
La oficina en The New Yorker, de Jean-Loup Chiflet
Decía Luis Aguilé en ese hit que tuvo que es una lata el trabajar, todos los días te tienes que levantar. Y aunque parezca contradictorio eso no implica que no haya cierta diversión en él. Yo, sin ir más lejos, me quejo de mi trabajo, me quejo con gusto, con ese gusto que da la experiencia de los años trabajados, pero también me río, de mí mismo, de lo que rodea al mundo empresarial, y de todo en general. El sentido del humor es algo que no debe perderse nunca. Y es que, en estos días aciagos que nos han tocado vivir, en este tiempo en el que tener un trabajo parece ser que es tener un tesoro (que hay que guardar como oro en paño), va y llega un libro como La oficina en The New Yorker y te trastoca la visión, para mejorar con niveles que llegan a la carcajada un tema tan sacralizado como el trabajo, el curro, el empleo, transformándolo en un conjunto de risas y lágrimas que confirman algo que ya se sabía de antemano: el trabajo puede ser una jodienda, pero no está exento de un humor (aunque éste sea negro). Si no me creen es porque no lo han vivido, porque en el fondo todos hemos pensado en algún momento que nuestro trabajo era una mierda, que estábamos cansados, pero que por lo menos las risas no nos las puede quitar nadie. Y a eso se le llama vivir, ni más ni menos. Y si un libro contribuye a eso mismo, a vivir, con una sonrisa pegada en los labios, yo, señoras y señores, me doy por satisfecho.