
La crisis de refugiados que vive Europa hoy es, en realidad, la crisis de sus valores. Hay algo verdaderamente alarmante en esta sociedad donde los adultos se sienten incapaces de sentir, prácticamente de reconocer, al otro. Algo que se ha roto y que es probable nos lleve demasiado tiempo volver a juntar. La dificultad de El viaje radica precisamente ahí. En explicar a los más pequeños algo que a nosotros mismos seguramente se nos escapa. La dolorosa, prácticamente imposible, búsqueda del que, por necesidad, se ve obligado a abandonar su hogar y su entorno y asumir un trayecto repleto de obstáculos.
Ese es el largo viaje –largo, muy largo–, del que nos habla Francesca Sanna en su hermoso cuento, con el que me estreno en esto de la literatura infantil, y que ha conseguido fascinarme tanto a nivel artístico como en lo personal.
A lo largo de sus páginas, su autora nos cuenta pues la historia de una madre y sus dos hijos que huyen de la guerra para buscar un lugar seguro. No un mundo mejor. Tampoco igual. Porque la seguridad es ese valor en alza que todos damos por supuesto hasta que lo hemos perdido. Es entonces cuando todo lo demás se tambalea.