
Se ha ido D. Miguel

Hoy escribo con mucha pena.
Se nos ha ido un genio. Se ha muerto la humildad hecha literatura, y por primera vez en mi vida siento un nudo en la garganta por alguien que no es mío.
Con Miguel yo me sentaba a la buena sombra, en la tierra, con mi espalda apoyada contra el acogedor tronco de una encina. Abría las páginas de su libro y así era andorrero de campos limpios, llanos y soleados de Castilla.
Miguel tenía el don de transformar en oro la tierra, la bellota y al bellotero. Dibujó el Camino de la infancia en un pueblo travieso, nos mostró a los Santos que jugaban al escondite con los mochuelos entre cortijos y campos de espigas. Miguel era vino derramado sobre nuestra mesa, dándole calor a los manteles blancos donde convivía con el pan y con el potaje.
Ahora Miguel está allí arriba, sentado a la fresca en la estrella del arte, mientras ángeles descalzos y vestidos de arpillera, sueltan los aperos para echarse la siesta mientras él los mira y los dibuja en palabras.
Con su gorra visera bien calada, a la derecha de un Padre que comparte queso y vino con él, Miguel es un ángel viejo y cansado, que con pluma en una mano y papel en la otra, se encoge de alas mientras escribe cartas para su tierra y su gente.
Miguel se ha ido y yo le echaré de menos. Por que con él aprendí a leer y a escribir. Y porque sin él, la sencillez y la humildad de las palabras puras, se han quedado para siempre huérfanas en la literatura.