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Desorden púbico: una plegaria punk por la libertad

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Desorden púbico: una plegaria punk por la libertad, de Pussy Riot

desorden público– ¿Es “feminista” un insulto?

– Lo es si se dice en la iglesia

El extracto que aquí aparece no está sacado de un manual medieval, sino del propio siglo XXI. La palabra libertad, y más concretamente el concepto de libertad de expresión, se ha visto ultrajado desde sus cimientos. Visiones de ideologías fuera de toda época, de todo raciocinio, de todo sentido común. En el mundo, miles de personas se sienten amordazadas por sus gobiernos, y en última instancia, corre a cargo de ellos mismos, de esas personas anónimas, luchar para que su voz no sea apagada y se pueda oír bien alto. Las Pussy Riot convirtieron la denuncia política en arte musical. Arte punk, si se quiere, pero arte al fin y al cabo. Y todo aquello que giró a su alrededor, en los infames acontecimientos que sucedieron en el altar de una iglesia, nos hicieron ver cómo la represión de un país cobraba cotas demasiado elevadas. Desorden púbico contempla esas voces que, tras juicios amañados, tras mentiras políticas, han conseguido que su libertad se ponga a prueba, tirando la llave de una celda que, estoy seguro, nunca debió dejarse caer. Es, pues, la indignación la que habla, no el simple redactor que aquí escribe. Porque en un mundo, en un siglo como éste, en una ciudad sea cual sea su nombre, en un país donde el frío es el pan de cada día, se necesitan voces que derritan, de una puñetera vez, el hielo que ha anclado a la clase política en un medievo que tiene mucho de rancio, y poco de demócrata.

 

Supongamos que yo declaro a voz en grito, en un lugar santo, que el gobierno ha conseguido eliminar los derechos más básicos que existían desde mi nacimiento. Imaginemos, entonces, las consecuencias. ¿Seré detenido? ¿Tendré un juicio justo? ¿De qué se me acusará realmente? Desorden púbico habla de aquellos pasos que las Pussy Riot tuvieron que dar para que su voz se escuchara cuando, a pesar del apoyo recibido, lo tenían absolutamente todo en contra. ¿Era necesaria la condena penal? No, por supuesto que no. ¿Debían pedir perdón las componentes del grupo por su actuación? En última instancia, quizá debieran pedirlo si alguien se sintió ofendido. ¿Es la Iglesia parte del Estado o debieran ir separados? En un gobierno natural eso no tendría lugar a discusión. Estado e Iglesia van por caminos diferentes. Sucede que asistimos a lo contrario al leer los alegatos tanto de la defensa como de las implicadas, que ponen de relieve aquello que todos sabemos pero a lo que nadie quiere poner nombre por miedo a las represalias: la corrupción ha hecho mella en las clases políticas y se venden al mejor postor. Y no, no hago aquí un alegato en contra de la religión. Siempre he creído que cada uno tiene derecho a creer en lo que más le convenga, pero eso no es sinónimo de perpetrar en nombre de ella la barbarie más absoluta. Humillar, vejar, encerrar. Verbos que, por mucho que lo intente, no logro entender en un Estado que se presupone justo y que respeta las libertades y los derechos de sus ciudadanos.

Abramos, entonces, Desorden púbico y asistamos a una llamada de atención, a ese toque de alarma que nos señala que el recreo se ha acabado, que la realidad vuelve a cernirse sobre todos nosotros. Puede que, hoy en día, las clases políticas sientan que su labor para con el pueblo no encuentra ningún punto de encuentro entre las partes. Y quizá eso sea lo que tiene que pasar. Como las Pussy Riot en este libro, alegamos por la libertad, por la creencia en cualquier tipo de religión, por la falta de corrupciones políticas y por la fuerza de una nación unida contra la perversión más absoluta. Será entonces, cuando esos que gobiernan se den cuenta de lo que sucede, cuando descubran que su camino es uno sin salida alguna. Porque todo empiece tiene un final. Y quiero pensar que eso está empezando a vislumbrarse al final, una pequeña luz que se abre paso ante la intolerancia. Libros como éstos son necesarios por una sola razón: presentan la realidad sin dobleces, sin las caras en sombras de los que por las mañanas son claros y por las noches se convierten en el reverso, en una especie de doble maligno. Porque en el fondo, aunque vosotros no lo hayáis pensado nunca, todos somos un poco las Pussy Riot y todos luchamos por un bien común: la libertad de expresar lo que sientes, cómo lo sientes, y en última instancia, destrozar el silencio para crear algo mucho mejor. Ese es el regalo de este libro. Lo demás, os lo dejo a vosotros.

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