
Decir que Inio Asano es mi autor de manga favorito es hacerle un flaco favor a la obra de la que quiero hablar hoy. Partir de mi adoración por el japonés sería una forma de perder credibilidad a la hora de dejar claro cuánto me ha gustado esta pequeña recopilación de historias. En mi defensa diré que no creo en los totalitarismos, ni en los de antes ni en los de ahora. Los sistemas de adoración han perdido brillo en la Era de Internet. Y los nuevos dioses duran tanto como una canción descargada en Itunes, tres minutos y treinta segundos. Además, he de añadir que veo válidas toda las críticas que se han volcado sobre este autor en los últimos tiempos como consecuencia de Boom Asano que estamos viviendo. Entiendo cuando le recriminan que abusa de las reflexiones de carácter espontáneo, la necesidad de volcar en todos los personajes sus propios pensamientos, la estilización extrema de su trazo en compensación de motores narrativos bastante leves y la reiteración de la tristeza en todas sus formas y posibilidades. ¿Lo mejor de todo este berrinche contra Asano? Que todo lo que se le critica es lo que me ha hecho recomendarlo una y otra vez a cualquiera que se desviva por las novelas gráficas, a cualquiera que le interese el día a día de la sociedad japonesa. En definitiva, Inio Asano es una buena opción para aquellos que disfrutan más de la atmósfera de una historia que del qué, cómo y cuándo. Bienvenidos a la obra del único autor capaz de explicar gráficamente las dificultades de ser feliz en una sociedad que no te concede el permiso para serlo.
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