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Negociar lo imposible, de Deepak Malhotra

Negociar lo imposible

Negociar lo imposible

Los fenicios fueron los grandes comerciantes del mundo antiguo. Crearon una industria papelera y se lanzaron al mar para comerciar por todo el Mediterráneo, y esos intercambios con otras culturas les llevó a desarrollar un alfabeto consonántico, para poder transcribir sonidos, mucho más útil de cara a comunicarse con otras culturas; este alfabeto es el precursor de las escrituras árabe, hebrea, griega y latina. Los fenicios creaban asentamientos temporales para negociar e intercambiar bienes, y a donde llegaban eran bien recibidos, ya que sus tratos eran justos y provechosos para ambas partes. Quizá ellos podrían haber escrito algún libro similar al que vengo a presentaros hoy, Negociar lo imposible, de Deepak Malhotra.

Reconozco que me identifico mucho con la cultura fenicia. Sus dos motores eran la industria papelera (los libros) y el comercio, y los griegos utilizaron el nombre de una de las principales ciudades fenicias, Biblos, para designar todo lo relacionado con los libros, y esa raíz sigue en nuestro lenguaje. Así que todos los que somos bibliotecarios, debemos nuestro nombre a esta ciudad. Por otra parte, reconozco que me gusta negociar, soy un comerciante, me estimula enormemente esa situación en la que dos personas necesitan algo la una de la otra y tienen que acordar las condiciones de ese intercambio. Y hay situaciones en las que es fácil llegar a un acuerdo, como cuando los dos tienen intereses comunes o ambas partes tienen una visión similar de la importancia del acuerdo… Pero reconozcámoslo, vivimos en un mundo imperfecto, en el que cada uno tiene una visión muy particular del mundo y los egoísmos y las circunstancias nos obligan muchas veces a actuar en detrimento de los intereses de otros, bien por creencia propia o por no dejarnos avasallar por los demás.

En esas circunstancias, un libro para aprender a negociar parece imprescindible. Los directivos y los administradores de empresas se ven más habitualmente envueltos en este tipo de negociaciones complejas y entenderán enseguida lo valioso que es saber negociar más allá de lo básico, pero creo que todos en la vida tenemos que negociar con más frecuencia de la que nos gustaría: pedir un aumento de sueldo, acordar las vacaciones con tu pareja, redactar un contrato de alquiler… Quizá hayas hecho algunas fotos o pinturas y alguien quiera adquirir tus derechos de autor, o quieras negociar un contrato con alguna empresa. ¿Sabrías destrabar un conflicto difícil, sin usar dinero ni fuerza?

Negociar lo imposible es un libro interesante. Analiza casos concretos de la historia mundial, en la que se dieron negociaciones que a priori habían llegado a puntos muertos imposibles de solventar. Y explica las ideas brillantes que tuvo cada una de las partes para llegar a solucionarlos. Es un repaso muy lúcido por hechos empresariales, sindicales y políticos de gran atractivo, y después desgrana una a una las ideas principales que nos llevarán a ser más creativos a la hora de resolver cualquier conflicto que se nos presente. Me ha hecho reflexionar sobre puntos muy concretos que siempre he dado por supuestos en una negociación, y me he dado cuenta de que hay veces que ser flexible puede ser una gran ventaja, o que los puntos más importantes para nosotros no tienen por qué serlo para la otra parte. Ser consciente de la propia fuerza negociadora, de la situación, de los tiempos, de la visibilidad del conflicto frente a terceros, y otros aspectos más, pueden ser determinantes a la hora de negociar, y focalizarnos en un solo punto de vista del acuerdo solo hará que reducir nuestras posibilidades de llevarla a buen término.

En fin, Negociar lo imposible es uno de esos libros que te abrirá la mente hacia nuevos horizontes en un aspecto tan básico de la vida como es la negociación.

