
La isla de los dragones dormidos, de Ismael Lozano Latorre
¿Aquella persona que vive en la ignorancia es más feliz? ¿Vale la pena que siempre esté presente el sol para iluminar todo, lo que incluye las miserias que nos conforman?
A lo largo de mi vida y de las experiencias que la llenan de sentido, me encontré preguntándome si no hubiera sido mejor no escuchar, no aprender, no ver o no preguntar ciertas cuestiones que una vez escuchadas, aprendidas, vistas y cuestionadas en lugar de traerme luz y alegría me sumían en una profunda tristeza y cerrazón.
¿Ocurre que, como dice el gran Alejandro Dolina, que “Cuánto más inteligente, profunda y sensible es una persona, más probabilidades tiene de cruzarse con la tristeza”? ¿Tenemos que lamentarnos de que, como afirma Javier Marías en su novela “Corazón Tan Blanco”, los oídos no tengan párpados que puedan cerrarse y evitarnos así escuchar y saber?
Pero al mismo tiempo, ¿vale la pena jugar a ser feliz manteniéndonos en una burbuja de mentiras con máscara de felicidad?
