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Mi amigo Capricornio, de Otsuichi

Mi amigo Capricornio

Mi amigo CapricornioSiempre he considerado el verano como la estación perfecta para salir de tu zona de confort. Uno puede permitirse el lujo de experimentar y equivocarse sin que las consecuencias sean desastrosas. Y en alguna que otra ocasión, la expansión del mundo conocido nos lleva a auténticas joyas que habían pasado desapercibidas por nuestra aburrida predisposición a tomar el mismo camino de siempre. Y aunque esto es aplicable a muchos ámbitos, quiero extenderlo a lo que leemos en los meses estivales y hacer un ruego para aplazar esos bestsellers infinitos que tanto nos gusta tener entre manos oliendo a cloro de fondo. En su lugar, propongo uno de esos ensayos que amplían tu visión. O tal vez la mejor novela de 2015 que pasaste por alto. O la última novela gráfica con la que me he cruzado y que me ha devuelto la fe en este tipo de historias obligándome a sentarme y escribir esta reseña. Y es que Mi amigo Capricornio no es fácil ni complaciente. Nos pone detrás de unos personajes al límite y nos pasa el micro en su último tramo para preguntarnos qué habríamos hecho nosotros si los acontecimientos que narra tuvieran lugar frente a nuestras narices. Esta es una historia que no encontrarás sino la buscas de forma intencionada porque es incómoda y te llevará a preguntarte si no hubiese sido mejor continuar con el enésimo bestseller de mil páginas. Respuesta corta: no. Respuesta larga: a continuación.

La historia comienza con la aceptación por parte de los demás alumnos de un instituto japonés de los abusos que sufre Wakatsuki, un alumno de carácter débil al que han elegido como cabeza de turco. Cada día sus maltratadores la toman con él y convierten su vida escolar en un infierno. Es el precio que conjuntamente se ha decidido pagar para que el ecosistema se mantenga en una especie de paz fingida. La no vinculación con la víctima permite al resto de estudiantes desenvolverse en su día a día sin ningún altercado significativo. Hasta que Wakatsuki se cansa de la situación y decide tomar cartas en el asunto. Con un bate de béisbol pone fin a la vida de su verdugo y a la suya como estudiante de bachillerato. Ya que desde ese mismo instante tendrá que huir de su pueblo natal con un aliado inesperado, Matsuda, que se siente en deuda con él ante la pasividad con la que vivió los episodios de maltratos sufridos por Wakatsuki. Y aunque la historia evoluciona en algo mucho más terrible, algo que a simple vista no se presencia desde la superficie, no quiero desvelar más del recorrido de estos dos fugitivos. Es en este punto donde las consecuencias de los actos llevados a cabo toman caminos inesperados y acaban colapsando el mundo de estos dos chicos tal y como lo conocían. Porque al dejar la puerta abierta ante una versión de nosotros mismos que no conocíamos, cualquier cosa puede cruzar el umbral reclamando nuestra atención.

Otsuichi, el autor de este manga demoledor, nos cuenta una historia sobre abusos de poder y situaciones límites, y dosifica la información de tal modo que uno va cazando pequeñas pistas durante todos los capítulos. Usando el pasado como motor y el futuro como excusa, crea un historia mínima en la que lo que sienten sus personajes es mucho más importante que lo que les sucede. Porque es en sus motivaciones y en su falta de enfoque donde encontramos el mayor dramatismo en Mi amigo Capricornio. Saber que podrían tomar un sendero mucho más fácil, saber que no tendrían que cargar con la culpa de aceptar conjuntamente que siempre hay un verdugo y una víctima. Y sin embargo, no toman dicho camino. No habrá una resolución del conflicto feliz o, cuanto menos, templada. No cabe la posibilidad de la redención cuando uno no se arrepiente de sus actos. Y tampoco existe una visión completa de una situación cuando se nos oculta la información más pertinente. Todos estos elementos acaban siendo manejados por Otsuichi con maestría haciendo que el autor demuestre aquí su capacidad para no ponérselo fácil al lector, ni narrativa, ni moralmente.

No participar, no implicarse, no decir y, por supuesto, no hacer. Más arriba hablaba de las zonas de confort. De la capacidad para estar bien desde nuestra posición amable, sin dejar que el fuego nos alcance o nos afecte. No tiene nada que ver con nosotros. No hace falta hacerse el héroe. Pero sentirse seguro no es más que un modo de autoengañarse. Más aun cuando frente a nosotros algo o alguien está siendo destrozado. Esta historia deja claro que la pasividad ante el dolor de los demás remite directamente al miedo. A la repugnante sensación de tranquilidad que nos otorga ver que los puñetazos recaen sobre el rostro de un tercero. Mi amigo Capricornio deja claro desde su primera página que puede que los vientos cambien. Que las historias giran por los recodos que menos sospechábamos. Pero que nada de eso es suficiente. Si queremos que algo suceda hay que decidir salir de nuestras cuatro paredes y empezar a mirar. Y no apartar los ojos del problema. Lo que Otsuichi nos cuenta con su truculenta historia de acosadores y fugitivos es que las cosas mejoran cuando hemos arrancado las malas hierbas que hemos permitido que enraizaran en nuestra visión de un mundo mejor.

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