
Uno nunca sabe cuándo se va a encontrar un libro que le guste. Llamadlo suerte, llamadlo ser afortunado, pero afortunadamente, en esto de las reseñas, uno tiene la libertad de leer lo que le apetezca, más allá de contratos abusivos y de intereses creados. Al fin y al cabo, en esto del mundo literario siempre tiende a haber algo de pantomima y de cierta picaresca que, al ser estudiada de una forma más intensa, uno empieza a ser consciente de las relaciones que se establecen. Pero como decía, uno nunca sabe cuándo se va a encontrar un libro que le guste. Que le guste y que piense que lo que le están contando está bien escrito, o bien argumentado, o al menos que tiene el suficiente interés como para pasar de las primeras páginas y llegar al final. El beso del canguro no fue un libro por el que me interesara en un principio. Hay que decirlo, ser sincero con uno mismo, para entender que después de empezar su lectura, entendí el por qué de algunas recomendaciones de personas a las que tengo en alta estima. Y así, entre andanzas, gotas que caen y vidas ajenas, descubro de nuevo a Eugenia Rico como una de esas voces que no se callan nada y que permiten al lector hacer un viaje al inframundo, o si se prefiere a un limbo que, aun sin existir en el colectivo religioso, permite que estemos entre dos lugares diferentes: el cielo y el infierno de la literatura. Y ahora entenderéis por qué.