
Dos tipos que flotan, de Guillermo Ortíz (Orx)
Las tiras cómicas requieren de cierto valor. Primero, porque tienen que ser cortas y condensar en ellas lo que quieres plantear. Segundo, porque deben tener el efectismo necesario para que el lector pase de la primera a la última y sienta que lo que ha leído, en ese corto período de tiempo, ha merecido la pena. Tercero, porque los personajes tienen que estar bien definidos y además, tienen que decir algo al público que ve cómo sus correrías siguen una tras otra. Y por último, aunque no menos importante, porque en una tira cómica no es lo mismo estar leyendo que ser parte de lo que lees, por eso para mí requiere de un valor (que no tengo) a la hora de crear algún personaje o alguna historia que requiera de este tipo de lecturas. Por eso, cuando puse en mis manos “Dos tipos que flotan” pensé de nuevo en que las tiras cómicas han sido parte de mi vida desde hace mucho tiempo, bien desde que las leía en el periódico, bien desde que alguna editorial las recopilara en un libro. Y me maravillé de nuevo, porque con sólo unas pocas imágenes, sazonadas con unas pocas palabras, hay autores que con capaces de contarte una pequeña historia que más parece un capítulo de una novela, que una simple historieta.
Un Robinson Crusoe al que le llueve del cielo un compañero, pero no para salvarle de la deriva en la que está inmerso sino para acompañarle en sus reflexiones sobre la soledad, el mundo y por qué no decirlo, de la supervivencia.