gobernar y el mérito para hacerlo de forma eficiente. La gracia de los reyes abarca en gran parte de su recorrido estas cuestiones. Se habla de nobleza y del pueblo llano, de tiranía y de autogestión. Sus personajes encarnan ideales tan diferentes entre sí que muchas de las batallas no buscan el control de una zona geográfica sino la forma de gestionarla. ¿Qué sucede cuando el tirano tiene una visión realmente ejemplar de la situación? ¿O cuando los valores que nos han sustentado en el plano teórico no tienen validez alguna en el mundo real? Es entonces cuando hay un choque de poder. Es entonces cuando uno tiene que renunciar a lo que creía correcto o destruir todo aquello que represente la postura opuesta. Y es ahí donde esta novela brilla. En la aceptación de que toda fuerza genera una reacción igual en sentido contrario. Y que a la hora de arrancar las malas hierbas es muy probable que uno se lleve un gran número de flores a su paso. Ken Liu nos transporta a la otra punta del mundo para contarnos una historia universal. Y el viaje merece la pena.

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Mame Shiba, de Cristian Robles

Mame Shiba

Mame Shiba¿Cuándo fue la última vez que algo te hizo volar la cabeza en mil pedazos? A mí hace siete minutos. Ese es el tiempo que he tardado en recuperar plena conciencia de mis facultades, tasar la catástrofe y sentarme a escribir estas líneas. En cualquier curso de escritura te recomiendan que no escribas desde el shock, sino a través de él. Que permitas integrarlo para poder hablar de la vivencia que lo provoca. Pero, ¿quién sigue yendo hoy día a talleres de escritura? Exacto. Así que voy a contaros desde la explosión estelar que sucede por encima de mi cuello por qué este Mame Shiba de 58 páginas es absolutamente maravilloso. Y es que imaginad una mezcla explosiva de Hora de Aventuras, Scott Pilgrim, dos Jäggerbom y el contenedor de reciclaje de unos grandes almacenes tokiotas y sabréis por qué no deberíais nunca mezclar alcohol con ilustraciones alucinógenas. Cristian Robles se ha currado una historia que por breve funciona el doble de bien y que se salta todos los preceptos de lo políticamente correcto. Todo merece la pena en Mame Shiba. Cada viñeta importa. Pero vayamos por partes. Porque aún no os he dicho que este cómic gira en torno a una alubia japonesa considerada la Reina del Rap por tres años consecutivos y todo lo que es capaz de hacer por mantener su reinado.

La historia comienza con Bunny, una chica youtuber cuyo sueño es triunfar en el rap. Para ello se tendrá que enfrentar a una serie de duelistas con el fin de arrebatarle el título a la actual ganadora, Mame Shiba, la alubia reina e ídolo absoluto. Y es que el encuentro de Bunny con la legumbre monarca hará que nuestra protagonista encare no sólo a un archienemigo digno de mención y de reducido tamaño, sino también a sí misma. Porque hay un punto de no retorno en el mundo de la fama en el que tienes que traicionar tus principios o dejar de lado el camino fácil. Saber que en la cima sólo hay sitio para un par de pies. No importa cuánto flow o buenas vibras hayas generado camino a la meta.

Más allá de que la historia sea una auténtica pasada –no sabéis aún cómo la lía Mame Shiba-, la parte gráfica es lo que ha hecho que se me salgan las lágrimas de la emoción. Robles sabe combinar colores de una forma maravillosa. Todo respira un aire pop 16bits que no hace más que potenciar el tono desenfadado de la historia. El diseño de personajes y ciertas viñetas parecen estar hechas de píxeles. Si te has criado como yo en los 90 y has tenido una Super Nintendo o has gastado muchas pilas en una Game Boy Color vas a sufrir un flashback severo del que es casi imposible recuperarse. Sin embargo, no es la única sorpresa que nos depara Robles en su historia de triunfo y desenfreno musical. Y es que este tipo controla tanto su arte que se sale de la página para hacer de las mejores composiciones que he visto en un cómic por estos lares. No le da miedo jugar con la viñeta para conseguir un efecto visual acorde con la explosión de emociones que requiere la escena. Porque este cómic podrá ser muchas cosas, pero en absoluto puede etiquetarse de comedido. Todo va a más. Cada vez es más cromáticamente denso. En cada página la sordidez es mayor. Hasta llegar a su explosivo final donde la resolución del conflicto es impensable y necesaria. Porque cuando una alubia te pone contra las cuerdas, tienes que tomar medidas desesperadas.

