
Leemos, a veces, sin prestar atención. Pasamos las páginas, unimos letras, recordamos argumentos, reflexionamos, hablamos con nosotros mismos sobre lo que estamos leyendo, sobre lo que los libros nos han proporcionado, pero nos olvidamos, estamos ciegos de alguna manera que no comprendemos realmente, a lo que hay detrás de ese fenómeno que se circunscribe a abrir un libro por primera vez. ¿Cuántos de nosotros hemos pensado, al encontrarnos con un libro, en las personas que hay detrás? ¿Quiénes de nosotros nos fijamos en la figura del traductor, de esa persona que revuelve el lenguaje, que lo convierte en nuestro idioma, y que, por extensión, nos permite disfrutar de lo que algún autor tiene que contarnos? La respuesta, por mucho que nos duela, suele ser que casi nadie se fija en ellos y quizá esa sea la parte más importante de El fantasma en el libro que nos trae Javier Calvo. Porque aunque él mismo diga en el inicio de este ensayo que no ha sido escrito, en primer orden, para reivindicar una profesión, yo creo que precisamente eso es lo que haga falta. Una reivindicación de cómo el oficio de traductor, la vida de conversor de ideas, de palabras, de novelas y sueños, ha sido una continua batalla para aquellos que entendieron una vez que los libros, traducirlos, era su vocación.