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Di su nombre

Di su nombre

Di su nombre, de Francisco Goldman

Di su nombreSe abusa de expresiones como “dolorosamente bello” hasta dejarlas vacías de significado, pero si una obra merece ser llamada así es este relato acerca del amor, la pérdida y la culpa.

―Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

―Buenos días, agente.  Vengo a hacer una declaración.

―Disculpe, ¿una declaración?

―Sí, una declaración, un testimonio, una confesión… no sé, no domino la jerga judicial, vengo a dejar constancia de mi versión, a contarles mi versión de los hechos.

―Hmmm… bien.  Tome asiento, si es tan amable.  ¿Su nombre?

―Me llamo Francisco Goldman, norteamericano con domicilio en Nueva York, escritor y periodista, cincuenta y cinco años.

―¿Y acerca de qué suceso desea usted hacer una… una confesión, me dijo?

―Una declaración, más bien.  Sobre la muerte de Aura Estrada.

―¿Conocía usted a la víctima?  Un momento, ahora recuerdo.  Sí, Aura Estrada, la joven escritora que se ahogó en la playa de Mazunte.  De eso hace ya… ¿un par de años?

―Exacto, sucedió en 2007, se cumplen ahora dos años.

―Pero aquello fue un desgraciado accidente, todos los testigos coincidieron, ella estaba nadando y… fue un caso de increíble mala suerte.  Y usted… claro, usted es su marido.  Perdón, su… viudo, lo siento.

―No importa, yo tampoco me he hecho aún a la idea.

―Bueno, a lo que iba, fue un accidente; no hay caso, ni investigación, ni culpables.

―En realidad mi suegra y su hermano no estarían tan de acuerdo con eso, ellos están convencidos de que yo soy culpable.

―Es natural, comprenda, perder a una hija, tan joven.  Disculpe, pero ¿cuántos años tenía?

―Treinta.  No, si yo no les culpo.  Si duele la mitad de lo que me dolió a mí perderla…  Y yo sólo llegué a compartir cuatro años de mi vida con ella.  En realidad yo también me culpo, aunque no como ellos, de imprudencia u homicidio o yo qué sé.  Yo me culpo por haberla traído a Mazunte, por no ser yo el que sufrió el accidente en su lugar, por haberla conocido…  Si no la hubiera conocido, ¿seguiría viva?

―…

―El caso es que quiero hacer un declaración, dar mi versión.  En realidad se la traigo por escrito.

―Vaya.  Esto es un poco irregular, no sé si el procedimiento…  ¡Pero oiga!  Esto tiene casi quinientas páginas.  En fin, se nota que es usted escritor.  A ver…

Quizá sobreestimamos la memoria.  Quizá es mejor olvidar.  Denme el Proust del olvido y lo leeré mañana.  A veces, tratar de mantener todos estos recuerdos vivos es como hacer malabares con cientos de bolas de cristal.  Cada vez que una de ellas cae al suelo y se pulveriza, en mi interior se abre una grieta por donde se escapa para siempre otro trozo de nosotros dos.

»Esto…  Esto, más que una declaración es una novela, un poema, un diario…

No la sueltes, si la tienes.  No la sueltes, pensé, ése es mi consejo para todos los vivos.  Aspírala, pon tu nariz en su cabello, aspírala en profundidad.  Di su nombre.  Siempre será su nombre, ni siquiera la muerte puede arrebatártelo.  El mismo nombre tanto viva como muerta, para siempre.

»No sé.  Puede que sirva para aclarar lo que sucedió y como toda la historia de ambos se encaminó, desde el principio y paso a paso, hacia aquel lugar y aquel momento, pero este texto es muy íntimo, muy personal.  Hasta un poco de reparo da leerlo, a veces; es como espiar en los diarios de alguien.  Aunque reconozco que es muy emotivo y sincero.

―…

―Piénselo, Francisco.  Y disculpe la confianza, pero después de leer estas páginas, tan duras y tan hermosas, es como si les conociera, a Aura y a usted, de toda la vida.  Debieron quererse mucho.  ¿Está seguro de que desea entregar estas páginas en el juzgado?

―Sí.  Necesito quitarme este peso de encima, decir lo que siento, lo que ella fue, y es, para mí.  Necesito mantener vivo su recuerdo.  Necesito saber cómo vivó Aura esos cuatro años conmigo, qué significaron para ella.  Pero sobre todo necesito comprender, y el dolor es tan grande que es incomprensible, por eso son necesarias tantas palabras, y tan bellas, para iluminar incluso aquello que nos ha destrozado.  No para ayudarnos a trascender o transformar esa pena en algo más sino primero y sobre todo para ayudarnos a verla.

―Tiene usted razón, Francisco.  No la suelte, no deje de decir su nombre.  Nada podrá arrebatárselo.

Javier BR
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Ficha técnica

Título:  Di su nombre (Say Her Name, 2012)
Autor:  Francisco Goldman
Traducción:  Roberto Frías
Editorial:  Sexto Piso, 2012
Páginas:  432
ISBN:  9788415601159

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