Quiero leerlo todo de Cristian Robles. Quiero que las 58 páginas de este cómic pasen a ser 600. Quiero que Inio Asano haga un remake. Quiero que algún estudio indie anime la historia y pueda verla a 720p. Quiero volver a sacar mi Game Boy Color del cajón, comprarle pilas y seguir justo por donde guardé la última partida a no sé qué juego. Y es que Mame Shiba es un reencuentro con tu pasado pero sin restar ninguna de las noches de desenfreno que has vivido hasta la fecha. Eso sí, la resaca de este encuentro es monumental y con posibilidades de epilepsia. ¿Otro Jäggerbomb?

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Luna: Luna Nueva, de Ian McDonald

Luna. Luna Nueva

Luna. Luna NuevaLos fans de la ciencia ficción no nos podemos quejar. Tras el olvido sufrido por las editoriales que apostaban siempre por el caballo ganador, parece que algo está cambiando. Al menos lo están haciendo en Nova. Hace unos meses nos trajeron el último mastodonte de Neal Stephenson, Seveneves, que ya fue reseñado en esta casa. Y en septiembre nos harán lo propio con la novela china que está sorprendiendo a propios y extraños, El problema de los tres cuerpos. Pero no son estas los libros de los que quiero hablar hoy. Dejemos el pasado para los historiadores y el futuro para los visionarios. Porque la última novela en engrosar la lista de lecturas espaciales obligatorias es Luna de Ian McDonald. Estamos ante la primera parte de una trilogía cuya continuación veremos en inglés a principios de 2017. Pero ¡qué primera parte! Nada de lo que te hayan contado te preparará para lo que vas a encontrar entre estas páginas. Todo es muy diferente a lo visto hasta la fecha y es que hacía mucho que no visitábamos nuestro asteroide. Tanto que ahora está absolutamente irreconocible. Olvídate del verano del 69 cuando dimos el primer paso sobre su superficie. Y céntrate en sobrevivir. Sí, como decía Heinlein, la luna es un cruel amante y, para sorpresa de todos, ha dejado de querernos.

Los recursos de la Tierra llevan siendo explotados desde hace siglos y el consumo es insostenible. Lo que no sabíamos es que la solución estaba flotando sobre nuestras cabezas. Y justo es allí donde se ubica toda la acción de la novela. Cinco familias compiten por la supremacía y la explotación de los recursos selenitas con el fin de abastecer al planeta Tierra y de paso sus egos descontrolados. Porque este quinteto de casas nobles, arribistas y mentirosas buscan el control absoluto a cualquier precio. De forma frontal, entrando por la puerta de atrás o durmiendo en la cama correcta.

La historia nos sitúa en el seno de una de estas familias, los Corta. Una casa de origen brasileño que explota Helio 3 con el fin de mantener vivo el iluminado terrestre. Frente a ellos, los Mackenzie. Australianos que buscan pisotear a los Corta con el fin de quedarse con toda la cuota de mercado. El fuego cruzado está servido. Y aún falta por introducir a las otras tres casas restantes cuya aportación es de todo menos superficial. La traición, las alianzas inesperadas y los planes maestros orbitan en torno a estos personajes con la misma fuerza con la que la luna se mantiene a flote. Y el terreno gris e inhóspito será implacable. Teniendo siempre la última palabra sobre quién reina y quién es polvo.

La historia construida por McDonald se sustenta sobre unos cimientos sorprendentes. Y es que la sociedad lunaria ha establecido sus propias reglas y sus propios códigos cuya divergencia de los terrestres es asombrosa. El consumo de los cuatro recursos básicos –agua, oxígeno, datos y carbono- es una preocupación constante en los personajes debido al coste que implica su uso. Respirar tiene un precio. Comunicarte y vestirte debe de estar siempre supeditado a los ingresos que acumulas en tus cuentas. Además, el sistema legal ha empapado hasta el último recodo de la vida. Careciendo por completo de delitos al uso, todo deriva en una compensación económica entre el que comete el daño y el que lo recibe.

