
Jerusalén: un retrato de familia, de Boaz Yakin y Nick Bertozzi
Una historia que nos demuestra que la guerra corta la libertad a unas alas que intentan despegar
El camino. El camino que lleva a una casa. Unas habitaciones que tiemblan con el sonido de las bombas, con los disparos que suenan a trompicones, de vez en cuando, rompiendo la paz familiar que reinaba segundos antes. Una familia que se mire de reojo, que no pronuncia palabras, porque el silencio es mucho mejor mensajero que cualquiera de las palabras. Unos oídos que escuchan cómo la guerra se acerca, como no se ha ido nunca, como el odio y el rencor son frutos que pudren el cesto lleno de ilusiones. Una época que los engloba a todos. Un lugar, un concepto, una idea que se convierte en tierra y en fuego, en sangre y en lágrima, en trincheras y balas perdidas. Una religión, o varias, que no se encuentran, que no se miran por el miedo a reconocerse. Y vuelve el silencio, roto por el siseo de una bomba que ha caído donde no debía, y una lágrima que resbala por la mejilla de un niño que no entiende de fronteras, que no entiende de guerras, que sólo entiende que en Jerusalén hay un sinsentido convertido en campo de batalla. La habitación que guardaba tantas vidas antes, ahora destruida. Y el camino. Que se llena de piedras, de cascotes, de las ilusiones que habían corrido por la puerta, de los amores que hubieran podido llegar, pero que no lo harán nunca más. Esto es la guerra, y no hay ojos que puedan cerrarse ante ella. Sólo queda sobrevivir. Sólo queda la mirada perdida de un cuerpo que ya no volverá a moverse.