
El descubrimiento de las brujas, de Deborah Harkness
Hoy vengo con un secreto bajo el brazo. Así que abran bien los ojos porque allá va: me encantan las brujas. A ver, así puesto parece que me gusta que me lo hagan pasar mal, pero me refiero a ese imaginario en el que las brujas son seres con poderes y todo lo que ello conlleva. No sé por qué desde siempre me atrajo ese mundo donde lo sobrenatural se mezclaba con la vida real con un halo de misterio incorporado. Así que, cuando El descubrimiento de las brujas salió y avalada por la opinión de uno de mis amigos que está metido en ese mundo, me dispuse a leerlo como si no hubiera un mañana. Y sí, lo hubo, de hecho estoy escribiendo después de habérmelo leído, pero lo que quiero decir con esto es que el mundo que se describe aquí me atrapó tanto que, para todo aquel que lo pretenda, le daré un consejo: nunca, en la vida, se os ocurra leer de noche, porque no podréis dormir. Eso sucede pocas veces, aunque a mí el insomnio me pueda muchas y me quede hasta las tantas de la madrugada leyendo, pero en este caso, por mucho que se me empezaran a cerrar los párpados algo me decía que tenía que seguir leyendo. ¿Me equivoqué? Por lo que he dicho antes está claro que no, pero vayamos por partes que toda reseña requiere de su explicación…
Diana encuentra sin pretenderlo un manuscrito embrujado perdido y buscado sin descanso por el mundo sobrenatural, a pesar de que ella rechaza todo lo que tenga que ver con su pasado de una estirpe de brujas. Poco después conoce a Matthew Clairmont, un vampiro genetista, y junto a él se embarcarán en un viaje que estará destinado a hacer que crucen la línea que separa el mundo de las criaturas y los humanos.