Pero si hay algo en lo que Luna me ha dejado con la boca abierta es en sus posibilidades sexuales. Todo lo que imagines tiene cabida. El espectro de manifestaciones basadas en el contacto es infinita. Entender su terminología y sus constantes evoluciones es divertido y confuso. McDonald se saca de la manga hasta un tercer sexo que, si bien toca de puntillas, apunta maneras y augura una mayor proyección en las continuaciones de esta trilogía. Puede que peque de pervertido pero, de todo lo que aporta McDonald con esta novela, sin duda, es el estudio de las sexualidades lo que más me ha marcado. Por diferente, por peligroso y por lo vergonzosamente necesario que resulta en perspectiva la asunción de que el sexo sólo debe ser un contrato de mutuo acuerdo entre el que folla y el que es follado.

La falta de gravedad en la luna tiene un trasunto en las cuestiones más controvertidas. Nada pesa lo suficiente, nada es lo suficientemente sagrado como para no poder negociarlo. ¿Es la luna un reflejo de una fase anterior de nuestra civilización? Una anarquía controlada en la que nadie quiere asumir responsabilidades. ¿O estamos ante la más absoluta evolución del hombre como especie? Un salto cualitativo en el que los dioses del Antiguo Testamento ya no tienen vigencia. Ian McDonald ha parido el escenario más interesante que se ha visto en la ciencia ficción de los últimos años, creando el Dune de las nuevas generaciones, pero siendo mucho más retorcido y visceral que Frank Herbert. Nos ha llevado a rastras a la cara oculta de la luna y nos ha obligado a mirar.

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Yo, Simon, homo sapiens, de Becky Albertalli

Yo, Simon, homo sapiens

Yo, Simon, homo sapiensMi relación con la literatura Young Adult es tensa y complicada. Es un género en sí mismo que no para de producir títulos a una velocidad que asusta. Y he de decir que cada vez más se está convirtiendo en algo a tener en cuenta. Algo digno de mención y estudio. La temática de esta nueva oleada de novelas juveniles pasa por todos los campos posibles. Y de esta capacidad camaleónica quizá surge su punto más fuerte y su mayor flaqueza. A ver, me explico. Un género capaz de adaptarse a cualquier tipo de lector es un logro que nadie puede rebatir. Y más si tenemos en cuenta que nuestros gustos y particularidades están cada vez más definidos. Pero, por otro lado, esa misma intención de abarcarlo todo hace que en muchas ocasiones se quede en la superficie de los temas que importan. Meras acotaciones al margen de que lo realmente debería decirse a favor de una sucesión de escenas románticas o de acción ya vistas. No es el caso de Yo, Simon, homo sapiens. Aquí lo que importa prevalece desde la primera página y no pierde el norte en ningún momento. Becky Albertalli se ha marcado una historia digna de ensalzar y hablar de ella con cada bicho viviente con el que te cruces. Y es que lo que hace único a este libro, dentro de lo mucho que se publica hoy día, es que la historia de Simon no sólo es francamente buena, divertida o auténtica. Sino necesaria. No sabéis cuánto necesitamos más historias como ésta. Sigue leyendo Yo, Simon, homo sapiens, de Becky Albertalli

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Razones para seguir viviendo, de Matt Haig

Razones para seguir viviendo

Razones para seguir viviendoUno nunca sabe qué va a encontrarse en lo que decide leer. Hay un libro imaginado y un libro real, y a veces de ese choque de expectativas surgen la mejores historias de tu vida. Otras veces, el mayor tiempo perdido. Cuando decidí hincarle el diente a lo nuevo de Matt Haig no sabía muy bien de qué iba. Trataba sobre la depresión. Y era una experiencia personal narrada por el propio autor. A partir de ahí, dragones. Pura ignorancia. Me daba vergüenza encontrar un libro de autoayuda, quiera eso lo que quiera que signifique. Y me daba miedo que se trivializara el asunto a través de una sucesión de consejos y decálogos para hacerte sentir mejor. Quería que fuese algo que conectara conmigo, algo que me sirviera mí y a otros para entender lo que sucede dentro de una cabeza que va a mil por horas. Digamos que este era mi libro imaginado. El libro real fue una serie de sorpresas. Una mezcla rara y válida de aquello que quería encontrar y de aquello que temía encontrar. Alguien dijo eso de quien busca la verdad corre el riesgo de encontrarla. Y ahí estaba, expuesta en una sucesión de páginas que hablaban de ansiedad, suicidio y pérdida del yo, pero también de esperanza, fuerza de voluntad y segundas oportunidades. Razones para seguir viviendo no pueda tomarse como un manual, pero sin duda funciona como un testimonio totalmente necesario sobre la necesidad de entender la enfermedad invisible que vive dentro de nuestras cabezas. Sigue leyendo Razones para seguir viviendo, de Matt Haig

