
Jernigan, de David Gates

La confesión ácida, irreverente, divertida y descarada de un individuo empeñado en sacar lo peor de sí mismo.
Jernigan se ha ganado la fama de ser una de las novelas más divertidas y descaradas de los últimos tiempos, así que en cuanto llegó a mis manos, abrí el libro como quien abre una ventana en una mañana de invierno, buscando un soplo de aire fresco. Pero lo que recibí se parecía más al impacto de una bola de nieve en pleno rostro; si buscaba una lectura estimulante, puedo decir que acerté.
Aunque Jernigan pertenezca por méritos propiosa la extensa e ilustre nómina de antihéroes que ha alumbrado la literatura norteamericana contemporánea, no se trata de uno de esos personajes en constante conflicto interior a causa de su incapacidad para relacionarse con los demás con normalidad. No estamos ante un Alexander Portnoy o un Holden Caulfield, por mencionar dos personajes políticamente incorrectos que ya han pasado por este blog. Podría tratarse de Holden veinte años después, cuarentón, alcohólico, desengañado y cínico, pero no, no lo es; Peter Jernigan no es un buen tipo con problemas, un inadaptado al que todo le sale mal; es, sencillamente, un auténtico miserable.
Un miserable en el más amplio sentido de la palabra, porque no sólo es ruin, egoísta y mezquino, sino porque además lo es a sabiendas y, por si fuera poco, se esfuerza en serlo cada día más. O al menos se esfuerza en aparentarlo, porque ¿hasta qué punto nos podemos fiar de lo que el propio Jernigan cuenta en esta especie de confesión sin arrepentimiento que Gates pone en nuestras manos?