
Los cansados, de Michele Serra
La nueva generación. Que nace, crece y se reproduce. Como todas, como ninguna. Y un nuevo sentimiento, que parece indisoluble. La apatía. Ese cansancio que sabe a derrota, o a simple dejadez, que construye el abismo que existe entre unos y otros, entre los llamados viejos y los jóvenes, entre dos generaciones que están destinadas a no entenderse. Ellos se miran, pero no se reconocen. Se observan, se analizan, pero no logran encontrar un punto en común. La juventud frente a la vejez. La generación perdida frente a las generaciones luchadoras. El “tenerlo todo” frente a “tener por lo que luchar”. Una sensación que parece una tormenta a punto de estallar. Y un desencuentro, una mirada lejana que separa y nunca une. La forma de ver, de escuchar, de tocar. O la falta de ello, que de todo hay. Los cansados puede ser una novela, pero en el fondo va por otros derroteros. Por caminos que son más una radiografía, un estudio pormenorizado de lo que son los jóvenes hoy en día, no todos, afortunadamente, pero sí en general, que es lo que preocupa. Un cansancio que llena los ojos, la piel, y que hace que permanezcan sentado en el sofá, abducidos por la televisión y la música, que amansa y no violenta, que deja los instintos dormidos. Dos imágenes diferentes: la de un padre que lo intenta todo, la de un joven que no intenta nada. Y así una carretera, dos coches en sentido contrario, que en un momento determinado se cruzarán, pero no podrán verse. Porque sólo hay una opción para juntar los destinos: chocar a lo kamikaze. Dos edades que se estudian, pero que no acaban de aprehender los contenidos. Y un sólo presente que se mezcla con un futuro que, no hay que olvidarlo, resulta bastante oscuro.