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Cuando fuimos dos

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Cuando fuimos dos, de Fernando J. López

cuando fuimos dosEl amor no se queda quieto. Se mueve, camina de un lado a otro, se mete de lleno en las paredes de un hogar, lo impregna todo como el aceite cuando se desborda de la sartén, quemándolo todo, produciendo heridas que tardan en sanar, en curar, pero que deja una cicatriz que es imposible de borrar. Una herida, una conversación, una habitación donde todos los sentimientos se desbordan, recubren un telón que se levanta y baja en una misma noche, en una gira que recorre los corazones de todos aquellos que, en la butaca, suspiran con la atención puesta en las palabras que unos actores pronuncian. Cuando fuimos dos es una historia de amor, y otra del desamor, con todos esos silencios que se esconden tras los cojines, tras las cortinas que nos resguardan de lo que hay ahí fuera, pero permitiendo que lo que sucede dentro nos duela, nos remueva, juegue con nosotros y con la vida que hemos creado. Será entonces esa historia la que sigamos, de la mano de sus protagonistas, de César y Eloy, por los caminos que se bifurcan, que se alejan, que vuelven a acercarse en algún punto, porque una historia de amor nunca acaba por mucho que se intente, porque siempre habrá un hilo que nos una a la persona que nos robó el corazón y nos lo destrozó, por mucho que las piezas se hayan vuelto a poner en su sitios. Será por esas grietas por donde el recuerdo se escurra, una y otra vez.

Una obra de teatro, un amor demasiado grande, dos hombres que se quieren, una historia que se une y se separa como esos recuerdos que vuelven con fuerza, siempre, a cada instante, cuando algo es demasiado grande como para ser olvidado.

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