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Cómo se hizo La guerra de los zombis, de Aleksandar Hemon

Cómo se hizo La guerra de los zombisSalirse del guión es una cosa que se me da bastante bien. Ni siquiera iba a empezar esta reseña hablando de esto. Así de bueno soy. Acabo siempre esquivando las balas y los conflictos de un modo preocupante. Y justo así me vi entre las páginas de Cómo se hizo La guerra de los zombis. Creo que huía de algún otro libro al que no quería hacer frente y acabé leyendo este otro donde el protagonista también está huyendo de todo lo que se le viene encima. Y así estamos, él y yo, viendo cómo las cosas que deberíamos enderezar acaban más torcidas por nuestra decisión de no actuar. No, no estoy proyectando. No estoy leyendo entre líneas mi propia biografía. Solo digo que Aleksandar Hemon ha llegado para hablarnos de ese nuevo personaje que abunda en las novelas de las editoriales independientes y en las películas propias de Sundance. Sí, el escapista moderno tiene su propia producción audiovisual y cuenta con toda una bibliografía para radiografiarlo. Es fácil identificarse con él. Cómo se hizo La guerra de los zombis es el último signo divisado del florecimiento de los huidizos. Aquí no hay zombis al uso. Aquí lo que huele a muerto y no deja de perseguirnos es nuestra necesidad de madurar.

Josh Levin, protagonista y causante de que hoy esté aquí hablando de esta novela, ha pasado la treintena y su futuro sigue siendo bastante incierto. Trabaja de profesor de inglés para inmigrantes hostiles y sueña con ser el próximo guionista en parir el blockbuster del siglo. Sus guiones no son nada del otro mundo, aún. Y la relación que mantiene con su novia es del todo normal, aún. Tras un momento de debilidad, una serie de consecuencias del todo inimaginables empezarán a acampar a sus anchas en el salón de nuestro protagonista. Hay mujeres, infidelidades, maridos trastocados por la guerra, la sombra alargada del 11S y un casero con una katana dispuesto a usarla. Todo lo que parecía controlado y seguro pierde su estatus para convertirse en un campo de minas que Josh se verá forzado a cruzar. Todas las posibilidades en las que un desastre puede manifestarse se verán recogidas en estas páginas. Una transición de niño a adulto a marchas forzadas que pondrá en perspectiva qué relación mantenemos con lo extraño y lo familiar. Sigue leyendo Cómo se hizo La guerra de los zombis, de Aleksandar Hemon

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Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll

alicia-a-traves-del-espejo

alicia-a-traves-del-espejoTengo la sensación de que cada cierto tiempo volvemos a Alicia. De algún modo ella se ha convertido en la madriguera o, como en este caso, en el espejo que al cruzar todo queda invertido. Quizá sea escapismo. Quizá un entendimiento afilado. Los mundos a los que Alicia tiene acceso siempre acaban convirtiéndose en un reflejo inaudito del tiempo que nos ha tocado vivir. De forma cíclica, la huida de Alicia es nuestro propio enfrentamiento a una realidad que nos absorbe sin entenderla. Las últimas adaptaciones cinematográficas –con más o menos acierto– han reabierto la puerta de entrada. Y si hace un par de años, Nórdica Libros nos sorprendía con una versión ilustrada de Alicia en el País de las Maravillas, ahora vuelve a la carga con otra obra visual tan potente como su antecesora. Alicia a través del espejo deja de ser la hermana olvidada de las dos historias, para convertirse por méritos propios en una digna sucesora de aquella niña que perseguía al impuntual conejo blanco. Sólo que esta vez hay una conciencia mucho mayor del personaje. Esta Alicia que ya ha sobrevivido a la experiencia surreal de la primera vez, sabe hacerle frente a un elenco de personajes que pondrán a prueba su cordura y sus nervios, aun sabiendo cómo funciona todo esto de cruzar al otro lado.

