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El retratista de los niños muertos, de Manuel Aparicio Villalba

el retratista de los niños muertos

Cuando empecé a leer El retratista de los niños muertos, de Manuel Aparicio Villalba, no tenía ni idea de que Villalatas, el lugar donde transcurre la novela, había existido de verdad, pero algo me decía que no podía ser un poblado ficticio. Destilaba demasiada verdad, hasta en los pasajes más fantasiosos. Cuando concluí la lectura, investigué un poco y confirmé que Villalatas había sido un asentamiento chabolista sevillano, desaparecido hace ya varias décadas, y que la bisabuela, abuela y madre del autor se habían criado allí. No es este el único elemento real que aparece en el libro. Por momentos,…

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El blues de la perplejidad, de Reyes Aguilar Caro

El blues de la perplejidad

Me despierto poco a poco. Un rayo de luz se ha colado por mi persiana y me da de lleno en los ojos. Me levanto y atravieso el pasillo que da a la cocina. Huele a limpio, como todos los domingos. A ropa recién tendida y a friegasuelos perfumado. De fondo, el inconfundible tarareo de mi madre. En sus labios, Triana: “abre la puerta niña, que el día va a comenzar, se marchan todos los sueños, qué pena de despertar”. Yo tendría nueve años y no tenía ni idea de quién era Triana, pero sabía que a mi madre le…

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Tulipanes y delirios, de Sanz Irles

Tulipanes y delirios

Pícaro/a y picaresco/a son términos muy españoles, muy castizos, muy nuestros. No en vano, la novela picaresca es uno de los géneros literarios españoles por excelencia, surgido en el llamado Siglo de Oro. Y si pensamos en novela picaresca, pensamos en La vida de Lazarillo de Tormes y en La vida del Buscón, de Quevedo; dos de las novelas españolas más características. Pues bien, desde que empecé Tulipanes y delirios, de Sanz Irles, no podía quitarme de la cabeza los términos “pícaro” y “castizo”, porque si bien el eje de la novela es la emigración y la acción está ambientada…

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