
El viajero sin propósito, de Charles Dickens

Hoy salí de mi casa y recorrí las calles de Buenos Aires una vez más. El caos de la estación de tren, el tumulto, la gente que corre hacia ningún parte, de manera frenética y sin guía firme. El sol pega sobre los objetos, provoca olores y climas característicos que no pueden borrarse. Los perros buscan un espacio entre la gente y se cubren de los bolsos que cada persona carga para enfrentar el día de trabajo. Los semáforos son como trabas que nadie quiere tener y se apura a cruzar rápido la calle antes de perderse entre el caos otra vez.
En la rutina de todos los días, los paisajes que se hacen repetidos y parecen escenarios estáticos y sin animación. Es que el ambiente actual no trae nada nuevo y preferimos refugiarnos en historias de otros tiempos y otros lugares para lograr la famosa “novedad”. Lo hacemos a través de los libros, de las películas y las lecturas en general. Los espacios antiguos nos resultan más interesantes porque no nos son cotidianos y porque claro, ya no vivimos en una maqueta.