
Dioses sin hombres, de Hari Kunzru

Algunos lugares hablan también de nosotros. Nos cuentan en pasado o en presente. Narran historias de personas que pasaron por allí, pisando por encima, o por debajo, de nuestras huellas, visibles e invisibles. Hombres o mujeres que encajan perfectamente con el número de nuestros pies, se resguardan de la lluvia o el viento en los mismos soportales, tiran de las puertas que tiramos, se apoyan en nuestras paredes y, en el peor de sus días, como nosotros, también se sienten hirientemente perdidos.
En Dioses sin hombres, cuyo hermoso título alude a una cita de Balzac, ese lugar es el desierto de Mojave, en la soñada California. Y alrededor solo arena. Un espacio desprovisto de huellas dactilares, marcas o señales que recuerden si quiera que cualquiera de sus personajes también pasó por allí. Porque allí no hay nada. Allí, el hombre, que es más hombre que nunca, solo se ve a sí mismo. Por fuera y por dentro de la piel. Donde solo duele y solo hay nudos. Y el desierto les devuelve lo que ellos son. O es su autor, Hari Kunzru, el que nos muestra sus verdaderas caras. Una visión probablemente insoportable para sus protagonistas porque, digan lo que digan, no es fácil contemplarse por entero a uno mismo. Es por ello que se buscarán en otras cosas, o entre las estrellas, en este basto desierto, en cuyo centro se sitúan tres columnas rocosas. Tres dedos que se elevan hacia al cielo. Tres tentáculos que brotan de la tierra. Sigue leyendo Dioses sin hombres