
Técnicas de iluminación, de Eloy Tizón
Que la vida es tan corta, desde luego. Nos miramos, sonreímos, preparamos el desayuno, nos saludamos mientras pensamos en otras cosas, nos tocamos, disfrutamos de nuestros cuerpos, saliva y sudor, y después dormimos, en un ejercicio de cercanía con la muerte mientras los ojos están cerrados. Así es la vida mientras sucede todo lo que sucede. La existencia es, cual relato corto, ese nudo que nos enseñaban en las clases del instituto, las partes de una narración, comienzo nudo y desenlace, donde toda la acción se sobrepone al apocalipsis, a las llamadas de teléfono que llegan en momentos inoportunos, a los silencios que dicen más que las palabras, a cajas de mudanza y a comienzos que ya son finales. Por eso, la vida corta, la que imaginamos tras los cristales opacos que no dejan que traspase la luz, nos encontramos con Técnicas de iluminación como quien se encuentra con un espejo, con su doble, con el reverso de la moneda, lleno de preguntas que no se responden, o con respuestas que llegan sin haber formulado la pregunta. Será la vida corta un circo que despliega su carpa en mitad del descampado, ese que había servido para el amor de las parejas, porque todo avanza, todo se mueve, todo se transforma con la luz del día, con la llegada de la noche, con el juego de sombras que los neones de las casas forman a nuestro alrededor. Estamos ante esa existencia que perdemos, que vivimos, que trastocamos y manoseamos como si fuera arcilla que quiere escurrirse entre los dedos.
Diez relatos sobre lo que se ve y no se ve, sobre lo que imaginamos y deseamos, sobre la destrucción y la creación, en un juego continuo que pone al lector en el papel de observador subjetivo, ejercitando la percepción sobre aquello que creemos cierto y que a lo mejor, sólo a lo mejor, no lo es.