 

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Juntos es mejor, de Simon Sinek

Juntos es mejor

Juntos es mejorRecordar mi época de Bachillerato me deja un sabor de boca agridulce. Conocí a gente increíble y aprendí todo lo que se supone que debes aprender en un instituto, o incluso más. Descubrí pasiones que no sabían que estaban dentro de mí, y reforcé otras que se habían manifestado mucho tiempo atrás. Y eso, siempre es algo que se recuerda con nostalgia y con una sonrisa en la cara. Pero también fue un tiempo —sobre todo el último año, tan cerca de Selectividad— en el que el estrés era el gran protagonista. Y ya no solo el estrés, sino la incertidumbre de no saber qué planes tendría el futuro preparados para mí. De repente, llega un día en el que te tienes que poner delante de un folio y decidir en qué carrera vas a estar metido durante tus próximos cuatro años (siendo muy pero que muy optimistas). ¿Decides hacer algo que te apasiona, algo práctico, algo interesante…? Al final, escojas lo que escojas, va a haber gente que le busque una pega a tu decisión: esa carrera no tiene salidas, hay demasiada gente en esa profesión, es imposible tener el título en cuatro años, no te veo estudiando eso…

Pero esta mentalidad machacona de los que nos rodean, se manifiesta en múltiples ámbitos de la vida diaria. Desde hace poco más de un mes estoy opositando. La verdad es que cuando comenté en casa la decisión que había tomado, solo recibí comentarios de ánimo y apoyo. Lo mismo por parte de mis amigos. Eso me gustó y me ayudó a empezar con ganas y motivación. Pero todos mis compañeros de academia me dicen lo mismo: al final, con el paso del tiempo, omites en tus conversaciones el tema oposición, porque peligra que salgan a colación frases destructivas como: las plazas van a dedo, todo es por enchufe, no salen casi plazas, no merece la pena, no hay nada como la empresa privada… Frases que, en un momento de debilidad pueden hacer que todo tu proyecto se venga abajo.

Y también podemos trasladar este ejemplo al típico jefe que no hace más que hundir la moral del trabajador. Hace poco leí esta frase: “cuida más a tus trabajadores que a tus clientes. Si los primeros están contentos, atraerán a los segundos”. Y no puede tener más razón. Esta es la temática que encontraremos en Juntos es mejor, un pequeño libro inspirador —como reza su portada— escrito por Simon Sinek e ilustrado por Ethan M. Aldridge y que tiene una filosofía muy clara y que se resume en una sola frase: “trabajar duro por algo que no nos importa, se llama estrés. Trabajar duro por algo que amamos, se llama pasión”.

Si ahora estuviera delante de la hoja teniendo que decidir qué carrera escoger… quizá tuviera que replantearme las cosas. Yo me dejé llevar por pensamientos que ahora no están dentro de mi cabeza y puede que en ese momento fuera lo que tenía que hacer, pero si hoy tuviera que decidir… quién sabe.

Lo que sí he aprendido (y espero no olvidarlo nunca, aunque vengan momento de flaqueza) es que tengo que trabajar duro por lo que quiero, visualizar mi meta y no dejar que nada ni nadie se interponga entre ella y yo. No valen escusas. No vale gente tóxica que no es feliz con los logros de los demás. No vale pesimismo. Y mucho menos frases autodestructivas. No vale parar. Ni mirar hacia atrás. No vale tener enemigos, aunque sean tus competidores. No vale olvidar que Juntos es mejor. Y, sobre todo, no vale no confiar en uno mismo. Pase lo que pase.

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¿Por qué trabajamos?, de Barry Schwartz

¿Por qué trabajamos?

¿Por qué trabajamos?Algunas veces, cuando la situación es propicia, en mi cuadrilla de amigos tenemos la costumbre de jugar a un juego bastante estúpido. No sé si tiene un nombre oficial, pero solemos llamarlo ‘qué preferirías’ y consiste en lanzar una pregunta con dos posibilidades muy similares, tanto para bien como para mal. Cuento esto porque recuerdo que una noche, en la que ya había una pirámide de latas de cerveza bastante considerable sobre la mesa, hubo una cuestión que nos mantuvo más tiempo de lo habitual discutiendo entre nosotros. Fue algo así como ‘¿Qué preferirías, un trabajo muy bien pagado en el que estás a disgusto o uno que te proporciona lo justo para vivir pero en el que te sientes feliz con lo que haces? Estoy seguro de que no surgió con esas palabras, pero la idea era esa. Y la opción más elegida, casi por unanimidad, fue la segunda.