El objetivo ahora no es llegar a una cita con quién sabe qué. Ahora Alicia espera convertirse en Reina. Y para ello debe trasladarse por todo un tablero imaginario hasta la ansiada octava casilla donde sin importar cuán humildes sean tus orígenes puedes formar parte de la realeza. Claro que todo aprendizaje oculta una rebelión contra tus propias creencias. Y la pequeña aprenderá rápido que el uso de la cortesía y las buenas maneras tendrán que suplir a la lógica cuando ésta empiece a flaquear desde el primer momento. Caballeros, morsas, huevos parlantes y figuras monárquicas plantearán una y otra vez cuestiones que contradecirán las leyes de lo conocido. No en vano el mundo del espejo tiene sus propias reglas que, casualmente, son diametralmente opuestas a lo que cabría esperar.

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El fin del mundo y antes del amanecer, de Inio Asano

El fin del mundo y antes del amanecer

El fin del mundo y antes del amanecer

Decir que Inio Asano es mi autor de manga favorito es hacerle un flaco favor a la obra de la que quiero hablar hoy. Partir de mi adoración por el japonés sería una forma de perder credibilidad a la hora de dejar claro cuánto me ha gustado esta pequeña recopilación de historias. En mi defensa diré que no creo en los totalitarismos, ni en los de antes ni en los de ahora. Los sistemas de adoración han perdido brillo en la Era de Internet. Y los nuevos dioses duran tanto como una canción descargada en Itunes, tres minutos y treinta segundos. Además, he de añadir que veo válidas toda las críticas que se han volcado sobre este autor en los últimos tiempos como consecuencia de Boom Asano que estamos viviendo. Entiendo cuando le recriminan que abusa de las reflexiones de carácter espontáneo, la necesidad de volcar en todos los personajes sus propios pensamientos, la estilización extrema de su trazo en compensación de motores narrativos bastante leves y la reiteración de la tristeza en todas sus formas y posibilidades. ¿Lo mejor de todo este berrinche contra Asano? Que todo lo que se le critica es lo que me ha hecho recomendarlo una y otra vez a cualquiera que se desviva por las novelas gráficas, a cualquiera que le interese el día a día de la sociedad japonesa. En definitiva, Inio Asano es una buena opción para aquellos que disfrutan más de la atmósfera de una historia que del qué, cómo y cuándo. Bienvenidos a la obra del único autor capaz de explicar gráficamente las dificultades de ser feliz en una sociedad que no te concede el permiso para serlo.

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Relojes de hueso, de David Mitchell

Relojes de hueso

 

Relojes de hueso

Aún nos encontramos en una fase muy rudimentaria de nuestro desarrollo evolutivo como especie. Aún carecemos de una palabra para definir la tristeza que supone acabar un libro que no quieres dejar ir. Todavía nadie ha establecido grupos de autoayuda para reconfortarnos entre nosotros por la pérdida de una serie de personajes de carácter ficcional. Y aunque los hechos experimentados tengan una naturaleza de carácter fantástico o ilusorio, lo cierto es que la risa o la melancolía no pueden ser fingidas cuando no hay nadie más en la habitación. Cuando eres tú y la historia los únicos que quedáis despiertos después de que todo el mundo se haya marchado a casa. No siempre sucede, claro. Mucho de los libros que acabamos leyendo nos sirven para pasar el rato, para hacer llevaderos un martes cualquiera, una tarde de invierno con lluvia. Y luego están los malditos, libros como Relojes de hueso que no aceptan su condición lúdica, aquellos que contienen personajes tan reales que pueden llegar a incomodarnos. La última novela traducida de David Mitchell me ha hecho recordar que aún carecemos de una terminología exacta para todos esos sentimientos despertados por un libro. La última incursión narrativa del autor de El atlas de las nubes ha movido todo los muebles de sitio, y lo ha hecho sin pedir permiso. Como si esta fuera también su casa. Como si no importase tocar algo dentro de ti y marcharse al día siguiente, sin despedirse.

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