
Cuadernos rusos, de Igort
Si uno hace una búsqueda por internet escribiendo el nombre de Anna Politkóvskaya descubrirá que esta periodista defensora de los derechos humanos y opositora del conflicto checheno y del presidente Vladimir Putin, fue asesinada a traición y murió en un ascensor mientras varios disparos sesgaban su vida. Una vida en la que, lo único que pretendía, era dar luz a la verdad que nadie quería sacar a la luz. Murió por luchas por la verdad y eso sólo tiene una conclusión evidente: en pleno siglo XXI todavía hay sectores que se mueven con total impunidad por el mundo, y las decisiones políticas siguen matando a gente que lucha porque este mundo sea, sino mejor, al menos mucho más tranquilo para sus ciudadanos. No mentiré si digo que, movido entre la estupefacción y el asombro, lo que he descubierto en este Cuadernos rusos es una narración valiente, dura, casi tan dura como el dolor de las balas que se clavan en el cuerpo de alguien, y que nos cuenta la historia de una mujer que luchó hasta el último aliento por la vida y la dignidad humana, y además, la historia de un conflicto que nos retrotrae a otras épocas y que nos deja tiritando del miedo al pensar que, todo esto, todo lo que aquí converge en un punto – y ese es la barbarie – sucedió no hace mucho y sigue perpetuándose, estira sus brazos y golpea las vidas de unos ciudadanos que, de poder hacerlo, huirían de todo lo que conocen convirtiéndose en nómadas que no encontraran paz allá donde vayan. Porque lo importante no es aquello que dejas, sino lo que te llevas contigo. Porque el dolor, lo insoportable de él, es que te persigue incluso en sueños.