
Diario de una dama de provincias, de E. M. Delafield
Usted puede que no lo sepa, sí, usted, la persona que está al otro lado de la pantalla, pero en realidad puede ser una dama de provincia y no haberse enterado. Usted, que se ocupa de la casa, que tiene unos hijos que son dos ángeles casi casi con alas y que su marido no le da especial guerra, o sí, quién sabe, el caso es que tiene un marido que está ahí y no arma mucho escándalo. Usted puede sentirse identificada con lo que acaba de leer, o puede que no, en cualquier caso mi enhorabuena, porque eso me hace presuponer que tiene una vida rica y sana. ¿Sana, he dicho? En realidad puede que usted ahora mismo se esté quejando de las labores que le tocan realizar, de tener que llevar una contabilidad (con sus respectivos agujeros) doméstica, usted puede que se queje de que sus hijos están creciendo y no les entiende y que su marido no es que sea un ser que no hace nada, sino que es vago por naturaleza. Usted lo sabe, todos los sabemos, por lo que un buen día decide poner en un diario todo aquello que le sucede y que es el único momento en el que puede dejarse llevar. Diario de una dama de provincias es lo que a los sumilleres un buen vino: un placer para el paladar, para la nariz, para todos los sentidos en general, porque lo que usted puede encontrar aquí no son sólo las palabras de una mujer que se carga a la espalda todos los quehaceres que se juntan en el día a día. Lo que aquí está dibujado con un lápiz muy grueso es un retrato irónico de lo que la sociedad espera, pero que una dama de provincias no entiende por qué le ha tocado vivir.