
París, de Edward Rutherfurd
Cuando acabo un libro, lo habitual es que lo deje reposar en mi cabeza durante unas horas (incluso un día) antes de escribir la reseña correspondiente. “París” ha sido una inusitada excepción: nada más acabar el libro, automáticamente, he conectado mi ordenador y me he puesto manos a la obra. No me preguntéis por qué pues ni yo misma sé la respuesta, pero intuyo que es porque los momentos vividos delante de la novela de Edward Rutherfurd han sido algo más que disfrutar de un buen libro. Han supuesto volver a pasear por las calles de la capital francesa, volver a admirar su belleza, contemplar la grandeza de sus monumentos característicos… ha significado, en definitiva, volver a vivir París. Sí, vivir. Porque, tras pasar cuatro maravillosos días allí hace justamente un año, llegué a la conclusión de que París es de esas ciudades que no se visita, se vive. Eso sí, y ahí está la grandeza de los libros, esta novela permite vivirla a lo largo de diferentes e interesantes periodos históricos.
Hace tiempo que había oído hablar y leído un buen número de críticas (todas buenas) acerca del buen hacer de Edward Rutherford como escritor y su interesante forma de retratar a lo largo de la historia importantes ciudades de todas partes del mundo: Londres, Dublín, Nueva York… pero hasta el momento no había tenido ocasión de leer nada suyo. En cuanto me enteré de que su nueva novela versaría acerca de la ciudad de la luz me mantuve alerta, estaba segura de que era la ocasión idónea para leerle. Y, desde luego que no me equivoqué.