De ahí que antes de leer este libro ya tenía bastante arraigada la idea de que la mayoría de la gente no sólo aspira a obtener un salario con su trabajo. Por supuesto que es uno de los motivos principales, si no el principal, para que uno decida dejar de cazar Pokémons por la calle y se ponga a hacer otras tareas menos fascinantes, pero me resisto a creer que el común de los mortales no valora otros aspectos de aquello a lo que va a dedicar casi un tercio de su vida. Había escuchado ya varias voces que refrendaban esta opinión, aunque lo cierto es que la argumentación que hace Barry Schwartz en ¿Por qué trabajamos? es, posiblemente, la más sólida y rupturista que he leído hasta la fecha. El psicólogo estadounidense centra sus esfuerzos en señalar y desterrar algunas ideas sobre las que se construyó el sistema capitalista y que, pese a las numerosas evidencias de sus errores, aún no han sido sustituidas. A grandes rasgos, estas son que las personas somos vagas por naturaleza y que el empresario sólo debe preocuparse de facilitarnos un sueldo, ya que éste será el único motivo por el que trabajaremos.

Schwartz rechaza desde un principio estas premisas y enarbola un discurso en el que, pese a incluir algunos conceptos relativamente complejos, emplea un lenguaje asequible y los introduce de un modo muy pedagógico. Especialmente útiles son algunos ejemplos que incluye para clarificar sus ideas, como el de un estudio que recogió testimonios de trabajadores de limpieza de un hospital, y que reveló que estos no se limitaban a cumplir con las funciones que establecía su contrato, sino que las adaptaban para hacer la vida más agradable a los enfermos. Esto hacía a su vez que los trabajadores se sintieran realizados con su trabajo, al sentir que servían a un bien superior.

El autor también desgrana diversas ideas y actitudes durante el texto para mostrar que depende tanto de las empresas como de los propios empleados, y no tanto del trabajo en sí, que el trabajador pueda sentirse satisfecho y comprometido con su labor. Schwartz parte de la base de que un trabajador satisfecho cumple mejor con su función para defender la necesidad de acabar con esos dogmas falsos que nos acompañan desde la Revolución Industrial y que reducen la vida laboral a una cuestión meramente económica.

Este libro está incluido en la colección TED de Empresa Activa. Para los que no hayáis visto nunca un vídeo de TED, se tratan de conferencias de poca extensión en las que una persona transmite una idea que le apasiona especialmente. Schwartz tiene ya unas cuantas charlas TED a sus espaldas, entre ellas una titulada Nuestra concepción del trabajo está torcida, que es la base sobre la que se asienta este ensayo. Recomiendo verla como punto de partida, para saber si se tiene interés en profundizar en el tema. Por mi parte, puedo decir que ¿Por qué trabajamos? ha sido una lectura muy enriquecedora, tanto por las ideas que defiende como, sobre todo, por su enfoque original en torno al mundo laboral y a la propia condición humana.

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La buena suerte

La buena suerte, de Àlex Rovira y Fernando Trías de Bes

La buena suerte, de Àlex Rovira y Fernando Trías de Bes

La buena suerte es un súper-mega-best seller de autoayuda con millones de libros vendidos, y traducciones a decenas de idiomas.

Es un libro sobre cómo la actitud positiva puede ayudarte a conseguir atraer la suerte a tu vida. El hilo conductor del libro es una fábula sobre dos caballeros, Sid y Nott (intenta adivinar cuál es el Caballero positivo, y cuál el negativo) que se lanzan a la búsqueda del trebol de 4 hojas.

La buena suerte, de Àlex Rovira y Fernando Trías de Bes

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