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El milagro, de Ariel Kenig

El milagro

Recuerdo la primera vez que entré en Internet. Como en casi todo en la vida, no fui de los primeros de mi cuadrilla; una tarde, animado por uno de mis amigos, fui a una ciberteca, una sala habilitada por el Ayuntamiento en la que te permitían conectarte durante una hora a la red. Siendo sinceros, creo que empleé ese tiempo en su totalidad en jugar a minijuegos en el navegador —algo que en aquellos tiempos me parecían lo máximo— y a hacerme una cuenta de Hotmail para poder acceder a ese invento que estaba substituyendo a las llamadas al teléfono fijo…

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